Salud Sexual para el Milenio

Declaración y documento técnico

 

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efectuado por la Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS). No se trata de

una publicación de la Organización Panamericana de la Salud (OPS); aunque se

reconoce la participación de la OPS, el contenido de esta publicación es

responsabilidad de la WAS.

Salud Sexual para el Milenio: Declaración y Documento Técnico es una

publicación de la Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS) realizada con el

apoyo financiero de la Fundación Ford. Favor de citar este documento como:

World Association for Sexual Health. (2008). Salud Sexual para el Milenio:

Declaración y Documento Técnico. Minneapolis, MN, USA, World Association

for Sexual Health.

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Tabla de Contenidos

Salud Sexual para el Milenio Declaración y documento Técnico. 6

Sinopsis. 6

1. Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos. 6

2. Avanzar hacia la igualdad y la equidad de género. 7

3. Condenar, combatir y reducir todas las formas de violencia relacionadas con la sexualidad. 8

4. Proveer acceso universal a la información completa y educación integral de la sexualidad. 8

5. Asegurar que los programas de salud reproductiva reconozcan el carácter central de la salud sexual 9

6. Detener y revertir la propagación de la infección por el VIH y otras infecciones de transmisión sexual 9

7. Identificar, abordar y tratar las preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales. 10

8. Lograr el reconocimiento del placer sexual como un componente de la salud y el bienestar total 10

Conclusión. 11

Salud Sexual para el Milenio: Introducción. 11

Reconocimiento de la importancia de abordar la sexualidad y la salud sexual como elementos clave para comprender los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. 12

Salud Sexual para el Milenio refleja los últimos adelantos técnicos en la ciencia de promoción de la salud sexual 16

Salud Sexual para el Milenio. Declaración. 17

Conclusión. 18

Referencias. 18

Capitulo 1. 19

Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos. 19

Introducción. 19

Algunos obstáculos que deben superarse en torno a los derechos sexuales. 20

La necesidad de contar con derechos sexuales. 22

Superar las complejidades y los retos relativos a los derechos sexuales. 29

Conclusiones. 32

Acciones necesarias. 33

Referencias. 33

Capitulo 2. 38

Avanzar hacia la igualdad y la equidad de género. 38

Introducción. 38

El desequilibrio de poder: los guiones sexuales representan la desigualdad de género. 40

La promoción de una sexualidad con equidad de género. 43

Conclusiones: promoción del cambio a todos los niveles de la sociedad. 44

Acciones necesarias. 45

Referencias. 46

Capitulo 3. 47

Condenar, combatir y reducir todas las. 47

formas de violencia relacionadas con la sexualidad. 47

Introducción. 47

La función de la reducción de la violencia sexual para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. 47

Definición de la violencia sexual 48

Prevalencia de la violencia sexual 49

Las consecuencias de la violencia sexual 52

El contexto y las causas fundamentales de la violencia sexual 53

Estrategias para reducir y eliminar la violencia sexual 54

Acciones necesarias. 56

Referencias. 56

Capitulo 4. 57

Proveer acceso universal a la información completa y educación integral de la sexualidad. 57

Introducción. 57

Educación integral de la sexualidad en el contexto de la diversidad sexual mundial 59

Acciones necesarias. 64

Referencias. 64

Capitulo 5. 65

Asegurar que los programas de salud. 66

Reproductiva reconozcan el carácter central de la salud sexual 66

Introducción. 66

El reconocimiento de que el acceso a la atención de salud sexual y reproductiva es esencial para el desarrollo mundial 67

La falta de vinculación entre la atención de salud reproductiva y un enfoque positivo frente a la sexualidad. 69

Volver a colocar a la sexualidad en la salud sexual y reproductiva. 71

Conclusiones. 72

Acciones necesarias. 73

Referencias. 73

Capitulo 6. 73

Detener y revertir la propagación de la. 74

infección por el VIH y otras infecciones de transmisión sexual 74

Introducción. 74

La prevención de la infección por el VIH/sida y de las infecciones de transmisión sexual: un requisito para el desarrollo mundial 76

La necesidad de contar con intervenciones y programas eficaces de prevención de la infección por el VIH y las infecciones de transmisión sexual en el mundo en desarrollo. 79

Acciones necesarias. 85

Referencias. 87

Capitulo 7. 88

Identificar, abordar y tratar las. 88

preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales. 88

Introducción. 88

El vínculo entre la función sexual y la salud y el bienestar generales. 89

La prevalencia de las preocupaciones, los problemas y las disfunciones sexuales. 91

La educación y el tratamiento eficaz de las preocupaciones, los problemas y las disfunciones sexuales. 96

Acciones necesarias. 97

Referencias. 98

Capitulo 8. 99

Lograr el reconocimiento del placer sexual como un componente de la salud y el bienestar total 100

Introducción. 100

El placer sexual en su contexto histórico. 101

El placer sexual es necesario y contribuye al bienestar, a la felicidad y a la salud. 104

La lucha actual para incorporar los derechos sexuales positivos en los programas de promoción de salud sexual 105

La necesidad de un postulado sobre el deseo y el placer en los programas de educación de salud sexual para jóvenes y personas con discapacidades. 106

Conclusiones. 107

Acciones necesarias. 107

Referencias. 108

Apéndice I 110

Descripción de la Asociación Mundial para la Salud Sexual 109

Actividades. 109

Autoridades actuales. 111

Membros de la WAS. 111

Apéndice II 116

Declaración de Derechos Sexuales de la WAS. 111

Apéndice III 117

Organización Mundial de la Salud (OMS) Definiciones de trabajo de sexo, sexualidad, salud sexual y derechos sexuales. 111

Apéndice IV. 119

Método empleado en la elaboración de la declaración y del documento técnico Salud Sexual para el Milenio. 111

Apéndice V. 121

Agradecimientos. 111

Financiamiento. 111

Crédito de Fotografías. 111

 

Salud Sexual para el Milenio: Declaración y documento Técnico

Sinopsis

 

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) han sido concebidos

para resolver algunos de los problemas sociales más complicados y

urgentes de nuestro tiempo, así como para fomentar el desarrollo

humano en el nuevo milenio. En esta declaración y documento técnico

se afirma que la promoción de la salud sexual debe desempeñar una función clave

para cumplir los ODM. La promoción de la salud sexual es fundamental para la

consecución de la salud y el bienestar, así como para alcanzar el desarrollo

sostenible y, más específicamente, para la ejecución de los ODM. Las personas y las

comunidades que disfrutan del bienestar sexual están mejor preparadas para

contribuir a la erradicación de la pobreza individual y social. Por cuanto la

promoción de la salud sexual fomenta la responsabilidad individual y social, además

de las interacciones sociales equitativas, contribuye a mejorar la calidad de vida y a

la instauración de la paz.

Este documento especifica y explica en detalle ocho aspectos bien diferenciados

pero interrelacionados de la salud sexual que desempeñan funciones importantes

para fomentar el desarrollo humano. Con el propósito de contribuir de manera

significativa y eficaz al cumplimiento de los ODM, los programas de promoción de

la salud sexual deben abordar la totalidad de la sexualidad humana. Por ejemplo,

para promover eficazmente la reducción del riesgo de infección por vía sexual del

VIH, los programas de promoción de la salud sexual deben reflejar e incorporar la

realidad de que las relaciones sexuales incluyen al género y la dinámica de poder, y

además, de que el deseo de intimidad y el placer desempeñan una función

primordial en la configuración del comportamiento sexual. Por otra parte, todos los

gobiernos, organismos internacionales, el sector privado, las instituciones

académicas y la sociedad en general, además de las organizaciones de salud sexual,

deben adoptar un enfoque intersectorial que promueva la salud sexual como una

estrategia diferenciada y esencial para lograr los ODM.

Salud Sexual para el Milenio conceptualiza a la salud sexual como multidimensional e

identifica y examina específicamente ocho metas concretas que en conjunto

comprenden un enfoque integrado e integral de promoción de la salud sexual. Por

último, este documento técnico describe las acciones necesarias específicas que son

especiales para cada una de las ocho metas de la declaración.

 

1. Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos

Los derechos sexuales son un componente integral de los derechos humanos

básicos y por consiguiente son inalienables y universales. La salud sexual es un

componente integral del derecho al goce del grado máximo alcanzable de salud. La

salud sexual no puede obtenerse ni mantenerse sin derechos sexuales para todos.

Acciones necesarias

 

1.1 Para abogar eficazmente por la salud sexual y promoverla es importante que los

derechos sexuales estén ubicados dentro del contexto de los derechos humanos

existentes. Debe alentarse a los gobiernos y las organizaciones y organismos

internacionales a que respalden la agenda de los derechos sexuales mediante el

reconocimiento, la promoción, el respeto, la garantía y la protección de los

derechos humanos y las libertades fundamentales esenciales para la salud sexual.

Este enfoque servirá para ubicar a los derechos sexuales dentro de los tratados y los

convenios vigentes, de manera que los derechos sexuales estén incluidos en los

mecanismos de seguimiento y cumplimiento de estos acuerdos.

1.2 La promoción de los derechos sexuales exige la acción participativa y los

proyectos dialógicos que aportan diferentes perspectivas culturales, religiosas y

sociales al tema de la salud sexual.

1.3 Debe establecerse un sistema para el seguimiento y la evaluación de los

adelantos en materia de derechos sexuales. Este sistema debe incluir el estudio y la

evaluación de las implicaciones de los cambios en la política y las leyes relacionadas

con los derechos sexuales, a fin de lograr resultados a largo plazo en materia de

salud y calidad de vida.

 

2. Avanzar hacia la igualdad y la equidad de género

La salud sexual exige igualdad, equidad y respeto, independientemente del género.

Las inequidades y los desequilibrios de poder relacionados con el género

entorpecen las interacciones humanas armónicas y constructivas y, por

consiguiente, el logro de la salud sexual.

Acciones necesarias

2.1 Los postulados sobre derechos, que figuran en acuerdos y pactos

internacionales, atinentes al derecho que tienen las niñas y las mujeres a igualdad,

educación y servicios relacionados con la sexualidad, deben incluir explícitamente el

derecho fundamental a la autonomía y la igualdad en las relaciones sexuales.

2.2 Las instancias normativas y los líderes de opinión pública deben hablar

abiertamente de que un componente sustancial e importante de la desigualdad en

materia de género se relaciona directamente con los desequilibrios de poder en las

relaciones sexuales.

2.3 Los padres, las madres, las familias y las comunidades desempeñan funciones

clave al contribuir a la formación de los roles de género en niños y niñas . Hay que

alentarlos y asistirlos para que ayuden a sus hijos a desarrollar roles equitativos de

género. El padre, en particular, puede contribuir a alentar a sus hijos varones a que

adopten conceptos de masculinidad que no propicien la inequidad por razones de

género.

 

2.4 Para alcanzar eficazmente sus objetivos, los programas de educación de la

sexualidad, en particular los dirigidos a los jóvenes, deben abordar la dinámica de

género en las relaciones sexuales y ayudar a los estudiantes a desarrollar y adoptar

comportamientos equitativos de género.

2.5 Las representaciones en los medios de comunicación, ya sea por medio de la

música o imágenes visuales, con frecuencia exponen en formas sutiles o descaradas,

guiones sexuales dirigidos a los jóvenes. La presentación de guiones sexuales con

equidad de género en los medios de gran circulación tiene el potencial de hacer una

contribución importante a la igualdad de género en toda la sociedad. Por lo tanto,

los gobiernos y el público en general deben instar con firmeza a la industria del

entretenimiento a que se convierta en una fuerza para lograr cambios positivos con

respecto a la sexualidad y el género.

2.6 Efectuar cambios en las leyes y en las políticas para conseguir que las mujeres y

los hombres tengan acceso igualitario a los servicios de atención de salud sexual, sea

cual fuere su nivel de ingresos, sin estigmas, discriminación ni sesgo por los

proveedores y los servicios de salud.

 

3. Condenar, combatir y reducir todas las formas de violencia relacionadas con la sexualidad

La salud sexual no puede lograrse mientras las personas no estén libres de estigma,

discriminación, abuso, coerción y violencia sexuales.

Acciones necesarias

3.1 Para ser eficaces, las leyes, políticas y programas destinados a reducir la violencia

relacionada con la sexualidad deben abordar la desigualdad de género con respecto

a los derechos humanos y la posición económica. Esto abarca la legislación para

prohibir todas las formas de violencia sexual y acoso contra niños y niñas, las

mujeres y las minorías sexuales.

3.2 Se requieren programas integrales de salud pública para aumentar la toma de

conciencia sobre la necesidad de abordar la violencia sexual. También deben

ponerse en práctica programas complementarios destinados a la prevención

primaria de la violencia sexual. En todos los segmentos de la sociedad, deben

ejecutarse programas de prevención de la violencia sexual.

3.3 Para reducir eficazmente el impacto de la violencia sexual es necesario reformar

el ámbito de la atención de salud. Esto incluye la eliminación de todas las formas de

discriminación relacionadas con el género u orientación sexual dentro de los

sistemas de atención de salud y velar por que el personal de atención de salud y las

instituciones en las que trabajan esas personas, estén preparadas adecuadamente

para recibir y tratar a las víctimas de la violencia sexual.

 

4. Proveer acceso universal a la información completa y educación integral de la sexualidad

Para lograr la salud sexual, todas las personas, incluidos los jóvenes, deben tener

acceso a la información completa y a la educación integral de la sexualidad, así

como a los servicios de salud sexual en todo el ciclo de vida.

Acciones necesarias

4.1 Hacer obligatoria la educación integral de la sexualidad basada en derechos,

sensible al género y culturalmente apropiada, como un componente indispensable

de los programas de estudios escolar a todos los niveles y aportar los recursos que

sean necesarios.

4.2 Trabajar con organismos de la comunidad para llegar hasta los jóvenes que no

están en la escuela y a otras poblaciones de alto riesgo, con educación integral de la

sexualidad.

4.3 Emitir directrices para conseguir que los programas y servicios de educación de

la sexualidad se basen en el principio de la toma de decisiones plenamente

fundamentada y autónoma.

4.4 Garantizar que los programas de educación de la sexualidad se fundamenten en

evidencias e incluyan las características de eficacia comprobada. Esto debe hacerse

de manera que permita la creatividad y se atiendan las necesidades específicas de la

comunidad al formular y evaluar programas innovadores.

 

5. Asegurar que los programas de salud reproductiva reconozcan el carácter central de la salud sexual

La reproducción es una de las dimensiones fundamentales de la sexualidad humana

y, como tal, puede contribuir a fortalecer las relaciones y a la satisfacción personal,

cuando se desea y se planifica. La salud sexual abarca la salud reproductiva. Deben

ampliarse los programas actuales de salud reproductiva para abordar las diversas

dimensiones de la sexualidad y la salud sexual de manera integral.

Acciones necesarias

5.1 Las declaraciones de gobiernos, de política transnacional y de política con

respecto al financiamiento de la salud reproductiva y la obligatoriedad de los

servicios deben incluir, de conformidad con la Conferencia Internacional sobre

Población y Desarrollo (CIPD), de 1994, referencias específicas a la salud sexual.

5.2 La programación de salud sexual y reproductiva debe incluir un compromiso

claro de que esa programación reflejará e incorporará a cabalidad las definiciones de

trabajo de la OMS de los derechos sexuales.

5.3 La programación de salud sexual y reproductiva debe reconocer y reflejar los

aspectos positivos de la sexualidad humana y estar orientada de manera equilibrada

hacia los resultados positivos así como negativos.

5.4 Todos los proveedores de servicios de salud reproductiva deben recibir,

mediante capacitación antes del servicio y en servicio, el conocimiento, las destrezas

y las condiciones para el nivel de confort con objeto de abordar eficazmente en su

trabajo la sexualidad y la salud sexual.

 

6. Detener y revertir la propagación de la infección por el VIH y otras infecciones de transmisión sexual

El acceso universal a la prevención eficaz, la orientación y las pruebas voluntarias, a

la atención y el tratamiento integrales de la infección por el VIH/sida y otras

infecciones de transmisión sexual (ITS) son igualmente esenciales para la salud

sexual. Es necesario reforzar de inmediato los programas que garantizan el acceso

universal.

Acciones necesarias

6.1 El financiamiento y los recursos actuales para la prevención de las ITS y la

infección por el VIH en el mundo en desarrollo son significativos pero

insuficientes para el cumplimiento de los ODM. Por consiguiente, es necesario

aumentar el financiamiento para la prevención de las ITS y la infección por el VIH.

6.2 A pesar de los considerables esfuerzos de distribución, muchas personas en el

mundo en desarrollo no tienen acceso regular a los condones. Por consiguiente, es

necesario mejorar los niveles actuales de los programas de distribución de

condones.

6.3 Deben aumentarse los esfuerzos para conseguir que se formulen y se lleven a la

práctica los programas de prevención de las ITS y la infección por el VIH, de

acuerdo a los conocimientos y la investigación más actualizados sobre la eficacia de

los programas.

6.4 El financiamiento y las decisiones sobre los programas para la prevención de las

ITS y la infección por el VIH deben basarse en los principios de los derechos

humanos, no en los puntos de vista ideológicos de los donantes ni de quienes

formulan los programas. Esto incluye el derecho de las personas a tomar decisiones

plenamente fundamentadas acerca de su salud sexual.

6.5 Para ser eficaz, la programación destinada a la prevención de las ITS y la

infección por el VIH debe abordar las desigualdades sociales relacionadas con la

orientación sexual y el género. Está claro que la interrupción y la reversión de la

epidemia de ITS y de la infección por el VIH en el mundo en desarrollo no pueden

ocurrir sin aumentar considerablemente la capacidad de las mujeres para participar

por igual en la vida económica y política y para ejercer directamente el control

sobre su salud sexual y reproductiva.

 

7. Identificar, abordar y tratar las preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales

Debido a que las preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales

repercuten en la calidad de vida, es fundamental reconocer, prevenir y tratar las

preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales.

Acciones necesarias

7.1 Dada la importancia del funcionamiento sexual adecuado para la salud sexual

general, la salud y el bienestar generales, así como para la salud de las relaciones

interpersonales, la evaluación y el tratamiento de las preocupaciones, los problemas

y la disfunción sexuales deben ser específicamente señalados e incluirse en los

programas y acuerdos nacionales e internacionales para promover salud sexual.

7.2 La función sexual y la identidad de género se reconocen cada vez más como

componentes clave de la salud general; por otro lado, los problemas de disfunción

sexual y disforia de género están asociados con otros trastornos médicos y con el

bienestar individual y de las relaciones. Por consiguiente, la evaluación integral de la

salud sexual que incluye la evaluación básica de la función sexual y de la identidad

de género debe convertirse en un componente habitual de la atención de salud.

7.3 Muchas preocupaciones, trastornos y disfunciones sexuales tienen sus raíces en

una falta de información acerca de la sexualidad. La información sobre el

funcionamiento sexual debe incluirse como un componente de la educación

integral de la sexualidad y estar al alcance de todas las personas. Las escuelas, a

través de sus programas de educación en salud sexual, y el sector de la salud

(médicos, enfermeras y otro personal sanitario) deben desempeñar funciones clave

al educar a sus estudiantes y pacientes acerca del funcionamiento sexual.

7.4 Los programas de capacitación para los maestros, trabajadores comunitarios y

trabajadores de salud deben incluir, como un componente usual, la capacitación en

disfunción sexual, trastornos y problemas del género. Esos programas deben incluir

capacitación específica para educar a los clientes acerca del desarrollo de la función

sexual y de la identidad de género. La capacitación en medicina y enfermería debe ir

más allá de impartir educación, a fin de asignar una atención especial al abordaje y

el tratamiento de los problemas y las disfunciones sexuales.

7.5 Se están elaborando métodos óptimos de tratamiento para las preocupaciones,

las disfunciones los trastornos sexuales y los problemas de identidad de género,

pero hace falta más investigación a fin de formular directrices basadas en la

evidencia para la mayoría de estos trastornos. La asignación de fondos para efectuar

esta investigación es necesaria y se justifica por la considerable repercusión que

estos problemas tienen en la persona, la pareja y la familia y, en último término, en

el grupo social en general.

 

8. Lograr el reconocimiento del placer sexual como un componente de la salud y el bienestar total

La salud sexual es más que la ausencia de enfermedades. En todo el mundo, debe

reconocerse y promoverse el derecho al placer sexual.

Acciones necesarias

8.1 La comunidad internacional está reconociendo y respaldando cada vez más el

concepto de los derechos sexuales. Sin embargo, hasta la fecha, el consenso

comunitario, nacional e internacional se ha centrado predominantemente en los

derechos sexuales negativos (por ejemplo, ausencia de ITS y de la infección por el

VIH, violencia sexual y abuso), y con frecuencia se excluyen los derechos sexuales

positivos (por ejemplo, el derecho al placer y la satisfacción sexual). Para reflejar

mejor la realidad humana y satisfacer las necesidades de las personas y las parejas,

los acuerdos internacionales y los documentos de establecimiento de prioridades

deben enunciar con claridad los objetivos en cuanto a ambos tipos de derechos

sexuales, ya sean positivos o negativos.

8.2 Los programas de promoción de la salud sexual para todos los grupos, incluidos

los jóvenes y las personas con discapacidades, deben abarcar la realidad de que el

placer y la intimidad sexuales son poderosos factores motivadores del

comportamiento sexual y que el placer sexual contribuye a la felicidad y al bienestar.

8.3 A menudo se ha condicionado a los educadores y los proveedores de atención

sanitaria, a través de su capacitación, para que conceptualicen a la salud sexual en

relación a los derechos sexuales negativos. La capacitación previa al servicio y en el

servicio para los educadores de salud sexual y los proveedores de salud debe hacer

hincapié en particular en la promoción de los derechos sexuales positivos para las

personas de todas las edades, a fin de contrarrestar la importancia excesiva que

suele asignarse a los derechos sexuales negativos.

 

Conclusión

Para alcanzar estas metas y para poner en práctica estas acciones necesarias, es

esencial que los planes de acción internacionales, regionales, nacionales y locales

para el desarrollo sostenible asignen una alta prioridad a las intervenciones de salud

sexual, asignen recursos suficientes, aborden las barreras sistémicas, estructurales y

comunitarias y hagan el seguimiento del progreso logrado.

 

 

Salud Sexual para el Milenio: Introducción

La Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS) (anteriormente

Asociación Mundial de Sexología) fue fundada en 1978 por un grupo

multidisciplinario y mundial de organizaciones no gubernamentales

(ONG), con la intención de promover la salud sexual y los derechos

sexuales en todo el mundo (véase, apéndice I). Durante casi 30 años, la WAS ha

logrado sus objetivos mediante el mejoramiento y el intercambio de investigación

multidisciplinaria fundamentada en la ciencia sobre sexualidad, educación de la

sexualidad y sexología clínica. Más recientemente, los miembros de la WAS se han

involucrado mucho más para abogar por cambios en las políticas públicas a fin de

que se reconozca a la salud sexual como un ingrediente clave en la salud y el

bienestar generales. La publicación Salud Sexual para el Milenio representa la voz

colectiva de la WAS para exhortar a la integración plena de programas de

promoción de la salud sexual, eficaces y basados en, evidencia como un

componente imprescindible para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio

(ODM), derivados de la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas (UN,

2000).

Para año 2000, WAS se encontró frente a una coyuntura histórica única y frente a

la oportunidad singular de elaborar estrategias mundiales, nacionales y comunitarias

para promover la salud sexual en el nuevo siglo (Coleman, 2002). En gran medida,

esta oportunidad surgió de la plétora de problemas de salud sexual que afrontaba

nuestro mundo (en especial, la pandemia de infección por el VIH), del

reconocimiento de los derechos sexuales como derechos humanos y del

reconocimiento de la salud sexual como un componente fundamental de la salud

general, así como de los adelantos recientes en la ciencia de promoción de la salud

sexual. Juntos, estos desarrollos crearon las condiciones necesarias para que el

campo de la promoción de la salud sexual efectuara una contribución importante a

la salud y al bienestar de las personas, las familias, las comunidades y las naciones.

Las iniciativas mundiales anteriores se habían centrado en el enunciado de los

derechos sexuales, fundamentados usualmente en un concepto más amplio de los

derechos humanos. La Declaración de Derechos Sexuales de la WAS de 1999 y las

Definiciones de trabajo de los Derechos Sexuales,de la OMS en el 2002 (WHO, 2004a;

WHO, 2006) son ejemplos clave del enunciado de los derechos sexuales para la

comunidad mundial (véanse apéndices II y III). La articulación y la comprensión de

la realidad de que la consecución de los derechos humanos básicos está vinculada

inexorablemente al logro de un conjunto central de derechos sexuales fueron un

primer paso fundamental en la promoción mundial de salud sexual.

El segundo paso en este proceso ha sido el reconocimiento de que las iniciativas de

amplia base para fomentar el desarrollo humano deben abordar invariablemente la

sexualidad y la salud sexual, tal como se demuestra, por ejemplo, en la Estrategia de

Salud Reproductiva de la OMS (2004b). Al tiempo que ocurrían estos avance en la

comprensión de lo fundamental de la sexualidad en los derechos humanos y la

salud, los adelantos en el estudio científico de la sexualidad humana (sexología) por

una amplia gama de disciplinas, entre otras la biología y la medicina, la psicología

conductual y social, la sociología y la antropología estaban permitiendo que los

programas orientados a la prevención de los problemas de salud sexual, así como al

mejoramiento de la salud sexual fuesen cada vez más eficaces.

 

Reconocimiento de la importancia de abordar la sexualidad y la salud sexual como elementos clave para comprender los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas

Paralelamente al reconocimiento de los derechos sexuales como derechos humanos

ha ocurrido el reconocimiento cada vez mayor de que el logro y mantenimiento de

la salud sexual para las personas, las parejas y las familias es un requisito necesario

para el desarrollo socioeconómico sostenido de comunidades y naciones. Según

Girard (2005), a nivel internacional, los años que empezaron con la Conferencia

Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD), de 1994, se han

caracterizado por un progreso significativo en el reconocimiento por los gobiernos

de que la salud sexual es una dimensión esencial de la salud general y, en

consecuencia, del desarrollo humano. El Programa de Acción de la CIPD

adoptado por 184 países proporcionó la primera definición de salud sexual

negociada y acordada por los gobiernos nacionales de todo el mundo. Ese Plan

colocó a la salud sexual dentro de un ámbito más amplio de la atención de salud

reproductiva y reconoció la contribución multifacética importante que la salud

sexual hace al bienestar humano.

...La atención de la salud reproductiva se define como el conjunto de

métodos, técnicas y servicios que contribuyen a la salud y al bienestar

reproductivos al evitar y resolver los problemas relacionados con la

salud reproductiva. También incluye a la salud sexual, cuyo objetivo

es el desarrollo de la vida y de las relaciones personales, y no

meramente el asesoramiento y la atención en materia de reproducción

y enfermedades de transmisión sexual (UN, 1994, apartado 7.2.).

Otros documentos internacionales han reconocido y recalcado la importancia de la

salud sexual dentro del marco más amplio del bienestar humano. Por ejemplo, el

documento de la OPS (2000) Promoción de la salud sexual: recomendaciones para la acción

recalcaba que si se quería alcanzar la salud general, debía promoverse y mantenerse

la salud sexual.

 

Es fundamental abordar las preocupaciones y los problemas atinentes

a la salud sexual y encontrarles solución no sólo porque quebrantan

la salud sexual y, por ende, la salud en general de la persona, la familia

y la sociedad, sino también porque su existencia puede indicar la

presencia de otros problemas de salud. Asimismo, tales inquietudes y

problemas pueden ocasionar y perpetuar otros trastornos en la

persona, la familia, la comunidad y la población en general (p. 15).

En septiembre del 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la

Resolución 55/2, Declaración del Milenio de las Naciones Unidas (UN, 2000). La

Declaración del Milenio se fundamenta en valores fundamentales: libertad,

igualdad, solidaridad, tolerancia, respeto de la naturaleza y responsabilidad

compartida. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que surgieron de la

Declaración del Milenio y fueron adoptados por los líderes mundiales en la Cumbre

del Milenio de las Naciones Unidas realizada en el 2000, articulan los objetivos para

resolver algunos de los problemas sociales más complicados y urgentes de nuestro

tiempo. Se aceptan generalmente como un marco para medir el progreso hacia el

desarrollo y como una herramienta para ayudar a los gobiernos y a los defensores

de la causa a que movilicen recursos y ejecuten programas que garanticen el

desarrollo sostenible y equitativo en todo el mundo. En la Cumbre del Milenio de

las Naciones Unidas, los líderes mundiales se comprometieron, a través de los

ODM, a alcanzar objetivos cuantificables para abordar una gama básica de

problemas, entre otros pobreza, hambre, enfermedad, analfabetismo, degradación

del medio ambiente y discriminación contra la mujer. En mayor o menor grado,

estos problemas afectan a todas las regiones y pueblos del mundo. Esencialmente,

los ODM tienen como finalidad mejorar la condición humana y promover los

derechos humanos más básicos.

 

OBJETIVOS DE DESARROLLO DEL MILENIO DE LAS NACIONES UNIDAS (ODM)

* Erradicar la pobreza extrema y el hambre

* Lograr la enseñanza primaria universal

* Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer

* Reducir la mortalidad infantil

* Mejorar la salud materna

* Combatir el VIH/sida, el paludismo y otras enfermedades

* Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente

* Fomentar una asociación mundial para el desarrollo

 

Departamento de Información Pública de las Naciones Unidas

Los ODM necesariamente son amplios en su alcance y colocan ocho objetivos

básicos en el centro de la agenda mundial. Para alcanzar estos objetivos mundiales

será inevitable abordar esos factores específicos que hacen posible la consecución

de los objetivos más amplios. Para la mayoría de los ODM, estos factores

específicos, incluyen directa o indirectamente a la sexualidad y la salud sexual y

reproductiva. La estrategia de salud reproductiva de la OMS, adoptada en la 57.a

Asamblea Mundial de la Salud en mayo del 2004, reconoció explícitamente los

vínculos entre los ODM y la salud sexual y reproductiva. A un nivel amplio, la

estrategia de la OMS (2004b) reconoce no solo que la salud sexual y reproductiva es

un factor determinante fundamental para el bienestar de las personas, las parejas y

las familias, sino que también los es para el desarrollo de comunidades y naciones.

Con respecto a los ODM específicamente, el documento de la OMS (2004b)

observa que,

De los ocho Objetivos, tres —mejorar la salud materna, reducir la

mortalidad infantil y combatir el VIH/sida, el paludismo y otras

enfermedades —están directamente vinculados con la salud sexual y

reproductiva, mientras que otros cuatro —erradicar la pobreza

extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal,

promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer, y

garantizar la sostenibilidad del medio ambiente— guardan una

estrecha relación con la salud, incluida la salud reproductiva (pág.11).

Con respecto a la salud reproductiva, las mujeres que no tienen acceso a la

información y los servicios de salud sexual y reproductiva estarán menos

capacitadas para planificar sus familias y expuestas a mayor riesgo de contraer

alguna ITS y la infección por el VIH, además de sufrir otras consecuencias

negativas para la salud, todo lo cual facilita directamente la pobreza. Las

consecuencias son claras. “Por lo tanto, la salud reproductiva es crucial, no solo

para la reducción de la pobreza, sino para el desarrollo humano sostenible”

(FNUAP, 2003). De manera más general, cada vez se reconoce más la relación

recíproca entre el establecimiento de los derechos sexuales, el logro y el

mantenimiento de la salud sexual, y el cumplimiento de los objetivos más amplios

de los ODM.

Si se quiere lograr la salud sexual y reproductiva, hay que darles

autonomía a las personas para que ejerzan el control de su vida sexual

y reproductiva, y garantizarles el acceso a los servicios de salud afines.

Si bien estos derechos y la capacidad de ejercitarlos, constituyen un

valor importante por sí mismos, son también una condición para el

bienestar y el desarrollo. El descuido y la denegación de los servicios

de salud sexual y reproductiva y de los derechos asociados, son la

causa de muchos problemas relacionados con la salud en todo el

mundo (WHO, 2004a, p. 2).

Cada vez es mayor la toma de conciencia sobre la relación recíproca entre los

problemas de salud sexual y reproductiva y los indicadores fundamentales

específicos del bienestar general, como la pobreza. Los problemas de salud sexual y

reproductiva son a la vez una causa y una consecuencia de la pobreza. Este vínculo

lo señala explícita y sucintamente Family Care International (2005) al decir que,

La deficiente salud sexual y reproductiva repercute en el bienestar

económico de las personas, las familias y las comunidades ya que

reduce la productividad y la participación de las personas en la fuerza

laboral. Por ejemplo, la maternidad temprana perpetúa el ciclo de la

pobreza al perturbar la escolaridad de niñas, al limitar las

oportunidades laborales de las mujeres y las niñas, y reducir las

inversiones en el bienestar de las mujeres y sus hijos. Al mismo

tiempo, los costos de los tratamientos para las lesiones y las

enfermedades sexuales y reproductivas pueden agotar los exiguos

ingresos, exacerbando la pobreza individual y doméstica (p. 3).

Con el transcurso de los años, se ha reconocido cada vez más que los esfuerzos de

promoción de la salud sexual y reproductiva tienen una repercusión beneficiosa

directa sobre estos aspectos de la vida de la gente. Lo que ha sido quizás menos

claro para las instancias normativas, pero que es de importancia crucial, es el

reconocimiento de que romper el ciclo de la pobreza exige que se imparta

educación eficaz sobre salud sexual y que los servicios se presten en un entorno que

aliente a los individuos a que actúen en su propio nombre. Por ejemplo, el informe,

Adding It Up: The Benefits of Investing in Sexual and Reproductive Care (Singh, Darroch,

Vlassoff y Nadeau, 2003) documenta ampliamente en qué medida las inversiones

en servicios de atención de salud sexual y reproductiva pueden efectuar

contribuciones valiosas a los objetivos de desarrollo más amplios. En efecto, con

respecto a los ODM específicamente, el informe concluye que “la salud sexual y

reproductiva es esencial para alcanzar todos estos objetivos” (p. 30).

La publicación Developing Sexual Health Programmes: A Conceptual Framework and Basis

for Action de la OMS (2007, en prensa) aporta un método integral de promoción de

la salud sexual al reconocer que hay una amplia gama de factores determinantes de

la salud sexual, entre ellas las influencias legales, políticas, religiosas, económicas y

socioculturales. La promoción eficaz de la salud sexual en toda la sociedad no solo

debe incluir a la salud y los sistemas de educación sino que debe abordarse también

mediante la aplicación de leyes y políticas apropiadas. Estos esfuerzos deben incluir

el abordaje de las desigualdades económicas asociadas con la aparición de muchos

problemas relacionados con la salud sexual y suelen ser causa de ellos. El marco

conceptual de la OMS reconoce e incorpora el hecho crucial de que para ser

exitosos, los programas de promoción de la salud sexual deben formularse y

ejecutarse con los aportes, la cooperación y la aceptación de las comunidades

interesadas.

Tanto en el mundo desarrollado como en desarrollo tenemos que hacer frente a

tasas persistentemente altas, y en algunos casos en aumento, de infecciones de

transmisión sexual como el VIH, de embarazos no deseados y abortos peligrosos.

Estos problemas son particularmente agudos en el mundo en desarrollo donde

 

representan obstáculos fundamentales para lograr progresos significativos en la

disminución de la morbilidad, la mortalidad y la pobreza. La discriminación por

razones de género que incluye normas y prácticas sexuales, así como el coito

coercitivo que se impone a las mujeres y los niños, agravan estos problemas. El

ataque violento de la infección por el VIH/sida en África es un ejemplo

contundente de cómo una multitud de normas y prácticas sexuales específicas y la

falta de esfuerzos sostenidos de promoción de la salud sexual basados en datos

probatorios, han facilitado una epidemia que se ha cobrado millones de vidas,

además de exacerbar y contribuir directamente a la pobreza extrema.

Considerada en conjunto, la gama de problemas de salud sexual y reproductiva que

afronta la comunidad mundial es amplia y su repercusión sobre la condición

humana es inmensa. Según la OMS (2004b),

...los aspectos de mala salud reproductiva y sexual (la mortalidad y

morbilidad maternas y perinatales, los cánceres, las infecciones de

transmisión sexual y el VIH/sida) ocasionan casi 20% de la carga

mundial de mala salud para las mujeres y cerca de 14% para los

hombres. Sin embargo, estas estadísticas no captan la carga total de

mala salud. La violencia de género y los trastornos ginecológicos,

como los problemas menstruales graves, la incontinencia urinaria y

fecal debida a la fístula obstétrica, el prolapso uterino, la pérdida de

embarazos y la disfunción sexual— que tienen consecuencias graves

tanto sociales, como emocionales y físicas— actualmente se

subestiman considerablemente en los cálculos de la presente carga

mundial de morbilidad. La OMS calcula que el comportamiento

sexual peligroso es el segundo factor de riesgo más importante para la

salud a nivel mundial (p. 15).

Es evidente que para lograr el éxito de las iniciativas mundiales para el desarrollo

sostenido ellas deben incorporar específicamente programas de promoción de la

salud sexual basados en datos probatorios.

El mundo en desarrollo sufre una carga desproporcionada debida a los problemas

de salud sexual y reproductiva y esto representa un obstáculo importante para el

desarrollo de estas regiones del mundo. Además, cabe señalar que los problemas de

salud sexual y reproductiva también colocan una carga significativa en la salud y el

bienestar de las personas y las familias en el mundo desarrollado. Por ejemplo, en el

documento The Surgeon General’s Call to Action to Promote Sexual Health and Responsible

Sexual Behavior (Director General de Sanidad de los Estados Unidos, 2001) se

reconoce en qué grado muchos de estos mismos problemas generan una

considerable morbilidad y mortalidad en ese país y dichos problemas están muy

asociados con la desventaja socioeconómica. Un estudio comparativo de la salud

sexual y reproductiva del adolescente en cinco países desarrollados mostró

claramente que el acceso a la educación de salud sexual y reproductiva y a los

servicios clínicos suele ser insuficiente y que una falta de acceso a la educación y los

servicios está correlacionada con tasas mayores de embarazo e infección de

transmisión sexual en adolescentes (Darroch, Frost, Singh and the Study Team,

2002).

 

Salud Sexual para el Milenio refleja los últimos adelantos técnicos en la ciencia de promoción de la salud sexual

El documento de la OMS (2007, en prensa) proporciona un marco conceptual para

elaborar y aplicar programas eficaces de promoción de la salud sexual que reflejan

un enfoque multisectorial. El documento técnico Salud Sexual para el Milenio

presenta un examen complementario y exhaustivo basado en la investigación de

temas clave en la promoción de la salud sexual, que representa más apoyo basado

en datos probatorios para el marco conceptual de la OMS. Un componente clave

de lo oportuno y la relevancia del documento técnico Salud Sexual para el Milenio es

que llega en un momento en que los adelantos en la disciplina extraordinariamente

diversa de la sexología hacen cada vez más evidente que los programas bien

apoyados y bien diseñados de promoción de la salud sexual pueden tener éxito en

alcanzar sus objetivos y, como resultado, tener una repercusión positiva

considerable y amplia sobre la salud y el bienestar de los beneficiarios. Por ejemplo,

los adelantos en la ciencia del comportamiento aplicados a la prevención de las ITS

y el VIH y de los embarazos no deseados, así como la educación en salud sexual

para los jóvenes han aumentado extraordinariamente la posible eficacia de dichos

programas. La comprensión epidemiológica de la dinámica biológica y social que

conduce a la propagación de las ITS y el VIH dentro de las comunidades y a través

de las fronteras ha avanzado significativamente. Los estudios en los ámbitos de la

sociología y la antropología nos han dado una mayor comprensión de las normas y

las prácticas sexuales dentro de diversos contextos socioculturales. El conocimiento

médico y la intervención clínica relacionada con el control sexual funcional, así

como de la reproducción y la fecundidad ahora tienen un potencial cada vez mayor

para mejorar la calidad de vida.

Los ocho enunciados de la declaración y documento técnico Salud Sexual para el

Milenio representan y sustentan el próximo paso lógico y gradual en la promoción

mundial de la salud sexual (véanse apéndices IV y V que incluyen una descripción

del proceso seguido para elaborar la declaración y documento técnico, así como el

agradecimiento de los que participaron en dicho proceso). Los enunciados de la

declaración identifican ocho áreas clave en la esfera de la salud sexual en las que

debemos avanzar. La sexualidad y la salud sexual son conceptos amplios y diversos

que se refieren a innumerables aspectos de la condición humana. El documento

Salud Sexual para el Milenio no solo confirma la función que debe desempeñar la

promoción de la salud sexual para cumplir los ODM, sino que especifica y explica

en detalle ocho aspectos diferenciados pero interrelacionados de la salud sexual que

tienen funciones importantes para influir en el desarrollo humano. A fin de

contribuir de manera significativa y eficaz al cumplimiento de los ODM, los

programas de promoción de la salud sexual deben abordar la totalidad de la

sexualidad humana. Por ejemplo, para promover eficazmente la reducción del

riesgo de contraer el VIH por contacto sexual, los programas de promoción de la

salud sexual deben reflejar e incorporar la realidad de que las relaciones sexuales

incluyen el género y la dinámica de poder y que el deseo de intimidad y placer

desempeña una función primordial en la configuración del comportamiento sexual.

En resumen, Salud Sexual para el Milenio conceptualiza a la salud sexual como

multidimensional e identifica y examina concretamente ocho metas específicas que

juntas abarcan un método integrado y coherente a la promoción de la salud sexual.

Por último, este documento técnico describe las acciones concretas necesarias que

son específicas para cada una de las ocho metas de la declaración.

 

Salud Sexual para el Milenio. Declaración

La promoción de la salud sexual es fundamental para el logro del bienestar, así como

para alcanzar el desarrollo sostenible y más específicamente para el logro de los

Objetivos de Desarrollo del Milenio. Las personas y las comunidades que disfrutan del

bienestar sexual están mejor preparadas para contribuir a la erradicación de la pobreza

individual y social. Al fomentar la responsabilidad individual y social, además de las

interacciones sociales equitativas, la promoción de la salud sexual favorece la calidad de

vida y la instauración de la paz. Por consiguiente, instamos a todos los gobiernos,

organismos internacionales, sector privado, instituciones académicas, a la sociedad en

general, y en particular, a todas las organizaciones miembros de la Asociación Mundial

para la Salud Sexual a:

1. Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos.

Los derechos sexuales son un componente integral de los derechos humanos básicos y por

consiguiente son inalienables y universales. La salud sexual es un componente integral del

derecho al goce del grado máximo alcanzable de salud. La salud sexual no puede obtenerse ni

mantenerse sin derechos sexuales para todos.

2. Avanzar hacia la igualdad y la equidad de género.

La salud sexual exige igualdad, equidad y respeto, independientemente del género. Las

inequidades y los desequilibrios de poder relacionados con el género entorpecen las interacciones

humanas armónicas y constructivas y, por consiguiente, el logro de la salud sexual.

3. Condenar, combatir y reducir todas las formas de violencia relacionadas con la

sexualidad.

La salud sexual no puede lograrse mientras las personas no estén libres de estigma,

discriminación, abuso, coerción y violencia sexuales.

4. Proveer acceso universal a la información completa y educación integral de la

sexualidad.

Para lograr la salud sexual, todas las personas, incluidos los jóvenes, deben tener acceso a la

información completa y a la educación integral de la sexualidad, así como a los servicios de salud

sexual en todo el ciclo de vida.

5. Asegurar que los programas de salud reproductiva reconozcan el carácter central de la

salud sexual.

La reproducción es una de las dimensiones fundamentales de la sexualidad humana y, como tal,

puede contribuir a fortalecer las relaciones y a la satisfacción personal, cuando se desea y se

planifica. La salud sexual abarca la salud reproductiva. Deben ampliarse los programas actuales

de salud reproductiva para abordar las diversas dimensiones de la sexualidad y la salud sexual de

manera integral

6. Detener y revertir la propagación de la infección por el VIH y otras infecciones de

transmisión sexual.

El acceso universal a la prevención eficaz, la orientación y las pruebas voluntarias, a la atención y

el tratamiento integrales de la infección por el VIH/sida y otras infecciones de transmisión

sexual (ITS) son igualmente esenciales para la salud sexual. Es necesario reforzar de inmediato

los programas que garantizan el acceso universal.

7. Identificar, abordar y tratar las preocupaciones, las disfunciones y los trastornos

sexuales.

Debido a que las preocupaciones, las disfunciones y los trastornos sexuales repercuten en la

calidad de vida, es fundamental reconocer, prevenir y tratar las preocupaciones, las disfunciones

y los trastornos sexuales.

8. Lograr el reconocimiento del placer sexual como un componente de la salud y el

bienestar total.

La salud sexual es más que la ausencia de enfermedades. En todo el mundo, debe reconocerse y

promoverse el derecho al placer sexual.

Es esencial que los planes de acción internacionales, regionales, nacionales y locales para el

desarrollo sostenible asignen una alta prioridad a las intervenciones de salud sexual, doten de

recursos suficientes, aborden las barreras sistémicas, estructurales y comunitarias y hagan el

seguimiento del progreso logrado.

Aprobado el 17 de abril de 2007 por la Asamblea General de la WAS celebrada en Sydney

Australia.

 

Conclusión

Hemos llegado a un punto en la historia en el que cada vez es más evidente que los

adelantos en la ciencia de la sexualidad han mejorado de manera cuantificable la

capacidad de los programas de promoción de la salud sexual, bien diseñados y

apoyados, para abordar eficazmente varios problemas que limitan o impiden que

las personas lleven una vida sana y productiva. Según indica el documento

Estrategia de Salud Reproductiva de la OMS (2004b), “El número de prácticas óptimas

en materia de salud reproductiva y sexual basadas en criterios científicos ha

registrado un aumento sustancial y se ha ampliado el alcance tanto de las

investigaciones clínicas y comportamentales como de las normas y directrices

internacionalmente reconocidas” (p.13). A su vez, la declaración y documento

técnico Salud Sexual para el Milenio ilustra e incorpora los adelantos en la ciencia de la

promoción de la salud sexual que han colocado a esta esfera en una posición sin

precedentes para contribuir al desarrollo humano y efectuar un aporte

imprescindible a los objetivos amplios de los ODM.

 

Referencias

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Darroch, J.E., Frost, J.J., Singh, S. and the Study Team. (2002). Teenage Sexual and Reproductive Health in Developed

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Capitulo 1

 

Reconocer, promover, garantizar y proteger los derechos sexuales para todos

 

Los derechos sexuales son un componente integral

de los derechos humanos básicos y por

consiguiente son inalienables y universales. La

salud sexual es un componente integral del

derecho al goce del grado máximo alcanzable de

salud. La salud sexual no puede obtenerse ni

mantenerse sin derechos sexuales para todos.?

 

Introducción

La colocación de los derechos sexuales como el primer punto de la

declaración Salud Sexual para el Milenio de la Asociación Mundial para la

Salud Sexual (WAS) es congruente con el reconocimiento cada vez

mayor de los derechos humanos como requisitos fundamentales para la

salud (Farmer, 1999; Mann, Gruskin, Grodin y Annas, 1999). Por consiguiente, la

salud sexual no puede lograrse ni mantenerse sin el respeto de los derechos

humanos (WHO, 2007, en prensa).

En su documento Gender and Reproductive Health Glossary, la secretaría de la

Organización Mundial de la Salud (OMS) propone una definición práctica de los

derechos sexuales como “derechos humanos relacionados con la salud sexual”. De

ese modo, coloca firmemente a los derechos sexuales dentro de la gama de

? Este capítulo está casi totalmente basado en el Documento de Antecedentes escrito por Eleanor

Maticka-Tyndale y Lisa Smylie. La Consulta de Expertos de la WAS realizada en Oaxaca, México

proporcionó insumos adicionales así como retroalimentación por parte de los revisores. (Ver Apéndices

IV y V)


derechos humanos que ya se reconocen en los tratados y los convenios

internacionales (WHO, 2002a). Esta definición práctica estipula que:

los derechos sexuales abarcan los derechos humanos que ya se

reconocen en las leyes nacionales, documentos internacionales de

derechos humanos y otras declaraciones de consenso. Incluyen el

derecho de todas las personas, libres de coacción, discriminación y

violencia, a:

* alcanzar el nivel más alto posible de salud sexual, en especial el

acceso a servicios de atención de salud sexual y reproductiva;

* buscar, recibir y difundir información con relación a la sexualidad;

* recibir educación sobre la sexualidad;

* que se respete su integridad física;

* elegir el compañero (a);

* decidir ser sexualmente activo o no;

* tener relaciones sexuales consensuales;

* matrimonio consensual;

* decidir si la persona quiere tener hijos o no, y cuándo quiere

tenerlos; y

* llevar una vida sexual satisfactoria, segura y placentera.

 

La definición práctica concluye que: “El ejercicio responsable de los derechos

humanos requiere que todas las personas respeten los derechos de los demás”

(WHO, 2002a).

Los derechos sexuales tal como se acaban de describir pueden identificarse como

un elemento esencial subyacente de todos los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio

(ODM) (UN, 2005). La disponibilidad de servicios de salud sexual y reproductiva

de calidad, así como de información y educación referentes a la sexualidad;

protección de la integridad física; la garantía del derecho de las personas a elegir

libremente a los compañeros sexuales y los cónyuges, para decidir si van a tener

hijos o no, y para llevar una vida sexual satisfactoria, segura y placentera, se basan

en la igualdad de género y contribuyen tanto a esa igualdad como a la autonomía de

las mujeres (ODM 3); contribuyen también al acceso a la educación primaria, en

particular para las niñas (ODM 2); a la reducción de la mortalidad infantil y en la

niñez, especialmente de las niñas (ODM 4); a las mejoras en la salud materna y la

disminución de la mortalidad (ODM 5); a la reducción de la vulnerabilidad a la

infección por el VIH/sida, a las ITS y a otras amenazas para la salud (ODM 6); y

también a la reducción de la pobreza (especialmente entre las mujeres) (ODM 1).

Por lo tanto, es evidente que el logro de los derechos sexuales para todas las

personas no solo contribuirá a la salud sexual y reproductiva, al bienestar y la

calidad de vida, sino que también impulsará los ODM.

 

Algunos obstáculos que deben superarse en torno a los derechos sexuales

A pesar de la armonización clara de los derechos sexuales con los derechos

humanos, el apoyo internacional amplio a numerosos tratados de derechos

humanos y declaraciones de consenso (Oficina del Alto Comisionado para los

Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 2004), de los logros en materia de

salud y de la elaboración de un enfoque basado en los derechos (Farmer, 1999;

Hendriks, 1995; Mann, Gruskin, Grodin y Annas, 1999), los intentos para alcanzar

el consenso internacional sobre los derechos sexuales han encontrado obstáculos

(Correa y Parker, 2004; Girard, 2005; Petchesky, 2000) que, sin embargo, no son

insuperables.

 

Barreras religiosas y otras barreras de tipo cultural

Por tratarse de declaraciones normativas, los acuerdos internacionales de derechos

humanos pueden representar un reto para la autoridad del Estado, las estructuras

culturales o las organizaciones religiosas (Cook, 1995). Los derechos sexuales quizá

sean particularmente contenciosos porque abordan aspectos de la vida que se

consideran como del dominio privado y sagrado, y se basan en creencias culturales

y religiosas acerca de la naturaleza de la existencia humana y su relación con el

poder fundamental de la vida, así como la naturaleza y la perpetuación de grupos

fundamentales como la familia y el clan. Estos derechos se insertan en sistemas

culturales y de creencias religiosas y en códigos morales que no son dependientes

de la ciencia ni responden a ella ni a los procesos democráticos (Plummer, 2003).

Dentro de estas visiones cósmicas, la salud y el desarrollo no tienen prioridad sobre

el respeto de las creencias culturales o religiosas y de los códigos morales. De

hecho, la mala salud, el sufrimiento, y aun la muerte pueden verse como pruebas o

pasajes necesarios de la vida, o hasta consecuencias inevitables de la transgresión de

las normas culturales y religiosas. Un enfoque de derechos sexuales puede

considerarse como una infracción a la naturaleza de la humanidad según la

entienden la religión y la cultura. Esto explica, por ejemplo, la oposición vehemente

de los representantes de Pakistán (una posición que fue respaldada por otros países)

a la inclusión de la orientación sexual en un proyecto de resolución de la Comisión

de Derechos Humanos en el 2003, alegando que se trataba de un insulto a los 1.200

millones de musulmanes del mundo (citado en Saiz, 2004, p. 57) y la oposición

similar de la Iglesia Católica y de los clérigos musulmanes a la inclusión de las

referencias a la homosexualidad en el Programa de Acción de la Conferencia

Internacional sobre la Población y el Desarrollo de 1994 (ICPDPoA) (UN, 1994),

la Plataforma de Acción de Beijing (Beijing) (UN, 1995) y las plataformas y

resoluciones del periodo extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las

Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (UNAIDS, 2002), (Bayes y Tohidi, 2001;

Girard, 2005; Parker, di Mauro, Filiano, García, Muñoz-Laboy y Sember, 2004).

 

Inquietudes teóricas

Los teóricos críticos también se han opuesto a un enfoque a la sexualidad basado

en los derechos y la salud. Ellos ponen de relieve las consecuencias de enmarcar los

derechos sexuales dentro de un paradigma de salud en comparación con un

paradigma de ciudadanía. Miller (2001) señala que “si bien es cierto que la ubicación

de la sexualidad con la salud tal vez la libere de los límites estrechos de la religión, la

cultura y la moralidad, la sexualidad quedaría colocada bajo el control normalizador

de la salud y la medicina”. Históricamente (y en la actualidad también), la salud y la

medicina han impuesto una tiranía de la ‘naturaleza’ y del determinismo biológico

que no reconoce la naturaleza social de la sexualidad ni la capacidad de los

individuos y las culturas de encontrar placer y ‘naturalidad’ en diversas prácticas y

experiencias. Hay que considerar también, por ejemplo, la ‘patologización’ de la

práctica, por lo demás universal, de la masturbación o de todo contacto sexual

consensual de adultos del mismo sexo, a pesar de ejemplos históricos y

contemporáneos de culturas donde esto es una práctica reconocida por las normas.

Además, hay que tener en cuenta la relativamente reciente, y en algunos círculos

todavía contenciosa, eliminación de la homosexualidad del (Manual Diagnóstico y

Estadístico de los Trastornos Mentales), de la Asociación Psiquiátrica

Estadounidense (APA).

Quienes trabajan en el ámbito mundial nos alertan hacia sus tácticas y

consecuencias más indeseables. Van Eerdewijk (2001) señala las maneras en que el

etnocentrismo occidental induce a los investigadores a considerar sus propias

circunstancias como la “norma” y, por ende, aplican sus propios valores al

interpretar sus observaciones en lugar de indagar cuáles son los valores de otros.

Boyle y Preves (2000) dirigen nuestra atención hacia las tácticas políticas que hacen

avanzar una agenda occidental sin preocupación por las preferencias, atracciones y

deseos de las personas locales, con lo cual les niegan su derecho a la autonomía

como personas. Plummer (2003) cuestiona la pertinencia de los derechos

universales y abstractos desprovistos de contextos, antecedentes y relatos locales

para crear una ética para el mundo globalizado del siglo XXI.

Los teóricos especializados en los derechos, la sexualidad y la globalización señalan

que las doctrinas sobre los derechos que encuentran su justificación en la salud

prestan poca atención al trabajo de los construccionistas sociales y a la

comprensión en evolución de la sexualidad fundamentada en reconocimientos

posmodernos de subjetividades, conocimientos y experiencias cambiantes y

variables (Hawkes, 2004; Richardson, 2000; Weeks, 1989; 2000), o a los

diferenciales de poder entre los géneros, los grupos y las naciones en la

determinación de las agendas y las normas internacionales. Esto ha conducido a

algunas académicas feministas como Oriel (2005) a cuestionar si la agenda de los

derechos sexuales ha tenido en cuenta adecuadamente los derechos de las mujeres

en relación con los de los hombres, en especial, dados los diferenciales de poder

que todavía predominan entre hombres y mujeres. Además, Miller (2001) señala a

nuestra atención la necesidad de conciliar las incompatibilidades fundamentales

entre el enfoque de los derechos humanos, en comparación con el de salud pública,

en particular si estamos de acuerdo en que los derechos son esenciales para la salud.

Estas inquietudes relacionadas con las nuevas conceptualizaciones de la sexualidad

dentro de un paradigma de salud y derechos quizás puedan comprenderse si

reconocemos la naturaleza intrínsecamente dialéctica del cambio (Balakrishnan,

2001). La liberación de las antiguas formas de opresión conlleva tanto nuevas

libertades como nuevas opresiones. Por lo tanto, la tiranía de la comunidad es

reemplazada con la tiranía de la persona. Un enfoque centrado en los derechos de

la persona puede amenazar tanto el bienestar como la existencia y la identidad

mismas de algunas personas, grupos o comunidades. En consecuencia, la oposición

a los derechos puede comprenderse mejor como una advertencia que nos alerta hacia

lo inevitable de que surjan metas en competencia o en conflicto y hacia la necesidad

de seguir adelante con el cuidado debido, manteniéndose alerta contra nuevas

pérdidas y logros, reconociendo que lo mejor que puede lograrse es un nuevo

equilibrio.

 

La necesidad de contar con derechos sexuales

A pesar de estos debates, las organizaciones internacionales que abogan por los

derechos de las mujeres y los niños, y de las personas homosexuales, lesbianas,

bisexuales y transgénero, como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, así

como los Relatores de diversos Comités de las Naciones Unidas, se han mantenido

a la vanguardia para documentar las infracciones continuas a los derechos sexuales

y sus consecuencias para la salud, el bienestar y la vida misma de hombres, mujeres

y niños. Para permitirles a todas las personas gozar del nivel más alto posible de

salud sexual, es necesario satisfacer diversas necesidades que provienen de

principios éticos acordados universalmente.

 

A) La necesidad de autonomía en la toma de decisiones sobre la salud

sexual y reproductiva

A las mujeres se les niega la autonomía en la toma de decisiones sobre la sexualidad

y su derecho a la atención de salud sexual y reproductiva con la prohibición legal

del control de la natalidad y de los servicios de abortos, ya que se ven obligadas a

buscar servicios ilegales que suelen conducir a abortos peligrosos (WHO, 2004).

Pero, ni siquiera la disponibilidad de anticonceptivos y de abortos en condiciones

seguras garantiza necesariamente el derecho de las mujeres a la autodeterminación

en materia de reproducción. Varias organizaciones de América Latina han

documentado casos ocurridos en Perú y México, de esterilización quirúrgica o de

inserción de los DIU en mujeres indígenas o marginadas sin su consentimiento

(Castro y Ervitie, 2003). En el análisis hecho por Mertus (2001) de numerosos

problemas de derechos reproductivos y sexuales en países de Europa central y

oriental se encuentran los casos de la esterilización involuntaria de las mujeres del

pueblo gitano en Eslovaquia. En los países que prohíben la actividad sexual fuera

del matrimonio, por lo general, a las mujeres solteras les son negados los servicios

de salud sexual y reproductiva (Amado, 2003; Shirpak, Mohammad, Maticka-

Tyndale, et al., 2006, en prensa).

 

B) La necesidad de garantizar la libertad para buscar, suministrar y recibir

información y educación sobre salud sexual

Las necesidades de información y de educación sexual de las mujeres y las niñas no

están satisfechas debidamente en muchos países, según queda demostrado, por

ejemplo, en la restricción de gran parte de la educación sexual en las escuelas de los

Estados Unidos para limitarla solamente a los programas que preconizan la

abstinencia exclusiva (Arnold, Smith, Narrison y Springer, 1999; Jones, 2002); el

suministro no uniforme de educación sexual en el Canadá (Barrett, King, Levy,

Maticka-Tyndale, McKay y Fraser, 2004); la ausencia o el acceso disperso a la

educación sexual en gran parte de América Latina, África, Oriente Medio y Asia.

En los casos en que la educación sobre salud sexual está disponible, quizá sea

inapropiada para las necesidades de muchas mujeres y niñas, según se demuestra en

los enfoques conocidos como el ABC (abstinence, be faithful, condoms), utilizados

para la educación sobre prevención de la infección por el VIH, que predominan en

el África subsahariana. Estos enfoques, que suponen que las mujeres y las niñas

gozan de autonomía personal y controlan las decisiones relativas a la sexualidad,

tienen el efecto de quitarles poder y de alienar aún más a la gran mayoría de las

niñas y las mujeres que carecen de esa autonomía y control (Van Donk, 2006;

Whelan, 1998).

Las formas de actividad sexual calificadas de patológicas, tipificadas como delitos,

no normativas, o cuya existencia es pasada por alto o negada, no figuran en los

programas de educación sexual o están representadas como tales. A menudo,

quienes las practican no tienen ningún acceso a la información, la educación o los

servicios excepto a los que los representan como anormales, perversos o enfermos.

Por lo tanto, en los países donde la homosexualidad se considera como una

enfermedad, hasta a los proveedores de atención sanitaria, los investigadores y los

educadores se les enseña que traten estas prácticas como si se tratara de una

enfermedad o un delito. De la misma manera, donde la poligamia se tipifica como

delito, los adultos en uniones polígamas consensuales (y sus hijos) carecen de

acceso a los derechos, las protecciones y los servicios al alcance de los que se

encuentran en uniones matrimoniales reconocidas legalmente (Maticka-Tyndale,

2002, 2003). Donde las prácticas sadomasoquistas son tipificadas como delito,

quienes participan en ellas por su propia voluntad, quizá sean sometidos a

detención y a medidas penales sin consideración de la naturaleza consensual de su

práctica (por ejemplo, Richardson, 2000, p. 112). En muchos países, se supone que

las personas con discapacidades no son aptas para tomar decisiones sobre la

sexualidad y la actividad sexual y, por lo tanto, se les han negado los derechos a la

autodeterminación sexual y a los servicios de salud sexual para satisfacer sus

necesidades (DiGiulio, 2003; Tilley, 2000; Zola, 1988). Esto se observa más

claramente con respecto a las personas diagnosticadas con enfermedades mentales

graves o que sufren de retardo mental (Dybwad, 1976; Zola, 1988). De igual

manera, se niegan la capacidad y los intereses sexuales de los ancianos, y los

esposos y esposas se colocan en establecimientos separados de atención crónica;

además, a los ancianos que se encuentran en esos establecimientos no se les

concede la privacidad y el respeto necesarios para llevar una vida sexual segura,

placentera y satisfactoria. Asimismo, a los profesionales del sexo se les niega el

derecho de participar en actividades sexuales consensuales ya que el trabajo sexual

se criminaliza. La falta de información, educación y servicios de salud sexual se

considera un factor que contribuye a la mala salud sexual, lo que abarca las

infecciones de transmisión sexual, los embarazos no deseados, la violencia sexual, la

disfunción sexual, malos resultados de salud reproductiva y, en último término,

pone en peligro el derecho de llevar una vida sexual satisfactoria, segura y

placentera (WHO, 2007, en prensa).

 

C) La necesidad de proteger a las personas contra la violencia y la

violación de la integridad física

El abuso verbal, el acoso, la violencia, la violación de la integridad física y el

asesinato o la pena capital suelen ser utilizados por el Estado y sus agentes, y son

aprobados de manera implícita cuando la sociedad civil los usa para castigar a

hombres, mujeres, niños y niñas que infringen las normas culturales de conducta

sexual. La pena de muerte puede ser impuesta y se impone por una convicción de

homosexualidad en los países que se rigen por la ley islámica (shari’a) (Amado, 2004;

Ottoson, 2006). En Egipto, los profesionales de salud que trabajan en unidades de

medicina forense violan la integridad física de las personas detenidas por sospecha

de actividad homosexual, al efectuar exámenes anales forzados y repetidos con la

finalidad de determinar su culpa (Long, 2004). La India brinda un ejemplo más de

la colusión entre los profesionales de salud y la policía, en lo que Narrain (2004)

describe como un retroceso nacionalista que ha conducido a la “vigilancia policial

rigurosa y ruda” con procesos penales o tratamiento médico forzado para las

personas descubiertas en actividades homosexuales. En Zimbabwe, Namibia,

Zambia, Botswana y Uganda líderes del gobierno han lanzado campañas de odio

contra las personas homosexuales, incitando y aprobando el abuso civil de los

homosexuales y dando órdenes a la policía de que los persigan, los detengan y los

sometan a juicio agresivamente (Human Rights Watch e IGLHRC, 2003). En

Jamaica y otros países del Caribe, los hombres homosexuales son acosados,

intimidados y asesinados con la complacencia de la sociedad en general. Esta

información está documentada en los informes presentados al Relator Especial de

las Naciones Unidas sobre la Tortura, así como en los documentos preparados por

Amnistía Internacional sobre tortura y violación por la policía de personas

homosexuales, lesbianas y transgénero mientras se encontraban bajo custodia

policial en la India, Somalia, Turquía, Afganistán, Egipto, México y Venezuela, así

como la negativa de la policía a investigar las violaciones y asesinatos de personas

homosexuales por la población civil (Amnistía Internacional, 2005; Long, 2001).

En el Reino Unido, Australia, Estados Unidos y Canadá se ha usado con éxito una

defensa denominada del pánico homosexual para obtener una sentencia menor para los

perpetradores de violencia contra los hombres homosexuales o transgénero (Howe,

2000).

La violencia en forma de violación, tortura sexual, asesinatos por honor, palizas y

desfiguración también es utilizada por agentes del Estado y miembros de la

sociedad civil para controlar y castigar a las mujeres y las niñas que han transgredido

normas culturales de conducta sexual (Amado, 2004; Abu-Odeh, 2000; Fried y

Landsberg-Lewis, 2000; Spatz, 1991; Zuhur, 2005). En fecha muy reciente, se ha

volcado la atención hacia la violación, la tortura sexual, la maternidad forzada y el

matrimonio forzado de cientos de miles de mujeres como parte de conflictos

armado en la antigua Yugoslavia, Somalia, Birmania, Cachemira, Sierra Leona,

Rwanda, Angola y diversos países latinoamericanos (Heyser, 2006; Hughes,

Mladjenovic y Mrsevic, 1999; Human Rights Watch, 2003; Human Rights

Watch/África, Proyecto de Derechos de la Mujer de Human Rights Watch y la

Fédération Internationale des Droits de l’Homme, 1996; La Luz, 2000; Mladjenovic

y Hughes, 1999). La violación y la violencia sexual contra las mujeres y las niñas

también se han documentado en las prisiones de los Estados Unidos (Human

Rights Watch, 1996), asentamientos de refugiados, y como parte de la trata de

personas (Blum y Kelly, 2000; Mertus, 2001; Olujic, 1995). Esa violencia se ha

vinculado al embarazo no deseado, a las ITS y a la infección por el VIH, mala salud

materna e infantil, disfunción sexual e incapacidad para elegir opciones sexuales y

negociar encuentros sexuales de una manera que se reduzcan al mínimo los riesgos

para la salud de una mujer (García-Moreno y Watts, 2000; WHO, 2002b).

La mutilación genital femenina (MGF) se sigue practicando en las niñas y las

mujeres a pesar de las amenazas documentadas para la salud (WHO, 1998) y el

aumento de los riesgos tanto para las mujeres como para sus hijos durante el parto

(Banks, Meirik, Farley, Akande et al., 2006). La circuncisión infantil masculina,

aunque muy diferente en cuanto a la finalidad y la naturaleza de la MGF, es

considerada por algunos grupos como un abuso contra los lactantes de sexo

masculino ya que, de acuerdo a su argumento, se trata de un corte irreversible de

los genitales sin el consentimiento de la persona (es decir, el lactante). Esta práctica

todavía se efectúa sistemáticamente entre poblaciones musulmanas y judías como

un ritual religioso esencial y en la mayoría de los niños nacidos en los Estados

Unidos, Corea del Sur y Filipinas, a pesar de los alegatos de asociaciones de

médicos y de pediatras estadounidenses, canadienses, británicas, australianas y

europeas de que los datos probatorios acerca de los beneficios para la salud son

insuficientes para recomendar la práctica corriente de la circuncisión entre los niños

(Grupo de Estudio sobre la Circuncisión de la Academia Estadounidense de

Pediatría, 1999; Asociación Médica Estadounidense, 1999; Universidad Australiana

de Pediatría (1996); Fetus and Newborn Committee, 1996). Cabe señalar que varios

estudios recientes han demostrado un efecto protector de la circuncisión masculina

adulta en cuanto a la transmisión del VIH cuando se combina con otros medios de

prevención. Para que la circuncisión masculina adulta destinada a la prevención de

la infección por el VIH, sea ética debe ser segura, culturalmente apropiada

voluntaria e informada (WHO y UNAIDS, 2007).

 

D) La necesidad de garantizar la autodeterminación y la autonomía en la

toma de decisiones sexuales

Al nivel más fundamental, los derechos sexuales abarcan el derecho de participar

en actos sexuales con quienes la persona elija, si la persona lo elige, y de proseguir

su propia ruta para alcanzar el placer y la satisfacción sexuales. Es decir, el derecho

a la autodeterminación y a la autonomía libre de coacción, fuerza, castigo o

discriminación. Al nivel local, donde las personas viven su vida, la

autodeterminación y la autonomía están tanto garantizadas como limitadas por la

ley y la costumbre social. Las leyes que rigen la edad del consentimiento o la

mayoría de edad determinan, por ejemplo, cuándo tienen acceso los jóvenes a las

garantías legales de autonomía y cuándo son considerados plenamente responsables

y deben regirse por las limitaciones legales a la autonomía. Por lo tanto, antes de

llegar a la mayoría de edad, los jóvenes no gozan del derecho a dar su

consentimiento a prácticas sexuales, a tener pareja, ni a obtener acceso a ciertos

servicios. Es una paradoja que el matrimonio, aunque no sea consensual, en

algunos lugares otorga la mayoría de edad a las personas, incluido el derecho de

participar en la actividad sexual consensual. Además de las leyes que rigen la edad

del consentimiento, en muchos países las leyes también fijan límites a la selección

libre de los compañeros sexuales y los actos sexuales. A menudo, las leyes

restringen las actividades sexuales o el matrimonio entre personas del mismo sexo,

entre quienes no están casados, entre las parejas con ciertos vínculos de

consanguinidad, así como la actividad sexual para la ganancia material inmediata y

cuando hay más de dos personas en la actividad. Estas restricciones se aplican aun

cuando haya consentimiento entre todas las partes.

La actividad sexual entre personas del mismo sexo suele reglamentarse por medio

de leyes de sodomía en las cuales se tipifica como delito la relación anal (y a veces otras

prácticas, como el sexo oral). Tales leyes están vigentes en más de 80 países

(Amado, 2004; Khaxas, 2001; Ottoson, 2006; Saiz, 2004; Samelius y Wagberg,

2005). De igual manera, el matrimonio entre personas del mismo sexo está

restringido en la mayoría de los países, con lo cual se les niegan los beneficios

sociales y de salud establecidos que se otorgan a las personas casadas (Herdt y

Kirtzner, 2006). Niveau et al. (1995) documentan aun más la negación del derecho

al matrimonio de los transexuales en países donde, por ejemplo, no hay ningún

mecanismo para cambiar el estado civil a pesar de la transformación completa,

quirúrgica y hormonal, de las características biológicas de sexo (por ejemplo, Reino

Unido, Francia).

No es poco común que a las mujeres heterosexuales se les niegue el derecho a

elegir a sus compañeros sexuales, a elegir si se casarán y con quién, a decidir si

tendrán o no relaciones sexuales, a estar exentas de la actividad sexual a la cual no

consienten y a esperar que su integridad física se respete. Por ejemplo, en Turquía,

donde una mujer soltera no puede decidir tener relaciones sexuales, la prueba de

virginidad es realizada por médicos del Estado a petición de los padres u otras

autoridades de la comunidad y contra la voluntad de las mujeres y las niñas mismas

(Girard, 2001; Lai y Ralph, 1995; Tambiah, 1995). La mutilación genital femenina

se practica en los países de África, del Oriente Medio, de África del norte y del

África subsahariana, así como en Asia para controlar la actividad sexual y mejorar la

aceptación y el atractivo de las niñas y las mujeres (Amado, 2004; Bop, 2005; Igras,

Muteshi, Wolde Mariam y Ali, 2004; Jaldesa, Askew, Njue y Wanjuru, 2005; Lewis

1995; Shaaban y Harbison, 2005; WHO, 1999). Las organizaciones de mujeres en

Perú y otros países latinoamericanos han documentado las dificultades que se

presentan a las mujeres para ejercer su derecho a la autonomía en las decisiones

sexuales, ante el personal de los establecimientos de salud pública, en particular

cuando las mujeres son pobres o miembros de comunidades étnicas minoritarias

(Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer

y Centro para la Ley y la Política de la Reproducción, 1999). Con la finalidad de

controlar la propagación del VIH, el gobierno de Swazilandia, en el 2001 prohibió

por cinco años que las mujeres solteras tuvieran relaciones sexuales, lo que incluía la

abstinencia de estrechar la mano de los hombres (Girard, 2001).

El matrimonio infantil y la maternidad temprana —por debajo de la edad en que se

considera posible el consentimiento independiente en los tratados

internacionales— se ha documentado en Asia, África y el Oriente Medio (Bruce y

Clark, 2004; Germain, 2005; Internacional Center for Research on Women

(ICRW), 2004; Lai y Ralph, 1995; Save the Children, 2004). En los países donde la

decisión de si una persona quiere casarse, cuándo y con quién corresponde al padre

o a otros familiares masculinos, no necesariamente se busca el consentimiento de

las niñas y las mujeres, con lo cual el matrimonio es forzado (Amado, 2004). Una

vez casadas, las mujeres en muchos países, en particular en Oriente Medio, el norte

de África y América Latina, pero también en Irlanda, no pueden dejar el

matrimonio, ya que se les niega el divorcio o su capacidad para tener acceso al

divorcio está seriamente limitada (Amado, 2004; Fried y Landsberg-Lewis, 2000;

Shephard, 2000).

Por último, si bien el intercambio del sexo por la ganancia material inmediata (que

suele denominarse prostitución, o conocido más generalmente como trabajo del

sexo), aun cuando haya consentimiento entre las partes, está fuera de los códigos

penales en algunas de sus formas en sólo 12 países (Australia, Brasil, Canadá, Costa

Rica, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Nueva Zelandia, España, Suecia, Suiza, y

los estados de Nevada y Rhode Island en los Estados Unidos), los organismos de

las Naciones Unidas notifican la trata de cientos de miles de mujeres y niñas, contra

su voluntad, procedentes de África, Asia y Europa oriental para fines de trabajo

sexual (PNUD, 2000; FNUAP 1999, 2000; UNICEF, 2001; UN 1994, 1999, 2000).

 

E) La necesidad de reconocer, promover, garantizar y proteger los

derechos sexuales para todos a fin de alcanzar los Objetivos de

Desarrollo del Milenio

Hay una bibliografía extensa sobre los vínculos estrechos entre los ODM y los

derechos sexuales. Las inequidades por razón de género y la falta de autonomía de

las mujeres exacerban y son causa de gran parte de la pobreza en el mundo y de la

mala salud maternoinfantil. La pobreza es también un factor determinante

primordial de la salud maternoinfantil y estos tres factores influyen conjuntamente

en el acceso a la enseñanza primaria (especialmente para niñas) y su culminación.

La pobreza, la salud, la educación y el hecho de ser mujer crean y exacerban las

condiciones de vulnerabilidad al VIH, el sida, la malaria y otras enfermedades. En

conjunto, la pobreza, la salud, la educación y especialmente la infección por el

VIH/sida y la malaria, a través de sus efectos sobre los individuos, las familias y las

comunidades aumentan el estrés en el entorno físico. La experiencia ha demostrado

claramente que estos factores solo pueden abordarse eficazmente a través de una

coalición entre las naciones, es decir, los ocho ODM.

Los capítulos restantes de este documento abordan, individualmente, en qué forma

la promoción de salud sexual como parte de los programas de salud reproductiva,

el suministro de acceso universal a la educación sobre la sexualidad, la promoción

de la equidad de género en materia de sexualidad, la erradicación del abuso y la

violencia sexuales, el reconocimiento del placer sexual como un componente del

bienestar, la erradicación de las ITS, incluida la infección por el VIH/sida y la lucha

contra la enfermedad y la disfunción sexuales contribuyen a la consecución de los

ODM. El reconocimiento oficial de los derechos sexuales establecería las garantías

legales y de política para estos reconocimientos, erradicaciones, accesos,

disposiciones y promociones que luego podrían usarse para preparar la

programación, la prestación de servicios y las medidas legales pertinentes. En

consecuencia, es a través de estos mecanismos que los derechos sexuales

contribuyen a los ODM. Desde los debates sobre los derechos sexuales en la CIPD

y en Beijing, han venido aumentando los datos probatorios acerca de cambios

legales y de política que incorporan los derechos sexuales enumerados en la

definición práctica de la OMS.

 

F) La necesidad de leyes y políticas de protección

En el último decenio, se ha abordado la violencia contra la mujer en la reforma

legal efectuada en 24 países (WHO, 2002b). En Marruecos, un nuevo derecho de

familia aprobado en el 2004 les da a las mujeres igualdad en la familia (Amado,

2004), e Irán está considerando la modificación a su derecho de familia que

impondrá los mismos requisitos en los esposos de satisfacer las necesidades

sexuales de sus esposas, lo que había sido la obligación legal de largo plazo de las

esposas con respecto a los esposos (periódico de Irán, 27 de julio del 2005). Estas

leyes contribuyen a la equidad de género, a la experiencia de una vida sexualmente

placentera y satisfactoria, y al respeto del derecho de las mujeres a la

autodeterminación en la elección del compañero matrimonial y sexual, sin temor al

castigo.

El derecho de las mujeres a la autodeterminación reproductiva es apoyado por el

cambio en las leyes relativas al aborto. Desde 1995, quince países han aprobado

leyes que liberalizan el acceso al aborto sin riesgo. Entre estos se encuentran Benín,

Burkina Faso, Chad, Guinea, Malí y Nepal que tenían antes algunas de las leyes más

restrictivas. Sin embargo, cinco países (El Salvador, Irlanda, Hungría, Polonia,

Federación de Rusia y los Estados Unidos) han aprobado leyes que restringen más

el acceso al aborto (Centro para los Derechos Reproductivos, 2005).

El respeto de la integridad física de las mujeres, y la protección de la salud sexual y

reproductiva, y de la salud y la vida de los lactantes nacidos de ellas (Shaaban y

Harbison, 2005) se manifiesta en la aprobación de leyes que tipifican como delito el

corte genital femenino en 9 países industrializados y 11 países africanos desde 1995

(CRIP, 2006; Rahman y Toubiah, 2000). Sin embargo, como se demuestra en los

ejemplos de varios países, y experimentado también en el trabajo de uno de los

autores (Maticka-Tyndale) en Kenya, tales leyes a menudo han conducido a la

práctica clandestina (por ejemplo, BBC, 2004a; WHO, 1999) lo que aumenta los

riesgos para la salud (BBC, 2004b). Como se mencionó anteriormente, la

preocupación por la integridad física de los niños se manifiesta en las políticas

fijadas por diversas asociaciones médicas nacionales (Grupo de Estudio sobre la

Circuncisión de la Academia Estadounidense de Pediatría, 1999; Asociación

Médica Estadounidense, 1999; Universidad Australiana de Pediatría (1996); Fetus

and Newborn Committee, 1996) que no recomiendan la circuncisión habitual de

los lactantes masculinos debido a que los “datos probatorios son insuficientes

acerca de los efectos beneficiosos sobre la salud”.

 

G) La necesidad de derechos positivos y condiciones propicias

Los derechos positivos y las condiciones propicias son los que favorecen la

capacidad de las personas para actuar de acuerdo a lo que elijan y a tomar sus

propias decisiones. Ha habido un movimiento gradual hacia el reconocimiento del

derecho de las parejas del mismo sexo a casarse, y a adoptar y a criar niños, y a

beneficiarse de la condición social y jurídica del cónyuge en un número cada vez

mayor de países. Hasta junio del 2006, Bélgica, Canadá, España, los Países Bajos y

el estado de Massachusetts en los Estados Unidos aceptaban el matrimonio,

independientemente del sexo de los miembros de la pareja (IGLHRC, 2006). En

1994, Sudáfrica se convirtió en el primer país en incorporar en su Constitución la

no discriminación basada en la orientación sexual.

La información, la educación y los servicios de salud sexual y reproductiva se

preconizan como derechos sexuales por sí mismos y también comprenden un

componente de las condiciones propicias que permiten a las personas actuar sobre

otros derechos sexuales. El documento de la OMS Conceptual Framework (WHO,

2007, en prensa) describe cambios que han ocurrido en la prestación de servicios de

salud sexual y reproductiva al pasar de un enfoque basado en las necesidades hacia

un enfoque basado en los derechos. Los servicios se han ampliado para atender las

necesidades de salud sexual y reproductiva de las parejas, así como de las mujeres, y

de quienes no se encuentran en la edad fecunda. Hay también cambios graduales

para pasar desde sencillamente tratar las enfermedades y la mala salud sexuales

hasta la promoción del bienestar y el placer sexuales, aunque estos cambios están

tardando más para ponerse en práctica (WHO, 2007, en prensa). Varios programas

han empezado a incorporar una programación para los hombres, en particular con

relación a la equidad de género o la violencia (por ejemplo, Guedes, Stevens,

Helzner y Medina, 2002).

Un número cada vez mayor de países está avanzando para ejecutar programas

eficaces de prevención de la infección por el VIH destinados a los jóvenes a través

de las escuelas (véase Kirby, Laris y Rolleri, 2006, que da una reseña) y las

comunidades (véase Maticka-Tyndale y Brouillard-Coyle, 2006, en prensa, que da

una reseña). El mandato del Gobierno de Kenya en el 2001 de que se imparta una

lección sobre el sida una vez a la semana en todos los grados de la escuela primaria

y secundaria apoyaba los derechos de los niños y los jóvenes a recibir información y

educación sexual relacionada con el VIH y el sida. La adopción por el gobierno, en

el 2005, de un programa de capacitación en el servicio y antes del servicio para

todos los maestros de primaria en educación de prevención de la infección por el

VIH/sida, apoyaba aun más ese derecho (Maticka-Tyndale, Wildish y Gichuru,

2004; Wildish y Gichuru, 2006, en prensa).

Varias organizaciones en América Latina están trabajando con una orientación de

derechos sexuales (por ejemplo, Profamilia, Horizontes, Instituto Promundo,

Asociación de Planificación Familiar de Jamaica y la Federación Internacional de

Planificación Familiar). Han lanzado intervenciones destinadas a establecer normas

de género más equitativas en las comunidades, abordando específicamente

situaciones de violencia contra la mujer en Brasil, Jamaica, Colombia y Venezuela

(Guedes, Stevens, Helzner y Medina, 2002; IPPFWH 2001a, 2001b; Pulerwitz,

Barker, Segundo y Nascimento, 2006). En Uganda se ha movilizado a líderes

religiosos (Kagimu, Marum, Webwire-Mangen, Nakyanjo, Walakira y Hogle,1998),

Malawi (Willms, Arratia, Makondesa, 2004), y Tailandia (Maund, 2006; Sangha

Metta, 2006) para empoderar a jóvenes y adultos por igual y para suministrar

información y educación para la prevención y atención de la infección por el VIH,

lo que a menudo incluye la reinterpretación de la doctrina religiosa para suministrar

información por lo demás contenciosa (Wolderhanna, Kingheim, Murphy, et al.,

2005). En el Canadá, las coaliciones de organizaciones que representan a los

profesionales del sexo e investigadores de universidades han usado métodos

basados en los derechos para sus investigaciones y abogar por cambios legales y de

política en apoyo del trabajo programático de organizaciones de profesionales del

sexo que se refieren a la salud, la seguridad y el bienestar de los profesionales del

sexo (por ejemplo, STAR, 2005).

Por último, Cabal, Roa y Sepúlveda-Oliva (2003) nos recuerdan que los tribunales

apoyándose en los tratados internacionales, ofrecen una vía para lograr cambios,

especialmente cuando no hay vinculación entre las normas internacionales,

constitucionales y legislativas y las realidades de la vida de la gente (Cabal, Roa y

Sepúlveda-Oliva, 2003). Varias organizaciones en América Latina han promovido

el uso de tribunales y la litigación internacional como estrategias para mejorar la

legislación y las políticas nacionales para beneficio de las mujeres y las niñas (véase

Cabal, Roa y Sepúlveda-Oliva, 2003: p. 51-52, para más detalles).

Estos ejemplos de legislación, política y programas que promueven los derechos

sexuales se han elaborado sin ningún tratado o reconocimiento formal

internacional de los derechos sexuales per se. Por lo tanto, han utilizado convenios

internacionales o acuerdos locales de derechos humanos para impulsar estas

iniciativas. La existencia de un diálogo sobre los derechos sexuales ha sido

suficiente para hacer avanzar estas iniciativas.

 

Superar las complejidades y los retos relativos a los derechos sexuales

Si bien los datos probatorios acerca de la necesidad y de las posibilidades

resultantes de un reconocimiento formal de los derechos sexuales parecen

irrefutables, hay que reconocer la complejidad y el reto de lograr tal

reconocimiento. Es de importancia capital superar estos dos retos:

* El reto de ampliar el ámbito de un enfoque basado en los derechos;

* El reto de elaborar y establecer un método para alcanzar el reconocimiento

internacional de los derechos sexuales.

 

El reto de ampliar el ámbito de un enfoque basado en los derechos

A pesar de que los derechos sexuales no se mencionan explícitamente en ningún

tratado o convenio de las Naciones Unidas, la defensa de los derechos sexuales está

bien afianzada en las disposiciones de prácticamente todos los tratados y

convenciones de derechos humanos vigentes y se ha puesto de relieve en los

debates, resoluciones e informes de las comisiones de las Naciones Unidas

establecidas para vigilar el progreso hacia la aplicación de las disposiciones de los

tratados. Dos ejemplos son el Comentario General emanado de la comisión acerca

del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales que

estipula la no discriminación basada en la orientación sexual (CESCR, 2000) y el

informe reciente de Paul Hunt, Relator Especial ante las Naciones Unidas, que

aboga por el reconocimiento de los derechos sexuales (Hunt, 2006). La persistencia

de las violaciones a los derechos humanos relacionados con la sexualidad, a pesar

de la ratificación amplia de esos tratados y convenios, así como de las medidas

tomadas por los comités fiscalizadores, nos alerta sobre las limitaciones de tales

tratados y convenios para hacer avanzar la agenda de los derechos. Los expertos en

materia jurídica y los defensores de los derechos como Wilets (1997) nos recuerdan

tres limitaciones clave de esos tratados y acuerdos. Primero, aunque la mayoría de

ellos han recibido un respaldo amplio (Oficina del Alto Comisionado para los

Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 2004), por su naturaleza no tienen

fuerza jurídica vinculante y se refieren a las leyes y las costumbres nacionales

cuando hay problemas contenciosos. Por lo tanto, en el caso de los Estados cuyos

profesionales médicos consideran a la homosexualidad como una enfermedad cuya

expresión pública fomenta su propagación (como sucede en la mayoría de los

países islámicos), lo que se ha presentado en este documento como violaciones a

los derechos son vistos como compatibles con el derecho al tratamiento de las

personas que padecen una enfermedad y el derecho del público a protegerse de la

propagación de una enfermedad prevenible.

Segundo, los tratados y los acuerdos abordan las responsabilidades de los Estados y

los agentes de los Estados, pero tienen poca o ninguna influencia sobre la sociedad

civil. Esto se ilustra en los ejemplos de Egipto, Kenya y otros países donde, a pesar

de las prohibiciones de la mutilación genital femenina, todavía se practica. También

se observa en el Canadá (y otros países) donde, a pesar de las leyes que prohíben los

crímenes motivados por el odio así como la agresión física, los hombres

homosexuales son todavía víctimas de agresiones y asesinatos perpetrados por

ciudadanos o grupos extremistas privados (Janoff, 2005).

Tercero, los marcos jurídicos a los que se tiene acceso mediante acuerdos de

derechos son más apropiados para prohibir o prevenir el daño físico que para

promover los derechos positivos (por ejemplo, el derecho de llevar una vida sexual

satisfactoria, segura y placentera) o para garantizar que existan las condiciones

propicias necesarias para ejercer esos derechos. Esto es particularmente resaltante

cuando consideramos que el ejercicio de muchos derechos tiene como premisa la

idea del consentimiento (relaciones consensuales, actos sexuales, matrimonio). La

investigación en diversos entornos ha planteado la pregunta de si es posible el

consentimiento sin las condiciones propicias. Las condiciones económicas y

sociales pueden, por ejemplo, imponer limitaciones graves a las opciones posibles.

Por lo tanto, las niñas jóvenes consienten en tener relaciones sexuales o en casarse

cuando no tienen ninguna otra manera para satisfacer las necesidades económicas o

para lograr una situación apoyada por la sociedad de su comunidad (Maticka-

Tyndale, Gallant, Brouillard-Coyle, et al., 2005; Sanyukta, Greene y Malhotra,

2003). De igual manera, las viudas pueden consentir en tener relaciones sexuales

con un pariente masculino o miembro de la comunidad para mantener su posición

económica y social en la comunidad (Luginaah, Elkins, Maticka-Tyndale, Landry y

Muthui, 2005). La función de la economía es también evidente en Rumania y otros

países de Europa central y oriental donde los abortos legales y a menudo gratuitos

se usan para el control de la natalidad en lugar de los métodos anticonceptivos

costosos y difíciles de conseguir (Mertus, 2001; Yamin, 2004), lo que plantea la

pregunta de si las mujeres han elegido libremente los métodos para controlar su

fecundidad o se han visto forzadas por las circunstancias económicas.

Estas limitaciones ilustran la línea divisoria entre los tratados y los acuerdos

internacionales, o aun las leyes nacionales, y las realidades locales de la vida de la

gente donde múltiples condiciones interdependientes influyen en las decisiones que

se toman. Las consecuencias de una falta de vinculación entre la concientización

sobre los derechos y la instauración de las condiciones propicias para el ejercicio de

esos derechos se ilustran de manera trágica con los sucesos notificados en la

provincia de Ilam, Irán. Al aumento de la “concientización y las exigencias” de las

mujeres por medio de la educación en la provincia de Ilam se le atribuye parte del

aumento considerable en las tasas de suicidio entre mujeres en la provincia en el

2004. Heyran Pour-Najaf, un asesor del gobernador de Ilam, opinó que las mujeres

se habían inmolado ellas mismas para protestar contra “condiciones familiares

horrorosas” cuando no pudieron lograr los “derechos” acerca de los cuales habían

aprendido (Ilam Suicide High Rate, 28 de febrero de 2005). Por último, las metas a

veces contrapuestas de los derechos humanos y la salud pública se ilustran en los

diferenciales mundiales en la prevalencia de la infección por el VIH y en las

políticas a las que se atribuye el mantenimiento de una incidencia baja o

descendente. Hay que tener sumo cuidado al interpretar la información que señala

una asociación entre los resultados positivos de salud y la legislación que limita los

derechos sexuales. Por ejemplo, a nivel mundial, la incidencia de la infección por el

VIH ha sido más baja en países con leyes particularmente restrictivas relacionadas

con la autonomía sexual (por ejemplo, Oriente Medio, Senegal) o que han

ejecutado medidas de salud pública que restringen los derechos humanos o

sexuales, como en la política adoptada inicialmente en Cuba de la cuarentena para

las personas seropositivas al VIH. De la misma manera, en Tailandia se atribuye la

disminución de la incidencia de la infección por el VIH, en gran parte, a su política

del uso obligatorio de condones en los burdeles; una política que viola el derecho a

la autodeterminación y que, sobre esta base, se topó con la oposición de varios

países ricos y grupos internacionales. Si bien los logros pueden documentarse con

programas verticales y enfoques prescriptivos y restrictivos, especialmente en las

etapas iniciales de un programa o iniciativa de salud, quizás ocurran retrocesos

como resultado de la falta de inhibiciones en la conducta ocasionada por

condiciones opresivas y el logro de la salud física sin bienestar completo.

 

El reto de formular y establecer un método para el logro del consenso

internacional

Los derechos sexuales se encuentran en el centro de creencias profundamente

arraigadas acerca de la naturaleza del ser humano, de las identidades individuales y

de los grupos, y el orden moral. Como tal, suscitan debates acalorados y resistencia

que han impedido todo movimiento hacia el consenso o el reconocimiento.

 

Bauman (1993), en su obra Post-Modern Ethics, expone una discusión convincente

sobre la necesidad de un método nuevo para abordar los dilemas éticos mundiales,

según los planten los derechos sexuales. Plummer (2003) y Correa y Parker (2004)

describen ese enfoque, que consta de un diálogo abierto, recíproco, comunicativo

para establecer códigos y consenso internacional. El enfoque es compatible con lo

que Miller (2001) identifica como un principio clave que sirve de base al trabajo de

los derechos humanos, es decir, la participación de personas y grupos para definir y

resolver los problemas que les afectan.

Esos enfoques de acción participativa se utilizan cada vez más en el trabajo local

con poblaciones que, de otro modo, quedarían excluidas del establecimiento de

agendas, prioridades y el diseño de programas (Horizons, 2002; Maticka-Tyndale y

Brouillard-Coyle, 2006, en prensa). También se han visto en los proyectos

dialógicos del National Issues Forum, the Public Conversations Project y el Public

Dialogue Consortium (Pearce y Littlejohn, 1997), así como en el proceso aplicado

por el anterior Director General de Sanidad de los Estados Unidos para establecer

una declaración de consenso acerca de la salud sexual (Satcher, 2006). La acción

participativa es particularmente destacada en el caso de los derechos sexuales donde

existen diferencias no solo a través de los grupos culturales y religiosos, sino también

dentro de ellos. Las diferencias dentro de los grupos se observan en el ejemplo del

Islamismo dónde, a pesar de la oposición de grupos islámicos conservadores a la

redacción de acuerdos y programas de acción recientes basados en los derechos

(Parker et al., 2004; Petchesky, 2000), varios expertos musulmanes han presentado

el argumento de que el Islamismo es compatible con un enfoque basado en los

derechos y lo apoya (por ejemplo, Un-Naim, 2004; Chase y Alaug, 2004; Senturk,

2005). Otras diferencias similares en la interpretación de la doctrina religiosa son

evidentes dentro de las comunidades de todas las creencias religiosas (véanse, por

ejemplo, documentos en el sitio web del Religious Institute on Sexual Morality,

Justice and Healing: www.religiousinstitute.org o Catholics for Free Choice:

www.cath4choice.org). Esto indica que hay cabida para el diálogo dentro de las

comunidades de la fe.

Los enfoques de acción participativos podrían aplicarse internacionalmente para

que la comunidad mundial avance más hacia el consenso en cuestiones

contenciosas de derechos sexuales. Esto, sin embargo, exigiría el compromiso de

todas las partes para trabajar en busca del consenso y la participación en el examen

crítico y la comunicación franca acerca de sus propias posiciones; para aceptar el

examen crítico de su posición desde fuera y oír respetuosamente y considerar

debidamente las posiciones de otros.

 

Conclusiones

Los derechos sexuales, del mismo modo que todos los derechos humanos, son

importantes por su potencial liberador. La gran esperanza que ofrecen los derechos

sexuales junto con las inquietudes expuestas por los Estados-nación y los teóricos

por igual sugiere que el trabajo debe avanzar con humildad, es decir, reconocer los

poderes profundamente liberadores, así como los poderes opresivos de los

derechos debido a que modifican relaciones sociales respetadas y de larga data que

han sido fundamentales para la seguridad, así como la opresión de personas y

comunidades por igual. Esto requiere trabajar en varios frentes. Las organizaciones

del gobierno, las no gubernamentales y multilaterales deben seguir adoptando y

ampliando los enfoques de salud sexual basados en los derechos. Al mismo tiempo,

es necesario trabajar más para crear una concepción de los derechos sexuales más

amplia y que genere más autonomía, que pueda superar divisiones y luchas

localizadas para servir de base a una praxis transformada de salud pública (Parker et

al., 2004). Este trabajo debe incluir a numerosos socios de diferentes antecedentes

culturales y religiosos, así como de disciplinas y sectores diversos. A medida que

avanza este trabajo, es esencial estar alerta ante su potencial tanto liberador como

opresivo. Según sugiere Collier (2000) en su examen de los cambios en el derecho

de familia y Plummer (2003), en su exposición de la elaboración de una ética de la

ciudadanía íntima, cabe preguntarse si estamos perdiendo una ética de obligación y

atención al hacer énfasis en los derechos de la persona. La sexualidad, después de

todo, existe y se experimenta no solo dentro del individuo, sino en las relaciones:

relaciones con socios, con niños, con padres y con los compañeros miembros de la

comunidad. Será al lograr un equilibrio entre los derechos y las obligaciones, entre

cuidar la personalidad propia y cuidar a otros que lograremos el equilibrio y

desarrollaremos derechos sexuales que beneficio a la salud, el bienestar y la calidad

de vida de todas las comunidades y hagan avanzar a las naciones hacia el

cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

 

Acciones necesarias

De la discusión presentada en esta sección surgen tres recomendaciones para hacer

avanzar los derechos sexuales:

1.1. Para abogar eficazmente por la salud sexual y promoverla es

importante que los derechos sexuales estén ubicados dentro del

contexto de los derechos humanos existentes. Debe alentarse a los

gobiernos y las organizaciones y organismos internacionales a que

respalden la agenda de los derechos sexuales mediante el

reconocimiento, la promoción, el respeto, la garantía y la protección

de los derechos humanos y las libertades fundamentales esenciales

para la salud sexual. Este enfoque servirá para ubicar a los derechos

sexuales dentro de los tratados y los convenios vigentes, de manera

que los derechos sexuales estén incluidos en los mecanismos de

seguimiento y cumplimiento de estos acuerdos.

1.2 La promoción de los derechos sexuales exige la acción

participativa y los proyectos dialógicos que aportan diferentes

perspectivas culturales, religiosas y sociales al tema de la salud sexual.

1.3 Debe establecerse un sistema para el seguimiento y la evaluación

de los adelantos en materia de derechos sexuales. Este sistema debe

incluir el estudio y la evaluación de las implicaciones de los cambios

en la política y las leyes relacionadas con los derechos sexuales, a fin

de lograr resultados a largo plazo en materia de salud y calidad de

vida.

 

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Capitulo 2

Avanzar hacia la igualdad y la equidad de género

 

La salud sexual exige igualdad, equidad y

respeto, independientemente del género. Las

inequidades y los desequilibrios de poder

relacionados con el género entor pecen las

interacciones humanas armónicas y constructivas

y, por consiguiente, el logro de la salud sexual.?

 

Introducción

El Objetivo de Desarrollo del Milenio 3 exhorta a la promoción de la

igualdad de género y a la autonomía de las mujeres. Cuando se emitió la

Declaración del Milenio la meta principal seleccionada para medir el

progreso hacia el logro del ODM 3 se fundaba en las disparidades de

género en el acceso a la educación. El Grupo de Estudio del Milenio de las

Naciones Unidas (2005) sobre Educación e Igualdad de Género amplió la gama de

indicadores de progreso para incluir a la salud y la nutrición, el acceso a

oportunidades en la fuerza laboral y la participación en el gobierno. Más aún, el

Grupo de Estudio ha reconocido claramente que “El logro del Objetivo 3 requiere

que se garanticen a las niñas y las mujeres los derechos de salud sexual y

reproductiva” (UN, 2005, p. 53). En este documento técnico y en otros sitios se ha

demostrado claramente y sin lugar a equívocos que el suministro de escolaridad y

educación sobre sexualidad, así como el acceso universal de las niñas y las mujeres a

los servicios clínicos es un requisito necesario para cumplir los ODM. Sin embargo,

la prestación de estos servicios, tan cruciales como son, no basta para facultar a las

mujeres para que ejerzan el derecho a la igualdad de género. La igualdad verdadera

para las niñas y las mujeres, a fin de lograr el derecho a la salud sexual, exigirá no

* Este capítulo está basado en la información proporcionada por la Consulta de Expertos de la WAS

realizada en Oaxaca, México, una amplia revisión de la literatura y el Documento de Antecedentes escrito

por Elizabeth Castillo Vargas and Adriane Little Tuttle. (Ver Apéndices IV y V)

 

solo el acceso a la educación y los servicios sino que requerirá además niveles de

autonomía cada vez mayores en la expresión sexual y la igualdad de poder dentro

de las relaciones sexuales. El logro del derecho humano a la salud sexual exige que

las niñas y las mujeres gocen de autonomía para entrar en las relaciones sexuales

por decisión propia y en pie de igualdad con sus parejas.

El ODM 3 utiliza el término “igualdad de género”. No obstante, también se ha

usado con frecuencia el término equidad. En algunos casos, equidad e igualdad se

usan indistintamente. La igualdad se ha definido como el tratamiento igualitario

para las mujeres y los hombres en las leyes y las políticas, y el acceso igualitario a los

recursos y los servicios dentro de las familias, las comunidades y la sociedad en

general (OMS 2001). En otras palabras, “la igualdad de género” exige que hombres

y mujeres disfruten por igual de los bienes, las oportunidades, los recursos y las

recompensas que se valoran socialmente”. Sin embargo, si se quiere atender a

cabalidad y adecuadamente la necesidad de las niñas y las mujeres de lograr los

derechos de salud sexual y reproductiva también es necesario reconocer que

hombres y mujeres tienen diferentes experiencias y necesidades con respecto a la

sexualidad y la salud sexual, lo que constitutye la equidad. . Por consiguiente, para

lograr la salud sexual, todas las personas, pero en particular las niñas y las mujeres,

necesitan gozar de igualdad, equidad y respeto.

La equidad de género es el proceso de tratar con justicia a las mujeres

y a los hombres. Para lograr la justicia, a menudo es necesario contar

con estrategias y medidas que compensen las desventajas históricas y

sociales de las mujeres que impiden a las mujeres y a los hombres

desenvolverse en igualdad de condiciones. La equidad conduce a la

igualdad. La igualdad de género exige que las mujeres y los hombres

disfruten por igual de los bienes, las oportunidades, los recursos y las

recompensas que se valoran socialmente. Donde hay desigualdad en

materia de género, por lo general, las mujeres son excluidas o están en

situación desfavorable con relación a la toma de decisiones y al acceso

a los recursos económicos y sociales. Por consiguiente, un aspecto

fundamental de la promoción de la igualdad de género es la

autonomía de las mujeres, haciendo hincapié en identificar y corregir

los desequilibrios de poder y dar a las mujeres más autonomía para

manejar sus propias vidas. La igualdad de género no significa que los

hombres y las mujeres se conviertan en lo mismo; significa solamente

que el acceso a las oportunidades y los cambios de la vida no

dependan ni estén limitados por su sexo. El logro de la igualdad de

género exige el empoderamiento de las mujeres para garantizar que la

toma de decisiones a los niveles privado y público y el acceso a los

recursos ya no se inclinan a favor de los hombres, de manera que

tanto mujeres como hombres puedan participar plenamente como

personas iguales en la vida productiva y reproductiva (FNUAP 2005).

Por consiguiente, tanto la igualdad de género como la equidad deben formar la base

de la programación de salud sexual y reproductiva que abordará los desequilibrios

de poder relacionados con la sexualidad y permitirá a las niñas y las mujeres lograr

plenos derechos de salud sexual y reproductiva.

Según la OMS (2003),

Los ODM reconocen explícitamente que el género —lo que una

sociedad dada cree acerca de las funciones y actividades propias de

hombres y mujeres y los comportamientos que resultan de estas

creencias— puede tener una repercusión primordial sobre el

desarrollo, y ayuda a promoverlo en algunos casos, mientras que en

otros los retrasa seriamente.

La necesidad de promover el empoderamiento de las mujeres en la esfera de la

salud reproductiva fue reconocida por la Conferencia Internacional sobre la

Población y el Desarrollo (CIPD) (UN, 1995). Más aún, la violencia de género y la

coacción sexual, el tráfico sexual, la mutilación genital femenina y el matrimonio

precoz forzado se han identificado como algunas de las manifestaciones de la

desigualdad en materia de género que deben abordarse para cumplir los ODM

(UN, 2006).

Muchas de las desigualdades más básicas en materia de género que prevalecen en

casi todas las culturas están arraigadas profundamente en actitudes y normas

afianzadas hacia el comportamiento sexual. Se ha puesto de manifiesto en la

bibliografía sobre la salud sexual y el desarrollo mundial que el aumento del acceso

de las mujeres y las niñas a la salud sexual y reproductiva es un factor favorable

esencial para alcanzar la meta de igualdad de género (por ejemplo, UN, 2005; 2006).

No obstante, el acceso a los servicios es insuficiente. Es necesario también

reconocer que las normas y prácticas de género desiguales aceptadas en las

relaciones sexuales no pueden aislarse de la igualdad de género en las relaciones

sociales, económicas y políticas más amplias. En otros capítulos de esta declaración

y documento técnico, se han demostrado ampliamente la mutilación genital

femenina, la violencia sexual contra las niñas y las mujeres, el tráfico sexual de niñas

y mujeres (véase capítulo 3), así como las cargas desproporcionadas de la infección

por el VIH/sida y de las ITS que soportan las mujeres (véase capítulo 6). Estas

expresiones de la desigualdad en materia de género relacionadas con la sexualidad

no pueden resolverse sin abordar decididamente las normas relacionadas con el

género que controlan la sexualidad y el comportamiento sexual y que están

afianzadas en la mayoría de las culturas.

Varios marcos teóricos ponen de relieve los vínculos entre las desigualdades en

materia de género y la sexualidad (Butler, 1990; Weeks, 2003). La teoría de los

guiones (Gagnon, 1990) aporta un marco útil para estudiar y analizar la

construcción cultural de las funciones de género y se ha usado eficazmente para

examinar la desigualdad en materia de género en las relaciones sexuales (Véase

O’Sullivan, Harrison, Morrell et al, 2006). La modificación de los guiones sexuales

desiguales por razón de género puede empezar con una afirmación de los derechos

humanos básicos de las niñas y las mujeres a la salud sexual y la igualdad de género.

 

El desequilibrio de poder: los guiones sexuales representan la desigualdad de género

Los desequilibrios de poder relacionados con el género pueden estar relacionados

con las asociaciones sexuales (número, momento, elección y posición social de las

parejas); actos sexuales (su naturaleza, frecuencia, voluntarios/involuntarios); los

significados sexuales dados a comportamientos específicos (roles de género

masculinos/femeninos relacionados con la sexualidad, imágenes ideales de virilidad

y feminidad, creencias acerca de la virginidad, etc.); impulso y disfrute sexual (cómo

contribuyen a la identidad sexual, diferencias entre los sexos en las percepciones del

placer sexual) (Dixon-Mueller, 1993; Spicehandler, 1997). Estos desequilibrios de

poder intervienen en un guión culturalmente dominante para la interacción sexual

entre los hombres y las mujeres y, en la mayoría de los contextos, el guión coloca el

control de la actividad sexual en manos de los hombres. Según lo expresa Dixon-

Mueller (1993), “los guiones sexuales interpersonales se interpretan en el contexto

de estructuras sociales jerárquicas en las que algunas personas tienen el poder para

determinar las vidas sexuales y reproductivas de otros” (p. 279).

Los elementos psicológicos y sociales del comportamiento reproductivo se

configuran hasta cierto punto por la fisiología y los factores determinantes

psicológicos. No obstante, todo el comportamiento relacionado con el género,

incluida principalmente la actividad sexual, está configurado por las tradiciones y las

expectativas culturales. Son estas fuerzas las que determinan en gran medida el

guión para el comportamiento sexual. En resumen, el guión sexual es la guía en

cuanto a experiencias y conductas que cada uno de nosotros aprende de nuestra

cultura acerca de cómo vivir la sexualidad (Gagnon, 1990). En la mayoría de las

sociedades, el género y el comportamiento sexual están estrechamente vinculados y

los guiones para la forma en que se espera que se comporten sexualmente los

hombres y las mujeres están claramente definidos. Tal como sugiere Gagnon,

Ahora se reconoce que los guiones para los encuentros sexuales

desde la fase de apertura hasta la separación de la pareja están

totalmente relacionados con el género, y se espera

convencionalmente que los hombres se comporten enérgicamente,

que den el primer paso y que sean quienes dirigen los pasos

siguientes, y que sean versados en las formas de la práctica sexual. ...Se

espera que las mujeres sean más pasivas, más obedientes en el

comienzo de las interacciones sexuales y que se muestren satisfechas y

receptivas a medida que avanzan esas interacciones.

 

O’Sullivan et al., (2006) advierten que si bien son posibles algunas generalizaciones

en cuanto a la aplicabilidad de este guión..., “es importante señalar que hay que

entender que esas generalizaciones dependen de paradigmas de género y de

contextos socioculturales específicos” (p. 100). Dada la amplia gama de normas

sociales y culturales en todo el mundo, el guión básico para la actividad sexual

heterosexual es notablemente uniforme a través de todas las culturas con respecto

al desequilibrio de poder relacionado con el género que ese guión aprueba. Al

actuar según este guión sexual dominante los niños/hombres y las niñas/mujeres

suelen estar ajustándose a conceptualizaciones, por lo general rígidas, de

masculinidad y feminidad de las que a menudo es muy difícil alejarse para hacer

cambios personales aunque sean muy sutiles sin exponerse al desprecio, la

humillación, la estigmatización, o a situaciones peores. Wiederman (2005) describe

la naturaleza limitante de estos guiones. Para los niños y los hombres, el guión les

exige que deben estar orientados hacia las metas, tener el control, y ser enérgicos en

la búsqueda de la actividad sexual y del placer para sí mismos. Las niñas y las

mujeres desempeñan su función complementaria en el guión al mostrar la sujeción,

asignando mayor importancia a las inquietudes emocionales y relacionales con

respecto al placer físico, pero finalmente ceden el control y se someten a los deseos

masculinos.

La idea de que las normas de las mujeres representan usualmente una

barrera que cada hombre debe superar se ajusta bien a los aspectos

competitivos y orientados a los logros de los roles de género

masculino. La masculinidad exige que la persona sea proactiva y capaz

de superar a su adversario; lamentablemente esta es una postura que

muchos hombres jóvenes adoptan con respecto a las relaciones

sexuales tempranas. En muchos casos, las diferencias en los roles

sexuales de hombres y mujeres establecen una dinámica de extremos

polares; mientras el hombre más presiona para conseguir el sexo, más

a la defensiva tiene que mostrarse la mujer, y viceversa. Para muchas

parejas, puede parecer como si el hombre está obsesionado con el

sexo y ella es completamente indiferente o desinteresada (Wiederman,

2005, p. 498).

No solo estas ideas predominantes limitan la capacidad de la gente para forjar

relaciones mutuamente beneficiosas, sino que también colocan a las mujeres y las

niñas en una posición desfavorecida con respecto a la salud sexual y reproductiva.

Dixon-Mueller (1993) da algunos ejemplos pertinentes:

...las definiciones culturales de masculinidad y feminidad influyen en

las percepciones de la gente acerca de utilizar o no un método

anticonceptivo —o de métodos particulares como los condones o la

esterilización— como poco varonil o no femenino, algo muy distante

de si los métodos se consideran seguros o eficaces. ¿Cómo influyen

las percepciones de la gente acerca de lo que es masculino o femenino

o de la naturaleza de sus relaciones sexuales, o del significado de actos

sexuales particulares en sus decisiones acerca de los métodos

anticonceptivos o la interrupción del embarazo? ¿A su vez, cómo

influye el uso de métodos anticonceptivos o la experiencia del aborto

—que es la separación del acto del coito de sus consecuencias

reproductivas— en las percepciones de la gente de su propia

masculinidad o de la feminidad de su pareja, de la calidad de sus

relaciones, del significado de sus actos sexuales? (279).

Amaro (1995) indica que las diversas formas en que los roles de género

determinados culturalmente influyen y definen las relaciones interpersonales en las

que ocurren los comportamientos sexuales y la naturaleza carente de equidad de

género de estas relaciones, a menudo expone a las niñas y a las mujeres a riesgos

mucho mayores de padecer resultados negativos de salud sexual, en particular la

infección por el VIH. Por ejemplo, Amaro cita el análisis hecho por Pleck,

Sonestein y Ku (1993) de los datos de la encuesta en gran escala de hombres

adolescentes afroamericanos, latinos y blancos en los Estados Unidos, que

encontraron que los que tuvieron el puntaje más alto en ideología masculina

tradicional tenían menos probabilidades de tener relaciones sexuales en el contexto

de una relación íntima, más probabilidades de considerar las relaciones hombremujer

como conflictivas, menos probabilidades de usar condones, y menos

probabilidades de creer que la prevención del embarazo es una responsabilidad del

hombre.

En muchos lugares del mundo se han hecho estudios que han analizado y

mostrado las relaciones entre los estereotipos de los roles de género relacionados

con la sexualidad y el poder en la relación y sus consecuencias para la salud sexual

(Pulerwitz, Amaro, De Jong et al., 2002), Ghana (Ampofo, 2001), Sudáfrica (Varga,

2003), México (Marston, 2004), Nicaragua (Sternberg, 2000), y Tailandia

(Tangmunkongvorakul, Kane y Wellings, 2005). Por ejemplo, Pulerwitz et al.

encontraron que las mujeres jóvenes en los Estados Unidos que percibían que

tenían bajos niveles de poder en sus relaciones, tenían mucho menos

probabilidades de usar condones en comparación con las mujeres que

experimentaban niveles altos de poder en la relación. En su estudio del acceso de

los jóvenes a la atención de salud en Tailandia, Tangmunkongvorakul, Kane y

Wellings encontraron que el acceso de las mujeres jóvenes a la atención de salud

estándar relacionada con la salud sexual estaba obstaculizada por las normas de

género dobles que favorecían a los hombres y que esto llevaba a las mujeres a

buscar abortos clandestinos peligrosos.

Al describir las expectativas relacionadas con el género en cuanto al

comportamiento relacionado con la sexualidad, Ilkaracan y Jolly (2007) dan otros

ejemplos de la naturaleza opresiva de los guiones de género predominantes tanto

para hombres como mujeres.

 

…las influencias sociales en torno a la sexualidad nos afectan a todos.

El género es una de esas influencias, es decir, las expectativas acerca

de cómo las mujeres y los hombres, los niños y las niñas, se

comportarán en forma diferente (así como las expectativas de que

toda persona será hombre o mujer y no transgénero). Los que se

ajustan a estas expectativas, como las niñas que experimentan la

mutilación genital femenina o se encuentran en un matrimonio

temprano, pueden sufrir para ajustar su sexualidad a canales limitados

y desiguales. Es posible que los chicos también paguen un precio. Por

ejemplo, en lugares tan diversos como Turquía, Pakistán y Brasil,

muchos niños son llevados a los burdeles por sus padres, hermanos o

amigos a una edad temprana sin estar dispuestos ni preparados para

tal experiencia y a veces encuentran que es traumatizante (p. 4).

La investigación de Langen (2005) en Botswana y Sudáfrica presenta un ejemplo

vívido de cómo el desequilibrio de poder debido al género en las interacciones

sexuales reduce la capacidad de las mujeres para protegerse de la infección por el

VIH. Langen dedujo de sus estudios que la comunidad de salud pública debe

considerar a la salud sexual como “un asunto de los hombres” no solo de las

mujeres porque los mensajes educativos sencillos como instruir a personas para que

“usen un condón” son mucho menos eficaces si no abordan estos desequilibrios de

poder debidos al género. Sin la participación de los hombres y los niños en la

programación de salud sexual y reproductiva, no será posible empoderar

genuinamente a las mujeres y las niñas. Es necesario educar a los hombres y los

niños para que estén plenamente informados de las consecuencias de sus

comportamientos sexuales y alentarlos a que asuman la responsabilidad de su

propia salud sexual, así como de la salud sexual de su pareja.

 

La promoción de una sexualidad con equidad de género

Cada vez se reconoce más que los principios básicos de los derechos humanos se

extienden a los derechos sexuales (WAS, 1999, WHO, 2004). Por consiguiente, el

problema de la desigualdad en materia de género relacionada con la sexualidad se

clasifica precisamente dentro de la esfera de los derechos humanos (Ilkkaracan y

Jolly, 2007). Estas autoras señalan que la resistencia y la limitación al área de los

derechos humanos con frecuencia se han basado en el argumento de que las

tradiciones culturales, que suelen ser específicas para género y sexualidad, pueden

utilizarse para limitar con legitimidad los derechos humanos básicos. Señalan

además que la tradición cultural que se ha usado para justificar la discriminación

contra gays y lesbianas, también ha servido para reducir la autonomía sexual de las

mujeres. Sin embargo, la noción de que la tradición cultural debe limitar los

derechos humanos está perdiendo fuerza en muchas partes del mundo y muchos

expertos se han opuesto a ella (Mullally 2006). Si bien el respeto de la tradición

cultural sigue siendo una aspiración justificable, hay sectores cada vez mayores de la

comunidad mundial que se aproximan a un reconocimiento del derecho de las

mujeres a la salud reproductiva y sexual como lo demuestra la definición ratificada

por la CIPD de la salud reproductiva (UN, 1994), así como un reconocimiento de

la importancia de la igualdad de género para el desarrollo mundial como lo

demuestra el ODM 3. En otras palabras, cada vez mejoran más las condiciones

para lograr mejoras significativas en la igualdad de género en cuestiones de

sexualidad

El cambio positivo es posible. Un programa innovador llevado a cabo en Río de

Janeiro, Brasil se centraba en abordar las normas de género entre los hombres

jóvenes como una estrategia para reducir el riesgo del VIH (Pulerwitz, Baker,

Segundo y Nascimento, 2006). El programa combinó sesiones interactivas de

educación en grupo para hombres jóvenes, dirigidas por facilitadores masculinos

adultos, con una campaña de mercadeo social a escala comunitaria para promover

el uso de condones que recalcaba mensajes equitativos de sexo. Entre los resultados

positivos del estudio de evaluación del programa fue que el apoyo a las normas de

género desiguales entre los hombres jóvenes al inicio del estudio estaba asociado

significativamente con comportamientos de riesgo de infección por el VIH. El

programa pudo promover eficazmente normas equitativas de género y, por

consiguiente, reducir el riesgo de contraer la infección por el VIH y las ITS. Un

programa similar llevado a cabo con hombres de 18 a 29 años en Mumbai, India

tuvo éxito en alentar a los hombres jóvenes a que hablaran en forma crítica de la

dinámica de sexo y de los riesgos para la salud, y en promover las normas

equitativas de género relacionadas con la sexualidad (Verma, Pulerwitz, Mahendra,

et al., 2006). En su estudio de la dinámica de sexo en las relaciones sexuales

principales de mujeres y hombres sudafricanos rurales de 18 a 24 años, O’Sullivan

et al., (2006) encontraron que el guión sexual tradicional masculino de confianza en

sí mismo y de control, por una parte, y el de pasividad femenina predominó, pero

que unos hombres jóvenes y mujeres habían empezado a asimilar normas de sexo

más equitativas para las relaciones sexuales. Los autores señalan que hay una falta

de nuevos modelos de comportamiento para la relación sexual y que las voces de

los hombres y las mujeres que expresan normas igualitarias podrían utilizarse como

liderazgo de compañeros en los programas de promoción de la salud sexual.

Para las niñas y las mujeres que tienen acceso a la atención de salud, en particular

cuando se trata de atención de salud reproductiva, los temas de las asociaciones

sexuales, los actos sexuales, los significados sexuales, e impulsos/disfrute sexual

deben abordarse con las personas como parte de los servicios ofrecidos. En algunas

culturas, es posible que los hombres tengan mucho respeto por sus médicos y, por

lo tanto, es posible colocar idealmente a estos profesionales para que hablen con

hombres y niños acerca de normas de género equitativas para el comportamiento

sexual. Para los jóvenes y los hombres que tal vez busquen atención de salud con

menor frecuencia o no la busquen en absoluto, es posible utilizar la educación a

través de la escuela, campañas para los medios de comunicación y líderes de

opinión de la comunidad que tienen influencia en los hombres (por ejemplo,

estrellas del deporte) para respaldar las normas sociales/culturales que promueven

igualdad de sexo en la esfera sexual.

 

Conclusiones: promoción del cambio a todos los niveles de la sociedad

El proceso de lograr la igualdad de género ha sido gradual, con un progreso

desigual a través de las muchas culturas diferentes del mundo. Sin embargo, no

cabe la menor duda de que uno de los mayores cambios ocurridos en la trama

social de la comunidad mundial durante el siglo XX fue una tendencia significativa

al cuestionamiento de las estructuras sociales patriarcales rígidas y al acercamiento a

sociedades más equitativas con respecto al género. En muchos aspectos, los

avances que muchas culturas han logrado en la búsqueda de la igualdad de género

han formado parte de un proceso más amplio de extender los derechos humanos

fundamentales y básicos a las comunidades oprimidas y marginadas que han

sufrido discriminación por razones de raza, grupo étnico, religión, clase, sexo,

orientación sexual, discapacidad y edad. Claramente, el proceso de lograr los

derechos humanos básicos por todos los pueblos del mundo está dando sus

primeros pasos. Y, en muchas culturas puede decirse lo mismo con respecto al

derecho humano de la igualdad para las niñas y las mujeres. Al enunciar las

prioridades clave para el desarrollo mundial, las Naciones Unidas definitivamente

han reconocido el carácter fundamental de la igualdad de género, al hacer de ella

uno de los ocho ODM. Es más, debe reconocerse que muchos de los ODM (es

decir, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir la infección

por el VIH/sida) están vinculados de diversas maneras al logro del derecho de las

niñas y las mujeres a la salud sexual y reproductiva. Estos derechos, sin embargo,

no pueden comprenderse plenamente sin la igualdad básica del poder dentro de las

relaciones sexuales. Los programas clínicos relacionados con la salud sexual pueden

y deben abordar estas desigualdades. Sin embargo, tales programas, por sí mismos,

no pueden generar el cambio social profundo necesario para transformar los

guiones a nivel comunal e individual que configuran todos los aspectos de nuestro

comportamiento sexual.

El liderazgo en la promoción del cambio social con respecto a la sexualidad y la

igualdad de género debe extenderse a todos los niveles de la sociedad. Los líderes

de opinión políticos, religiosos y culturales deben abogar por la igualdad de género

en todas las esferas de la vida incluidas las relaciones interpersonales y la sexualidad.

Los padres y las madres deben enseñarles a sus hijos e hijas que igualdad significa

que las niñas y las mujeres deben tener el mismo poder al determinar y negociar el

comportamiento sexual con sus parejas y que esta igualdad de poder se extiende a

todos los tipos de relaciones sexuales, incluidas las relaciones matrimoniales. Los

programas de educación sobre la sexualidad impartidos a los jóvenes en las escuelas

y otros entornos deben estar atentos a las cuestiones de género, y alentar a los

participantes a que piensen en la sexualidad y las relaciones desde el punto de vista

de los principios de los derechos humanos, incluida la igualdad de género. Los

medios populares de entretenimiento (música, películas / televisión, video,

Internet) a menudo abundan en imágenes sexuales y hay que alentar a los

programadores de los medios de comunicación más conocidos para que creen

representaciones de la igualdad de género, y que no refuercen los guiones sexuales

tradicionales que perpetúan la desigualdad. En resumen, todos los niveles de la

sociedad deben trabajar conjuntamente para lograr cambios significativos en la

esfera de la sexualidad y la igualdad de género. Si no se abordan los desequilibrios

de género en las relaciones sexuales, se paralizarán los esfuerzos más amplios para

promover la salud sexual y para cumplir el ODM 3, en particular, pero también los

Objetivos de Desarrollo del Milenio en general.

 

Acciones necesarias

2.1 Los postulados sobre derechos, que figuran en acuerdos y pactos

internacionales, atinentes al derecho que tienen las niñas y las mujeres

a igualdad, educación y servicios relacionados con la sexualidad,

deben incluir explícitamente el derecho fundamental a la autonomía y

la igualdad en las relaciones sexuales.

2.2 Las instancias normativas y los líderes de opinión pública deben

hablar abiertamente de que un componente sustancial e importante

de la desigualdad en materia de género se relaciona directamente con

los desequilibrios de poder en las relaciones sexuales.

2.3 Los padres, las madres, las familias y las comunidades

desempeñan funciones clave al contribuir a la formación de los roles

de género en niños y niñas . Hay que alentarlos y asistirlos para que

ayuden a sus hijos a desarrollar roles equitativos de género. El padre,

en particular, puede contribuir a alentar a sus hijos varones a que

adopten conceptos de masculinidad que no propicien la inequidad

por razones de género.

2.4 Para alcanzar eficazmente sus objetivos, los programas de

educación de la sexualidad, en particular los dirigidos a los jóvenes,

deben abordar la dinámica de género en las relaciones sexuales y

ayudar a los estudiantes a desarrollar y adoptar comportamientos

equitativos de género.

2.5 Las representaciones en los medios de comunicación, ya sea por

medio de la música o imágenes visuales, con frecuencia exponen en

formas sutiles o descaradas, guiones sexuales dirigidos a los jóvenes.

La presentación de guiones sexuales con equidad de género en los

medios de gran circulación tiene el potencial de hacer una

contribución importante a la igualdad de género en toda la sociedad.

Por lo tanto, los gobiernos y el público en general deben instar con

firmeza a la industria del entretenimiento a que se convierta en una

fuerza para lograr cambios positivos con respecto a la sexualidad y el

género.

2.6 Efectuar cambios en las leyes y en las políticas para conseguir que

las mujeres y los hombres tengan acceso igualitario a los servicios de

atención de salud sexual, sea cual fuere su nivel de ingresos, sin

estigmas, discriminación ni sesgo por los proveedores y los servicios

de salud.

 

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Capitulo 3

Condenar, combatir y reducir todas las

formas de violencia relacionadas con la sexualidad

 

La salud sexual no puede lograrse mientras las

personas no estén libres de estigma,

discriminación, abuso, coerción y violencia

sexuales.?

 

Introducción

Según la Organización Mundial de la Salud (WHO, 2003) la “violencia

sexual está presente en todas partes; ocurre en todas las culturas, en

todos los niveles de la sociedad y en cada país del mundo” (p. 1). Las

víctimas de la violencia sexual son jóvenes, personas mayores, hombres

o mujeres, aunque las mujeres y las niñas sufren mucho más todos los tipos de

violencia sexual. Las consecuencias individuales y sociales de la violencia sexual son

vastas. Una reducción significativa, si no es posible lograr la erradicación, de la

violencia sexual repercutirá directamente en el logro de la igualdad de género, en el

mejoramiento de la salud infantil y materna, así como en la interrupción por varias

formas, de la propagación epidemiológica de la infección por el VIH/sida. Como

tal, la lucha contra la violencia sexual es un componente importante para la

consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). En este capítulo

se describirá la función que tiene la reducción de la violencia sexual para cumplir los

ODM, se definirá la violencia sexual, se resumirán tanto la prevalencia como las

? Este capítulo está basado en la información proporcionada por la Consulta de Expertos de la WAS

realizada en Oaxaca, México, una amplia revisión de la literatura y el Documento de Antecedentes escrito

por Ine Vanwesenbeeck . (Ver Apéndices IV y V)


consecuencias de diversas formas de violencia sexual; además se abordarán y

enumerarán estrategias y recomendaciones para reducir la violencia sexual.

 

La función de la reducción de la violencia sexual para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio

En un informe reciente, la OMS (2005a) señaló que la vinculación entre la

prevención de la violencia contra la mujer y los ODM es recíproca. Es decir, “el

trabajo que se haga para alcanzar los ODM reducirá la violencia contra la mujer; y

la prevención de la violencia contra la mujer contribuirá a logro de los ODM” (p.1).

El mismo informe de la OMS reconoció también que la violencia sexual y la

violencia infligida por el compañero íntimo (la violencia infligida por el compañero

íntimo suele incluir actos sexuales forzados) como manifestaciones fundamentales

del problema mundial de la violencia contra la mujer. Es necesario que los

gobiernos y otras instituciones públicas declaren y reconozcan con términos claros

y precisos que el logro del ODM 3 (Promover la igualdad entre los géneros y la

autonomía de la mujer) y del ODM 6 (Combatir el VIH/sida, el paludismo y otras

enfermedades) no es posible sin la reducción y la eliminación definitiva de la

violencia sexual. Además, la violación de las niñas y las mujeres da lugar a

embarazos no deseados que, según se indica en otras secciones de este documento,

tienen consecuencias importantes para el cumplimiento de algunos de los ODM.

La violencia sexual tiene efectos negativos sobre la vida de las niñas y las mujeres de

muchas formas, pero primero y ante todo, la violencia sexual impide a las niñas y a

las mujeres ejercer los derechos humanos más básicos y esenciales. La violencia

sexual contra las niñas y las mujeres no solo refleja la profunda desigualdad en

materia de género que existe a nivel mundial, sino que la violencia sexual también

actúa como una forma de hacer cumplir y de perpetuar la desigualdad en materia de

género. El carácter fundamental de la igualdad de género para el desarrollo humano

sostenible también se ha establecido firmemente y reconocido por gran parte de la

comunidad internacional, entre ellas diversas conferencias y declaraciones de las

Naciones Unidas, como la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer,

emitida en 1993. La Declaración del Milenio de las Naciones Unidas hace la vinculación a

través del ODM 3. A pesar de que la violencia de género en último término debe

abordarse como un tema fundamental de los derechos humanos, es pertinente

abordarla en el contexto de la promoción del desarrollo sostenible para señalar sus

consecuencias económicas. Según un informe del Banco Mundial (Bott, Morrison y

Ellsberg, 2005) la “violencia de género acarrea costos considerables para las

economías de los países en desarrollo, ya que ocasiona disminución de la

productividad y los ingresos de los trabajadores, tasas reducidas de acumulación de

capital humano y social, además de generar otras formas de violencia, tanto ahora

como en el futuro” (p. 12). Dado el carácter fundamental de la violencia sexual

como componente de la violencia de género, los temas planteados por la

declaración de la WAS sobre la necesidad primordial de eliminar la violencia y el

abuso sexuales, la comunidad internacional debe abordarlos y utilizarlos como un

componente fundamental y necesario del proceso de los Objetivos de Desarrollo

del Milenio.

 

Definición de la violencia sexual

La Organización Mundial de la Salud (2002) define la violencia sexual como

cualquier acto sexual, intento de ejecutar un acto sexual, observaciones o

insinuaciones sexuales no deseadas, o actos para traficar, o dirigidos de cualquier

otro modo, contra la sexualidad de una persona utilizando la coacción, por

cualquier persona independientemente de su relación con la víctima, en cualquier

entorno, que incluye, pero no se limita al hogar y al trabajo (p.149).

La coacción sexual, que por sí misma puede considerarse como una forma de

violencia, puede incluir la fuerza física, la intimidación psicológica, la extorsión u

otras amenazas o quizá ocurra cuando la víctima no puede dar su consentimiento,

por ejemplo, cuando está bajo los efectos de estupefacientes, dormida o está

mentalmente incapacitada para comprender la situación. Otros términos

estrechamente relacionados con la violencia sexual, usados a veces como

sinónimos, son: violencia de género, violencia contra la mujer y violencia

doméstica. La violencia perpetrada contra una persona debido a su sexualidad o a

su comportamiento sexual, real o presunto, también puede considerarse una forma

de violencia. Por lo tanto, la violencia física y la intimidación dirigidas a las personas

homosexuales, lesbianas, bisexuales y transgénero también constituyen una forma

de violencia sexual.

La OMS (2002) especifica 11 tipos diferentes de actos de violencia sexual:

* violación en el matrimonio o en citas amorosas;

* violación por desconocidos;

* violación sistemática durante conflictos armados;

* insinuaciones sexuales no deseadas o acoso sexual, lo que incluye

exigir actividades sexuales a cambio de favores;

* abuso sexual de personas discapacitadas mental o físicamente;

maltrato sexual de los niños;

* matrimonio o cohabitación forzados, lo que abarca el matrimonio

de niños;

* negación del derecho a usar métodos anticonceptivos o de tomar

medidas para protegerse contra enfermedades de transmisión

sexual;

* aborto forzado;

* actos de violencia contra la integridad sexual de las mujeres, lo

que comprende la mutilación genital femenina y los exámenes

obligatorios relacionados con la virginidad;

* prostitución forzada y trata de personas para explotación sexual

(p. 149-150)

 

La violencia sexual es casi siempre violencia por razones de género y está dirigida

en forma desproporcionada a las niñas y las mujeres. Por ejemplo, la Declaración

sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, emanada de las Naciones Unidas

incluye una definición de violencia contra la mujer que capta con precisión hasta

qué punto la violencia sexual interviene en el daño a las mujeres. La Declaración

define la violencia contra la mujer como:

* La violencia física, sexual y psicológica que se produzca en la

familia, incluidos los malos tratos, el abuso sexual de las niñas en

el hogar, la violencia relacionada con la dote, la violación por el

marido, la mutilación genital femenina y otras prácticas

tradicionales nocivas para la mujer, los actos de violencia

perpetrados por otros miembros de la familia y la violencia

relacionada con la explotación;

* La violencia física, sexual y psicológica perpetrada dentro de la

comunidad en general, inclusive la violación, el abuso sexual, el

acoso y la intimidación sexuales en el trabajo, en instituciones

educacionales y en otros lugares, la trata de mujeres y la

prostitución forzada;

* La violencia física, sexual y sicológica perpetrada o tolerada por el

Estado, dondequiera que ocurra.” (UN, 1993).

 

Prevalencia de la violencia sexual

La prevalencia de diversas formas de violencia sexual es, en muchas regiones del

mundo, difícil de determinar. La mayoría de los casos de violencia sexual no se

notifican a la policía y no se registran debidamente en las investigaciones hechas

por medio de encuestas. En otras palabras, el alcance de la violencia sexual no está

bien documentado y su notificación es sumamente limitada. La mayoría de lo que

conocemos acerca de la prevalencia e incidencia de la violencia sexual proviene de

estadísticas policiales, entornos hospitalarios y de investigaciones basada en

encuestas. Pero, hay una gama amplia de cifras presentadas, según el país, el

entorno y la muestra estudiada, las definiciones de violencia sexual utilizadas y los

métodos y procedimientos de recopilación de datos. Hay una enorme variación

cultural en el grado en que las personas están dispuestas y tienen la capacidad de

informar sobre la violencia sexual y existe la misma variación en el grado en que los

departamentos de policía y gobiernos registran las cifras pertinentes.

Paradójicamente, es posible que las cifras presentadas sean más altas en los países

donde la violencia sexual ha sido objeto de debate público, donde las actitudes

hacia la sexualidad y la violencia sexual se han vuelto más francas y donde ha

aumentado la toma de conciencia sobre la violencia sexual entre la población. En

estos países, hay más probabilidades de que se notifiquen los actos de violencia

sexual. La prevalencia de la violencia sexual quizá sea bastante mayor en los donde

no se habla abiertamente de la sexualidad y la violencia sexual, donde el hecho de

ser víctima de la violencia sexual es motivo de vergüenza y ostracismo y donde

algunas formas de violencia sexual se aceptan en razón de las normas o

sencillamente se aprueban. En el primer Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud de

la OMS (2002) se observa que, a nivel mundial, el número de casos de violencia

sexual notificados a la policía representa sólo la punta del iceberg de la verdadera

prevalencia y que la investigación basada en encuestas capta apenas otro porcentaje

pequeño de los casos reales. Por lo tanto, las estadísticas que se presentan a

continuación deben considerarse con cuidado ya que en muchos casos subestiman

considerablemente la magnitud del problema.

 

Abuso sexual de niños e iniciación sexual forzada

Además de las limitaciones ya tratadas, la prevalencia del abuso sexual de niños

puede ser particularmente susceptible a la subnotificación. Por ejemplo, los niños

pequeños no pueden reconocer si un acto sexual es inadecuado, en particular si el

que lo perpetra es una persona que ellos conocen, y los niños discapacitados no

tienen la capacidad para notificarlo (Sapp y Vandeven, 2005). No obstante, los

datos disponibles sugieren cuál es el alcance del problema. Según Sapp y Vandeven

(2005) un examen de la investigación disponible indica que, a nivel mundial, la

prevalencia del abuso sexual de niños varía de 11 a 32% para las mujeres y de 4 a

14% para los hombres y que estudios realizados en los Estados Unidos han

encontrado que 22,3% de mujeres y 8,5% de hombres dijeron haber sufrido abuso

sexual. Un examen de los datos del África subsahariana mostró tasas de incidencia

del abuso sexual de niños de 7 a 36% para las mujeres y de 3 a 29% para los

hombres (Lalor, 2004). En un estudio sobre varios países del Caribe, alrededor de

la mitad de las mujeres sexualmente activas dijeron que sus primeras relaciones

sexuales habían sido forzadas (Halcon, Beuhring y Blum, 2000 citado en WHO,

2002).

 

Agresión sexual o violación

Según el análisis hecho por Tavara (2006) de estudios tanto del mundo en

desarrollo como desarrollado para determinar la prevalencia de la violencia sexual,

de 10 a 33% de mujeres en edad fecunda fueron obligadas a tener relaciones

sexuales, por lo menos una vez en su vida. En una serie de estudios de países

efectuados por las Naciones Unidas (citado en WHO, 2002), el porcentaje de

mujeres que dijeron que habían sido agredidas sexualmente en los cinco años

anteriores comprendían de 0,8 a 4,5% en África, 1,4 a 5,8% en América Latina, 0,3

a 2,7% en Asia y 2,0 a 6,0% en Europa oriental. Hay relativamente pocos datos en

cuanto a la prevalencia de la violencia sexual contra los hombres. Según indican

estudios de la OMS (2002) acerca del mundo desarrollado, de 5 a 10% de los

hombres informaron sobre una historia de abuso sexual en la niñez y unos pocos

estudios de población acerca del porcentaje de hombres que informan que nunca

sufrieron una agresión sexual encontraron tasas de prevalencia de 3,6% en

Namibia, 13,4% en Tanzanía a 20% en Perú.

 

La violencia sexual como un arma de guerra

La violación sistemática como instrumento de la guerra ha dejado a millones de

niñas y mujeres muertas, traumatizadas, embarazadas por la fuerza o infectadas por

el VIH u otras infecciones de transmisión sexual (ITS). Se dispone de pocos datos

exactos en cuanto al número de niñas y mujeres que han sido violadas como

resultado de la guerra (Watts y Zimmerman, 2002; Gottschall, 2004). La violación

como un instrumento de guerra ha existido en toda la historia humana. Utilizando

una gama amplia de fuentes, Gottschall compiló una lista parcial de los países

dónde se cometieron, durante el siglo XX, violaciones masivas por militares o

fuerzas paramilitares. Esta lista incluye Afganistán, Argelia, Argentina, Bangladesh,

Bélgica, Brasil, Birmania, Bosnia, Camboya, China, Congo, Croacia, Chipre, Timor

Oriental, El Salvador, Alemania, Guatemala, Haití, India, Indonesia, Italia, Japón,

Corea, Kosovo, Kuwait, Liberia, Mozambique, Nicaragua, Pakistán, Perú, Filipinas,

Rusia, Rwanda, Serbia, Sierra Leona, Somalia, Turquía, Uganda, Viet Nam, Zaire y

Zimbabwe.

 

La violencia sexual por las parejas íntimas

La violencia infligida por el compañero íntimo, perpetrada por esposos, esposas,

novias y novios y antiguas parejas es extremadamente común y un gran porcentaje

de estas agresiones tiene forma de violencia sexual. Un examen hecho por la OMS

(2002) de estudios de población de todo el mundo acerca del porcentaje de mujeres

adultas que notificaron un acto sexual obligado, intentado o completado, por una

pareja íntima en algún momento de su vida, encontraron tasas que varían desde

6,2% en Yokohama, Japón a 42,0% en Durango, México, 46,7% en Cusco, Perú,

29,9% en Bangkok, Tailandia y 25,0% en Midlands Province, en Zimbabwe. Un

estudio más reciente de la OMS realizado en varios sitios (2005a), que incluyó a10

países encontró que el porcentaje de mujeres que dijeron haber sido agredidas

sexualmente por una pareja llegaba a 6% en Japón, Serbia y Montenegro, mientras

que en Etiopía esta cifra era de 59% y, en la mayoría de los sitios, este porcentaje

oscilaba entre 10% y 50%. Una encuesta de hombres en Cape Town, Sudáfrica

reveló que 15,3% de ellos dijeron que habían cometido actos de violencia sexual

contra un compañero íntimo en el decenio anterior (Abrams, Jewkes, Hoffman y

Laubsher, 2004).

 

La trata de personas y la prostitución forzada

Varios informes publicados por el Departamento de Estado de los Estados Unidos

(citado en FNUAP, 2005) indican que la trata de personas es de 600.000 a 800.000

personas cada año, la mayoría para explotación sexual y se cree que cerca de

2.000.000 de niños, principalmente niñas, son esclavos del sexo en la industria del

sexo comercial. Estas cifras no incluyen a las mujeres y a las niñas que se compran y

se venden para la explotación sexual dentro de los países. Según la Organización

Internacional para las Migraciones (citado en Watts y Zimmerman, 2002) el

número de mujeres objeto de la trata de personas cada año, principalmente para la

prostitución forzada, de diferentes regiones del mundo es enorme y de ellas

250.000 provienen de Asia, 100.000 de la antigua Unión Soviética, 175.000 de

Europa oriental y central, 100.000 del Caribe y América Latina y 50.000 de África.

 

La OMS (2002) señala que un gran número de esas mujeres y niñas objeto de la

trata de personas son enviadas a América del Norte y Europa.

 

La mutilación genital femenina

Según la OMS (2000), entre 100 y 140 millones de niñas han sido víctimas de

mutilación genital femenina (MGF) (es decir, la remoción parcial o total de los

genitales externos por razones culturales, religiosas, u otras razones no terapéuticas)

y hasta 2 millones de niñas son sometidas al procedimiento cada año. La práctica

ocurre en 28 países africanos y se encuentra en partes del Oriente Medio y Asia.

 

Las consecuencias de la violencia sexual

La repercusión negativa de la violencia sexual sobre la víctima individual y sobre la

sociedad es amplia y de gran alcance. La repercusión devastadora sobre la víctima

causa traumatismo físico y psicológico que se presenta de innumerables maneras.

Dado que la violencia sexual adopta muchas formas y, por consiguiente, afecta a las

víctimas de muchas maneras, es difícil catalogar y resumir brevemente su

repercusión en el individuo y la sociedad. A continuación, se abordan apenas

algunas de las muchas consecuencias de la violencia sexual.

 

Consecuencias físicas

Al tratar la repercusión de la violencia sexual en la persona hay que reconocer desde

el principio que la víctima bien puede morir en el transcurso de una agresión sexual

o después de ella. Una agresión sexual violenta puede causar la muerte o la víctima

puede ser asesinada posteriormente.

Según el grado de la fuerza física usada, el trauma físico, tanto genital como

extragenital, puede o no ser evidente (Tavara, 2006). Los tipos más comunes de

traumatismos genitales incluyen desgarros, hematomas, abrasiones, enrojecimiento

e hinchazón del frenillo (horquilla) posterior, de los labios menores, del himen o de

la fossa navicularis (WHO, 2003). Los traumatismos físicos no genitales a menudo

incluyen hematomas, contusiones, laceraciones, marcas de ligaduras en los tobillos,

muñecas y cuello, lesiones que dejan marcas (es decir, marcas de manos, marcas de

dedos, marcas de cinturones, marcas de mordeduras) y traumatismo anal o rectal

(WHO, 2003).

Las consecuencias físicas a corto plazo de la MGF incluyen dolor intenso, shock,

hemorragia, retención de orina y ulceración de la región genital, mientras que las

consecuencias a más largo plazo incluyen quistes y abscesos, formación de

queloides en las cicatrices, daño a la uretra que da lugar a incontinencia urinaria,

dispareunia y otras disfunciones sexuales y dificultades en el parto (WHO, 2000).

 

Salud mental y consecuencias psicosociales

Las consecuencias psicológicas de la violencia sexual varían considerablemente de

una persona a otra. Sin embargo, quedan pocas dudas de que la repercusión

psicológica de la violencia sexual en la víctima suele ser grave y debilitante. Estos

 

resultados de corto y de largo plazo (que duran por muchos años) incluyen el

síndrome del traumatismo de violación, trastorno por estrés postraumático,

depresión, ansiedad, fobias sociales, mayor uso de drogas, comportamiento suicida,

trastornos de los hábitos alimentarios y perturbaciones del sueño (WHO, 2003).

Varios estudios han revelado una asociación entre la agresión sexual y la aparición

de disfunciones sexuales entre las víctimas que pueden persistir por años. En

particular, un examen de la bibliografía indica que muchas mujeres experimentan

una reducción significativa del placer y la satisfacción sexuales y que, a largo plazo,

muchas mujeres presentan disfunciones sexuales relacionadas con el deseo y la

excitación (Van Berlo y Ensink, 2000).

 

Violencia sexual e infección por el VIH/sida

Aunque en el mundo occidental a veces se cree que la infección por el VIH/sida

afecta principalmente a los hombres que tienen relaciones homosexuales, es

importante reconocer que a nivel mundial cerca de la mitad de los que viven con la

infección por el VIH/sida son mujeres. En partes del mundo en desarrollo, como

en el África subsahariana, la mayor parte de las personas con la infección por el

VIH/sida son mujeres (WHO, 2005b). Está claro que muchos casos de infección

por el VIH/sida están relacionados de una u otra manera con la violencia sexual

contra la mujer. Los perpetradores de la violencia sexual rara vez usan condones y,

debido a que la naturaleza de la violencia sexual suele ser físicamente coercitiva,

ocurren traumatismos genitales que exponen a las víctimas a un riesgo sumamente

alto de infecciones de transmisión sexual, incluida la infección por el VIH (Tavara,

2006; WHO, 2003). Los estudios hechos en África demuestran claramente el

vínculo entre la coacción sexual y el mayor riesgo de infección por el VIH para las

mujeres (Population Council, 2004). Por ejemplo, un estudio de Sudáfrica (Dunkle

et al, 2004, citado en WHO, 2005b) reveló que las mujeres cuya pareja sexual era

violenta o controladora presentaban una tasa de infección por el VIH/sida,

superior en 50% con respecto a otras mujeres y que los hombres abusivos tenían

mayores probabilidades que los hombres no abusivos de ser seropositivos para el

VIH.

Es importante entender que la violencia sexual aumenta de muchas maneras el

riesgo de las mujeres de contraer el VIH.. Tal como lo señala el informe de la OMS

(2001) sobre la violencia sexual y el VIH, “Esta violencia puede contribuir a un

mayor riesgo para las mujeres de contraer la infección por el VIH, tanto de manera

directa por el coito forzado como indirecta por la capacidad limitada de las mujeres

para negociar las circunstancias en las que ocurrirán las relaciones sexuales y el uso

de condones” (p. 7). El temor a la violencia puede impedir fácilmente a una mujer

sugerir o insistir en el uso de condones (Maman, Campbell, Sweat y Gielen, 2000).

Además, el riesgo de contraer una ITS o la infección por el VIH es particularmente

alto para las mujeres que han sido objeto de la trata de personas para fines de

explotación sexual (WHO, 2002).

 

Violencia sexual y embarazo no deseado

Con frecuencia, la violación da lugar al embarazo no deseado (Stewart y Trussel,

2000). Por ejemplo, un estudio efectuado en los Estados Unidos mostró que 5% de

las víctimas de violación quedan embarazadas como resultado de la agresión

(Holmes, Resnick, Kilpatrick y Best, 1996), mientras que un estudio de Etiopía

determinó que 17% de las mujeres adolescentes que fueron violadas quedaron

embarazadas (Mulugeta, Kassaya y Berhane, 1998 citado en Tavara, 2006). En

muchas partes del mundo, las niñas y las mujeres que se encuentran embarazadas

como consecuencia de la violación se ven obligadas a tener al hijo o arriesgar su

vida con los “abortos clandestinos” (WHO, 2002, p. 162). Huelga decir que una

niña o una mujer que ha dado a luz un niño como consecuencia de la violación no

pudieron elegir el momento en que nacían sus hijos.

 

El contexto y las causas fundamentales de la violencia sexual

Una exposición completa de las causas múltiples de la violencia sexual está fuera del

alcance de este breve informe. No obstante, casi todas estas causas tienen sus raíces

en un factor inevitable y fundamental que debe captarse y afrontarse si se quiere

lograr un progreso significativo para eliminar la violencia sexual. Primero y ante

todo, debemos comprender bien y aceptar que la mayoría de las formas de

violencia sexual están relacionadas y ocurren en el contexto de la desigualdad en

materia de género y que la violencia sexual contra la mujer es más probable bajo

los regímenes patriarcales relativamente fuertes. La investigación transcultural

aporta datos probatorios de que mientras mayores desventajas para la mujer genere

la asimetría en el poder entre los sexos en una cultura dada, mayores son las

probabilidades de que ocurra el control de la sexualidad femenina, así como la

violencia sexual contra la mujer (Wood y Eagly, 2002).

Es en este contexto de la desigualdad y el control en materia de género que debe

entenderse la violencia sexual. Según lo resume la OMS (2003),

La violencia sexual es un acto agresivo. Los factores fundamentales

en muchos actos de violencia sexual son el poder y el control, no

como suele percibirse, un ansia de sexo. Rara vez se trata de un

crimen de pasión. Es más bien un acto violento, agresivo y hostil

usado como un medio para degradar, dominar, humillar, aterrorizar y

controlar a las mujeres. La hostilidad, la agresión y el sadismo

mostrados por el agresor tienen por objeto amenazar la conciencia

que tiene la víctima de sí misma (p. 9).

 

Estrategias para reducir y eliminar la violencia sexual

En todo el mundo, la violencia sexual está generalizada y arraigada profundamente.

Por consiguiente, un método eficaz de reducir la violencia sexual debe tener una

base amplia, abordar el tema a los niveles internacional, nacional, comunitario e

individual de la sociedad.

 

Acción y promoción de la causa a nivel internacional y nacional

La comunidad internacional debe desempeñar una función primordial para reducir

la violencia sexual. El reconocimiento internacional del alcance del problema y los

efectos perjudiciales de la violencia sexual sobre el individuo y sobre la sociedad es

un primer paso, pero ese reconocimiento debe estar seguido de la acción. Los

tratados internacionales, como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de

discriminación contra la mujer (UN, 1979) establecen las normas para la legislación

nacional y sirve de apoyo a una campaña para lograr las reformas legales. En

particular, el cambio de un enfoque basado en las necesidades a un enfoque basado

en los derechos a la salud sexual ha sido importante con relación a la violencia

sexual. El marco de derechos humanos, entre otras cosas, ha ayudado a reconocer

oficialmente la experiencia de violencia como una violación de los derechos

humanos, ha ayudado a cuestionar la falsa dicotomía público/privado del derecho

internacional, ha proporcionado un vocabulario feminista para los documentos

políticos internacionales y ha desempeñado una función en la formación de

coaliciones: “Las condiciones de la mujer en todas las regiones y las violaciones

diversas a sus derechos humanos, que anteriormente estaban escondidas y eran

silenciadas, han salido a la superficie, vinculando los movimientos locales a un

movimiento mundial de mujeres que sigue creciendo (Obando, 2004, en línea).

Para que se logren mayores progresos, los tratados futuros y las declaraciones

internacionales que se centran en el desarrollo de los derechos humanos y

socioeconómicos deben reconocerla explícitamente, nombrarla y abordar la

violencia sexual como un impedimento significativo al bienestar y al progreso del

ser humano.

Los gobiernos nacionales, ya que disponen de poder político y legal sustantivo,

desempeñarán el papel más importante para la eliminación de la violencia sexual.

Los gobiernos deben adoptar las políticas que reconocen explícitamente el

problema de la violencia sexual. Deben introducir y sancionar la legislación vigente

que hace que todas las formas de violencia sexual sean ilegales (por ejemplo, la

MGF, violación en el matrimonio) e incluye el juicio y el castigo de los

perpetradores de violencia sexual. Los gobiernos nacionales también deben lanzar

campañas públicas de información para desalentar la violencia sexual y promover la

igualdad de género. Tales campañas también deben alentar a las víctimas de la

violencia sexual a que obtengan acceso a la atención de salud. También deben

procurar educar y motivar a los niños y los hombres a que se opongan a la violencia

sexual, tanto en su propia vida como en la vida de otros hombres.

 

En algunos casos, los gobiernos nacionales han dado pasos para reducir la violencia

sexual (Kelly, 2005: WHO, 2002). Por ejemplo, algunos gobiernos han adoptado

medidas relativamente sencillas para promover la notificación de la violencia sexual

y mejorar la sensibilidad entre la policía y el poder judicial. Se han creado unidades

especiales de violencia doméstica y unidades que se ocupan de los delitos sexuales,

se han empleado examinadoras/investigadoras para hacer los exámenes forenses de

las víctimas femeninas, se han utilizado mujeres como funcionarias de los tribunales

y se crearon comisarías de policía y tribunales especiales para mujeres para los

delitos de violación. La OMS (2002) observa que las reformas legales en muchos

lugares han incluido ampliar la definición de lo que es la violación, reformar las

reglas sobre las sentencias y la admisibilidad de los datos probatorios, y eliminación

del requisito de que las declaraciones de las víctimas tienen que corroborarse.

 

Acciones de los sectores de la salud y la educación

Los establecimientos de asistencia sanitaria como los hospitales y los consultorios

deben estar dotados en forma adecuada para recibir, evaluar, aconsejar y tratar a las

víctimas de la violencia sexual. A menudo hacen falta servicios médicos/de salud

adecuados y específicos para las necesidades de las víctimas de violencia sexual.

Con frecuencia, los establecimientos no reciben como debe ser a las víctimas y los

proveedores de atención sanitaria no siempre cuentan con la capacitación necesaria

en violencia sexual y recopilación de datos probatorios forenses. La difusión

generalizada y la aplicación amplia de las Directrices de la OMS para la Atención Medico

Legal de las Víctimas de la Violencia Sexual (2003) representarían un gran paso hacia

adelante en la atención de las víctimas de la violencia sexual.

Como se señaló anteriormente, la MGF es una forma de violencia sexual que

perjudica la salud y el bienestar de millones de niñas y mujeres. Aunque está

vinculada con tradiciones culturales y religiosas, a veces profundamente arraigadas,

hay esperanza de que los grupos profesionales y comunitarios trabajando unidos

puedan lograr avances significativos al desalentar la práctica de la MGF. La OMS

(2002) describe una campaña realizada en Egipto en la cual el gobierno, las

organizaciones de salud y los líderes religiosos se han unido en su oposición a la

MGF. En los países africanos donde la MGF todavía es común, se necesitan

iniciativas similares. Para alcanzar el éxito, será importante que los programas

locales dirigidos a la MGF se adapten a los factores específicos culturales y

religiosos que influyen en la práctica de la MGF. La participación de los líderes de

opinión de la comunidad es vital si se quiere que dichos programas sean fructíferos.

Los programas de educación sobre la sexualidad para los jóvenes, donde los hay,

muy a menudo se centran estrictamente en la infección por el VIH y las ITS, y en

los temas básicos de la reproducción, pero no abordan directamente la igualdad de

género ni la violencia sexual. Se ha logrado algún progreso en impartir cursos de

educación sobre salud sexual de calidad a un número cada vez mayor de jóvenes

en todo el mundo (véase capítulo 4). Esos programas brindan una oportunidad

ideal de educar a los jóvenes, en una época de la vida en que se forman las actitudes

y los valores básicos relativos a la sexualidad, acerca de problemas pertinentes para

la prevención de la violencia sexual.

 

Acciones comunitarias

Hay una gama amplia de acciones comunitarias que incluyen a organismos de salud

pública, grupos comunitarios, medios de comunicación, así como muchos otros

que pueden desempeñar una función activa en la reducción de la violencia sexual.

Son demasiado numerosos para abordarlos aquí adecuadamente (véase WHO,

2002, 2003), pero a continuación se mencionan varios ejemplos de esos cursos

dirigidos a hombres.

Los medios de comunicación pueden usarse eficazmente para concientizar y hacer

una campaña contra la violencia sexual. La OMS (2002) cita varios ejemplos de

Sudáfrica y Zimbabwe donde se han usado carteleras, radio y televisión para

comunicar mensajes contra la violencia sexual. Además, hay que utilizar cada vez

más a personajes públicos influyentes, como estrellas de los deportes, para expresar

oposición a la violencia sexual y comunicar a los hombres jóvenes mensajes

saludables en cuanto a la sexualidad y la igualdad de género. Algunas organizaciones

deportivas como la Fédération Internationale de Football Associations (FIFA)

están en una posición excelente para llegar hasta cientos de millones de niños y

hombres en todo el mundo con mensajes educativos para combatir la violencia

sexual. La participación de los medios de comunicación y las organizaciones

deportivas en los esfuerzos para reducir la violencia sexual es muy promisoria ya

que ellos tienen un potencial significativo para transformar fundamentalmente los

valores y las costumbres que apoyan la cultura de la violencia sexual.

 

Acciones necesarias

3.1 Para ser eficaces, las leyes, políticas y programas destinados a

reducir la violencia relacionada con la sexualidad deben abordar la

desigualdad de género con respecto a los derechos humanos y la

posición económica. Esto abarca la legislación para prohibir todas las

formas de violencia sexual y acoso contra niños y niñas, las mujeres y

las minorías sexuales.

3.2 Se requieren programas integrales de salud pública para aumentar

la toma de conciencia sobre la necesidad de abordar la violencia

sexual. También deben ponerse en práctica programas

complementarios destinados a la prevención primaria de la violencia

sexual. En todos los segmentos de la sociedad, deben ejecutarse

programas de prevención de la violencia sexual.

3.3 Para reducir eficazmente el impacto de la violencia sexual es

necesario reformar el ámbito de la atención de salud. Esto incluye la

eliminación de todas las formas de discriminación relacionadas con el

género u orientación sexual dentro de los sistemas de atención de

salud y velar por que el personal de atención de salud y las

instituciones en las que trabajan esas personas, estén preparadas

adecuadamente para recibir y tratar a las víctimas de la violencia

sexual.

 

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Organización Mundial de la Salud.

 

 

Capitulo 4

 

Proveer acceso universal a la información completa y educación integral de la sexualidad

 

Para lograr la salud sexual, todas las personas,

incluidos los jóvenes, deben tener acceso a la

información completa y a la educación integral

de la sexualidad, así como a los servicios de

salud sexual en todo el ciclo de vida.?

 

Introducción

omo ya se ha indicado en varios puntos de este documento, el

mejoramiento, el mantenimiento y la promoción de la salud sexual

desempeñarán una función significativa e imprescindible para la

consecución de muchos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Las ocho

metas expuestas en el enunciado de la declaración Salud Sexual para el Milenio están

sumamente interrelacionadas. El acceso universal a la educación integral de la

sexualidad está estrechamente vinculado con los otros objetivos de salud sexual

estipulados en la declaración y dicho acceso es imprescindible para lograrlos, ya que

todos tienen componentes educativos. La concientización individual y de la

comunidad, así como el conocimiento y la aceptación de los temas de salud sexual

son requisitos para lograr cambios positivos. El acceso universal a la educación

integral y consistente de la sexualidad es un componente esencial para la

formulación de cualquier estrategia fructífera de promoción de la salud sexual en el

nuevo Milenio.

? Este capítulo está basado en la información proporcionada por la Consulta de Expertos de la WAS

realizada en Oaxaca, México, una amplia revisión de la literatura y el Documento de Antecedentes escrito

por Doortje Braeken and Melissa Cardinal. (Ver Apéndices IV y V)

 

Según se afirma en el enunciado de la declaración, la educación integral de la

sexualidad es un proceso que debe ocurrir a todo lo largo de la vida. Nuestra

necesidad de educación sexual no empieza ni termina con la pubertad. Los diversos

períodos del desarrollo a lo largo de la vida ?niñez, adolescencia, edad adulta

temprana, edad madura y vejez? se caracterizan por tareas y necesidades de

desarrollo relativas a la sexualidad diferentes pero de igual importancia lo que

implica necesidades diferenciales de educación sexual (Delamater y Friedrich,

2002). Sin embargo, los jóvenes merecen una atención especial en nuestro llamado

para un acceso universal a la educación integral de la sexualidad , en particular con

respecto a la propuesta de que la generalización de los programas de educación de

la sexualidad efectuará una contribución significativa a los ODM. Esta atención es

importante también porque la educación sobre sexualidad de alta calidad impartida

a los niños y los jóvenes les brinda una base de conocimientos, actitudes y aptitudes

esenciales para el logro de la salud sexual óptima; estos conocimientos, actitudes y

aptitudes pueden evolucionar a la par de sus necesidades que cambian a lo largo de

la vida.

Debido a que en el mundo desarrollado el acceso de los jóvenes a la escolaridad es

casi universal, las escuelas suelen considerarse como el foro ideal para impartir la

educación sexual. En el mundo en desarrollo, por otro lado, el acceso a la

escolaridad tradicionalmente ha estado seriamente limitado y las oportunidades son

desiguales según el género, los ingresos y la ubicación geográfica. Por consiguiente,

la educación sexual impartida en las escuelas, es poco prometedora para llegar hasta

una diversidad de jóvenes en muchas comunidades. Sin embargo, esto está

cambiando. Según lo documenta Loyd (2006), en su ponencia de antecedentes para

el Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas, cada vez es más común en los

países en desarrollo que los jóvenes, especialmente las mujeres, asistan a la escuela

hasta los años de la pubertad y a través de ella. Según ilustra Loyd, la asistencia a la

escuela por sí misma puede tener consecuencias beneficiosas para la salud sexual y

reproductiva. También cabe señalar que el aumento acelerado de la asistencia a la

escuela, aunque el acceso dista mucho de ser universal, brinda una oportunidad

extraordinaria de mejorar la educación integral sobre sexualidad. Es crucial que a

medida que se crean y amplían, se renuevan y reforman los sistemas escolares, la

educación integral sobre la sexualidad se imparta a todo lo largo del programa de

estudios y sea uno de sus componentes fundamentales. La justificación para la

inclusión dependerá, en parte, de que se demuestren los vínculos entre educación

de la sexualidad, salud sexual y reproductiva y el desarrollo de la comunidad, según

lo estipulado en los ODM.

Con respecto a la educación general, la finalidad principal de educar a los niños es

prepararlos para la vida. En consecuencia, los enseñamos a leer, escribir, a resolver

problemas, a pensar en forma creativa, etc. Estas son las aptitudes que ellos usarán

a lo largo de su vida. Con respecto a la educación de la sexualidad más

específicamente, la información, actitudes y aptitudes que las personas adquieren

como niños y jóvenes influirán en sus decisiones y repercutirán en su salud sexual

general en la edad adulta. La niñez, la pubertad y la adolescencia son períodos

fundamentales para el desarrollo de la sexualidad. El conocimiento básico, las

actitudes formativas y las prácticas saludables que se aprenden antes o a medida

que empieza la actividad sexual tienen muchas más probabilidades de transferirse

sistemáticamente y hasta la edad adulta. Por ejemplo, hay indicios de que los

jóvenes que usan condones la primera que vez tienen relaciones sexuales tienen

más probabilidades de usar condones cuando son mayores, en comparación con

los que no usaron un condón en su primera relación sexual (Klavs, Rodrigues,

Wellings, et al., 2005; Shafii, Stovel, Davis et al., 2004). Por lo tanto, es vital llegar

hasta los jóvenes con educación sexual integral antes de que sean sexualmente

activos porque para muchos jóvenes en todo el mundo, las primeras relaciones

sexuales, sean voluntarias o no, pueden ocurrir y ocurren en cualquier momento

después del inicio de pubertad. Es también importante que la educación integral

sobre la sexualidad impartida en la escuela se vincule a la educación informal y

complementaria que ocurre en la comunidad y en el hogar.

 

Educación integral de la sexualidad en el contexto de la diversidad sexual mundial

Decir que la comunidad mundial dista mucho de estar unificada con respecto a los

valores sexuales, costumbres, creencias y modelos de comportamiento es afirmar lo

que es obvio. Esta diversidad merece el reconocimiento y la consideración

sostenida en la formulación de estrategias y políticas destinadas a elaborar y ejecutar

programas integrales de educación sobre la sexualidad que contribuyan a escala

mundial al logro de los ODM.

Los asuntos relacionados con el sexo y la reproducción son

delicados—porque se entrelazan con cuestiones de cultura e ideología

de instituciones sociales e identidades personales. En muchos países,

diversos grupos culturales tienen diferentes acuerdos y posiciones en

materia de servicios de salud sexual y reproductiva (y en la prestación

asociada de esos servicios). Es posible que se limiten tanto la atención

como las discusiones públicas a fin de evitar las divisiones políticas o

porque hay un estigma asociado con el tema. La salud sexual y

reproductiva solo se ha convertido en un tema adecuado para la

discusión y el consenso internacionales en los últimos 10 a 15 años

(Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas, 2006, p. 4).

Esta observación nos da apenas una idea de los contextos específicos culturalmente

únicos en los que se insertan los programas de educación de la sexualidad para los

jóvenes —o no se insertan— en todo el mundo. La sustancia y el carácter de estos

programas, o la falta de ellos, suelen ser un reflejo claro y exacto de las creencias

culturales acerca de la sexualidad que existen en la comunidad. Está claro que las

posturas religiosas, políticas y sociales-morales sobre la sexualidad dividen a la

comunidad mundial y esto es un obstáculo fundamental para adoptar un método

unificado y compartido destinado a formular y poner en práctica los cursos de

educación integral de la sexualidad que contribuirían a repercutir, no solo en la

epidemia de infección por el VIH/sida sino también en un sinnúmero de otros

problemas, como la igualdad de género y la planificación de la familia. Hace falta

una unidad internacional muy básica en cuanto al enfoque y al reconocimiento de la

 

necesidad de educación integral de la sexualidad para sustentar los acuerdos

internacionales pertinentes a la salud sexual y reproductiva y a los derechos, para

garantizar el financiamiento de los programas, compartir la pericia y lograr que las

comunidades se comprometan, participen y se apropien activamente de la

programación. Dada la vasta diversidad cultural de las creencias relacionadas con la

sexualidad, ¿dónde empezamos a elaborar una estrategia mundial para la educación

integral de la sexualidad?

Germain y Woods (2005) al escribir acerca de la necesidad de un método integrado

para la prevención de la infección por el VIH dicen que: “La política mundial no

hace que las estrategias de prevención de la infección por el VIH sean fáciles ni

directas de llevar a la práctica” (p. 59). Proponen, de acuerdo a lo pautado por la

Estrategia de Prevención propuesta por el ONUSIDA en el 2005, que los

programas de prevención se fundamenten en los componentes de derechos

humanos, en su alcance y en una base de datos probatorios. A continuación se

presenta una plataforma que incorpora estos tres componentes para proponer el

acceso universal a la educación sexual integral y de alta calidad.

 

Los derechos humanos y sexuales

Los compromisos contraídos por los gobiernos con organizaciones de derechos

humanos y organizaciones no gubernamentales con respecto a los derechos

sexuales como derechos humanos nos proporcionan un punto de partida

sustantivo y viable para abogar por el acceso universal a la educación integral de la

sexualidad en un marco más amplio de la promoción de la salud sexual. Según se

indica en otra parte de este documento, la publicación de la OMS (2002; 2006)

Definición Práctica de los Derechos Sexuales establece que los derechos sexuales basados

en leyes nacionales y documentos de derechos humanos internacionales ya

reconocidos abarcan el derecho de todas las personas, libre de coacción,

discriminación y violencia a, entre otras cosas, obtener información acerca de la

sexualidad y recibir educación de la sexualidad.

La promoción del acceso universal a la educación integral sobre la sexualidad es

inseparable de la exigencia del respeto y la promoción de los derechos humanos y

sexuales, además de ser un componente fundamental para lograr esta meta. El

reconocimiento de los derechos básicos humanos y sexuales debe sentar las bases

filosóficas para adoptar una perspectiva mundial acerca de la educación integral

sobre la sexualidad. Como se señala con más detalle a continuación, hay que tener

cuidado para no introducir presunciones externas en cuanto al significado y la

finalidad de la sexualidad humana ni la definición precisa de la educación integral

sobre sexualidad que van más allá de los derechos básicos que han servido de base

para los acuerdos internacionales. Estos conceptos deben definirse dentro de las

comunidades etnoculturales específicas en las que se va a impartir la educación

sobre sexualidad.

 

Alcance

Al describir la educación integral sobre la sexualidad, SIECUS (2001) especifica

varios conceptos fundamentales como desarrollo humano, relaciones, destrezas

personales, comportamiento sexual, salud sexual y sociedad y cultura. Muy a

menudo el término educación integral de la sexualidad sugiere que los programas

destinados a la reducción de riesgos sexuales abordan tanto el retraso de la primera

relación sexual, la abstinencia y el uso del condón u otros métodos anticonceptivos

como medidas preventivas viables. En este sentido, el término educación integral

sobre sexualidad sencillamente se usa como una manera de distinguir esos

programas de los denominados programas “de abstinencia exclusiva” que solo

promueven la abstención de la actividad sexual y no abordan otras opciones, como

el uso de condones, para las personas que ya están o que estarán sexualmente

activas. Sin embargo, la educación integral de la sexualidad es un término mucho

más amplio que supone un enfoque basado en los derechos y que tiene en cuenta al

género y es sensible a las diferencias culturales.

En conjunto, los derechos enunciados por la OMS (2002; 2006) en la Definición

Práctica de los Derechos Sexuales recalcan el acceso a la información sobre sexualidad y

la toma de decisiones autónoma. Según ya se ha dicho, y para fines de esta sección,

el concepto de educación integral sobre la sexualidad comprende y respeta los

derechos humanos básicos, suministra información amplia y exacta y brinda

oportunidades de desarrollo de motivaciones y habilidades que les permiten a las

personas tomar decisiones autónomas y fundamentadas acerca de su salud sexual y

reproductiva. En muchos países occidentales y en algunas naciones en desarrollo

estas ideas, y lo que implican para elementos específicos de los programas de

educación sobre la sexualidad, están bien enunciados y son apropiados para esas

culturas (véase, por ejemplo, SIECUS, 1991; Salud Canadá, 2003; Ministerio de

Educación, Chile, 2002). La Organización Panamericana de la Salud (PAHO, 2000)

ha hecho de la educación integral de la sexualidad a la población en general una de

sus metas para promover la salud sexual. Las recomendaciones de la OPS incluyen

un esquema específico con nueve puntos acerca del significado y la finalidad de la

educación integral sobre la sexualidad que es compatible con una perspectiva de

derechos humanos sexuales y puede aplicarse eficazmente a esa región. En muchos

otros países y regiones, todavía no se han especificado conceptos culturalmente

específicos y apropiados de la educación integral sobre la sexualidad como base

para una programación que llegue a un gran número de jóvenes. Las iniciativas para

hacerlo serán esenciales para el establecimiento del acceso universal a la educación

integral sobre sexualidad.

En algunos países, pero especialmente en los Estados Unidos, están generalizados

el financiamiento amplio y la promoción de los programas de educación sobre la

sexualidad basados en la abstinencia exclusiva. Si estamos de acuerdo en que la

fundación ética de la educación integral de la sexualidad tiene sus raíces en los

derechos humanos y los derechos sexuales básicos que confieren a cada individuo

el derecho indiscutible a la toma de decisiones autónoma e informada, es evidente

que los programas de abstinencia exclusiva quedan fuera de esta perspectiva ética

básica. Los programas que, por su diseño, retienen la información necesaria para

que los individuos puedan tomar decisiones voluntarias y fundamentadas son poco

éticos y desde la perspectiva de la educación sobre la sexualidad presentada aquí,

constituyen una violación de los derechos humanos. Ha quedado demostrado

reiteradamente que los programas de abstinencia exclusiva son ineficaces para

fomentar y mantener el cambio de comportamiento. Además, una gran mayoría de

los programas de educación sexual basados en la abstinencia exclusiva han

demostrado su ineficacia para prevenir la actividad sexual o reducir la infección por

el VIH, las ITS o el embarazo no deseado. Si bien es cierto que unos pocos

programas de abstinencia exclusiva han demostrado que modifican las actitudes

hacia la abstinencia y el comportamiento sexual por períodos cortos (hasta seis

meses), ninguno de los programas de abstinencia exclusiva evaluados dio lugar a

que los participantes retrasaran el inicio de las relaciones sexuales por períodos de

tiempo más largos, en comparación con los grupos testigo o los grupos que reciben

educación sobre salud sexual amplia (Bennett y Assefi, 2005). A pesar del respaldo

del gobierno federal de los Estados Unidos, lo que incluyó cientos de millones de

dólares en financiamiento, un examen reciente de las evaluaciones del programa

destinadas a determinar la repercusión de las intervenciones de abstinencia

exclusiva ejecutadas en los Estados Unidos reveló que no solo son ineficaces, sino

potencialmente perjudiciales para la salud del público.

Los programas de abstinencia exclusiva dan pocos indicios de tener

una repercusión sostenida (a largo plazo) en las actitudes y las

intenciones. Lo que es peor aun, muestran algunas repercusiones

negativas en la disposición de los jóvenes a usar métodos

anticonceptivos, entre ellos los condones, para prevenir resultados

negativos de salud sexual derivados de las relaciones sexuales. Es

importante señalar que apenas en un estado de los Estados Unidos,

un programa demostró éxito a corto plazo en retrasar la iniciación

sexual; ninguno de estos programas ofrece pruebas de éxito a largo

plazo para retrasar la iniciación sexual entre los jóvenes expuestos a

los programas, ni ningún dato probatorio de éxito para disminuir

otros comportamientos que inducen a correr riesgos en relación con

la sexualidad. Los programas basados exclusivamente en la

abstinencia dan pocas pruebas de tener una repercusión sostenida (a

largo plazo) en los participantes (Hauser, 2004, p. 4).

En vista de las pruebas que se acaban de mencionar, el financiamiento y la

ejecución de programas de abstinencia exclusiva deben considerarse como una

mala utilización de valiosos recursos, humanos y financieros, que podrían asignarse

a la planificación, puesta en práctica y evaluación de una programación coordinada,

eficaz en función de los costos y basada en datos probatorios. El enfoque de

abstinencia exclusiva restringe el suministro de información a una estrategia

específica para la infección por el VIH, las ITS y la prevención de embarazos no

deseados, y excluye decididamente la información que puede ser utilizada por

quienes ya tienen una vida sexual activa o la tendrán inevitablemente. Por lo tanto,

el enfoque de abstinencia exclusiva es excluyente y refleja un punto de vista

estrecho y específico. El enfoque integral, por otro lado, es conceptualmente

inclusivo en lugar de exclusivo, presenta información sobre estrategias múltiples

(incluida la abstinencia de la actividad sexual, el retraso de la primera relación, la

reducción del número de compañeros sexuales, así como la actividad sexual más

segura) para prevenir la infección por el VIH, las ITS y los embarazos. En

contraposición a los programas de abstinencia exclusiva, los programas integrales

de educación sobre la sexualidad procuran que las decisiones acerca de tener o no

relaciones sexuales, de si la persona quiere tener hijos y cuándo los quiere tener,

además de las decisiones acerca de cómo protegerse uno mismo y a su pareja de la

infección por el VIH y las ITS, sean decisiones fundamentadas basadas en

elecciones que todas las personas, incluidos los jóvenes, tienen derecho a tomar

basadas en su propios valores autodefinidos, así como en los valores de sus familias

y comunidades. En contraposición con la ineficacia de los programas de

abstinencia exclusiva para alcanzar sus objetivos conductuales, hay indicios de que

los programas de educación sobre la sexualidad más integrales pueden ayudar a los

jóvenes que todavía no son sexualmente activos, a retrasar la primera relación

sexual (por ejemplo, Jemmott, Jemmott y Fong, 1998). El hecho de que la

educación integral sobre la sexualidad tenga probabilidades de ser más eficaz que

los programas de abstinencia exclusiva al capacitar a los jóvenes para que retrasen la

primera relación sexual, bien podría deberse a que los programas integrales de

educación sobre la sexualidad bien formulados incluyen a los jóvenes en el proceso

de toma de decisiones informadas, con lo cual ellos pueden elegir activamente

opciones para proteger y mejorar su salud sexual. Los programas de abstinencia

exclusiva desaniman a los jóvenes de sopesar las opciones y tomar decisiones

basadas en sus propias realidades, necesidades, tradiciones y valores.

 

La educación de la sexualidad basada en la evidencia.

Los objetivos de la prevención de la infección por el VIH, las ITS y los embarazos

no planificados están incluidos en todas las conceptualizaciones de los programas

integrales de educación sobre la sexualidad para los jóvenes en todo el mundo. Sin

duda, es en el logro de estos objetivos que el acceso universal a la educación

integral sobre la sexualidad contribuye significativamente al cumplimiento de los

ODM.

Cada vez hay mayor número de datos probatorios inequívocos derivados de

estudios publicados sometidos a arbitraje editorial que evalúan la repercusión

conductual de intervenciones de salud sexual bien diseñadas que conducen a la

conclusión definitiva de que esos programas pueden reducir significativamente los

comportamientos sexuales de riesgo entre los jóvenes (para consultar esta

bibliografía véase Alford, 2003; Bennett y Assefi, 2005, Jemmott y Jemmott, 2000;

Kirby, 2000; 2001; 2005).

Con respecto a la prevención de la infección por el VIH/sida concretamente, hay

también datos probatorios definitivos claros de que las intervenciones educativas

tienen el potencial para reducir significativamente el comportamiento sexual de alto

riesgo entre las personas, incluidos los jóvenes. Albarracin, Gillete, Earl et al. (2005)

efectuaron un examen y metanálisis integral de 354 intervenciones de prevención

de la infección por el VIH ejecutadas desde 1985 al 2003 en 33 países diferentes.

Conjuntamente, las intervenciones mostraron que habían aumentado los

conocimientos sobre el VIH, así como las actitudes positivas hacia un mayor uso

de los condones, cambio de las normas y las intenciones, mejoramiento de las

aptitudes conductuales y aumento del uso real de los condones. El análisis de

Albarracín et al., también reveló que hay estrategias eficaces de educación sobre

prevención para diferentes grupos, incluidos los jóvenes. De manera más general,

hay un cuerpo extenso de investigación en evaluación de la prevención de la

infección por el VIH y las ITS que indicaba resultados conductuales positivos para

intervenciones que se dirigían a adolescentes, jóvenes callejeros, pacientes de

consultorios de ITS, mujeres, hombres activos heterosexualmente, que tienen

relaciones homosexuales con hombres, y a las comunidades (CDC, 2001; McKay,

2000).

La mayor parte de la bibliografía dedicada a evaluar la prevención de la infección

por el VIH, las ITS y el embarazo, en relación con los jóvenes, examina las

intervenciones ejecutadas en el mundo desarrollado (es decir, Estados Unidos y

Europa). Sin embargo, están aumentando los datos probatorios acerca de la eficacia

de las intervenciones de prevención que se ejecutan en el mundo en desarrollo. En

un examen reciente de estudios controlados en el mundo tanto en desarrollo como

desarrollado que utilizaron diseños experimentales o casi experimentales para

evaluar la repercusión de los programas de salud sexual y educación sobre el VIH

en el comportamiento sexual de los jóvenes, Kirby, Laris, y Rolleri (2005)

analizaron programas de Brasil, Tailandia, Kenia, Nigeria, Belice, México, Chile,

Tanzanía y Namibia que ayudaron a las personas a retrasar la primera relación

sexual, a reducir su número de compañeros sexuales o a aumentar el uso de

condones. Wang, Hertog, Meir, et al. (2005) informaron acerca de un programa

integral de educación sobre la sexualidad en China que dio lugar a un mayor uso del

condón y de los métodos anticonceptivos.

La bibliografía que aporta evidencias acerca de la eficacia de la educación integral

sobre la sexualidad es convincente, pero no debe interpretarse como una sugerencia

de que todos los programas existentes o previstos serán eficaces para alcanzar sus

objetivos. Una de las lecciones cruciales que debemos aprender de la experiencia

anterior es que no hay ninguna forma genérica y multifuncional de educación sobre

la sexualidad que pueda aplicarse eficazmente a todos los públicos o contextos.

Debemos aprender tanto de nuestros éxitos como de nuestros fracasos para crear

los programas más eficaces posibles. Afortunadamente, ya hemos aprendido

mucho acerca de los componentes necesarios para la educación eficaz sobre la

sexualidad. Por ejemplo, un examen y análisis de la bibliografía existente (por

ejemplo, Albarracin et al., 2005; Fisher y Fisher, 1998; Kirby, 2005) sugiere que los

programas tienen grandes probabilidades de lograr sus objetivos conductuales si

contienen los siguientes diez componentes clave:

1. Incluir una asignación realista y suficiente en cuanto al tiempo

para la enseñanza y los recursos financieros necesarios.

2. Impartir a los educadores la capacitación necesaria y darles el

apoyo administrativo necesario para ejecutar el programa

eficazmente.

3. Emplear métodos didácticos adecuados, incluida la utilización

de modelos teóricos para elaborar y aplicar la programación (por

ejemplo, Modelo de IMB, Teoría cognoscitiva social, Modelo

transteórico, Teoría de la acción razonada).

4. Utilizar investigación sobre inducción para evaluar las

características, las necesidades y los estilos de aprendizaje

óptimos de los estudiantes. Esto incluye adaptar la instrucción a

los antecedentes etnoculturales, la orientación sexual y la etapa del

desarrollo del estudiante.

5. Abordar específicamente los resultados negativos de salud

sexual, como la infección por el VIH, las ITS y los embarazos no

deseados

6. Exponer y reforzar sistemáticamente los mensajes de prevención

relacionados con la fijación de límites sexuales (por ejemplo,

retrasar la primera relación, abstinencia), el uso habitual de

condones y otras formas de anticonceptivos.

7. Incluir en el programa actividades que aborden el contexto social

y ambiental de la persona, incluidas las presiones sociales para

incurrir en hábitos sexuales perjudiciales.

8. Incorporar la información, motivación y aptitudes necesarias

para exponer eficazmente y mantener los comportamientos sexuales

saludables.

9. Proporcionar ejemplos claros y oportunidades para practicar

(por ejemplo, representaciones de roles), la fijación de límites

sexuales, negociación del uso del condón y otras aptitudes de

comunicación. En los programas eficaces, las personas son

participantes activos, no receptores pasivos de la información.

10. Utilizar herramientas apropiadas de evaluación para evaluar los

puntos fuertes y los débiles del programa, a fin de mejorar la

programación subsiguiente.

 

Acciones necesarias

4.1 Hacer obligatoria la educación integral de la sexualidad basada en

derechos, sensible al género y culturalmente apropiada, como un

componente indispensable de los programas de estudios escolar a

todos los niveles y aportar los recursos que sean necesarios.

4.2 Trabajar con organismos de la comunidad para llegar hasta los

jóvenes que no están en la escuela y a otras poblaciones de alto riesgo,

con educación integral de la sexualidad.

4.3 Emitir directrices para conseguir que los programas y servicios de

educación de la sexualidad se basen en el principio de la toma

autónoma.de decisiones plenamente fundamentada.

4.4 Garantizar que los programas de educación de la sexualidad se

fundamenten en evidencias e incluyan las características de eficacia

comprobada. Esto debe hacerse de manera que permita la creatividad

y se atiendan las necesidades específicas de la comunidad al formular

y evaluar programas innovadores.

 

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Capitulo 5

 

Asegurar que los programas de salud

Reproductiva reconozcan el carácter central de la salud sexual

 

La reproducción es una de las dimensiones

fundamentales de la sexualidad humana y, como

tal, puede contribuir a fortalecer las relaciones y

a la satisfacción personal, cuando se desea y se

planifica. La salud sexual abarca la salud

reproductiva. Deben ampliarse los programas

actuales de salud reproductiva para abordar las

diversas dimensiones de la sexualidad y la salud

sexual de manera integral?

 

Introducción

La sexualidad es uno de los aspectos más fundamentales de nuestra vida y,

no obstante, por mucho tiempo ha sido el socio silencioso en la

programación de la salud sexual y reproductiva. El reconocimiento de

que la promoción de la salud reproductiva es un componente importante y legítimo

del desarrollo sostenible de comunidades y sociedades ha sido lento, desigual y

tenue. Más aún, haber unido conceptualmente a la salud sexual con la salud

reproductiva bajo el término común de salud sexual y reproductiva ha sido

? Este capítulo está basado en la información proporcionada por la Consulta de Expertos de la WAS

realizada en Oaxaca, México, una amplia revisión de la literatura y el Documento de Antecedentes escrito

por Angela Heimburger/Victoria Ward . (Ver Apéndices IV y V)

 

especialmente inadecuado, en particular en el diálogo del desarrollo internacional.

El consenso y la ejecución de una programación de salud sexual y reproductiva de

calidad a menudo se han sacrificado ante los intereses políticos, religiosos e

ideológicos; el resultado final, que es considerable, pero prevenible, ha sido el

aumento de la morbilidad, la mortalidad y la violación de derechos humanos

fundamentales.

Este capítulo presenta un panorama del reconocimiento cada vez mayor de que el

acceso a la atención de salud sexual y reproductiva es necesario para alcanzar los

Objetivos de Desarrollo del Milenio establecidos por las Naciones Unidas (ODM).

Luego se expone la falta de un enfoque positivo a la sexualidad humana en la

programación de salud reproductiva, la importancia de integrar plenamente la

sexualidad y la salud sexual dentro de esa programación y la necesidad de capacitar

adecuadamente a los proveedores de atención de la salud en sexualidad humana y

salud sexual.

 

El reconocimiento de que el acceso a la atención de salud sexual y reproductiva es esencial para el desarrollo mundial

La 4.a Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD)

realizada en El Cairo, Egipto en 1994 y que contó con la presencia de

representantes de gobiernos de 179 países se ha descrito con exactitud como un

“momento decisivo” en el consenso y la aceptación internacional de los conceptos

de los derechos reproductivos y la salud sexual y reproductiva (Haslegrave, 2004).

Los asistentes a la conferencia no solo exigieron conjuntamente el acceso universal

a los servicios de salud sexual y reproductiva para 2015, sino que la definición de

salud reproductiva emanada de la Conferencia representó un salto cualitativo en el

reconocimiento y la comprensión de la verdadera amplitud de la salud reproductiva

y del grado en que la salud sexual y la salud reproductiva constituyen una entidad

única que no puede ser segmentada. La definición de salud reproductiva formulada

en la CIPD parecía haber aclarado, sin que quedaran dudas, que la salud sexual no

puede pasarse por alto ni separarse del concepto de salud reproductiva. No solo se

reconoció legítimamente que la salud reproductiva es crucial para el proceso de

desarrollo, sino que se reconoció también que la salud sexual está entretejida

inextricablemente con ella. Vale la pena repetir aquí la definición completa de salud

reproductiva que surgió de la CIPD:

La salud reproductiva es un estado general de bienestar físico, mental

y social y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en todos

los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones

y procesos. La salud reproductiva, por consiguiente, supone que las

personas pueden tener una vida sexual satisfactoria y segura, que

tienen capacidad para reproducirse y libertad para tomar decisiones si

desean tener hijos, cuándo y con qué frecuencia. Implícito en esta

última condición está el derecho de los hombres y las mujeres a

informarse y a tener acceso a métodos seguros, eficaces, asequibles y

aceptables de planificación de la familia de su elección, así como a

otros métodos que prefieran para regular la fecundidad que no estén

contra la ley, y el derecho a tener acceso a servicios apropiados de

atención de salud que permitan a las mujeres experimentar el

embarazo y el parto sin riesgos y les brinde a las parejas las mejores

probabilidades de tener un bebé sano. De acuerdo con la definición

anterior de salud reproductiva, la atención de salud reproductiva se

define como el conjunto de métodos, técnicas y servicios que

contribuyen a la salud y al bienestar reproductivo, al evitar y resolver

los problemas relacionados con la salud reproductiva. También

incluyen la salud sexual, cuyo objetivo es el desarrollo de la vida y las

relaciones personales y no meramente el asesoramiento y la atención

en materia de reproducción y enfermedades de transmisión sexual

(UN, 1995).

Uno de los aspectos significativos de la definición de salud reproductiva emanada

de la CIPD es que no sólo incorporaba la salud sexual en cuanto al control de la

fecundidad y la prevención de las ITS y la infección por el VIH/sida, sino que

también conceptualizaba a la salud sexual en cuanto al “mejoramiento de la vida y

las relaciones personales” y de una “vida sexual satisfactoria y sin riesgos”. En otras

palabras, la definición de salud reproductiva emanada de la CIPD va más allá de

considerar la salud sexual sencillamente como un asunto de prevención de

problemas y la definió gradualmente en términos positivos. Esto representó un

cambio importante con respecto al enfoque tradicional a la sexualidad orientado

negativamente, para pasar a un enfoque más positivo, de mejoramiento de la vida

que desde hacía mucho tiempo defendían los trabajadores de promoción de la

salud que abordaban el tema de la salud reproductiva.

A pesar de los adelantos al conceptualizar lo sexual y lo reproductivo indicado por

la definición de la CIPD, como han observado Correa y Parker (2004), “… desde

El Cairo, la sexualidad se ha pasado cada vez más por alto (o eliminado) de la

agenda de salud reproductiva” (p. 20). Viene a complicar aun más la situación, la

aparente falta de importancia que se asigna a la salud reproductiva de manera más

general en la agenda mundial de desarrollo, como queda demostrado por la

omisión de la salud sexual y reproductiva de los Objetivos de Desarrollo del

Milenio (ODM) (Glasier et al., 2006). Esta omisión ocurrió a pesar de que no

quedan dudas de que los adelantos en materia de salud sexual y reproductiva son

sumamente necesarios si se quieren alcanzar los objetivos generales de los ODM.

Se han dado diversas explicaciones para esta pérdida de importancia o eliminación

total del tema de la salud sexual y reproductiva, que varían desde la idea de que la

conceptualización de la CIPD acerca de la salud reproductiva fue demasiado

ambiciosa, hasta la asignación de la prioridad más alta a la infección por el

VIH/sida en el programa de acción sanitaria mundial. Otros han sido más directos.

Glasier et al., (2006) declara enfáticamente que:

 

Los servicios de salud sexual y reproductiva están ausentes o son de

mala calidad y están subutilizados en muchos países, porque la

exposición de temas como las relaciones sexuales y la sexualidad

incomodan a algunas personas. La influencia cada vez mayor de

fuerzas conservadoras políticas, religiosas y culturales en todo el

mundo amenaza socavar el progreso logrado desde 1994 y es quizás

el mejor ejemplo de la intrusión perjudicial de la política en la salud

pública (p. 1).

Afortunadamente, han ocurrido varios sucesos positivos desde la exclusión de la

referencia explícita a la salud sexual y reproductiva en la Declaración del Milenio.

En primer lugar, varias organizaciones no gubernamentales influyentes han

publicado informes extensos, basados en la investigación que demuestran la

importancia de abordar la salud sexual y reproductiva para cumplir los ODM.

Entre estos informes se encuentra el emanado del Alan Guttmacher Institute, de

título: Adding it Up: The Benefits of Investing in Sexual and Reproductive Health (Singh,

Darroch, Vlassoff y Nadeau, 2003) y el de Family Care International (2005),

Millenium Development Goals and Sexual and Reproductive Health. La Organización

Mundial de la Salud (OMS) también ha desempeñado una función clave al

restablecer el carácter fundamental de la salud reproductiva con su Reproductive

Health Strategy to Accelerate Progress Towards the Attainment of International Development

Goals and Targets (WHO, 2004a): y más recientemente, Accelerating Progress Towards the

Attainment of International Reproductive Health Goals: A Framework for Implementing the

WHO Global Reproductive Health Strategy (WHO, 2006). Lo que es más importante

aun es que los líderes mundiales reconocieron oficialmente que el acceso a los

servicios de salud reproductiva según lo estipuló la CIPD era necesario para

avanzar hacia la consecución de los ODM, según se ha descrito en el documento

de World Summit Outcome (UN, 2005).

Por último, esta labor ha culminado en el informe de las Naciones Unidas (2006)

Opciones públicas, decisiones privadas: salud sexual y reproductiva y los Objetivos de Desarrollo del

Milenio. Este informe reconoce clara y explícitamente que el mejoramiento del

acceso y de la prestación de los servicios de salud sexual y reproductiva

contribuirán significativamente a combatir la infección por el VIH/sida, a la

promoción de la igualdad de género, a mejorar la salud maternoinfantil y a combatir

la pobreza. El informe recomienda específicamente incorporar la salud sexual y

reproductiva tanto en las campañas de reducción de la pobreza como en los

sistemas nacionales de salud, además de presentar un esquema de las estrategias

para alcanzar estas metas.

En resumen, aunque los años que siguieron al momento decisivo de la

conceptualización por la CIPD de la salud reproductiva, que colocó a la salud

sexual en el centro y dentro de ella, se caracterizaron por la desilusión, en particular

debido a la exclusión de la salud sexual y reproductiva de los ODM, en años

recientes se ha observado un progreso significativo en la reasignación de

importancia a la salud sexual y reproductiva como parte esencial del proceso de

desarrollo mundial. Además, se ha observado que tanto el acceso como la

prestación de los servicios de salud reproductiva han mejorado en muchas partes

del mundo en desarrollo (Haslegrave, 2004; Langer, 2006; UN, 2006). Por ejemplo,

Haslegrave señala que:

Países como México, Ghana, Sudáfrica y Tailandia, para citar solo

algunos ejemplos, han mostrado un éxito considerable al integrar la

atención de salud sexual y reproductiva en la atención primaria de

salud. Así, han demostrado que lo sexual y lo reproductivo deben

verse en el contexto de la salud en general y no como un componente

más. La salud sexual y reproductiva debe tratarse así para conseguir

que siga considerándose como parte de los servicios de salud

“establecidos” (p. 16).

Glasier et al. (2006) observan que ahora se reconoce cabalmente que la salud sexual

y reproductiva es esencial para cumplir los ODM, que la Cumbre Mundial reafirmó

los objetivos del acceso universal a la atención de salud reproductiva para el 2015, y

que si estos dos sucesos se traducen en acciones, es posible lograr un progreso

significativo en la promoción de la salud sexual.

 

La falta de vinculación entre la atención de salud reproductiva y un enfoque positivo frente a la sexualidad

Según pone de manifiesto la definición de la CIPD de la salud reproductiva, esta

implica mucho más que la función reproductiva, el control de la fecundidad y la

prevención de la infección por el VIH y las ITS; incluye también el

“perfeccionamiento de la vida y las relaciones personales”. En cuanto a su

repercusión en el desarrollo humano, la función de la sexualidad humana se

extiende mucho más allá de la reproducción, ya que desempeña una función

fundamental en las relaciones interpersonales como una expresión de la intimidad y

el afecto, y la sexualidad es potencialmente una fuente de placer inmenso que

contribuye significativamente a la calidad de vida de muchas personas. La

sexualidad y la salud sexual son pertinentes a lo largo de toda la vida, no solo

durante los años fecundos. La sexualidad y la salud sexual son esenciales para todas

las personas independientemente de que sean homosexuales, bisexuales o

heterosexuales y si se reproducen o no. En realidad, la sexualidad no debe verse

como un componente de la salud reproductiva ni un agregado a ella. Más bien, una

visión más acertada de la salud reproductiva es considerarla como un aspecto clave

de una salud sexual más amplia y más abarcadora.

La integración de la sexualidad en la salud pública generalmente y la salud

reproductiva específicamente sirve para conceptualizar y definir la sexualidad como

un asunto de salud y bienestar y no como algo que debe verse en cuanto a

moralidad (véase Giami, 2002). Si bien los enfoques de salud pública a la sexualidad

no han excluido las inquietudes morales y han recalcado la importancia del

comportamiento equitativo y mutuamente respetuoso, la aceptación de los

programas de salud sexual y reproductiva sigue encontrando resistencia ideológica.

Según lo indica Langer (2006) con respecto a los éxitos y contratiempos para la

CIPD:

El aumento del conservadurismo en algunos países donantes ha

entorpecido significativamente los esfuerzos para impulsar la agenda

internacional sobre salud sexual y reproductiva y derechos sexuales.

En efecto, contrariamente a las pruebas científicas, las fuerzas

conservadoras interpretan el llamamiento del Programa de Acción de

la CIPD a favor de la información y los servicios para los jóvenes

como una incitación a la promiscuidad y el comportamiento

irresponsable. ...Esta situación expone a millones de mujeres,

hombres y jóvenes a la infección por el VIH/sida, a embarazos no

deseados, y a los abortos peligrosos e ilegales (p.1553).

La falta de vinculación entre la salud sexual y la salud reproductiva está

fundamentada, sin lugar a dudas, en una conceptualización tradicional

profundamente arraigada, orientada negativamente, acerca de la naturaleza y la

finalidad de la sexualidad humana. Dentro de este paradigma, la sexualidad y la

salud sexual no suelen tratarse con franqueza entre los proveedores de atención

sanitaria y sus clientes. A nivel de política pública, en muchos casos, las iniciativas

dirigidas explícitamente a la salud sexual son por sí mismas un tema tabú.

A otro nivel, pero igualmente importante, cuando y donde se ha reconocido el

concepto de salud sexual y reproductiva como un aspecto legítimo de la salud

pública, se ha orientado principalmente a una conceptualización de sexualidad

humana que recalca resultados negativos en lugar de resultados positivos como la

actividad y las relaciones sexuales satisfactorias. Es evidente que asignar

importancia únicamente a la prevención de resultados negativos está más de

acuerdo con las perspectivas ideológicas que temen que la integración de resultados

positivos subvertirá las concepciones tradicionales de moralidad sexual. En muchos

aspectos, esto ha conducido a que se elimine cualquier aspecto relacionado con

sexualidad de muchos programas de salud reproductiva. Parker, DiMauro, Filiano y

Garcia (2004) tratan la distinción entre los derechos sexuales negativos y los

derechos sexuales positivos; los derechos sexuales negativos se ocupan de librar a

las personas de, por ejemplo, la violencia y el abuso, mientras que los derechos

sexuales positivos se refieren a la libertad para, por ejemplo, la expresión y el placer

sexuales. Parker et al., señala que ha sido mucho más fácil impulsar los derechos

sexuales negativos que los derechos sexuales positivos. Para lograr la integración

plena de la salud sexual con la salud reproductiva es necesario que la programación

equilibre debidamente los derechos sexuales positivos y los negativos.

Otra dificultad que predispone al campo de la salud sexual y reproductiva a que se

asigne más importancia a los resultados negativos es que los resultados negativos

son, en la mayoría de los casos, mucho más fáciles de cuantificar y medir en

comparación con los resultados positivos. Por ejemplo, la incidencia y prevalencia

de las infecciones de transmisión sexual pueden medirse objetivamente de varias

maneras, mientras que las evaluaciones son necesariamente subjetivas cuando las

hace la persona con respecto a su propio bienestar sexual, cuando se trata de

mejoras en la satisfacción sexual y las relaciones son mucho más difíciles de medir.

Según el informe de Naciones Unidas (2006) sobre la salud sexual y reproductiva, el

logro de la buena salud es mucho más que sencillamente evitar las enfermedades, y

esto sucede más con respecto a la sexualidad que en otros aspectos de salud:

En efecto, gran parte de nuestra identidad personal así como nuestras

relaciones sociales y personales dependen de esta parte de nuestras

vidas —que está estrechamente relacionada con nuestra salud y

bienestar general. Las herramientas de medición de hoy no pueden

captar esos aspectos positivos de la salud y el bienestar (p. 32).

 

Volver a colocar a la sexualidad en la salud sexual y reproductiva

Como señala Parker, et al., (2004), “Actualmente, las feministas, activistas

homosexuales y lesbianas, así como las organizaciones no gubernamentales que se

ocupan de la infección por el VIH/sida están luchando para ampliar la definición

de derechos sexuales a la habilitación y hasta la celebración de la diversidad sexual y

el placer sexual” (p. 368). Y, se han observado algunos éxitos: la importancia

asignada a la sexualidad positiva en la definición emanada de la CIPD de salud

reproductiva, es el primero y más importante de todos. Aunque no se trata de una

política oficial de la organización, es alentador que las definiciones prácticas de la

OMS (2004b) de los derechos sexuales incluyen el derecho de “llevar una vida

sexual satisfactoria, segura y placentera” (p. 3), ya que esto puede mejorar la

importancia asignada a los resultados positivos de la salud sexual por los

programadores de salud sexual y reproductiva que recurren a la OMS en busca de

orientación. Cada vez estamos observando más equilibrio entre los resultados

negativos y los resultados positivos en los enfoques a la salud sexual y reproductiva.

Por ejemplo, la publicación Canadian Guidelines for Sexual Health Education, de Health

Canada (2003) conceptualizan la educación sobre salud sexual como orientada

tanto al comportamiento de salud sexual para prevenir problemas sexuales (por

ejemplo, el embarazo no deseado, las ITS y la infección por el VIH, el acoso o el

abuso sexual, la disfunción sexual), así como al “perfeccionamiento de la salud

sexual” (por ejemplo, autoestima y autoimagen positivas en aceptación de su propia

sexualidad, integración de la sexualidad en las relaciones mutuamente satisfactorias)

(p. 15).

Igualmente significativa es la concientización y comprensión cada vez mayor de

que el “placer y la prevención” van de la mano. El reconocimiento, la aceptación y