ANUARIO DE SEXOLOGÍA

N° 4. Noviembre 1998

 

A.E.P.S.

(Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología)

Apdo. de Correos 102

47080 Valladolid

Telf. y Fax: 983 39 08 92

EDICIÓN: Felicidad Martínez
TRADUCCIÓN: Agurtzane Ormaza

DISEÑO GRÁFICO: Lluis Palomares
IMPRIME: EFCA S.A.

Parque industrial “Las Monjas ” C/Verano N° 38 Torrejón de Ardoz Madrid

ISSN: 1137-0963 D.L.:


 

 

ÍNDICE

AMEZÚA, E. Cuestiones históricas y conceptuales -
                    
El paradigma del hecho sexual, o sea de los sexos, en los siglos XIXy XX.

RIVERA, M. M. La rebelión de los cuerpos

BEYEBACH, M., LANDAARROITAJÁUREGUI, J. R. y PÉREZ OPI, E. Parejas exitosas

GIL CALVO, E. La invención de la feminidad.

FERNÁNDEZ, J. Feminismo y sexualidad.

MARTÍNEZ, F. Los sexos: del amor a la sexualidad.


 

 

 

CUESTIONES HISTÓRICAS Y CONCEPTUALES

El paradigma del hecho sexual, o sea de los sexos, en los siglos XIX y XX

Efigenio Amezúa *

* Director de los Estudios de Postgrado de Sexología. Universidad de Alcalá de Henares. Instituto de Sexología (In.ci.sex.). C/ Vinaroz, 16. 28002 Madrid, España

 

El autor plantea el corte epistemológico sucedido en torno a 1800, según la tesis de Foucault, y que en el ámbito de la futura Sexología se perfila con el final del antiguo modelo y el comienzo del moderno: Frente al locus genitalis, como base conceptual que definía a la mujer frente al varón, aparece el hecho de los sexos, que replantea el campo de ambos. Dos acontecimientos son expuestos como indicadores principales: el histórico debate de los sexos, conocido como la histórica Cuestión sexual en el clima social e intelectual que sigue a la Ilustración, y la introducción del Dimorfismo sexual especialmente en las Ciencias natu­rales, aunque no sólo. En ambos casos el nuevo concepto sexual es relativo a los sexos y no ya al locus genitalis.

Este paradigma moderno resultante será la base del planteamiento que hará posible -por pensable y razonable-, que uno de los sexos acceda a la categoría de sujeto, lo que le era negado hasta entonces; pero que, por efecto dominó, replanteará al otro mediante el esta­blecimiento de un nuevo campo epistemológico en el que los dos sexos se explicarán en reciprocidad. Una serie de movimientos reactivos tratarán de contrarrestar las consecuen­cias de este ciclo largo iniciado e intentarán reponer el antiguo modelo del locus genita- lis, reactualizado mediante estrategias diversas. Entre éstas figura la implantación perver­sa de la misma nomenclatura sexual como sinónimo del locus genitalis premoderno. A pesar de estas reacciones en cadena, el nuevo paradigma seguirá como la mayor innovación de la época moderna.

Palabras clave: La cuestión sexual, el nuevo paradigma sexual, el hecho de los sexos, el con­cepto sexual, historia de la sexología.

 

HISTORICAL AND CONCEPTUAL QUESTIONSIN SEXOLOGY. The author introduces the epistemological break that, according to Foucault’s thesis, takes place around 1800. It is shaped at the end of the old model and the beginning of the modern one, in the scope of the future Sexology: in front of the locus genitalis, as the conceptual base which defined woman in opposition to man, emerges the fact of sexes, which restates the fields of both of them. Two events are set forth as main indicators: the historic argument between sexes, known as the historic sexual question in the social and intellectual climate after the Enlightenment; and the introduction of sexual dimorphism, especially, but not only, in natu­ral Sciences. In both cases, the new sexual concept is relative to the sexes and no more to the locus genitalis.

This resulting modern paradigm will be the base for the setting out that will allow, as it is reasonable to think, one of the sexes to reach the category of subject, to whom it was denied up untill then, Nevertheless, this fact, following the domino effect, will restate the category of the other sex through the establishment of a new epistemologicalfield in which both sexes will be defined in reciprocity. A series of reactive movements will try to counteract the con- sequences of this long ago initiated cycle and replace it by the old model of the locus geni­talis, modernised by means of several strategies, among which is the depraved implanta- tion of the same sexual nomenclature as a synonym of the premodern locus genitalis. In spite of these chain reactions, the new paradigm will remain the greatest innovation of modern time; the first sexual revolution, that is to say the revolution of sexes.

Keywords: The historical sexual question, the new sexual paradigm, the fact of sexes, the sexual concept and history of sexology.


 

En la Historia de la Sexología, los concep­tos y conocimientos se han desarrollado enor­memente durante los doscientos últimos años. Pero el vocabulario común, el de uso de la gen­te -aunque también el de muchos profesiona­les- se ha quedado estancado y reducido a unos cuantos términos, tales como el substantivo sexo y el adjetivo sexual1. Y ambos con un signifi­cado limitado y referido directa o indirectamente al área o zona de los genitalia. Esta descom­pensación es la causa de que cuando se sale de ellos -y es fuera donde se juega lo principal- se tenga que recurrir a modismos y giros o frases de sentido figurado. Es como si el caudal del río de los conocimientos y conceptos hubiera subi­do de volumen, incluso cambiado de cauce, mientras que el uso general se hubiera estanca­do de forma inamovible. Sucede entonces un desbordamiento de sentidos sin canalizaciones conceptuales o léxicas, sin palabras para decir­lo.

Si el lenguaje nos ayuda a expresar y pensar, no es extraño que, ante su ausencia, se vean afec­tadas no sólo la expresión sino también el pen­samiento. Así, pues, a pesar de decirnos infor­mados, incluso muy informados en este campo, terminamos por sentir la contradicción de estar llenos de datos y de conocimientos y, sin embar­go, mudos e inexpresivos, como analfabetos con­ceptuales. Como el que no habla una lengua o sólo conoce un escaso número de vocablos. Lo más que puede hacer es dar vueltas en torno de ellos. No le queda otro remedio que añadir modismos o circunloquios, cuando no sentidos implícitos, ininteligibles e incomunicables.

 

Conceptos y palabras

Por otra parte, esa misma carencia de len­guaje y de vocabulario equivale a la ausencia de conceptos. Existe la inteligencia emotiva y su correspondiente capacidad de entender y razo­nar desde ella. Pero las emociones y los senti­mientos no suplen a los conceptos en la dosis de reflexividad necesaria, en ese marco de lo que se conoce como razonable. La realidad sexual puede ser sentida y sensada, vivida emocional­mente, pero también necesita ser pensada como objeto de estudio y entendimiento, como reali­dad inteligible. Los conceptos son los instru­mentos y recursos de que disponemos para hacernos con esa realidad lo mismo que con otras y podernos situar en la existencia o hacer­nos una razón de ella.

Si la realidad sexual no es ya un campo igno­rado, sino estudiado y conocido, sería preciso adecuar y articular su campo léxico y semánti­co -o de sentido- de forma que podamos pen­sar y expresarnos en ella y sobre ella con algu­na precisión y propiedad. Todo ello indica la necesidad de ordenar o de reordenar este cam­po para abrirlo al lenguaje y reformular éste de manera que la expresión fluya como en otros y podamos pensar, hablar y entendernos de forma razonable. Se trata, pues, de encontrar un orden lógico a lo ya descubierto, pero cuyo mapa gene­ral parece haberse difuminado, hasta dar la impresión de que no disponemos de él para poder movernos en coherencia con el territorio. Porque la lengua está ahí. Y la Gramática. Sólo hace fal­ta seguir algunas de sus reglas básicas.

 

1.       Empecemos por el principio

Empecemos, pues, por el principio. Cuando de niños aprendemos a hablar de forma orga­nizada, siguiendo la Gramática, comenzamos por construir y articular frases con lógica y sen­tido. La más elemental estructura es la compuesta por un sujeto, un verbo y un predicado2. La Sexología por otra parte nos dice que todos los sujetos (vamos a ceñirnos a los humanos) son sexuados. Todos, sin excepción. Y aquí se pre­senta la necesidad de una primera aclaración. Se ha extendido un concepto de sexo como sujeto de frases como éstas: “El sexo es algo natural”, “El sexo es un derecho”, “El sexo es divertido”, “El sexo ya no es un tabú”, “El sexo ya no es pecado”, etc. Son expresiones que han llegado a ser corrientes en la divulgación . En definiti­va: El sexo -ese sexo- se ha puesto de moda, se ha generalizado.

Pero podemos preguntarnos de qué habla­mos hoy cuando hablamos de ese sexo como sujeto de la frase. Si nos referimos al uso de los mencionados genitalia, el sujeto -hablando con propiedad- no es el sexo sino los genitales. O su uso, su puesta en ejercicio. También se suele hablar con frecuencia de “hacer el sexo”. Así se oye: “la primera vez que se hace el sexo”, o “¿Cuántas veces lo practica al mes?”, etc. En ambos casos se trata de modismos o expresio­nes metafóricas o metonímicas -¿tal vez sinéc­doques?- en las que el vocablo sexo es tomado de forma figurada y no propia. Y esto, tanto en Gramática como en Sexología, resulta algo impreciso para hacerse una idea clara como pun­to de partida. Por otra parte, cuando un térmi­no se convierte en tantas cosas sabemos que no es por riqueza sino por reducción a tópico mani­do, vecino del sinsentido y de lo no razonable. Nótese que no decimos racional sino razona­ble, es decir, inteligible. Sigamos, pues, con lo básico y sencillo tanto de la Gramática como de la Sexología.

 

Un sujeto y un verbo

Al decir que los sujetos son sexuados esta­mos usando un predicado, un adjetivo, es decir, una cualidad que se predica de los sujetos. Pero al mismo tiempo ese adjetivo es un participio.

Y si es participio, lo es como forma de un ver­bo. Sorprende lo raro que sigue siendo para el lenguaje común el verbo sexuar en infinitivo. Podemos poner ejemplos: Juan es sexuado, Ana es sexuada. El primero lo es en masculino y la segunda en femenino. Con ello estamos dicien­do, tanto en Gramática como en Sexología, que ambos han seguido un proceso en el tiempo por el cual se han ido sexuando, es decir, cons­truyéndose y configurándose como tales.

Estamos conjugando un verbo. La Gramática nos dice que conjugar es poner ordenadamente las formas con las que un verbo expresa sus dife­rentes modos, tiempos, números o personas. Se trata de contar con el factor tiempo en el sujeto o,            lo que es lo mismo, hacer historia, en este caso, biográfica. El sujeto no es un ente abstracto o impersonal; es un producto histórico. Esta idea de temporalizar la noción de sexo es la forma que tenemos de obligarnos a concretar y preci­sar. De ese modo el sexo, visto como un térmi­no absoluto, seco, estático y cerrado, pasa mediante su conjugación a formar parte del hacerse y el vivir de los sujetos. No es otro el proceso seguido en la articulación del pensa­miento. Es, pues, fundamentalmente un verbo antes que otra forma en la Gramática. En este caso se trata de un verbo pronominal o reflexi­vo que, de nuevo según la Gramática, indica lo que le sucede o acontece al sujeto. Lo que les ha acontecido a esos dos sujetos de nuestro ejem­plo es que se han sexuado: se han ido haciendo de uno u otro sexo, se han ido haciendo hombre y mujer: masculino y femenino. Pero esto que puede ser visto como obvio y simple -y hasta simplista- ha sido convertido en un largo y tor­tuoso camino. No hace falta detenerse en expli­car los motivos. Más adelante tendremos oca­sión de profundizar en ello.

Entre paréntesis: sería preciso no tener mie­do a lo complejo, si no se quieren sufrir los efec­tos del simplismo; y también advertir que cuan­do aquí decimos complejo no estamos afirmando algo obscuro sino, al contrario, algo hoy estu­diado y conocido; nada esotérico ni misterio­so. Lo complejo en este caso equivale a intrin­cado pero, sobre todo, a variado y lleno de sorpresas, como todo lo que ofrece variedad. Es decir, riqueza y diversidad. Lo único que requie­re es voluntad de estudio y conocimiento. O sea, dedicación y detenimiento. Es necesario ir des­pacio.

Este planteamiento ofrece un concepto de sexo muy distinto al que se ha generalizado en el uso común, anclado aún en un modelo pre-moderno, anterior al paradigma moderno y, en todo caso, previo a lo que en Sexología se conoce como modernización. Todavía se está acostumbrado a referirse al sexo como a un nombre, un substan­tivo, un sujeto. Y curiosamente el sexo, hablan­do con propiedad, no es ni puede ser ninguno de ellos. A no ser que hablemos del sexo como tema, moda o problema, objeto de conversación, en cuyo caso estamos haciéndolo de un sujeto de ficción que tiene poco que ver con la realidad vivida. El planteamiento moderno lo ha dejado sin signifi­cación, lo ha invalidado.

Pero a fuerza de continuar hablando así, se ha mantenido otra cosa distinta de lo que suce­de. Difícil resulta ahora deshacer ese bucle o enredo para poder explicarnos que no podemos hablar del sexo sino de los sujetos sexuados. Puesto que, a efectos de lo que planteamos, tan impensable es un sujeto humano no sexuado, como el sexo convertido en sujeto substantiva­do. La condición humana no cuenta con ello. Vale la pena pensar en esto con detenimiento y extraer algunas consecuencias. Porque, como humanos, es preciso que sepamos de qué habla­mos para poder entendernos, para hacernos razo­nables, o sea inteligibles.

 

El verbo sexuar

Sobre esta base podemos seguir conjugando el verbo sexuar -y su reflexivo: sexuarse- de acuerdo también con los datos de la Sexología. Ésta nos dice que hay elementos sexuantes, que contribuyen a que un sujeto se sexue de uno u otro modo, es decir, se configure de uno u otro de los sexos de referencia. Los principales dic­cionarios de las distintas lenguas cuentan ya con este léxico, si bien el de la Real Academia de la Lengua Española lleva en ello un gran retraso. Pero eso no es lo que aquí nos va a ocupar. Lo que nos ofrecen las distintas formas del verbo es un concepto de sexo abierto y flexible, plás­tico y dinámico, en constante evolución y en con­tinuo hacerse; es un proceso. El sexo de los suje­tos no es dado ni definido de una vez por todas mediante los genes o las hormonas o los patro­nes sociales. Se hace y se construye, como el sujeto mismo, a través de un desarrollo y una evolución ontogenética y filogenética. O, como hemos expuesto en otros trabajos, a través de una biografía que reúne y da sentido a una mul­titud de elementos, de otro modo dispares y dis­persos, esto es, sin referencias a la unidad del sujeto que es quien les da su articulación y sen­tido: su configuración.

Estos elementos sexuantes de este entrama­do están ya bien definidos y estudiados en sus formas de acción. Es el caso de algunas hormo­nas especialmente activas durante las fases pri­meras de la vida embrionaria, como lo son igual­mente ciertos patrones sociales que ofrecen sus formas configuradoras para que el sujeto se ade- cue a ellos. O, mejor dicho, para que el sujeto los adecue a sí mismo. Y así podríamos hablar de una veintena de esos elementos descritos y clasificados con asignaciones variadas según la disciplina que los estudia y que les da sus pro­pias connotaciones: unas más biológicas -por decirlo con la fórmula tópica-, otras más cultu­rales o sociales; otras, en fin, más existenciales, si bien éstas más relegadas, precisamente por la extensión del sentido usual del mismo concep­to. Pero es importante destacar que todos estos aspectos -a pesar de esas distintas connotacio­nes de cada disciplina que los estudia- tienen en común ese perfil muy claro que les da su cohe­rencia y su razón de ser: sexuar o contribuir a sexuar. Porque el que se sexua es el sujeto de esos elementos: todas sus células, todos sus gus­tos y atracciones, todas sus ideas y creencias, todos sus gestos y acciones... Es este diseño resultante el que aquí nos interesa. En Sexología decimos: se trata de elementos o agentes de la sexuación de los sujetos. No es necesario exten­derse aquí en la descripción minuciosa o deta­llada de estos elementos sexuantes, por consi­derarlos ya conocidos y extendidos en la cultura general, si bien no bajo su función primordial que es la de sexuar. En ello, la información divul­gada, deudora de modelos conceptuales pre- modernos, dista mucho todavía de haberse ade­cuado al nuevo.

 

2.       La histórica Cuestión sexual

Si de la Gramática pasamos a la Historia, es preciso partir del momento cronológico funda­cional en el que la cuestión se constituye por vez primera en objeto de discurso, lo que equivale a decir su léxico y, por lo tanto, su conceptualil- zación. Por ello, si se trata de avanzar, es útil mirar atrás para ver de dónde partimos y poder ir más adelante. El planteamiento moderno, es decir, el que inaugura la época moderna con la Ilustración, es el que se conoce en Historia como la Cuestión Sexual y que consistió en un amplio debate de ideas en el que participaron los más variados autores, pero también, como novedad, las más heterogéneas autoras. Su duración se extiende desde las últimas décadas del siglo

XVIII, y más en especial la última, y las prime­ras del siglo XIX. En él fueron tratados asuntos tales como el sinsentido de la exclusión de las mujeres de la vida pública, tras el corte con el mundo antiguo; sus nuevos derechos y deberes, como los de cualquier sujeto masculino, tal y como correspondía a la nueva era inaugurada con el acto visible que supuso la Declaración Universal de los Derechos humanos en 1789. El feminismo moderno ha tomado este debate como punto de su origen. Y, en cierto modo, así fue.

No obstante es preciso aclarar un aspecto importante: en la producción de obras y de pen­samiento a que el debate dio lugar, se trataron evidentemente los derechos y las cuestiones reivindicativas. Pero la cuestión primordial que hizo pensable el nuevo planteamiento, la cues­tión nodal que diría Genevieve Fraisse, por mucho que hoy cueste reconocerlo debido a las deformaciones conceptuales que se han segui­do, fue la cuestión sexual: o sea de los sexos. Ella fue el pórtico y la clave que abrió todo lo demás a la razón y que lo hizo planteable. En efecto, ¿cómo entender o explicar, cómo for­mular en términos razonables e inteligibles, y no ya por el recurso a la recién abolida auto­ridad impuesta, un sexo en relación con el otro y viceversa? La gran innovación de la Ilustración, su máximo argumento, fue hacer pensable y expresar que tanto en el fondo como en la forma, resultaba inadmisible por impen­sable -o sea fuera de toda razón-plantear por separado los problemas de uno y otro sexo con los conceptos existentes hasta entonces, basa­dos en la superioridad e inferioridad moral regu­lada por el modelo reproductivo-genital. El debate central consistió, pues, en hacer posible un pensamiento en torno a un sexo y otro sexo, o,            si se prefiere, centrado en la búsqueda de la identidad de uno frente a la identidad del otro y de ambos por igual en referencia a la misma lógica y razón humana. ¿Cómo entender en un mundo nuevo -de razón- uno y otro sexo en el mismo plano y en equiparidad? La cuestión sexual fue la búsqueda y el hallazgo de ese plan­teamiento nuevo que daba la categoría de suje­to a quienes no lo habían sido; un sujeto que pasa por su propia construcción conceptual como sexuado.

Durante siglos había estado en vigor un anti­guo paradigma -el del locus genitalis- por el que era definido y conceptualizado el hombre genérico, pero, sobre todo, y esto es muy impor­tante, las mujeres como hembras de la especie humana. Desde él era lógico considerar a la mujer como un varón menor o de segundo orden, no acabado, emasculado, incompleto, manqué, etc. En ello tuvo mucho que ver su definición y encasillamiento como ser reproductivo o medio para la reproducción de la especie. Fue esta orga­nización reproductiva -genitalizada, pues el qui­cio sobre el que giraba era el locus genitalis- la que dio sentido teórico y justificación a su ser definido y pensado para esa función. El gran sal­to operado en la época moderna, ese gran giro que da el Siglo de la Razón y de las Luces, se lleva a cabo para lo que aquí nos concierne con la nueva conceptualización sexual como relati­va a los sexos. Y no ya genésica o reproductiva relativa a la generación de la especie.

 

El efecto dominó

En esta idea puede cifrarse la clave de una de las más importantes revoluciones de nues­tra historia reciente: el acceso epistemológico de media humanidad, las mujeres, a la categoría de sujeto en equiparidad o reciprocidad con la otra media; y esto es lo que se hizo pensable y planteable en el nuevo marco del debate sobre los sexos y entre los sexos: la histórica Cuestión sexual, o sea -ya no sería necesario insistir- de los sexos. Fueron precisamente las mujeres las que innovaron esta fórmula -o, al menos, la provocaron- y la expresaron en nombre de “su sexo”, “nuestro sexo” -y no ya de su genital, nuestro genital. “El sexo de las mujeres”, “el sexo de los hombres”, “un sexo”, “otro sexo”, “ambos sexos”, “el sexo femenino”, “el sexo masculino”, etc. Así fue introducida la refe­rencia sexual en el debate de los sujetos y así fueron sustituidas las abstracciones anteriores sobre los sujetos -recuérdese la insistencia en la reproducción sexuada, pero la ausencia del mismo concepto de sujeto sexuado- por con­creciones nuevas: sexuadas, es decir, contan­do ya con la nueva conceptualización de la rea­lidad de los sexos. Sobre ello tenemos ya una serie de estudios que han recreado esta epope­ya apasionante3.

Como no podía ser de otra forma, la bús­queda de una razón de ser sujeto -la raison d’e- tre- y el planteamiento nuevo de uno de los sexos -el femenino-, replanteaba a los dos sexos como sujetos nuevos. Los sujetos moder­nos, en tanto que modernos, proceden de ahí, de ese replanteamiento histórico que sigue sien­do actual en un presente ininterrumpido y con­tinuo, a pesar de excepciones, exclusiones e injusticias de todo tipo. Si, a partir de ahí, se pueden ya plantear tales exclusiones como injustas e irracionales es precisamente por el nuevo planteamiento originado, no se olvide, como consecuencia del Siglo de la Razón. Si puede ya exigirse hacer justicia y equidad es precisamente por ese criterio de razón entre los sexos como tales sujetos por igual. Los con­ceptos que giraban en torno del antiguo para­digma de los genitalia no permitían pensar tal cosa porque todos eran relativos a la función y no a la identidad. De ahí la gran alteración del antiguo orden establecido por la naturaleza o la autoridad divina o natural, léase del Ancien Régime. Fue éste el logro más importante del movimiento de la Cuestión sexual y el inicio del marco teórico nuevo o renovador -más bien revolucionario- que habría de generar el corte definitivo con el mundo antiguo. Con toda pro­piedad podemos hablar de la gran revolución sexual, la primera revolución moderna de los sexos, la teórica y conceptual, dos siglos antes de la otra, tan nombrada.

 

3. Hecho de los sexos versus locus genitalis

Hay otros aspectos de esta modernización suscitados paralelamente tras la Ilustración: la Cuestión social o de las clases sociales y la Cuestión racial o de las razas. Curiosamente ambas cuestiones fueron planteadas con simi­lar agudeza. Pero la Cuestión sexual ha sido de una espectacularidad mayor o de más profundas consecuencias por ser la que atraviesa a todas las otras. Hay más novedades notorias que son regalos o conquistas, según se mire, de ese siglo. Tal es el caso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos o el naci­miento de los sistemas democráticos como actualmente los tenemos y que nos han acos­tumbrado a pensar a partir de ellas. Sin embar­go, en ocasiones no viene mal detenerse en ellas mismas para ver el producto en su ela­boración y poder así entender mejor algunos de sus rasgos olvidados por la inercia o por la amnesia.

Si unimos, pues, la Historia de las Ideas con las nociones básicas de la Gramática y de la Sexología, el resultado es que, en términos modernos, no se puede hablar de sexo, enten­dido more antiquo, como sinónimo -o en lugar del- locus genitalis, más o menos disfrazado, sino en clara referencia a la innovación ya histó­rica de los sexos, y sólo desde la cual tiene sen­tido su singular: el sexo de uno u otro, o de cada uno de los dos. Se ha cometido el error de no ser coherente con la Gramática ni con la Sexología ni tampoco con la Historia. Y el len­guaje que se ha mantenido no es sino un resto y vestigio del modelo pre-moderno: del anti­guo locus genitalis. Por otra parte, como más adelante veremos, el problema no es sólo de incoherencia sino que con ese lenguaje y esos conceptos antiguos no pueden explicarse muchos aspectos nuevos, derivados del nue­vo planteamiento sexual que es, no se olvide, de los sexos.

Es, pues, preciso retomar la historia y reen- hebrar el debate, reponerse de la amnesia para constatar que, sin un vocabulario acorde y sin sus conceptos, mal podemos entendernos en asunto tan primordial. El sujeto moderno es un sujeto sexuado. O, dicho de otro modo: la con­dición sexuada ha entrado en el núcleo mismo de los sujetos. El pensamiento moderno y la cien­cia, cualquiera que ésta sea, no pueden enten­derse sin tener en cuenta este acontecimiento. Y dar a este planteamiento la entidad que le corres­ponde, nombrarlo con toda claridad y fuera de vaguedades, aparte de una decencia histórica, puede ser de utilidad cuando se trata de hacer un balance para seguir hacia adelante.

Afirmar la prioridad de La Cuestión Sexual sobre el feminismo puede resultar sin duda hoy, más que polémico, provocador para algunas sus­ceptibilidades. Pero es preciso ir más allá de la polémica y de la provocación en beneficio de la razón de ambos sexos o, lo que es lo mismo, para una comprensión o explicación de los dos conjuntamente. En los históricos debates quedó muy claro que cualquier argumento razonable sólo puede ser planteado desde el tablero de ambos sexos que es en el que se juega razona­blemente la partida. Las reducciones léxicas o conceptuales del marco sexual así como la hui­da de él no hacen sino mostrar aún más su ine­xorable carácter de cuestión central. En qué momento la cuestión sexual deja de ser de los sexos para convertirse en cuestión de sexo es algo que nos ocupará más adelante. Lo que pue­de parecer una mera cuestión semántica es, de hecho, una cuestión histórica y de conceptos básicos. Y la historia es imprescindible para entenderse; como lo son los conceptos y los tér­minos -léase las acciones- que se articulan des­de ellos.

De todo ello es necesaria una revisión a la luz de las contradiciones a las que hemos llega­do dos siglos después de sus comienzos. O tal vez sería más exacto hablar de balance y pun- tualización. Puesto que nos encontramos en un momento especialmente atractivo para ello.

 

4. El paradigma moderno del Hecho de los sexos

Si de la Gramática y la Historia, apuntadas en el capítulo anterior, pasamos a las Ciencias -éstas no son sino distintas formas de búsque­da de explicaciones a las mismas inquietudes de los sujetos-, podemos observar que la misma época y el mismo espíritu intelectual, político y social que formuló la Cuestión Sexual (recuér­dese: de los sexos) fijó en las ciencias natura­les el revolucionario concepto de Dimorfismo Sexual (entiéndase de nuevo: de los sexos). Esta coincidencia de inquietudes bajo los distintos flancos no es tampoco una mera cuestión semántica. Todos los estudios anteriores se basaban en un modelo teórico que, como ya quedó anotado, era la referencia al varón, el macho; siendo la otra parte error o fallo de aquél.

Si no fuera ucrónico podríamos, para enten­dernos, hablar del modelo antiguo o pus-moderno que acababa como modelo de sexo único y del de ambos sexos como referencial nuevo que empezaba. En realidad no se puede hablar de modelo antiguo de sexo o modelo nuevo pues­to que el concepto de sexo aún no había aflora­do. El modelo antiguo era el del locus genitalis. La medicina de Hipócrates, lo mismo que la filo­sofía natural de Aristóteles, habían consagrado el principio del Isomorfirmo -el masculino como única forma referencial- y en él se habían movi­do a lo largo de dos largos milenios4. La ante­rior forma de pensar es hoy ya archiconocida a partir de una divulgadísima afirmación de Aristóteles que se ha hecho del dominio popu­lar: “La mujer es un hombre que no ha llegado a serlo”, que se ha quedado a la mitad, que no ha madurado, que no se ha completado, etc., que es de segundo orden: el segundo sexo, por seguir el título de la célebre obra de Simonne de Beauvoir[1]. La Medicina hipocrática y galénica -y su antropología- se movió en esa dirección durante siglos y había consagrado el principio del Isomorfismo.

La novedad científica, en concordancia con la intelectual y social, fue el vuelco teórico de la instauración del Dimorfismo, es decir, de los dos sexos únicos y distintos. Sobre su base se perfilaba la búsqueda de una afirmación relati­va a ambos sexos como sujetos distintos y no ya uno como producto del error del otro o de su defecto. Y empezaba un nuevo ciclo histórico, una nueva mentalidad, una nueva forma de ver y de entender; también de actuar en coherencia. Foucault ha situado en torno a 1800 la gran rup­tura epistémica moderna[2]. Y a este fenómeno, iniciado con la Cuestión Sexual y continuado en otros órdenes con todas sus implicaciones de corte con un sistema antiguo, se conoce después de Khun como nuevo paradigma. Por decirlo con toda explicitud, es el nuevo paradigma del hecho de los sexos.

 

Nuevos conceptos:

El de la diferenciación entre los sexos

Un nuevo paradigma -una nueva episteme- crea nuevos criterios de inteligibilidad y expli­ca nuevos problemas o anteriores de otra for­ma. También anula otros: por ejemplo, frente a preocupaciones antiguas sobre la reproducción de la especie o por las consideraciones del pla­cer, las nuevas preguntas -si hemos de resumir­se centran en cómo se sexuan los sujetos y qué consecuencias trae para ellos. Los anteriores -cómo se reproducen y disfrutan los placeres de la cópula- pasan a otros planos de interés o son replanteados con otro sentido desde el nue­vo paradigma.

Por otra parte, un nuevo paradigma no sur­ge de la noche a la mañana ni se establece de una vez por todas sino en un contexto y en una his­toria. Por ejemplo, en nuestro caso, en un clima de eclosión de inquietudes que muy deprisa sue­len resumirse bajo la noción de modernidad. Pero incluso en este marco es importante distinguir las nuevas preguntas en combinación con las anteriores a las que van suplantando y con las que se solapan; lo cual obviamente no se hace sin tensiones ni reacciones, incluso sin trans­formaciones o acomodaciones de anteriores inquietudes en otras aparentemente nuevas: de ahí la explicable confusión, incluso perplejidad.

La nueva pregunta, radicalmente moderna, por primera vez científica y social, requería nue­vos conceptos capaces de hacer inteligibles y de articular los nuevos problemas. Por otra parte, se salía -o se iniciaba la salida- de la función reproductora como exclusiva: recuérdese la apa­rición de la obra de Malthus en esas mismas fechas7. Frente a la tesis reproductiva, hegemó- nica, centrada en la especie, se perfilaba la tesis sexuante, generadora de individuación. La noción de diferenciación sexual centraba, pues, esta cuestión que desde la biología evolutiva, especialmente tras el posterior impacto de Darwin y sus leyes de selección, habría de con­tinuar con la densidad y complejidad carac­terística. Se buscaba con ello responder a la cues­tión de cómo los individuos se diferencian unos de otros y, dentro de estas diferencias, la mayor de todas, la de uno y otro sexo. La Cuestión sexual había abierto el gran debate sobre las iden­tidades. Y, es importante insistir, las más fuer­tes, las relativas a la mujer como sujeto tanto social como individual. Pero, por ello, de ambos sexos.

Más conceptos nuevos: el continuo de los caracteres de cada uno de los sexos Como instrumento para la explicación de estas identidades surgió otra noción nueva: fue la de los rasgos o caracteres sexuales de uno y otro sexo que servía para establecer las distin­tas categorías del reparto en el proceso de la indi­viduación diferencial. Matizando habría que indi­car la doble adjetivación de estos caracteres: sexuales y sexuantes, pues de ambos tienen, en función de que se miren desde el lado del pro­ducto elaborado o desde la misma producción. Hunter fue el primero en usar esta nomencla­tura ya en el siglo XIX, de quien la tomará el mismo Darwin8. En una y otra noción termina­ron interviniendo tanto las ciencias naturales como las sociales, en debates a veces separados y en otras a la par. Pero conviene no seguir el espejismo tan manido de acentuar el criterio biológico frente al social, o viceversa, de lo que tanto se ha abusado sin duda por las mismas dis­ciplinas conceptualizadoras. Así, los caracteres sexuales primarios fueron considerados más específicamente biológicos y los secundarios más bio-sociales. Se entendía por primarios los destinados estrictamente a cada sexo en exclu­sividad: se trataba de los órganos, funciones y papeles relativos a la generación, según el anti­guo modelo reproductor imperante, si bien -y ahí residió uno de los indicadores del cambio- no sólo por tratarse de órganos de la generación según el anterior modelo, sino por ser partes específicas y constituyentes de ambos sexos. Se situaron dentro de los secundarios los que, sien­do combinables con los primarios, no eran de absoluta exclusividad de ninguno de los dos sexos. Tal es el caso de aspectos de los esque­mas corporales masculinos o femeninos. Más que de rasgos biológicos o sociales, se trataba, pues, de su exclusividad o compartibilidad por cada uno de los sexos o por ambos. Es impor­tante resaltar este criterio puesto que otros han sido más extendidos y de ello se han derivado una serie de polémicas confusas. Alguna de ellas ha llegado a nuestros días bajo los términos nue­vos de simetrías o asimetrías.

Sobre estas bases, Havelock Ellis, el primer sexólogo moderno en el más estricto sentido del nuevo paradigma, sugirió en 1896, tímidamen­te, al principio, y luego de forma más explíci­ta, un tercer grupo, en combinación con los ante­riores: el de los caracteres sexuales terciarios. Situaba entre ellos tanto los rasgos como los ges­tos o conductas propios de uno y otro sexo que, aunque atribuidos a uno más que a otro, eran, no obstante, intercambiables y flexibles en función de factores de adaptación y acomodo. Es lo que se conoce hoy como papeles o roles sexuales. Cuando miramos hacia atrás, haciendo historia, lo que encontramos es que, a través de estos pasos, se estableció un marco teórico de conti­nuidad que permitía explicar una gran dosis de segmentos diferenciales en forma matizada y gradual. A partir de ahí se contó con un esque­ma conceptual nuevo que permitía plantear y resolver, o al menos situar, cuestiones nuevas que con anteriores conceptos no tenían otra explicación que la de ser calificadas como anor­malidades, vicios o patologías, es decir, desvia­ciones del modelo reproductor natural. Se había construido un nuevo campo de juego con reglas diferentes. El sujeto sexuado -y no ya la repro­ducción- se aclaraba cada vez más. Eran algu­nos resultados, algunos pasos del nuevo para­digma.

Hemos aludido a Havelock Ellis. Podemos ser más explícitos: su monumental obra sexoló- gica, iniciada desde 1894 -esa obra que fui ges­tando desde hacía 20 años-, se abre con el volumen inicial en el que plantea sus hipótesis centrales y que habría que subrayar desde el títu­lo específico del mismo: Hombre y Mujer: Un estudio sobre los caracteres sexuales secunda- riosy terciarios9. Aunque sea reiterativo con­vendría entender desde ahí con toda claridad que sexual no se refiere ya al antiguo locus genita- lis sino explícita y claramente al nuevo para­digma de los sexos.

 

Polémicas

Andando el tiempo -y sobre todo en la segunda mitad del siglo XX-, se ha cernido una gran polémica sobre estos conceptos, que ha impedido ver el carácter histórico que les dio su origen. Se trata de caracteres, o así han sido lla­mados por ser rasgos característicos; y son sexua­les por caracterizar con ellos a cada uno de los sexos: pues eso, y no otra cosa, quiere decir sexual: relativo a ellos. Es obvio que sólo los caracteres primarios son exclusivos y que, en el continuo de la exclusividad-comunidad, los caracteres secundarios son menos exclusivos y más comunes a ambos sexos; así como los carac­teres terciarios pueden ser más comunes que exclusivos. Es igualmente obvio que son cul­turalmente flexibles y alterables, regidos, como todo, por el principio nuevo de la evolución. Las polémicas creadas por esos caracteres tienen mucho que ver con las rigideces de las actitudes previas con las que han sido vistos para sacar partido o imponer mores y costumbres, leyes y pautas de conducta a uno u otro sexo, o de un sexo contra otro.

Pero la utilidad de los conceptos no debe ami­norarse por la exaltación de los ánimos para jus­tificar cómo o qué debe ser un hombre o una mujer, o qué le es propio o no le es. Nada más ajeno a esta versión que se ha extendido. La ven­taja del continuo de los caracteres sexuales para el análisis no puede ceder a las presiones e impo­siciones de los activismos. La extrapolación que se ha hecho entre “lo biológico o natural” y “lo cultural o sociológico”, incluso pasando por enci­ma de que lo biológico es estable frente a lo cul­tural considerado cambiante, es aberrante. Sabemos que ambos conceptos son evolutivos en el sujeto que los vive y que, como anotó Schelsky, sirve de muy poco el fantasma de “lo biológico puro” y “lo cultural puro” cuando está más que probado que tales purezas no se dan10. Un sin fin de polémicas, pues, han rodeado a estos conceptos, por debajo de las cuales sigue en pie la utilidad de ser recursos de un orden explicativo que apunta a un orden distinto del modelo antiguo.

Otra polémica incesante ha sido la del androcentrismo tan usual en las críticas de algu­nos sectores teóricos del feminismo. Es pre­ciso de nuevo recordar que la Cuestión Sexual -y su consecuencia: el Hecho de los Sexos- rompe de tal manera con ese modelo androcén- trico, entendido como masculino, que sorprende cómo se le sigue aún recomponiendo aunque sea con la encomiable intención de deshacer­lo. Tal vez en esto sea de interés recordar una vez más la prioridad de la Cuestión Sexual sobre el feminismo. Fuera de la Cuestión Sexual no es ya pensable un sexo sin referencia al otro ni el otro sin referencia al uno.

 

5.       La clave del plural

Lo que aquí más nos interesa, por encima de esas polémicas acostumbradas, es la pers­pectiva abierta por el nuevo paradigma y su desarrollo, que no se hizo, como es obvio, ni puntual ni linealmente. De ello son testimonio una combinación de restos del anterior modelo con el nuevo, hoy aún visibles en un buen núme­ro de expresiones y conceptos. Por esto puede ser de utilidad distinguir entre ideas y concep­tos pre-modernos, que corresponden a modelos anteriores al nuevo paradigma; de otros que son claramente modernos, esto es, acordes con éste. Sería también muy útil aludir aquí a la noción de snob-moderno, bajo la cual cabrían una serie de combinaciones y confusiones en las que los restos antiguos han tratado de perpetuar­se -incluso de situarse por delante, falaz, cuando no cínicamente, puesto que no se tra­taba sino de conceptos pre-modernos maqui­llados de modernización.

No obstante, una cosa resulta clara: el nuevo Paradigma del Hecho de los Sexos, de ambos sexos, de los dos, ha seguido adelante. Nosotros hablaremos indistintamente del Hecho de los sexos o del hecho sexual humano, donde el tér­mino sexual no se refiere ya a la anterior entele- quia del singular -la del locus genitalis- sino a los sexos en plural. Ya no sería necesario insistir en que el concepto sexual, en el sentido moder­no, que es el suyo propio, el que le corresponde -antes no existió como concepto- es el de ser rela­tivo a los sexos, a uno u otro de los dos sexos. Sexual, en singular, resulta, pues, un producto típicamente snob-moderno y, más aún, reaccio­nario (más adelante veremos por qué). Es tan impensable e incoherente como lo es un triángu­lo cuadrado o un cuadrado triangular. Hay cosas que se tardan en descubrir aunque parezcan sim­ples y en las que se tarda en caer en la cuenta. Sin duda ésta ha sido una en la que vale la pena dete­nerse y pensar, pues si bien puede parecer fútil por su apariencia no lo es por sus consecuencias.

De ahí la necesidad de nombrar y acentuar este campo de conceptos descubierto y dar la correspondiente entidad tanto a la Cuestión Sexual como al Hecho de los Sexos, con sus nombres históricos propios y más allá de otros campos nombrados de otras formas polémicas o contradictorias. Se trata, pues, de contar con él, de ponerle lindes y marcarlo; de reconocer­ lo,    entenderlo y cultivarlo mediante el conoci­miento. Hablar del paradigma sexual moderno exige un rigor de coherencia con el mismo.

 

El nuevo concepto de Sexuación

Los distintos conceptos anotados -y sobre todo el de diferenciación sexual- pueden ser situados en un marco de concreción operativa bajo la denominación posterior, menos equí­voca de sexuación. Lo que este concepto apor­ta es que el proceso de articulación y toma de conciencia de cada sexo no puede hacerse ni explicarse como un hecho puntual, ni produci­do de una vez por todas mediante uno u otro de los elementos sexuantes -los cromosomas, por ejemplo, o las hormonas, que son eso: simples elementos sexuantes; o los factores sociales, más amplios y extendidos, o mejor dicho, más difu­sos-, sino de un proceso, de una serie de pasos, concatenados. Las ciencias naturales y las socia­les aportaron cada una sus datos con sus propias conceptualizaciones. (¿Hará falta indicar que la sexuación no es sólo biológica sino biográfi­ca?). La Sexología, a caballo entre ellas, trató de abrir el camino a la búsqueda de su cohesión. Seguía en esto una metodología mixta, conoci­da y nombrada como interdisciplinar, pero asu­mida como propia. Era, según la expresión de Iván Bloch, el método histórico-biográfico de la construcción de los sujetos. O, por decirlo según Lavine, el método de Convergencia11.

La Cuestión sexual -o con sucesivas for­mulaciones: la desigualdad, igualdad, identidad o diferencia entre los sexos, en sus distintas ver­siones científicas, políticas o morales- atravesó el siglo XIX y entró en el XX con elementos muy dispares de respuesta. El Psicoanálisis entró tam­bién -o sobre todo- en el debate desde su pro­pio enfoque, aunque es preciso observar que tan­to la Sexología como el Psicoanálisis siguieron sus pasos respectivos, cada cual por su lado. La Sexología más pegada al sujeto concreto, histó­rico y biográfico, sin abandonar su dimensión simbólica y, por su parte, el Psicoanálisis más centrado en ésta y sin temor -incluso temera­rio en ocasiones- a dejar los datos objetivos. Tal vez la teoría de Freud ha resultado la más seduc­tora y atractiva y por ello también la más segui­da y criticada. Sería importante recordar que no fue, ni de lejos, la única, pero sí la que se cons­tituyó en la más polémica y referencial. Andando el tiempo se diría que esa polémica -aceptar o rechazar la teoría freudiana- se convirtió en prio­ritaria y, por lo tanto, en auténtica pantalla dis- tractora de la cuestión de fondo dejada en la penumbra, y que aún sigue. De ésta y no de la otra tratamos aquí. Lo que equivale a seguir la Sexología y sus conceptos, al menos en térmi­nos históricos 12.

Retomando, por tanto, el debate, se trata de evitar la simplificación e invitar a la compleji­dad que exige la puesta en común de los suce­sivos hallazgos desde las distintas ópticas o dis­ciplinas, y no sólo desde una u otra, la de más poder social o peso ideológico. En tal plantea­miento el concepto de sexuación era -y sigue siendo-, por definición, complejo. Solamente asumiendo su complejidad puede ser entendido o explicado el producto final de los dos sexos con infinidad de variantes dentro de ellos. Unos años antes de empezar el siglo XX Magnus Hirschfeld, otro de los autores básicos de la Sexología, como disciplina articulada, titulaba su publicación periódica anual de esta forma sig­nificativa: Anuario de las gradaciones y esta­dos sexuales intermedios13.

Aunque los conceptos nuevos tardaron en ser asimilados -aún no lo son, en parte; y en par­te también, son rechazados o, más bien, ignora­dos-, hay un hecho ineludible: el final del Isomorfismo y la instauración del Dimorfismo, en cuyo marco serán ya discutidas las formas de diferenciación -de sexuación-, que permi­ten combinar la necesaria identidad de los suje­tos y su evidente variabilidad sexual, o sea, de los sexos. El planteamiento nuevo buscaba como efecto visible liberar o rescatar muchas de estas formas variadas que seguían consi­deradas como patológicas o socialmente anor­males. Fórmulas éstas que las más de las veces sólo venían a significar no contempladas des­de el concepto de la sexuación de los sujetos, sino simplemente juzgadas y condenadas por los cánones anteriores en vigor o, como ya se apuntó, anteriores snob-modernizados. A esas y otras consecuencias llevaban los nuevos con­ceptos en un trabajo fundamentalmente epis­temológico de fondo y, en consecuencia, de replanteamiento.

 

6.       Reacciones en cadena

El debate de la Cuestión Sexual, llevado a cabo fundamentalmente por filósofos, médicos- filósofos y escritores, conocerá su punto culmi­nante en torno a 1830. El porqué del eclipse par­cial de esa primavera del pensamiento sobre los sexos hay que buscarlo en la evolución general del siglo XIX. Frente a él, un planteamiento reac­tivo -habría que decir reaccionario- va a tomar lugar a través de la reafirmación del anterior paradigma o de sus restos recompuestos y relan­zados por médicos-médicos, en contraposición a los protagonistas anteriores, más variados e influidos por la modernización. También es pre­ciso anotar que no habrá entre ellos autoras, dato importante en el debate precedente, que ni siquie­ra será ya debate, sino afirmación rotunda y cla­ra de la anterior tesis reproductiva, siendo todo lo demás patología. Así aparece un cúmulo de obras de gran éxito cuyo rasgo principal será el cambio de los sexos como referente (en plu­ral) por el sexo (en singular).

Esta operación del cambio o transmutación de los sexos por el sexo, será llevada a cabo mediante la inoculación de una declarada con­notación patógena y morbosa en el adjetivo sexual, frente al significado y sentido con el que circulaba en el gran debate, es decir como relativo a los sexos. La obra de Hendric Kahn resulta modélica al respecto con su título Psychopathía sexualis. Aparecida en 1846, constituirá la fórmula lapidaria del movimien­to de la neuropsiquiatría, que está dedicado a explicar las manifestaciones no acordes con el fin supremo y natural de la generación como anomalías o aberraciones del instinto genési­co (fórmula que pronto será cambiada por sexual) bajo el criterio de la degeneración -la dégénérescence-14. Cuarenta años más tarde, en 1886, otra obra constituirá, bajo el mismo título, la cumbre de este movimiento. Se trata de la Psychopathía sexualis de Richard von Krafft Ebing, que tendrá, como es sabido, un éxito notorio15.

Es importante insistir en que esta patologi- zación se lleva a cabo mediante la connotación morbosa del término sexualis. Mantenemos la tesis de que éste es el momento del nacimien­to de la nomenclatura sexual como patógena tal como va a generalizarse desde esa corriente y que, al margen del paradigma moderno, sigue aún en vigor. Este será el origen del hoy en uso masivo. La lectura de las obras más resaltables del siglo XIX pertenecientes a este movimien­to de la Psychopathía sexualis ofrece esta nove­dad: la progresiva sustitución del vocabulario genésico, generador o reproductivo -el locus genitalis-, por el de sexual; y, más en concre­to, por el de sus correspondientes substantivi- zaciones: el sexo y lo sexual. Incluso la sexua­lidad. El apelativo de snob-moderno que antes hemos utilizado tendría aquí su aplicación: fren­te al paradigma moderno, era ofrecido el anti­guo, bajo la acomodación léxica de un vocabu­lario nuevo, también éste, a su vez, adaptado y aggiornato. Foucault lo definió como “la implantación perversa”. De nuevo el término snob-moderno sería importante para explicar esta operación.

Si unimos este movimiento de la patologi- zación con otros paralelos como son la delicti- vización jurídica y la moralización general del adjetivo sexualis -ya substantivado como lo sexual-, tendremos un mapa bastante represen­tativo de lo sucedido con el engrosamiento de esta corriente reactiva, convertida en una ver­dadera contrarreforma o cruzada de amplio espectro contra el paradigma surgido de la Cuestión sexual. La Sexología de las últimas décadas del siglo XIX y de las primeras del XX será especialmente crítica con estas corrientes reactivas -Havelock Ellis es de suma claridad en ello-, si bien nada les ha impedido seguir hacia adelante y llegar a nuestros días.

 

Otras reacciones más recientes

Todavía con el correr de los años y el aumen­to de los datos -también es necesario decirlo, con el olvido del ciclo largo inaugurado bajo el paradigma de los Sexos-, asistiremos a otras formas de salir de ese patologismo invasor, ins­taurado por esas corrientes reactivas. Se trata de una búsqueda de otras acomodaciones de los conceptos y del vocabulario sexual. Así fueron acuñados distintos adjetivos sobre el mismo substantivo sexo. Por ejemplo John Money, Hampson y Hampson acuñaron en 1955 la fór­mula de los siete sexos -que poco tienen ya que ver con los sexos sino con otros problemas- bajo la sana y encomiable intención de aclarar y dar cuenta de la gran plasticidad y variabilidad de un término único y cerrado que impedía expli­car sus equívocos sentidos. De este modo el subs­tantivo sexo empezó a poblarse de adjetivos ado­sados. Los siete sexos ofrecidos por estos autores fueron: 1) El del patrón del sexo cromatínico, 2) El sexo gonadal morfológico, 3) El sexo hor­monal, 4) El sexo morfológico genital externo, 5) El sexo de las estructuras reproductoras inter­nas, 6) El sexo de asignación en el nacimiento y 7) El sexo psicológico o rol genérico16. Todos estos sexos, por usar la fórmula del mismo Money, constituirían relevos de una carrera y pasos de un proceso general 17.

Cabe preguntarse por qué en lugar de reac­cionar contra la snobmodernización reactiva y sus efectos no se ha inspirado más en el marco de la Cuestión Sexual y del nuevo paradigma que, si bien aparentemente eclipsado, no dejó por ello de seguir en vigor como corresponde al ciclo largo e inaugural de la época moder­na. Algo similar sucederá unos años más tarde con otra propuesta, también bajo otra intención no menos explicable como fue la de salir del lla­mado biologismo imperante: la del sistema sexo- género, que planteará la asignación de una serie de estos “sexos” o aspectos del sexo al campo biológico para colocar en el social y político la que será introducida como perspectiva del géne- ro18. Su desarrollo será extendido por un femi­nismo del género para llevar a cabo su lucha por la igualdad bajo el lema de los géneros y fuera del marco de los sexos. ¿Podríamos entender “la implantación perversa” de Foucault como el comienzo de un extraño e irracional proce­so cada vez más conjuntado por equívocos sin fin pero con un resultado muy claro de “todos contra el sexo”?. ¿En nombre de qué noción de sexo?19.

 

7.       Ciclos largos y ciclos cortos

Para hacerse una idea de estos cortes o expli­carse las introducciones de éstas y otras reac­ciones puede ser útil volver sobre el concepto de ciclos históricos largos, de larga duración, y de ciclos cortos, reactivos, dentro del ciclo lar­go. Si consideramos como inicio de la época moderna la instauración de un nuevo paradig­ma, el de los sexos, podemos observar que el cambio de los sexos por el sexo, operado por la Psychopathía sexualis -y por los otros movi­mientos aludidos- así como la propuesta de “los siete sexos” o la de acomodar el sexo, con sig­nificado biológico, para introducir la noción de género con estructura social, pueden ser ana­lizados como reacciones sucesivas en cadena de una serie de ciclos cortos, todos ellos reactivos a otros ciclos cortos que a su vez lo son a otros. Incluso algunos, en esa huida del dimorfismo de los sexos, no han dudado en plantear hasta un plurimorfismo.

Se confirma así la hipótesis de la progresiva pérdida del referente principal del ciclo históri­co largo introducido por la mayor innovación moderna que es el paradigma del Hecho de los Sexos. Pero convendría una cierta lucidez para que las reacciones sucesivas de los ciclos cor­tos, a su vez, frente a otros ciclos cortos, no lle­varan a perder de vista el ciclo largo del que se ha partido y en el que, en definitiva, aún esta­mos pendientes de extraer inmensas y ricas con­secuencias. Porque, no se olvide, se trata del hecho de los sexos y no del locus genitalis al que, de muy diversas formas se vuelve una y otra vez. Y es el ciclo largo el que responde al para­digma de la historia moderna; y no los distintos ciclos cortos en luchas intestinas.

 

Racional y razonable

La innovación de la Cuestión sexual y del Paradigma moderno del hecho de los sexos ha sido de tal envergadura para la definición y con­cepto de la mujer y el hombre modernos, para ambos sexos, que se entienden fácilmente todas esas reacciones por mantener en vigor el del modelo premoderno por partidarios de valores antiguos en contra del nuevo, revolucionario en tantos aspectos. El devenir o la evolución de la historia le ha dado sin embargo la razón. El plan­teamiento moderno de los sexos, iguales en tan­tos aspectos y, sin embargo, distintos, ha reci­bido con el planteamiento moderno de los sexos el mayor espaldarazo que lo ha hecho posible por ser pensable y razonable. En esto podría resu­mirse uno de los logros específicos de ese Siglo de las Luces y de la Razón.

Ciertamente se ha abundado en el carácter racional de ese legado hasta el exceso del racio­nalismo. Pero pasado por el tamiz del tiempo, y equilibrado ese exabrupto de visión que ha per­durado, su resultado contra criterios anterio­res, ha dado por resultado el poso de racionali­dad suficiente para hacer un planteamiento razonable. Cuando en pleno siglo XVIII Kant se preguntaba ¿Qué es la Ilustración?, su res­puesta fue: “Tener el valor de usar la razón con entera libertad y responsabilidad”20. Sapere aude, atreverse a servirse de la razón; llegar a la emancipación; pensar en libertad. Y, ya se ha indica­do, pensarse como sujeto -y sujeto sexuado- fue el legado del gran debate de los sexos; la for­ma razonable de acceder a esa conceptualiza- ción nueva y distinta de las anteriores. El resto es consecuencia de ello, si bien, como escribirá el Dr. Verdes Montenegro en un significa­tivo trabajo sobre la Cuestión sexual en el últi­mo año del siglo XIX, los sexos siguen tratán­dose aún como erizos que no encuentran la forma de relacionarse sin herirse con sus púas puntiagudas...21.

 

 

Notas al texto

1         Tal vez habría que añadir el adverbio sexualmente para completar la trilogía de uso.

2         Frank Palmer, Teoría gramatical, Ediciones 62, Barcelona, 1971

3         Véase, entre otros, el documentado y lúcido libro de Géneviéve Fraisse, Muse de la Raison: la démocra- tie exclusive et la différence des sexes, Ed. Alinea, Paris, 1989 (trad. Castellana: Cátedra, Madrid,1991). De la misma autora, Del destino social al destino personal: Historia filosófica de la diferencia de los sexos en Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las Mujeres en Occidente, Ed. Taurus, Madrid, 1993, Vol. IV, pp. 57-89. Sobre la Época de la Ilustración como punto de partida de un nuevo paradigma -si bien centrados en el feminismo y no en la Cuestión sexual- puede verse el Seminario permanente Ilustración y Feminismo del Instituto de Estudios Feministas de la Universidad Complutense bajo la dirección de Celia Amorós y su gran producción bibliográfica. Véase también Alicia Puleo, La Ilustración olvidada: La polémica de los sexos en el siglo XVIII, Anthropos, Barcelona, 1993. La colección Feminismos de la Editorial Cátedra ha editado una gran cantidad de materiales. Por otra parte, en todos los idiomas la bibliografía es inmensa, aunque es preciso aclarar que, en una gran parte de ellos, el feminismo ha eclipsado la Cuestión sexual.

4         Thomas Laqueur, La construcción del sexo, Cátedra, Madrid, 1996. Pasim.

5         Simonne de Beauvoir, El segundo sexo, Siglo XXI, Buenos Aires, 1954. (Orig. francés. 1948)

6         Michel Foucault, Les mots et les choses: une archéologie des sciences humaines, Ed. Gallimard, Paris, 1966.

7         He estudiado esto con más detenimiento en Reproducción, placer, sexualidad: historia de tres ideas y sobre todo de la tercera en J. Gómez Zapiain, Avances en Sexología, Universidad del País Vasco, San Sebastián, 1997, pp. 11-21.

8         J. Hunter, Essays and Observations, London, 1869

9         Primera edición, 1894, (vers.cast. Ed. Marín, Madrid, 1913), 8a edición, Heinemann, Londres, 1934

10       H. Schelsky, Sociología de la Sexualidad, Nueva Visión, Buenos Aires, 1962, p.20

11      A. Hernard, La Sexologie, Payot, Paris, 1932.

12       Una semblanza de las relaciones entre Freud y Ellis -o, lo que es lo mismo, entre el Psicoanálisis y la Sexología- puede verse en Freud’relations with Ellis. V. Brome, Havelock Ellis: Philosopher of Sex, Routledge & Kegan Paul, Londres, Boston and Henley, 1979, pp. 208-224; o también en J. Wortis, Fragments of An Analysis with Freud, Symon and Schuster, N.York, 1954.

13       Un estudio sobre esta publicación puede verse en la tesis doctoral de A. Llorca, El nacimiento de la Sexología como ciencia moderna en Alemania a principios del siglo XX, Universidad Complutense de Madrid, 1996.

14      A, & H. Wettley, De la psychopathía sexualis a la Sexología en Revista Española de Sexología, monográfico n° 43, Publicaciones del Instituto de Sexología, Madrid, 1990.

15       R. Von Krafft-Ebing, Psicopatía sexual, texto corregido y ampliado por A. Moll, vers. Cast., El Ateneo, Buenos Aires, 1955 (original 1886)

16       J.Hampson, Causas determinantes de la orientación psicosexual, In Franck A. Beach, Sexo y Conducta, Ed. Siglo XXI, México 1970, (orig. 1965).

17       ”Los relevos de una carrera” es una acertada metáfora de J.Money, si bien él yerra al renunciar a los conceptos que la originaron (Véase Man and Women, boy and girl, Jonh Hopkins University Press, Baltimore, 1972 (trad.cast.bajo el título Desarrollo de la sexualidad humana: Diferenciación y dimorfis­mo de la identidad de género, Morata, Madrid, 1982) .


18   Como ya se ha indicado, el concepto de género fue introducido por John Money, a partir de su tesis doc­toral sobre el hermafroditismo (1955). El binomio sexo-género fue introducido por Robert Stoller en 1966 con la obra que lo lleva por título: Sex and Gender. En la década de los años setenta algunos gru­pos feministas, concretamente el sector conocido como feminismo de la igualdad, promovió la perspec­tiva de género para indicar su lucha contra el patriarcado. Una autora, Gayle Rubin, suele ser citada como pistoletazo de su difusión en este sector del feminismo con su artículo The Traffic on Women (apa­recido por vez primera vez en Rayna R. Reiter, comp., Toward an Antropology of Women, New York, Montly Review Press, 1975).

19   El Antisexualismo del último ciclo corto ha sido abordado por Money en algunos trabajos últimos. Véase sobre ello E. Amezúa, La nueva criminalización del concepto de sexo: Una historia de ciclo corto dentro de otra de ciclo largo, Anuario de Sexología, Asociación Estatatal de Profesionales de la Sexología, 3, 1977, pp. 5-14.

20    E. Kant, Qué es Ilustración en Filosofía de la Historia, Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1985

21    J. Verdes Montenegro, La Cuestión sexual en la literatura contemporánea, I. Romero, Madrid, 1899, p. 11.


 

 

LA REBELIÓN DE LOS CUERPOS 1

María-Milagros Rivera Garretas*

* Profesora Titular de Historia Natural, Universidad de Barcelona. Facultad de Geografía e Historia. Baldiri Reixac s/n. 08028 Barcelona, España

 

Mi objetivo es captar la cualidad política y la cualidad simbólica de ese fenómeno extra­ordinario que es la explosión de los contornos de los cuerpos humanos en los países más adinerados, el reventar de los cánones clásicos y modernos de la figura humana, sea esta figura femenina, sea masculina. Un reventar recalcitrante, que no se deja resolver por las elaboradísimas técnicas de la medicina contemporánea (pues, como dicen los textos médi­cos, casi nadie reconfigura sus contornos perdurablemente). Entendiendo por política no las estrategias dirigidas a obtener o a conservar instancias de poder sino la búsqueda y el reconocimiento, en relación de autoridad, del significado de la existencia y la conviven­cia humana, propia y ajena, en el tiempo. Y entendiendo que en el hacer simbólico inter­vienen, lado a lado, la empatía y la palabra.

Palabras clave: Historia, diferencia sexual, cuerpo femenino, simbólico, empatía, obesidad.

 

THE REBELLION OF THE BODIES. My objective is to capture the political an symbolic quality of the extraordinary phenomenon that is the explosion of the contours of human bodies in the wealthiest countries, the bursting out of the classical and modern canons of the human figure, be it feminine or masculine. A recalcitrant bursting out, which refuses to be resolved by the extremely developed techniques of contemporary medicine (since, as the medical texts say, almost nobodypermanently reconfigures their contours). Understanding as politics not the strategies aimed at obtaining or maintaining instances of power, but the search for, and the recognition of, in relationship of authority, the meaning of existence and human living together, one's own, and that of others, in time. And understanding that empathy and the word intervene, side by side, in the making of the symbolic.

Keywords: History, Sexual difference, Female body, Symbolic order, Empathy, Obesity

 

La desmesura del cuerpo

El texto que presento, que ofrezco hoy aquí a la lectura y a la crítica, tiene su origen en una paradoja que se me presentó a mediados de los años setenta y que ha persistido hasta el momen­to; siendo ya, en la actualidad, un tema frecuente en los medios de comunicación. La paradoja fue la aparición de una tendencia a la desmesura entre cuerpos humanos infantiles del norte del mundo, cuando estaban en su apogeo el fervor y también la experimentación en el propio cuer­po que fueron características de la cultura hip- pie. Hoy, especialistas y medios de comunica­ción le llaman a esta desmesura obesidad y la observan en la población adulta de los países más ricos del mundo; ricos en renta contabili- zable en dinero. En el tiempo, la tendencia a la desmesura del cuerpo, infantil y adulto, la sitúan sus analistas después de la segunda guerra mundial. De los países de lengua alemana dicen que un tercio de su población es obesa; de los Estados Unidos, que lo son entre sesenta y noventa millo­nes de hombres y mujeres.

Todo lo cual no niega, obviamente, que la obesidad como enfermedad haya existido siempre. Las crónicas medievales y la narra­tiva contemporánea se han fijado con deteni­miento en un caso notable: el del rey de León Sancho I, apodado precisamente “el Craso”, quien, en el siglo X, tuvo que ser transporta­do a Al-Andalus en un vehículo especial, cons­truido a su medida, con el fin de ser sometido a tratamiento por la medicina andalusí (Rodríguez, 1987; Irisarri, 1991). Es la fre­cuencia del malestar lo que indica que algo nuevo está ocurriendo desde hace medio siglo en los países adinerados; en esos países en los que no resulta ridículo hacerle cosquillas a Descartes diciendo: “Compro, luego existo” (Rivera, 1997: 128-29).

Cuando, a mediados de los años setenta, se me abrió la paradoja entre desmesura de algu­nos cuerpos y cultivo de la atención al movi­miento del cuerpo, yo era estudiante en Chicago y allí un amigo médico investigaba el tema de la obesidad infantil. Las explicaciones de este problema que se tanteaban entonces tendían a atribuirlo, aunque con reservas, a los factores clase social y raza o etnia; pues parecía que el fenómeno era más frecuente entre los más pobres (casi todo lo malo se asociaba entonces con la pobreza medida en dinero, en renta “por cabe­za”, como se suele decir). Veinte años después, paseando por el lado norte de Chicago, noté con sorpresa que la desmesura del cuerpo se daba entre mujeres y hombres de todo tipo, edad, mes­tizaje y poder adquisitivo o socioeconómico. Ha sido entonces cuando he percibido protesta, rebelión en esos cuerpos. Rebelión y desme­sura en abierto contraste, contraste patético, con las líneas exquisitamente violentas de uno de los conjuntos arquitectónicos de rascacielos -el del centro y centro-norte de Chicago- más ricos, imponentes, disciplinados y bellos de Occidente. Un Occidente que -en su lado nor­teamericano sobre todo- ha erigido en totem de la modernidad a los dinosaurios, animales gigan­tescos y extinguidos que -dicen- “somos noso­tros” (Mitchell, 1998).

Un diccionario corriente de medicina defi­ne la obesidad como un síndrome clínico que se presenta cuando existe un exceso de tejido adiposo en el conjunto del peso corporal. Su etiología -prosigue- puede ser primaria o sim­ple, es decir, nutricional, o secundaria a alte­raciones endocrinas, genéticas, etc., que cons­tituyen una proporción muy pequeña de la totalidad [...]. En países desarrollados, -aña­de- la obesidad afecta a casi una cuarta parte de la población. Y, más adelante, el dicciona­rio concluye: El resultado del tratamiento no suele ser muy alentador, ya que solo el 20% de los obesos tratados consiguen alcanzar su peso ideal y pocos lo mantienen durante un perío­do prolongado. (Medicina: 1586-88). La lectu­ra del problema es similar en obras médicas más especializadas.

Yo propongo nombrar este fenómeno no solo como obesidad sino como desmesura del cuer­po. Lo hago porque entiendo que una enferme­dad, un mal tan común y tan resistente a la res­puesta médica, señala muy probablemente un malestar histórico preciso y generalizado en la cultura en la que ese mal sobreviene: indica, por tanto, dificultad de significar, de decir en el len­guaje común una transformación estructural de las relaciones humanas en el tiempo; una trans­formación estructural mal acogida o no acogida hoy por la gente viva.

Me interesa, por tanto, captar la cualidad polí­tica y la cualidad simbólica de este fenómeno extraordinario que es la explosión de los con­tornos de los cuerpos humanos en los países más adinerados, el reventar de los cánones clásicos y modernos de la figura humana, sea esta figu­ra femenina, sea masculina. Un reventar recal­citrante, que no se deja resolver por las elabo­radísimas técnicas de la medicina contemporánea (pues, como dicen los textos médicos, casi nadie reconfigura sus contornos perdurablemente). Entendiendo por política no las estrategias diri­gidas a obtener o a conservar instancias de poder sino la búsqueda y el reconocimiento, en rela­ción de autoridad (Cigarini, 1994), del signifi­cado de la existencia y la convivencia humana, propia y ajena, en el tiempo.

 

Histeria y significado

¿Habría, entonces, una objeción del cuerpo desmesurado? ¿Es la obesidad una propuesta, una práctica, de transformación del cuerpo en texto?.

El pensamiento de las mujeres y la teoría feminista del siglo XX han destacado la poten­cia significante del cuerpo transformado en tex­to. Lo han hecho ese pensamiento y esa teoría y no otros porque transformar el propio cuerpo en texto es hoy, y ha sido en el pasado, un males­tar más femenino que masculino. La histeria, en sus múltiples formas e intensidades, ha sido y es interpretada por la teoría feminista como una forma, dolorosa y extrema, de nombrar deseos, necesidades, relaciones humanas indecibles en el lenguaje común disponible; como una recla­mación, por tanto, de hacer simbólico, de liber­tad de decir y decirse.

De ahí la frecuencia y la persistencia entre mujeres, siglo tras siglo, del decir su miedo a escribir; decir su miedo que marca un punto de inflexión en el itinerario de la histeria. Un mie­do que no palió en el pasado la posesión de una cultura exquisita ni ha paliado en el presente la obtención de igualdad de derechos de acceso a la educación reglada (Rivera, 1990: 19-29); un miedo más de mujeres que de hombres que ni siquiera ha sido paliado, en realidad, por la reciente feminización de la universidad (Picazo y Rivera, 1998). La expresión del miedo a escri­bir, que se da entre mujeres del siglo VI y del siglo XX, indica que no ha prevalecido la histe­ria en el forcejeo de ella por decir y decirse. O sea, que ha triunfado el hacer simbólico, que ha triunfado la independencia simbólica, que ha sido posible la escritura femenina (Rivera, 1997a). Y lo indica con un decir llamativamen­te poco histórico, poco susceptible al paso del tiempo, a la manera de esas piezas musicales tocadas y escuchadas sin apenas cambios gene­ración tras generación. A mí me gusta dejar que esta desconcertante indiferencia al tiempo la muestren dos ejemplos de autoras separadas entre sí por más de mil años de distancia. Dos autoras que son Hugeburc y María Zambrano.

En el siglo VIII, la anglosajona Hugeburc, que marchó a cristianizar a la gente de la Germania, en la Alemania actual, escribió en el prólogo a un libro de historia, un libro que es su biografía de dos personajes de la época que ella trató:

A todos los que residen aquí guiados por la ley sagrada, yo, indigna como soy, de raza anglosajona, la última en llegar, no solo en años sino también en conducta, yo que soy, por así decirlo, una criatura endeble en comparación con los demás cristianos, yo no obstante decidí hacer algunos comentarios en forma de prelu­dio referido a los comienzos de la vida del vene­rable Willibald, condensando algunas cosas para que sean eficazmente recordadas.

Y aun así yo especialmente, corrompible por la frágil simpleza femenina de mi sexo, no apo­yada en prerrogativa alguna de sabiduría ni exaltada por la energía de una gran fuerza, pero impelida espontáneamente por el ardor de mi voluntad, como una criaturilla ignorante que entresaca unos cuantos pensamientos de la saga­cidad del corazón, de los muchos frondosos árboles frutales repletos de variedad de flores, me complace arrancar, reunir y exhibir unos cuantos, recogidos, con un débil arte cualquie­ra, al menos de las ramas más bajas, para que los retengáis en la memoria.

Y ahora, con renovada voz, digo, repitien­do, sin confiar en el despertarse de mi propia presunción, sin confiar persistentemente en la audacia de mi temeridad, que no (excepto, por así decirlo, apenas) me atrevo a empezar. (Rivera, 1990: 21-22)

En los años ochenta de nuestro siglo, cuan­do tenía ya en torno a los ochenta años y una obra extraordinaria y enorme detrás de sí, María Zambrano escribió en el prólogo a Senderos: De ahí el título de Senderos que me deja una cier­ta paz, esa paz indispensable para el escritor y para la pobre escritora que soy y que nunca qui­se ser. Esa paz que proviene de haber hecho sim­plemente y de la mejor manera posible lo que tenía que hacer. Y así lo ofrezco, por mucha paz que tenga, como todo lo que ofrezco a través de la palabra, con temblor. Cuándo dejaré de escri­bir, me pregunto, cuándo, Señor, dejaré de tem­blar. (Zambrano, 1986: 9)

En la histeria, el pensamiento de las mujeres ha leído muchas cosas. Ha leído, por ejemplo: feminismo espontáneo (Dío Bleichmar, 1985), protesta contra la homofobia (Cavin, 1985), denuncia del incesto (Dworkin, 1988) o de la obligatoriedad de la heterosexualidad (Rich, 1996; Schulenburg, 1986), expresión de una rela­ción con lo divino no mediada por hombres (Bynum, 1987) o una prueba de la irreducibili- dad de la diferencia sexual femenina (Cigarini, 1996).

La mujer muda, la mujer frígida, la mujer fóbica, la anoréxica, la bulímica, la depresiva son, pues, síntomas, fantasmas recurrentes de abismos de sentido que la criatura humana feme­nina afronta y ha afrontado inerme. Dicho de otra manera, decir y decirse con el cuerpo es la práctica de quien no ha encontrado, ni en sí ni en quienes le rodean, guía para dominar su mie­do a escribir. Teniendo en cuenta que se escri­be el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad (Zambrano, 1993: 33). Y teniendo en cuenta, también, que la escri­tura de lo que es demasiado verdad puede con­sistir en un billete, un dibujo, una partitura, una carta, una canción, un poema..., un tratado volu­minoso, naturalmente, también.

 

Empatía y palabra

¿De qué orden de cosas sería esa guía que desata el nudo que impide nombrar una relación humana nueva, una relación humana histórica­mente nueva?

El feminismo y la política de las mujeres de los años setenta encontraron (o volvieron a encontrar) una guía excelente para desceñir imposibilidades que llevaban una y otra vez a la histeria. La guía descubierta fue la práctica de la relación mujer con mujer: el “Entre mí y mí y entre mí y el mundo una mujer”; una contra­seña que, de grupo en grupo, circuló por mucho Occidente y transformó muchas políticas (Librería de mujeres de Milán, 1991).

La práctica de la relación mujer con mujer no ha perdido hoy su potencia significante, su capacidad curativa o, cuando menos, paliativa de la histeria femenina. Pero el malestar del que estoy tratando ahora aquí es distinto de la histe­ria en un punto fundamental: es un malestar que afecta a mujeres y a hombres a la par, sin que puedan, hoy por hoy, apreciarse distinciones necesariamente atribuibles a la sexuación de la criatura humana.

La solución que propone incansablemente la ciencia médica para curar los malestares produ­cidos por la desmesura del cuerpo es la atención a la dieta. Atención a todo lo que tiene que ver con la nutrición y con los hábitos alimenticios: cantidad y cualidades de los alimentos que se toman a lo largo del día, frecuencia de su inges­tión, equilibrio entre los diversos tipos de pro­ducto elegido, orden y manera en que se comen, consumo de agua... A la comida basura (lo que en los Estados Unidos llaman tv dinners) se le atribuyen muchas de las culpas de la obesidad. La misma ciencia repite, sin embargo, descon­certada, que la atención a la nutrición por sí sola no cura. O, mejor, en un curioso círculo vicioso inesperado en la ciencia, no cura la obesidad de origen nutricional; que es, con mucha diferen­cia, la más frecuente.

Por su parte, la gente obesa, cuando se le pre­gunta por qué dejan que su cuerpo se expan­sione sin medida, tiende a dar como respuesta que “es fácil”, que “te lleva a un estilo de vida fácil”. Evocando un abandono a la inercia que contrasta con la percepción tanto del saber enci­clopédico como del saber común, saberes que sostienen que la obesidad dificulta la realización de las tareas más corrientes y sencillas, ya sea salir de un coche, pillar a una niña que se te esca­pa por la calle o atarse y desatarse los cordo­nes de los zapatos...

La propuesta médica de la atención a la nutri­ción adolece de una limitación que ha sido, a su vez, una de las palancas que han levantado ese edificio extraordinario que es la ciencia moder­na y contemporánea: su adhesión a la objetivi­dad. Su ceñirse, en el caso que nos ocupa, a res­ponder: tantos y tales productos, masticados bien y bien distribuidos a lo largo de las horas del día, devolverán a tu cuerpo los contornos y las medi­das que antes tenía.

El ceñirse a lo que en la nutrición humana es objetivo, racional y generalizable es una limita­ción porque deja fuera del juego significativo y significador la práctica de la relación. Práctica que distingue desde su raíz la nutrición humana de la de otros seres vivos. Y así lo perciben y lo manifiestan los cuerpos.

El olvido por el conocimiento científico de la práctica de la relación cuando analiza la nutri­ción humana es habitual porque resulta del con­cepto mismo de “hombre” que el conocimiento maneje y sitúe en el centro de su política de sig­nificación. Este concepto ha ido a un tiempo variando y repitiéndose a lo largo de los siglos sin entrar en contradicción, en una operación posible porque ha sido siempre un concepto par­cial. De Aristóteles se enseña que definía al “hombre” como “animal político”; Karl Marx y Friedrich Engels entendieron que los hombres empiezan a distinguirse a sí mismos de los ani­males tan pronto como comienzan a producir sus medios de subsistencia; Margarita Porete (m. 1310) y Ramón Llull lo definieron como animal que habla articuladamente; otros y otras, como animal simbólico... Unas veces se ha puesto, pues, el acento en la detención de instancias de poder, otras en la capacidad de producir mer­cancías, otras en el hacer simbólico mediante la lengua. Cosas todas ellas que las criaturas huma­nas hacemos en relación; aunque la relación que lleva a producir mercancías (la relación de pro­ducción) sea distinta, ya en su raíz, de la rela­ción que lleva a aprender, a usar y a enseñar la lengua materna.

Del estudio de la cualidad relacional del hacer político, socioeconómico o simbólico de las cria­turas humanas se ha ocupado la fenomenología de los siglos XIX y XX. Y especialmente se ha ocupado la gran filósofa de lengua alemana, que­mada en Auschwitz en 1942, que fue Edith Stein. Edith Stein, discípula de Edmund Husserl, le llamó a esta cualidad relacional empatía y al fenómeno de la empatía le dedicó su tesis doc­toral. Una tesis que ella dedicó a su madre y leyó en la universidad de Freiburg en agosto de 1916, y cuyo pensamiento superó las interpretaciones de la entropatía y de la empatía desarrolladas por filósofos de la generación precedente; interpre­taciones fundadas, unas, en la psicología y, otras, en la visión de la estética como fusión con la naturaleza o como percepción de lo bello pro­pias de la tradición hegeliana.

Edith Stein definió la empatía como expe­riencia de la conciencia ajena; experiencia vivi­da no-originaria que manifiesta una originaria (Stein, 1980: 14): Viviendo en la alegría del otro, yo no experimento una alegría originaria, esta no surge viva en mi Yo ni tiene tampoco el carác­ter de haber-estado-viva-antes, como la alegría recordada [...]; el otro sujeto es originario aun­que yo no lo viva como originario, la alegría que mana en él es originaria aunque yo no la viva como originaria. En mi vivencia no-origi­naria me siento, igualmente, acompañada por una vivencia originaria que yo no vivo y que, sin embargo, existe y se manifiesta en mi viven­cia no-originaria (Stein, 1980: 10). La identifi­ca como un tipo de acto de experiencia sui gene- ris (Stein, 1980: 10); que -añade-pone al ser inmediatamente como acto experimentante y alcanza directamente su objeto, sin represen­tantes (Stein, 1980: 26).

Edith Stein nombró, pues, la empatía como acto sensorial cualitativamente no-originario, propio de seres vivientes, que, situándose al lado del acto originario, hace posible la conciencia de sí y también la comunicación “intersubjeti­va”: la receptividad, el dejarse dar, al lado del dar activo. Permite, por tanto, a cada criatura lle­gar a ser y seguir siendo “unidad de sentido”. Captar las experiencias vividas ajenas -ya sean sensaciones, sentimientos u otras- (escribe) es una modificación unitaria, típica (aunque varia­damente diferenciada) de la conciencia y requie­re un nombre unitario: hemos escogido para ello el término “empatía” (Stein, 1980: 68). Sin que la empatía cancele la singularidad de cada cria­tura, su ser irreducible a otra: No experimenta­mos a los demás mediante la unipatía [einsfüh- len] sino mediante la empatía [Einfühlung]: la empatía hace posible la unipatía y el enrique­cimiento de la propia vivencia. Entiende, pues, que la empatía, poniendo en juego y significan­do, en continuo movimiento, los campos senso­riales propios y ajenos, es condición de posibi­lidad de la constitución a un tiempo del individuo propio, del individuo ajeno y del mundo exter­no real.

La empatía es, por tanto, condición de la cor­poreidad de las criaturas vivas. Conciencia pura de la corporeidad propia y ajena y de su fluir: algo que los fenomenólogos anteriores a Stein habían liquidado con un apresurado “instinto natural” o un “inexplicable dispositivo de nues­tro espíritu”. Apresuramiento impropio de filó­sofos, que Stein criticó escribiendo: Esto no es más que la proclamación del milagro, la decla­ración de quiebra de la investigación científica.

Y si esto no le está permitido a ninguna ciencia, menos aún a la filosofía, porque a ella [...] no le queda ningún ámbito en el que poder desem­barazarse de los problemas no resueltos. (Stein, 1980: 40-41).

El fenómeno de la empatía acompaña, pues, siempre, a las criaturas vivientes, como su duen­de. Y les acompaña en calidad de apertura a la relación; relación que incluye la pasividad, la receptividad, la disponibilidad a lo otro de sí: el dejarse dar al lado del dar activo. Llega a mani­festaciones extremas: por ejemplo, la de la rela­ción casi mágica que se entablaba entre Marilyn Monroe y su público, con su mera presencia (Rivera, 1996: 11-15). Ignorarlo comporta enten­der a medias el hacer simbólico.

 

La objeción del cuerpo desmesurado

Al ámbito de la filosofía no convencional, al ámbito del pensamiento apegado a lo viviente, pertenecerá, por tanto, la solución al enigma de la desmesura de los cuerpos; ese enigma que la ciencia médica de nuestros días reconoce que no resuelve su propuesta de modificación obje­tiva de la dieta, de los hábitos alimenticios y del estilo de vida.

La nutrición humana constituye uno de los grandes ámbitos de lo que otras historiadoras y yo hemos llamado prácticas de creación y recre­ación de la vida y de la convivencia humana;2 un ámbito de lo que otras han llamado la obra de la civilización (Librería de mujeres de Milán, 1996: 22-24). La guía, la medida de lo real, el significante que orienta estas prácticas no es el dinero -significante universal del patriarcado al que se querría que cualquier cosa fuera reduci- ble-, aunque el dinero sea necesario para ges­tionarlas. (De ahí que sorprenda, tanto a la cien­cia médica como a los medios de comunicación, que la desmesura de los cuerpos sea un proble­ma de los países más ricos en renta contabiliza­da en dinero, que se supone que son los que deberían nutrirse mejor). La guía, el significan­te, la medida de lo real, es aquí la palabra (Librería de mujeres de Milán: 19926-27); pero no solo la palabra: lo es también, junto a la pala­bra, yo propongo, precisamente la empatía. Empatía que comunica la conciencia de lo oscu­ro, de las entrañas, de lo que está “en el corazón de las cosas” (Balcells, 1998), de lo que expli­ca la metáfora del corazón y su lumbre (Zambrano, 1996: 92-97). Un conocimiento dis­tinto pero inseparable del de la luz, la luz glo­riosa, que proyecta nítidamente la palabra. Un conocimiento que requiere la presencia corpo­ral, con sus campos sensoriales. Un conocimiento oscuro pero cierto porque vislumbra; más vivo, pues, y completo que el que representa el Discóbolo proyectando lejos de sí su objeto arro­jadizo.

De la potencia significante de la mera pre­sencia, de la presencia corporal, escribió la artis­ta brasileña Lygia Clark (1920-1988) a princi­pios de la década de los setenta:

La proximidad de los cuerpos, la gravedad o alegría de sus gestos rituales, forman una atmósfera difícil de describir, terriblemente inde­cible. Así la obra de arte ha muerto y el objeto ha desaparecido, ya no hay espectador/voyeur [...]; en estas condiciones, la noción de artista desaparece. [...]Este silencio voluntario, lo lla­mo, junto a otras cosas, Pensamento mudo. (Clark, 1997)

Dicho en otros términos, mi deseo de ser, de ser en el tiempo, necesita la palabra pero no que­da colmado con la palabra, no queda colmado con las palabras para decirlo, para decir objeti­vamente lo que es. Mi deseo de ser tiene en su origen, lado a lado, la empatía y la palabra. De la manera que indica, quizá, el breve fragmento un poco enigmático con que empieza el Evangelio de Juan y que ni filósofos ni poetas han dejado que Occidente olvide: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Verbum erat Deum, Jn 1,1). Tal vez esos dos dioses del principio fue­ran, quién sabe, empatía y palabra, presencia y verbo, lado a lado. Hasta el momento en que, quizás, el Uno se comulgara la corporeidad.

Pienso, pues, que la objeción del cuerpo des­mesurado, objeción que encarnan tanto cuerpos femeninos como masculinos, manifiesta rebeldía contra una transformación estructural de las rela­ciones humanas que ha ido llegando a su cul­minación en la penumbra de los dormitorios y de las cocinas de Occidente durante los últimos cincuenta años: la de-significación, la pérdida de peso y de sentido, de las prácticas de crea­ción y recreación de la vida y la convivencia humana; de lo que la sociología, la antropología o la economía solían llamar el ámbito domésti­co. Un ámbito en el que, con la palabra, reina el fenómeno de la empatía. Empatía que, en tanto que condición de posibilidad de la constitución del individuo propio, del individuo ajeno y del mundo real, aporta, va aportando a lo largo de la vida, una medida singular e irreemplazable de los contornos de cada cuerpo humano y de la corporeidad humana. Ya lo haga con la gracia de la mirada, con el lenguaje mudo del adorno, con la sensualidad del tacto, con la distancia del odio, la confianza del gesto de amor, la perple­jidad del semblante triste, la desconfianza del gesto de envidia... El fenómeno de la empatía es, en su calidad de tipo de acto de experiencia sui generis, indiferente y previo a la ética; me parece fenómeno de una estética de raíz e his­toria distintas de la tomista, kantiana, baumgar- tiana o hegeliana.3

Las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana le han sido esqui­vas a la política inspirada en los partidos polí­ticos. El feminismo de la emancipación intentó medirlas y, en parte, pagarlas en dinero; pero no se dejaron ser reducidas a dinero. El feminismo de Estado, sea de derechas, sea de izquierdas, ha intentado que las hagan también los hombres, procurando convencerles mediante campañas publicitarias en favor del “reparto de tareas”; pero con el inquietante resultado -tanto en España como en Suecia- de que estas prácti­cas tampoco se han dejado ser hechas, más allá del trabajo doméstico autoconsumido (y con per­miso de los clonadores), por hombres.

La de-significación de lo doméstico ha con­tribuido al final del patriarcado (Via Dogana,

1995)    ; pues sin modo de producción doméstico (Falcón, 1981) no hay patriarcas en sentido estricto. Se trata, sin duda, de un cambio estruc­tural de las relaciones humanas en nuestro tiem­po. Pero con el patriarcado ha estado a punto de desaparecer, también, el orden simbólico de la madre, de cuya usurpación el patriarcado se nutría (Muraro 1994; Diótima 1992; Sartori

1996)   .  Un orden, el orden simbólico de la madre, que, tal vez a la desesperada, ha sido nombrado precisamente por la generación de mujeres más emancipada y antimaterna del siglo XX, la gene­ración de universitarias del 68.

Pienso, pues, que el cuerpo desmesurado objeta contra un vacío: contra la pérdida de sen­tido, especialmente durante el último medio siglo, de las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana; esas prác­ticas, más de mujeres que de hombres, dominio de la lengua materna, es decir, de la empatía y la palabra, que los filósofos clásicos llamaban “el reino de la generación”. Más en general, denuncia, pienso, la política de neutralización del orden simbólico de la madre. Una política que ha hecho, lentamente, el Occidente moder­no y contemporáneo (El Saffar, 1994); una polí­tica que ha sido sustentada por el absolutismo, por la política fundada en los partidos políticos y, también, indirectamente, por el feminismo de la emancipación.

 

 


Notas al texto

1.     He presentado este texto en el XIX Curso de Verano de San Roque El cuerpo femenino: encuentros y desen­cuentros (23-25 julio 1998); le agradezco a Asunción Aragón, de la Universidad de Cádiz, que me impul­sara a escribirlo.

2.     Proyecto de investigación (I+D/Instituto de la Mujer, 1996-1999): La historia de la práctica de la relación (IM 75/97). Se les podría llamar también —si se desea ordenar en el tiempo— “política primera”, pero abar­cando mucho más que lo que sugieren las que han creado la expresión (El final del patriarcado. En Librería de mujeres de Milán (Ed.): 41-43)

3.     Los artículos que forman el libro: Eva-Maria Thüne (Ed.), All’inizio di tutto la lingua materna (Turín, Rosenberg & Sellier, 1998) parecen considerar la confianza condición de posibilidad del aprendizaje de la lengua mater­na. Pienso que lo es la empatía, que es previa a toda circunstancia moral.

 


Bibliografía

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PAREJAS EXITOSAS

Mark Bayebach *, José Ramón Landaarroitajáuregui ** y Ester Pérez Opi**

* Profesor de Terapia Familiar, Facultad de Psicología

Coordinador del Master Universitario de Formación de Terapeutas Sistémicos

Universidad Pontificia de Salamanca

C/Compañía, 1, 37002 Salamanca. e-mail: mark.beyebach@Aupsa.es ** Centro de Atención a la pareja "Biko Arloak"

Erdikoetxo 1-C, entreplanta, 48014 Bilbao. e-mail: biko1@correo.cop.es

 

En este artículo tratamos de deconstruir algunas ideas frecuentes sobre las parejas exitosas y no exitosas, y ofrecer un modelo tentativo acerca de la construcción social del éxito en las relaciones de pareja. Se discuten las implicaciones clínicas de este modelo y se proponen algunos ejemplos clínicos.

Palabras clave: Terapia de pareja, éxito clínico, pareja.

 

SUCCESSFUL COUPLES. In this article, we deconstruct some common assumptions about successful couples, and offer a tentative model about the social construction of successful couple relatinships. The clinical implications of this model are discussed, and some clinical vignettes provided.

Keywords: Marital therapy, clinical success, couple

 

 

1. Introducción.

A lo largo del presente artículo pretende­mos ofrecer algunas reflexiones críticas sobre el éxito, tanto en el contexto biográfico de la pareja, como en el contexto clínico del trabajo con demandas relacionales. Para ello comen­zaremos analizando los retos que a nuestro jui­cio plantea la actual situación de estancamien­to de la terapia de parejas, haciendo una primera aproximación a las dificultades que se plante­an cuando queremos teorizar sobre el éxito en parejas. Tras aclarar en el segundo bloque de este trabajo qué se entiende y qué entendemos como “pareja”, dedicaremos el tercero a revi­sar algunas de las formas más extendidas de conceptualizar su éxito/fracaso, haciendo espe­cial hincapié en los efectos pragmáticos que estas conceptualizaciones tienen, tanto sobre las propias parejas como sobre los terapeutas que las atienden. En el cuarto y último apar­tado, trataremos de presentar una propuesta alternativa acerca de cómo entender el éxito en parejas y discutiremos las implicaciones clíni­cas que esta propuesta tiene.

En cualquier caso, queremos destacar que -aunque nuestras reflexiones parten de nues­tro trabajo clínico- no pretendemos ofrecer ningún modo nuevo de hacer terapia de pare­jas, ni tampoco presentar una forma mejor o necesariamente más útil de conceptualizar las parejas exitosas. Más bien, nuestra intención es fomentar la discusión y el diálogo a partir del cuestionamiento y la crítica de algunas “verda­des” sobre las parejas y su tratamiento en tera­pia. “Verdades” que a nuestro entender merece la pena replantearse y repensar.

 

1.1. El fracaso de las terapias de pareja.

El lector que tenga la paciencia suficiente como para recorrer con calma las casi 800 pági­nas de la última edición del “Handbook of Psychotherapy and Behavior Change” (Bergin y Garfield, 1994), seguramente la gran obra de referencia en el campo de la psicoterapia, com­probará con satisfacción los avances que se están produciendo en el tratamiento de problemas tan dispares como puedan ser el alcoholismo, los ataques de pánico, los trastornos obsesivo-compulsivos o incluso la esquizofrenia. Sin embar­go, es más que probable que sufra una cierta decepción al constatar que la valoración de la eficacia de la terapia de parejas es, a juicio de todos y cada uno de los autores que al respecto se pronuncian, no sólo pobre, sino francamente desalentadora.

Como señalan Hollon y Beck: Aunque la terapia conductual de parejas ha mostrado ser superior a los grupos de control (...), su efica­cia es limitada. Menos de la mitad de las pare­jas tratadas son funcionales al final de la tera­pia, y con frecuencia los cambios no son duraderos. (1994: 456).

Por su parte, la reciente incorporación de elementos cognitivos tampoco ha conseguido aumentar ni la eficacia de los tratamientos ni la estabilidad de los (escasos) cambios consegui­dos en terapia: En estos momentos es evidente que las afirmaciones acerca del potencial de la terapia cognitiva de parejas no tienen ningún apoyo empírico (Alexander, Holtzworth- Munroe y Jameson, 1994: 602).

Sin embargo, no es imprescindible sumergir­se en el voluminoso “Handbook of Psychotherapy and Behavior Change” para comprobar el poco halagüeño panorama al que se enfrenta la terapia de parejas, pese a (¿o tal vez debido a?) la macha­cona insistencia con que durante las últimas déca­das se nos han presentado como supuestos avan­ces definitivos los últimos desarrollos y las más recientes innovaciones en la tecnología cogniti- vo-conductual para el trabajo con parejas.

Basta con echar una ojeada a la encuesta que una revista americana realizó en 1995 a 100 000 consumidores de psicoterapia. Pese a que la metodología empleada en este estudio pueda resultar discutible, lo cierto es que el panorama que dibuja resulta sorprendente­mente similar al que describen las publicacio­nes profesionales. Básicamente, la encuesta registra una notable satisfacción de los consu­midores con todas las psicoterapias a las que se sometieron, aunque con algunas diferencias importantes entre diversas modalidades de tra­tamiento. ¿Dónde se obtienen los índices de satisfacción más bajos?. Precisamente en la terapia de pareja. ¿Y cuáles son los profesio­nales de la psicoterapia peor valorados? Los consejeros matrimoniales.

En definitiva, pese al entusiasmo cognitivo- conductual de los años sesenta y setenta y a la reo­rientación sistémica de los ochenta, el campo de la terapia de pareja sigue empantanado, consta­tando que sus supuestos avances técnicos y con­ceptuales no consiguen aumentar ni la satisfac­ción de sus clientes ni la eficacia de sus tratamientos. Las intervenciones de pareja y en pareja siguen siendo asignaturas pendientes de la psicoterapia y -como defenderemos más abajo- ni siquiera es de extrañar que así sea.

¿Por qué empezar un capítulo dedicado al éxito en las parejas con una reflexión, no sobre el éxito en parejas, sino sobre el fracaso de la terapia de pareja?. Muy sencillo: porque a nuestro entender buena parte de la actual situa­ción de estancamiento de esta modalidad de terapia, tanto a nivel clínico como de investi­gación, se debe, no a la ausencia de una tec­nología de evaluación/intervención lo sufi­cientemente desarrollada o a la falta de la sofisticación necesaria para la investigación, sino sencillamente a que algunos de los plan­teamientos teóricos fundamentales en terapia de pareja resultan poco útiles, inadecuados, e incluso directamente problematizadores. Consideramos que buena parte de las dificul­tades con que se encuentra la terapia de pare­jas son en realidad creadas por ella misma: por las premisas teóricas en que se apoya, y en especial, por el modelo de pareja o los mode­los de pareja que propugna. Y aquí la reflexión sobre lo que consideramos parejas exitosas, sobre lo que entendemos es el “éxito” de una pareja, ocupa un lugar central.

 

1.2.  El éxito en las relaciones de pareja.

Probablemente, una de las tentaciones más habituales en el campo de la psicología y, muy especialmente, en el dominio de la psicoterapia, sea la de proponer modelos, es decir, construccio­nes más o menos elaboradas acerca de cómo cier­tas cosas son o cómo deberían de ser. Modelos que a menudo comienzan siendo meros intentos de des­cribir un determinado objeto de observación, para pasar con igual frecuencia a ser entendidas como propuestas de explicación, y finalmente de pres­cripción de cómo ser (o no ser) o cómo actuar (o no actuar). Llegados a este punto resulta habitual la confusión entre el mapa construido y el territo­rio al que ese mapa pretendía representar.

Se produce por tanto un proceso de reifica- ción de nuestras construcciones -respaldadas por el aval que proporciona una jerga y una metodología consideradas “científicas”- que, entre otros efectos, tiene el de hacer invisible el propio proceso de su construcción: acabamos creyendo que efectivamente existen, por ejem­plo los “trastornos obsesivo-compulsivos”, la “sexualidad sana”, las “familias psicosomáti- cas” o las “parejas exitosas” y olvidamos que somos nosotros quienes estamos eligiendo uti­lizar esas construcciones y no otras para dar sen­tido a nuestra experiencia. Olvidamos además -y tal vez sea esto lo más grave- que nuestra elección no es baladí, sino que tiene efectos y repercusiones por cuanto configura nuestra rea­lidad y la de quienes nos rodean: decidir des­cribir a una mujer como “neurótica” (y por tan­to, en cierto sentido decidir que es neurótica) crea algo distinto a describirla como “infantil” o como “inmadura”, como “peculiar” o “distin­ta”... o simplemente “original”.

Esta es la perspectiva que trataremos de man­tener en este trabajo y, por tanto, empezaremos afirmando que en nuestra opinión no existen las parejas exitosas (y mucho menos la pareja exi­tosa ), sino que existen en todo caso diversas posibles formas de entender qué constituye -o no- el éxito en una pareja. Pensamos además que cualquiera de estos posibles modelos de pareja exitosa (de los que se han ido proponiendo a lo largo de la historia, y de los que se pro­pondrán en el futuro) es únicamente una cons­trucción o un conjunto de construcciones y cons­tituye en definitiva -por mucho que se revista con el ropaje aparentemente neutral de la cien­cia- una propuesta moral, es decir, un intento de prescribir unos modos de actuación que resul­ten congruentes con los valores y las opciones del que hace la propuesta.

Pese a todo lo dicho, parece de todos modos evidente que, comparativamente, hay personas que se sienten más felices, satisfechas y benefi­ciadas en su relación de pareja que otras. O, por el contrario, que hay relaciones de pareja que resultan para sus miembros más frustrantes, insa­tisfactorias, maléficas o incluso patógenas que las primeras. Esto último reviste especial impor­tancia clínica, en tanto que una relación vivida como insatisfactoria, se considera a menudo el substrato causal que origina, incrementa o man­tiene determinadas psicopatologías.

Sin embargo, pese a que resulta sencillo per­cibir estas diferencias comparativas entre dife­rentes relaciones de pareja, resulta en cambio condenadamente complejo inferir indicadores de éxito que permitan comprender estas dife­rencias. Y aún más difícil extraer factores “exportables” que sirvan para “revertir” rela­ciones insatisfactorias.

Más aún, al estar -por definición- inmersas dos personas en cada relación concreta, la per­cepción de satisfacción/insatisfacción con fre­cuencia difiere entre ambos miembros. Hasta el punto de ser en ocasiones manifiestamente con­traria. Esto es, uno de los miembros puede per­cibir como benéfica y/o satisfactoria la relación o cierto aspecto de la relación, mientras que el otro puntúa exactamente lo contrario. Así, exis­te abundante investigación que muestra cómo, mientras para los varones contraer matrimonio suele ir unido a una mejora en ciertos indicado­res de calidad de vida (percepción subjetiva, indi­cadores de salud, factores profesionales, de inte­gración social, etc.), para las mujeres se produce precisamente el efecto contrario, es decir, el dete­rioro en esos mismos indicadores a partir del matrimonio.

En otro orden de cosas, la referencia al éxi­to en pareja está normalmente muy por encima de cualquier evidencia que demuestre o avale tal éxito. Así, la pareja exitosa es siempre una pare­ja ideada, fantaseada, deseada y no una pareja biográfica, histórica, experiencial. En este sen­tido, el éxito en pareja es una más de las utopías humanas. Y como el resto de las utopías desea­das e ideales, aunque nunca se alcanzan ni leja­namente, sirve -en positivo- en tanto que “faro” orientador que proporciona un rumbo vital. Y, paradójicamente -en negativo-, sirve también como un criterio de evaluación que garantiza necesariamente la frustración y la percepción de fracaso, en la medida en que la evaluación de cualquier realidad vivida, cuando el parámetro evaluador es la realidad ideal, produce un resul­tado deficitario y frustrante.

Denominamos este fenómeno como “efec­to picado” y lo definimos como distorsión per­ceptiva producida por el propio enfoque de “arriba a abajo” mediante la cual los objetos observados “desde arriba” aparecen -artifi­cial y voluntariamente- “empequeñecidos” por la propia perspectiva del enfoque. En vir­tud de este “efecto picado”, afirmamos que la ideación de pareja exitosa produce paradóji­camente percepción de fracaso de pareja, lo que nos remite a la ya conocida relación inver­sa entre expectativas y frustración. A mayor nivel de expectativa previa, mayor frustra­ción posterior.

Curiosamente asistimos a una creciente expansión cultural y científica de las expecta­tivas maritales, de suerte que en ningún otro momento de la historia se ha esperado tanto de la relación de pareja. En los tiempos en que nos ha tocado vivir se espera de la pareja esta­bilidad, acceso a la parentalidad, status, bene­ficios sinérgicos derivados de la cooperación, intimidad, comunicación, sexualidad gratifi­cante, complicidad, apoyo, etc., etc., y además satisfacción y felicidad perdurables en el ciclo vital. Dicho en otras palabras, hemos conver­tido la pareja en un espacio simbólico de pro­piedades mágicas o, si se prefiere, en un paraí­so democratizado1.

Las consecuencias de este fenómeno cul­tural nos parecen especialmente graves en tan­to que esta sobrevaloración, idealización y deseabilidad de la convivencia estable y dura­dera en pareja no ha venido acompañada de un incremento o una mejor aceptación de las alter­nativas, mejoras o soluciones culturales que podrían facilitar este pretendido éxito convi- vencial. Fórmulas como el alargamiento del noviazgo, la convivencia prematrimonial, las parejas de hecho, las parejas con proyecto de no tener hijos, las parejas homosexuales y, sobre todo, la facilitación de la ruptura matri­monial (la democratización y normalización de la misma y la simplificación de los meca­nismos para llevarla a efecto) siguen siendo culturalmente problematizadas, al menos en nuestras latitudes. En ese sentido, la demo­cratización y normalización de la ruptura, que a nuestro modo de ver resulta una aportación cultural abiertamente benéfica para el éxito de la pareja, sigue considerándose con demasia­da frecuencia como la esencia misma del fra­caso matrimonial. Lo cual es sintomático, puesto que, si bien es bastante discutible que la posibilidad de ruptura sea capaz de produ­cir más “paraíso matrimonial”, nos parece evi­dente que sí es capaz de reducir el infierno relacional cuando éste se produce. Sin embar­go -paradojas de la vida y del pensamiento moral- el divorcio (o su precorrelato carac­terísticamente español: la separación) son con­siderados o bien como la consecuencia más visible del fracaso, o como la plasmación misma de éste. Y de esta visión no escapan siquiera los científicos de pareja.

En este trabajo trataremos de no agudizar este “efecto picado” que acabamos de descri­bir. Trataremos, además, de mantener siempre presente que al hablar del éxito en pareja esta­mos en realidad planteando propuestas mora­les que nunca pueden ser neutrales y que es conveniente relativizar situándolas en su mar­co de referencia. Dentro de este esfuerzo de contextualización, dedicaremos las siguientes páginas a definir el marco conceptual previo del que partimos.

 

2.       CUESTIONES PREVIAS:

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE PAREJAS

 

2.1.  ¿Qué entendemos por pareja?

Reconocemos sentir un especial gusto por las preguntas que resultan en apariencia estúpi­das en tanto que cuestionan lo obvio: por ejem­plo: ¿qué es una pareja?. Todos sabemos qué es una pareja, por lo tanto ¿para qué perder nues­tro tiempo en una discusión tan improductiva?. Pues precisamente porque es en el nivel de esta definición innominada y de estas ideaciones implícitas, subrepticiamente consensuadas, don­de con bastante probabilidad se fraguan los supuestos fracasos de las parejas y los deseados éxitos de las terapias de pareja.

Para entendernos sin demasiadas compli­caciones y aún a riesgo de resultar simples, podríamos definir a la pareja como una socie­dad constituida por dos miembros, los cuales pretenden obtener algo de tal sociedad y pre­tenden además que la sociedad se mantenga tanto como sea posible (Pérez Opi y Landarroitajáuregui, 1995).

Dicho lo cual ya tenemos tres primeras cla­ves de reflexión:

En primer lugar siendo una sociedad de dos, la pareja resulta la más pequeña de las socie­dades posibles. Pero -paradójicamente- esta pequeñez cuantitativa contribuye a incrementar la complejidad de las interacciones. Por ejem­plo, una alianza o un acuerdo en pareja dan como resultado el consenso. En cambio, un desacuer­do es siempre polar (dos partes enfrentadas). Y el empate es el resultado más frecuente de cual­quier interacción, lo cual complica extraordina­riamente la toma de decisiones, ya que en pare­ja son aritméticamente inservibles las resoluciones democráticas2.

Hemos dicho en segundo lugar que los dos miembros pretenden obtener “algo”. Ahora bien, estos “algos” que cada cual pretende difieren mucho y muy probablemente no se expliciten en tanto que se dan por convenidos por mor del consenso implícito que define como estúpido -como decíamos antes- el preguntarse qué es una pareja. Hay algunos “algos” que podríamos considerar habituales o muy frecuentes. Por ejemplo: el afecto, la compañía y atención, la disponibilidad sexual, los beneficios de la coo­peración o los hijos, etc.

En tercer lugar apuntábamos a la pretensión de perdurabilidad, que es por cierto una preten­sión universal, histórica y transcultural que con­vierte esta peculiar sociedad en una institución.

Y como en el resto de instituciones, hace que la propia continuidad adquiera rango de prevalen- cia sobre prácticamente todas las demás consi­deraciones posibles. Ahora bien, el límite de esta perduración es en realidad muy variable. Puede por ejemplo ser eterna y transmortal para quie­nes creen en la eternidad del alma, puede ser vitalicia (entendiendo por vitalicio el ciclo de vida de sus integrantes o el ciclo de vida del amor o de la armonía o del respeto, etc.) o puede ser solamente “duradera”. En cualquier caso, enten­demos que una característica definitoria del hecho de ser pareja es precisamente su orienta­ción hacia el futuro.

Estas tres claves primeras: ser dos (y sólo dos), recoger frutos y ser en el tiempo, subyacen -como después veremos- a algunos de los criterios de éxito (o de fracaso) que se suelen manejar a la hora de querer conceptualizar el “éxito” o el “fracaso” en pareja y en terapia de pareja.

 

2.2.¿Qué se entiende por pareja en nuestro contexto cultural?

La protodefinición que nos hemos dado -discutible, como todas- si bien nos parece que podría aplicarse a casi cualquier modelo de pareja, en casi cualquier momento históri­co y en casi cualquier contexto cultural, no reco­ge ni lejanamente el complejo entramado de hechos, interacciones y significados que la rela­ción de pareja produce y contiene. Ni mucho menos recoge las particularidades históricas y culturales de las parejas “de aquí y ahora”. En nuestro contexto cultural, la definición de qué es una pareja suele incluir -además de los tres ingredientes que acabamos de describir- algunos elementos adicionales, que como vere­mos llevan implícitas a su vez algunas premi­sas acerca de lo que es o no exitoso en las pare­jas. En otras palabras, los criterios de qué constituye o no una pareja exitosa (lo que la pareja debe ser) van estrechamente ligados a lo que se considere o no que es una pareja y por tanto se define como tal.

Por una parte, nos parece que la pareja-tipo en nuestra cultura y en nuestro tiempo, suele establecerse sobre la libre elección de adultos capaces que mutuamente consienten. De ello podríamos inferir otras tres claves de fracaso que, por su irrelevancia clínica, no considerare­mos aquí. Estas son: la ausencia de libertad en la elección y la merma de capacidad o la falta de consentimiento.

Se presume además que los dos miembros de la pareja se sienten unidos por una comple­ja trama de afectos que genéricamente (en oca­siones, metonímicamente) llamamos amor. A partir de esta presunción se establece a menudo otra clave (clave especialmente valorada en nues­tro entorno) de fracaso de la pareja: la ausen­cia de amor.

Además se presume también que los miem­bros de la pareja comparten un proyecto vital más o menos común o al menos compatible, lo que nos lleva a otra posible clave de éxito: la existencia de proyecto común o la compatibili­dad de proyectos.

Pese a la variedad y diversidad de los pro­yectos vitales posibles en una pareja, no nos resistimos a comentar uno que por su fre­cuencia, importancia y por el carácter pres- criptivo que en ocasiones se le confiere tiene una especial significación teórica y clínica: el proyecto vital de ser familia (tener familia, for­mar una familia, convertirse en familia, etc.). Es probable que la “invención” de la pareja monógama y estable sirviera para dar cober­tura a este proyecto familiar y garantizar la crianza de los hijos. En cualquier caso, este proyecto familiar prescribía y aún prescribe al menos cinco condiciones que se han converti­do así en condiciones de pareja (parental o no). Estas son: la convivencia, la heterosexualidad, la mancomunidad, la división de funciones y la estabilidad. Aunque nuestro tiempo, que es un tiempo de crisis y crítica de la pareja, ha puesto en entredicho el monopolio de este pro­yecto familiar y la pertinencia de estas cinco condiciones que en él se apoyaban, lo cierto es que siguen presentes (de manera más o menos explícita) en muchas de las formas de entender el éxito de la pareja, como veremos más abajo.

 

3.       ALGUNAS FORMAS DE ENTENDER EL ÉXITO DE LA PAREJA PUEDEN SER

PERJUDICIALES PARA SU SALUD

En el apartado 2.1. adelantábamos que de las claves que se propongan para definir lo que cons­tituye el ser pareja se derivan también algunas ideas acerca de lo que constituye o no el éxito en una pareja y, que por tanto, estos elementos descriptivos se convierten a menudo en ele­mentos prescriptivos. En otras palabras, existe la tentación de considerar que las parejas que no se ajusten a lo que uno entiende por pareja sean inmediatamente catalogadas de anómalas, raras, anormales o fracasadas... o que se les niegue incluso la calificación de parejas (siendo ésta probablemente la forma más sutil y eficaz de hacer un juicio moral descalificante). Y ello no solamente para los elementos primarios inclui­dos en la definición que ofrecíamos más arriba (ser dos, recoger frutos, ser hacia el futuro), sino incluso también en aquellos otros que consi­derábamos más circunstanciales, más ligados al “aquí y ahora” de nuestro contexto socio- cultural. Así, no es infrecuente que se consi­dere fracasada (o “anormal”, o “desviada”, o “incompleta”) a cualquier pareja que no sea heterosexual, o que no conviva bajo un mismo techo, o que no esté mancomunada, o en la que la división de funciones no se ajuste a la nor­ma cultural. Lo cual supone a nuestro entender una restricción innecesaria (aunque por supues­to tan válida y defendible como cualquier otra) de las posibilidades de éxito en la pareja y una forma de crear una auténtica inflación en las tasas de “fracaso”.

Aparte de los aspectos que acabamos de citar, nos parece detectar otro conjunto de definicio­nes del éxito de la pareja que a nuestro juicio tie­nen efectos poco afortunados, tanto sobre la auto- valoración de las personas que viven en pareja como sobre el funcionamiento de éstas y la actua­ción de los profesionales que las atienden. En otras palabras, aunque todo criterio de éxito crea su inevitable cuota de fracaso, estos criterios a los que nos referimos nos parecen potencial­mente más problemáticos, más generadores de fracaso que otros. Sus efectos negativos son tan­to más insidiosos en tanto en cuanto a menudo los criterios de éxito que los producen no se arti­culan explícitamente como tales, sino que per­manecen invisibles en la maraña de los discur­sos culturales dominantes. Estas propuestas que aparecen como “naturales” (lo que “todo el mun­do sabe”, lo que es “evidente”) permanecen así libres de la crítica y la reflexión, y pasan a ser asumidas a ciegas como tantas otras “verdades” que genera la cultura.

Estas serían en nuestra opinión algunas de las ventajas y desventajas ligadas a las for­mas más habituales de entender el éxito de las parejas:

 

“Éxito como duración de la convivencia”

La formulación de esta idea sería la siguiente: la pareja más exitosa es la que más tiempo se man­tiene unida. Aceptada esta premisa, el éxito de la terapia de pareja podría medirse en función de la cantidad temporal de convivencia posterior a la terapia: tendría por ejemplo más éxito un terapeuta con diez años de promedio de continuidad post­tratamiento, que otro cuyas parejas se mantuvie­ran de media solamente seis años tras la termi­nación de la terapia. Aunque seguramente pocos colegas llevarían hasta semejante extremo este cri­terio de éxito, lo cierto es que sí suele aplicarse a la inversa, tendiendo a considerarse la ruptura de la pareja como señal de fracaso.

Sobre las parejas, los efectos pragmáticos de esta forma de entender el éxito de la pareja son varios. Por una parte, idealizar la duración de la relación y hacer equivaler ruptura a fra­caso contribuye a que se mantengan durante periodos seguramente excesivos situaciones de convivencia francamente desagradables y dolo- rosas, y dificulta que se afronte con normali­dad un posible proceso de separación o divor­cio. Tal vez la muestra más extrema de este tipo de situaciones sean las de algunas mujeres que nos han solicitado consulta afirmando que su matrimonio ha sido horroroso durante los últi­mos quince, veinte, treinta.. años, pero que siguen intentando que las cosas mejoren por­que no son “de esas” que se separan.

El otro gran efecto negativo de esta forma de entender el éxito de la pareja es que aumenta el coste psicológico de la ruptura al unirla a toda una serie de connotaciones negativas, culpabi- lizadores, desvalorizadoras, etc., que tienden a convertirla en un fracaso no solo relacional, sino también personal.3

Los profesionales tampoco somos inmunes a las consecuencias de esta equiparación éxi­to/duración que, por una parte, promueve que tendamos a defender la continuidad de la pare­ja, no sólo “en caso de duda”, sino a veces inclu­so en contra de las evidencias más claras de que seguramente la relación tiene muy poco futu­ro. Por otra -como veremos en las secciones fina­les de este trabajo-, esta equiparación nos pue­de llevar a ser más críticos de lo necesario con nuestro propio trabajo, al hacernos considerar que la separación de la pareja con la que traba­jamos es necesariamente un mal resultado terapéutico.

En nuestra opinión, tanto la ruptura como la continuidad pueden ser exitosas o consti­tuir un fracaso, dependiendo de en qué con­diciones y de qué manera se lleven a cabo4. Es más, nos parece que sería más útil con- ceptualizar la ruptura como una etapa más en el proceso evolutivo de las parejas; una eta­pa que no todas atraviesan, pero que se podría considerar tan “normal” o tan “fisiológica” como las demás etapas que tradicionalmen­te se contemplan.5

 

“Éxito como permanencia del éxito”

Este criterio -ligado al anterior- se formu­laría del siguiente modo: son parejas exitosas las que logran que el éxito permanezca y sea cons­tante. Asumir este criterio implica que las (a nuestro entender inevitables) fluctuaciones en la satisfacción de la pareja tiendan a percibirse como señal de fracaso, y que incluso las parejas más exitosas no alcancen nunca esa permanen­cia del éxito. Al fin y al cabo, el éxito no es algo que se “tiene”, sino algo que se va construyen­do con base a éxitos concretos y fracasos con­cretos, algo que se obtiene y se intenta retener lo más posible. De ahí que prefiramos consi­derar, como veremos más abajo, que la duración o permanencia del éxito son algo adjetivo, que por supuesto cualifica positivamente el éxito, pero sin constituir una condición necesaria para definir como exitosa a una pareja.

 

“Éxito como procreación”

Aunque pueda parecer trasnochado, en nuestra opinión este criterio de éxito sigue estando vigente y, probablemente, con mayor virulencia de la que pudiera pensarse. Aunque no sea fácil encontrar quien defienda abierta­mente la formulación cuasi-matemática de que una pareja es más exitosa cuantos más hijos tenga, sí está muy extendida la idea de que una pareja que no quiere o no puede tener hijos implica una cierta dosis de fracaso. Y no sólo porque la falta de descendencia se entienda como justificación o causa del fracaso/ruptura (al fin y al cabo, canónicamente la imposibi­lidad de procrear se considera causa legítima de disolución del vínculo; y culturalmente se acepta el “claro, les va mal porque los pobres no pueden tener hijos...”) sino porque llega a considerarse que la pareja sin hijos es “per se” un fracaso. Cuando el no tener descendencia no obedece a imposibilidad, sino a decisión voluntaria, se pasa incluso a planteamientos abiertamente culpabilizadores (en especial la referencia más o menos velada al supuesto “egoísmo”, “materialismo”, “hedonismo” o cualquier otro “ismo” de la pareja).

De nuevo, los efectos pragmáticos de esta prescripción cultural parecen bastante obvios. Por una parte, no deja de ser una forma de fomentar la procreación y (según diríamos en perspectiva filogenética) la perpetuación de la especie. Desde el punto de vista negativo, impo­ne un considerable tributo a las parejas sin hijos, colocadas “bajo sospecha”, mientras que por otro lado tiende a inflar las expectativas sobre la paternidad y la maternidad. Los profesiona­les no nos encontramos ajenos a estas presiones, entre otras cosas porque la mayoría de los tex­tos de referencia, de los modelos teóricos, de las investigaciones... no prevén siquiera la posibi­lidad de la pareja sin hijos, que se tiende a con­siderar una etapa que ha de ser -más tarde o más temprano- superada por el advenimiento de la descendencia.

 

“Éxito como amof”

Según este criterio se considera como cons­titutiva de éxito la presencia de ese conglome­rado de afectos que llamamos “amor”, a lo lar­go de todo el ciclo vital de la pareja y en cada uno de los momentos concretos de este ciclo. En nuestro contexto cultural actual el amor se con­sidera sin duda el pilar básico de toda relación de pareja, avalado por un consenso general que desde el punto de vista histórico resulta relati­vamente novedoso.

A nuestro juicio, un efecto positivo de esta conceptualización es que remite el éxito de la pareja a un ámbito más personal y subjetivo que los criterios que hemos analizado hasta aho­ra. Entre los efectos negativos, el que de nue­vo se inflan las expectativas con que se abor­dan las relaciones de pareja, y el hecho de que las parejas sustentadas sobre otras posibles bases (intereses mutuos, compromisos y/o vín­culos familiares, etc.) tiendan a minusvalo- rarse e incluso considerarse fracasos. Desde el punto de vista clínico, el criterio del “éxito como amor” (al igual que otros posibles crite­rios relacionados, tal como “éxito como gra- tuidad” o “éxito como espontaneidad”) crea algunas dificultades precisamente por lo elusi­vo y escurridizo del concepto, y por lo difícil que resulta hacerlo encajar en los moldes téc­nicos y teóricos de la psicoterapia. Lo cual no significa, por supuesto, que debamos renunciar a incluirlo en nuestras teorizaciones sobre la pareja. Más bien al contrario: seguramente valdría la pena hacer dedicar un esfuerzo espe­cial a conceptualizar el lugar del amor en la relación de pareja.

 

“Éxito como ausencia de conflictos”

Desde este punto de vista, serían parejas más exitosas las que menos conflictos tienen; o peor aún, las que no tienen conflicto alguno. Aunque pueda parecer un planteamiento un tanto inge­nuo y que difícilmente sería defendido por alguien, lo cierto es que de forma implícita ha guiado buena parte del trabajo terapéutico con parejas que se ha venido realizando en las últi­mas décadas. De hecho, no es improbable que el profesional confunda la manifestación de conflicto con patología o problema, y que malinterprete la ausencia de conflictos como señal de armonía... cuando tal vez indique pre­cisamente todo lo contrario: la profundidad del deterioro de la relación. Sólo reciente­mente se ha reconocido que la existencia de un cierto monto de conflicto no sólo es ine­vitable, sino probablemente positiva a largo plazo (Gottman, 1994).

De nuevo, los efectos negativos de esta for­ma de entender el éxito de la pareja radican en que coloca a sus integrantes ante una tarea que se nos antoja casi imposible: mantener la rela­ción como una balsa imperturbable. Nuestro planteamiento es que una cierta dosis de con­flicto es consustancial al hecho de vivir en pareja, y que el éxito no tiene mucha relación con la cantidad o la intensidad de los conflic­tos, sino con el coste de los mismos. Desde este punto de vista, las parejas exitosas manejan mejor las consecuencias de sus conflictos, con­siguiendo que no resulten demasiado gravosas o erosivas.

 

“Éxito como comunicación”

Bajo este enunciado se engloban en reali­dad diversas formulaciones, que tienen que ver tanto con la cantidad (“las parejas que funcio­nan son las que lo hablan todo”) como con la calidad de la comunicación (“las parejas que funcionan saben comunicarse”), y que prolife- ran por igual en el nivel científico (la macha­cona insistencia en la “adquisición de habili­dades de comunicación”) como en el lenguaje popular (la socorrida frase de las películas -americanas, por supuesto- de sobremesa: “vamos a hablarlo”).

En nuestra opinión, el efecto positivo de esta manera de valorar el éxito o fracaso de las pare­jas es que lo sitúa en el campo de la normalidad: si es la incomunicación la fuente de la insatis­facción de la pareja (y no el rencor, o la “incom­patibilidad de caracteres”, o la “personalidad neurótica” de sus integrantes), parece relativa­mente sencillo poner remedio a la situación. La disposición al diálogo y el aprendizaje de unas cuantas reglas promete el reingreso en el paraí­so perdido.

Pero este hincapié en la comunicación pro­duce también algunos efectos no deseados, y no solamente porque por lo general se asumen modelos excesivamente verbales y encorseta- dos (típicamente anglosajones, por otra parte), sino porque -una vez más- se corre el riesgo de crear más problemas de los que se resuelven. Los terapeutas que entrenan a las parejas para que se comuniquen mejor parten del supuesto de que la discomunicación entre dos personas es soluble. En cambio, nosotros suponemos que la discomunicación es irresoluble, en tanto que no hemos encontrado evidencia empírica nin­guna que demuestre que dos personas se puedan entender durante toda una vida (aunque a veces ocurra, durante un tiempo, en un tema o en deter­minadas circunstancias). Más aún, consideramos que cuando estas dos personas son un hombre y una mujer matrimoniados, están condenados a convivir con ciertas dosis de discomunicación. Planteadas las cosas en este terreno, las solucio­nes para este “problema” se establecerían sobre la base del cómo convivir razonablemente con la discomunicación, y no sobre la base de cómo di/resolverla6.

 

Éxito como igualdad

La idea de la igualdad suele articularse de modos diversos, más o menos solapados: la igualdad como “coincidencia”, como “empa­te”, como “uniformidad” o “estandarización”, como “ir a medias en todo”, como “parejas del 50%”, etc. De esta forma, serían parejas más exitosas las más homógamas, las más simétricas, las más “empatadas”, las más “uniformes”, “andróginas”, o las que distri­buyen sus papeles, territorios, poderes y fun­ciones de forma más análoga. Aunque esta forma de definir el éxito de la pareja conlle­va sin duda numerosos efectos positivos, pue­de ocasionar también algunos efectos vir­tualmente lesivos: con demasiada frecuencia las parejas “más iguales” no solamente no son las más exitosas, sino que son las más atrapadas por las trampas de la igualdad pres- criptiva, que puede llevar a una sucesión ina­cabada de “tablas” y “empates” que con­vierten el juego convivencial en un “juego sin fin” (Watzlawick, Weakland y Fisch, 1982; Fisch, Weakland y Segal, 1984).

Algunos de estos efectos negativos que se pueden derivar de la prescriptividad igualitaria son los siguientes: no aceptación de lo diferen­te, especialmente de aquellas diferencias sexua­les, individuales y biográficas que hacen del otro alguien no igual a mí; instauración de paráme­tros “autoístas” como medida de igualdad, de modo que mis posiciones, mis propuestas y mis apuestas son la medida de lo igual que debería­mos ser (el otro procesa la igualdad del mismo modo); propensión a producir “tablas” parali­zadoras en los procesos de toma de decisión (la parálisis garantiza la continuidad de la igualdad pero impide el avance); alargamiento de los con­flictos con el consiguiente incremento de los cos­tes que de él pueden derivarse (las guerras entre contendientes de similares fuerzas son las más largas y cruentas); focalización y centramiento vital en el propio proceso de “medición” de lo igual; microscopización de la igualdad, no como resultante abstracto de las múltiples desigual­dades convivenciales, sino como condición pres- criptiva en cada interacción puntual, etc. etc.

Seguramente podrían añadirse otros muchos criterios a esta lista que acabamos de esbozar, todos ellos más o menos presentes en la cultu­ra científica y popular de nuestros días: “éxito como compatibilidad de caracteres”, “éxito como gratuidad”, etc... Nosotros preferimos adoptar un criterio más formal y, por tanto, menos com­prometido con contenidos concretos (amor, comunicación, etc.). Pasaremos a exponerlo en el apartado siguiente.

 

4.       REDEFINIENDO EL ÉXITO EN PAREJA

Como hemos señalado más arriba, entende­mos los modelos de pareja, y en concreto los modelos de “pareja exitosa” como construccio­nes culturales y sociales que en última instancia obedecen a parámetros morales e ideológicos. Hemos visto en la sección anterior cómo a menu­do estos modelos -ciertas concepciones ligadas a ellos- pueden provocar dificultades e incluso problemas. Sin embargo, consideramos también que no es posible no tener / no proponer un modelo de pareja, y que incluso defender la idea de que “no existen modelos de pareja exitosa” supone de hecho adoptar uno.

Pensamos que la aspiración a no tener ningún modelo de pareja, de ser exquisitamente neutral y anormativos, no puede colmarse: vivimos inmersos en una cultura (y no en otras) y en este marco tenemos experiencias con unas parejas (y no con otras) y formamos o no parte de una pare­ja (y no de otras) y todo ello contribuye a con­formar un modelo -más o menos explícito, más o menos articulado- de pareja. En otras pala­bras, todos tendemos a preferir (a considerar como más adecuadas, o como más normales, o más eficaces) ciertas interacciones o ciertos modos de ser pareja.

Partiendo del supuesto de que la pareja exitosa en tanto que categoría ontológica con determinadas características cualitativas no existe, constatamos sin embargo que (tal y como hemos señalado más arriba) todos tene­mos la percepción de que, comparativamen­te, hay parejas más exitosas que otras. Así pues, la cualidad de “exitosa” se presenta como una variable cuantitativa y comparati­va. Se es más o menos exitosa que otras pare­jas que son más o menos exitosas. Y en cual­quier caso siempre se es menos exitoso que el ideal de pareja exitosa que todos llevamos dentro. En este sentido sí cabe hablar de pare­jas más o menos exitosas.

No obstante, entendemos que las parejas más exitosas no solamente producen éxitos sino que también producen fracasos. O, en otros térmi­nos, obtienen beneficios de su relación, pero tam­bién pagan costos por la misma. Claro está que el balance costos/beneficios difiere en unas pare­jas y otras. En este sentido puede hablarse y así lo haremos a partir de ahora de parejas más o menos rentables y de parejas más o menos defi­citarias. Dedicaremos la sección 4.1. a presen­tar un posible modelo de balance costes/benefi­cios, desarrollando y refinando el modelo original propuesto por Thibaut y Kelly (1966), y en la sección 4.2. comentaremos sus poten­ciales implicaciones terapéuticas.

 

4.1.  Un modelo de balance costes / beneficios

4.1.1.Costos y beneficios como criterios de “rentabilidad”.

La rentabilidad como criterio de “éxito”.

Consideramos pareja rentable en un momen­to dado a aquella cuyos integrantes -ambos- per­ciben que obtienen los suficientes beneficios como para justificar los costos que también soportan. Si este balance solamente es considerado rentable por sólo uno de los miembros de la pareja, no la consideraremos rentable7. En otras palabras, lla­mamos parejas rentables a aquellas que conside­ran satisfactorio su balance costes/beneficios por­que perciben que ganan más de lo que pierden en y por la relación de pareja. En contraposición, denominamos parejas deficitarias aquellas que perciben que pierden más de lo que ganan en y por la relación de pareja.

Consideramos pareja exitosa a aquella que mantiene un balance costos /beneficios rentable a lo largo del tiempo. Esto no significa que en cada corte transversal, en cada punto del ciclo vital de esa pareja, la ecuación costes/beneficios haya de ser necesariamente rentable, pero sí que la eva­luación global (el balance percibido) ha de serlo para que la consideremos una pareja exitosa.

 

Rentabilidad y duración como dos dimensiones distintas...

Una pareja puede durar mucho tiempo gra­cias al buen balance costos /beneficios que man­tiene, o a pesar de un balance desfavorable (o incluso, en algunos casos, gracias a un balan­ce desfavorable: la esperanza de que finalmen­te el otro cambie puede llevar a que alguien no quiera dejar una relación en la que ya ha inver­tido/perdido tanto). Una pareja, al separarse, pue­de mejorar su balance (porque encuentra bene­ficios alternativos o porque reduce los costos de la relación) o puede empeorarlo.

...aunque no independientes.

De todas formas, el que una pareja esté satis­fecha durante más tiempo (mantenga durante más tiempo una balance favorable) la hace ser más exitosa desde un punto de vista longitudi­nal. Además, el percibir un balance satisfacto­rio durante cierto tiempo crea un contexto que hace más probable que el balance se siga consi­derando positivo (y a la inversa: una situación de balance desfavorable durante muchos años puede crear un contexto en el que es más difícil -o también más fácil- percibir el balance favo­rable que se instaure en un momento dado). Y en último término el pronóstico clínico es mejor para las parejas que en algún tiempo fueron (o se consideraron a sí mismas) rentables que para las parejas que perciben que “nunca” lo fueron.

 

4.1.2. La construcción de costos y beneficios

Proponemos que, en el ámbito de la pareja, los costos y beneficios deben entenderse a par­tir de cuatro características o propiedades: cons- tructividad personal, constructividad diádica, temporalidad y territorialidad. Estas cuatro pro­puestas traducen nuestra idea de que los costos y beneficios no son algo “realmente existen­te”, y mucho menos algo estático e inmutable, sino algo que la propia pareja crea en un pro­ceso dinámico, activo y fluctuante8.

 

1.  Constructividad personal.

Proponemos que en parejas el valor de costo o beneficio no es algo objetivo, sino algo que las per­sonas configuramos activamente y que depende:

a)      De la construcción que cada individuo haga del evento.

Por ejemplo, un miembro de la pareja puede no sentirse querido pese a todas las muestras de amor que el otro cree estarle dando; un hombre puede percibir que su esposa le exige que haga tareas domésticas aunque ella crea que sólo se lo recuerda; una mujer puede sentir acoso en lo que su esposo considera acercamientos amorosos.

Esta construcción depende de multitud de fac­tores, pero entre ellos destacaremos aquí el sexo9 del individuo (p. e. es más probable que la dispo­nibilidad sexual sea percibida como beneficio por un hombre que por una mujer, etc.) y la historia previa tanto dentro como fuera de la pareja.

b)      Del ajuste entre el evento construido y el modelo de pareja de la persona en cuestión.

Por ejemplo, no recibir cuidados extras de su esposo cuando se está enferma puede interpre­tarse como un gran costo para una mujer cuyo modelo de pareja presume estos cuidados; o al contrario, recibir estos mismos cuidados pue­den considerarse costoso si se interpretan como subrayado de debilidad o dependencia en un modelo de pareja que presuma que se ha de ser “fuerte e independiente”. Otro ejemplo: si en el modelo de pareja de un hombre es importante compartir las tareas domésticas, le resultará menos costoso -o nada costoso- hacerlas o recibir indi­caciones para que las haga; en cambio, para un hombre cuyo modelo de pareja presume que es la mujer la encargada exclusiva de estas labo­res, le resultará muy costoso compartirlas.

c)       Del balance intersubjetivo.

Esto es, de lo que se puntúa como costo o beneficio con relación a lo que se considera que es coste o beneficio para el otro. A nuestro enten­der, esto resulta especialmente relevante por cuanto en las relaciones de pareja son muy fre­cuentes las situaciones que se plantean de tal modo que para que uno de los integrantes acce­da a un beneficio el otro deba soportar un cos­te (el beneficio de ir a la playa en verano -que es lo que él quería- supone el coste de que ella renuncie a ir a la montaña).10

Esta relación entre mi valoración y la que considero que el otro hace, puede tener un efec­to sumativo o sustractivo, directo o inverso. Al decir “sumativo” hacemos referencia al hecho de que la evaluación de lo que yo creo que el otro evalúa (metaevaluación) produce un efec­to incrementador de mi propia evaluación. Por el contrario, con el término “sustractivo” nos referimos al efecto contrario: la meta-evalua­ción que realizo decremente mi propia evalua­ción. “Directo” se refiere a los supuestos efec­tos de los beneficios del otro sobre mis beneficios, o de sus costos sobre mis costos; “inverso” se refiere a los efectos que los bene­ficios del otro tienen sobre mis costos, o sus cos­tos sobre mis beneficios.

Ejemplo sumativo directo: percibir una ocul­tación del otro al tiempo que se considera que al otro este tipo de ocultaciones le parecen espe­cialmente gravosas, suele incrementar el costo que supone tal ocultación. (La operación es: me cuesta lo que me cuesta, más lo que percibo que al otro le cuesta este mismo costo).

Ejemplo sumativo inverso: percibir el inmen­so costo que al otro le supone hacer la declara­ción conjunta de la renta, puede incrementar la valoración de beneficio de no tener que hacer­la yo. (La operación sería: el incremento de su costo incrementa mi beneficio).

Ejemplo sustractivo directo. Ella se siente incómoda por las miradas y comentarios que su ex-novio le dirige en presencia de su marido, pero este costo se reduce porque considera que a él no le molesta esta actitud. (Operación: el poco costo que yo creo que a él le supone decre- mente mi costo)

Ejemplo sustractivo inverso. Una mujer no valora el beneficio de levantarse todos los días con un zumo de naranja preparado, porque a él no le cuesta nada levantarse un poco antes y hacer dos zumos en vez de uno. (Operación: el poco costo que yo considero que a él le supone, decremente mi beneficio)

d)      De las alternativas percibidas, tanto den­tro de la pareja (la posibilidad de que las cosas se hagan de forma distinta, la existencia -o no existencia- de cursos de acción alternativos) como fuera de ella (resultantes de la compara­ción de estar en esta pareja a no estar en pareja o estar en otras parejas posibles).

El primer aspecto estaría relacionado con la flexibilidad de la interacción de la propia pare­ja, mientras que en el segundo aspecto inter­vendría además la variable “obligatoriedad per­cibida” de la relación. A su vez, el percibir como más o menos obligatorio el mantenimiento de una pareja dada estaría en relación tanto con fac­tores culturales en sentido amplio como con el marco legal y social: la posibilidad legal del divorcio, la situación económica de la mujer en esa sociedad, etc. Así, en nuestro país las rela­ciones de pareja en los años sesenta se caracte­rizaron por una gran dosis de obligatoriedad -con su contrapartida, eso sí, de un mayor grado de compromiso y estabilidad-, derivada de un mar­co legal restrictivo, de una situación socio-labo­ral desfavorable para la mujer y de un consenso cultural contrario a la disolución del vínculo matrimonial; mientras que en la actualidad pro­bablemente sea menor la obligatoriedad perci­bida y por tanto mayor la percepción de alter­nativas fuera de cada pareja en concreto.

 

2.       Constructividad diádica:

Entendemos que la construcción de algo como costoso o beneficioso no es sólo un pro­ceso orientado por percepciones personales, sino también por percepciones relacionales. En otras palabras, los miembros de la pareja aprenden a construir costes y beneficios para la propia rela­ción; hay ciertas cosas que no se perciben como costosas o beneficiosas a título individual, sino directamente en función del “nosotros” de la pareja.

Por ejemplo: una pareja considera que la con­fianza que ambos se tienen es uno de los baluar­tes de su relación. En virtud de ello se atreven a expresar mútuamente sentimientos críticos que aún suponiendo un cierto coste personal para quien los recibe, se perciben benéficamente des­de la perspectiva relacional, ya que demuestran e incrementan su confianza.

 

3.       Temporalidad:

Consideramos que la construcción de costos y beneficios evoluciona a lo largo del tiempo, y en especial a medida que la pareja va atrave­sando diversas etapas de su ciclo vital. Por ejem­plo, el percibir que se tienen pocas relaciones sexuales puede resultar muy costoso en una eta­pa de la relación y poco o nada costoso en otros momentos posteriores. O mantener un límite estricto y poco permeable con las familias de origen puede resultar muy beneficioso si la pare­ja no tiene hijos, pero costoso si los tiene, en la medida en que dificulta la cobertura y los apo­yos que los abuelos y tíos pueden ofrecer a los niños (y por supuesto a sus padres).

Por otra parte, al hablar de temporalidad nos referimos también a que la construcción de cos­tos y beneficios es un proceso históricamente mediado, en el sentido de que lo que se perci­be como costo y beneficio depende también de la evaluación de costos y beneficios que hayan existido en la historia previa de la pareja o en la biografía personal de cada uno de sus miembros. De este modo, los costes y beneficios acumula­dos a lo largo del tiempo crean un contexto des­de el cual se tienden a construir los costes y bene­ficios actuales y futuros.

Así, un episodio de crisis en el cual el hom­bre grita exaltado mientras aspavienta los bra­zos y golpea la mesa probablemente sea vivido con mayor angustia (mucho coste) por una mujer golpeada en otra relación o en su familia de ori­gen, que por otra mujer que proceda de una fami­lia de conflictos frecuentes e intensos en la cual todos los miembros elevan rápidamente la voz y muestran su enfado, pero sin que esto quiebre la convivencia.

En último lugar, la temporalidad también hace referencia a la habitualidad o la frecuen­cia de los eventos que se evalúan como costos o como beneficios. Por lo general, la habituación a un determinado evento ejerce un efecto amor­tiguador (efecto sordina) tanto si se evalúa como coste, como si se evalúa como beneficio. En este sentido tanto los costes habituales, como los beneficios habituales tienden a puntuarse bajos en virtud de su reiteración. No obstante los cos­tos habituales -que uno a uno sí están amorti­guados- suelen producir un “coste acumulado” no tan amortiguado. Y paradójicamente la ausen­cia del evento habitual produce un efecto ampli­ficador en sentido contrario, si bien este efecto amplificador suele ser mayor para la ausencia excepcional de un beneficio, que para la ausen­cia excepcional de un costo.

En el ejemplo que más arriba señalábamos de la preparación del zumo de naranja por la mañana, es posible que la ausencia del zumo se puntúe como un coste más elevado que el esca­so beneficio que proporcionaba el zumo coti­diano. Y en cambio, la ausencia de un coste habi­tual proporciona también una evaluación benéfica, pero de mucha menor intensidad que en el sentido contrario. Por ejemplo, él deja todos los días la taza del desayuno sobre la mesa, lo cual molesta a su compañera, que acumula este coste a diario. En algunas ocasiones él recoge la mesa tras desayunar y ella apunta el beneficio de no tener que hacerlo o decirle que lo haga; pero sin embargo la intensidad de este benefi­cio no supera al puntaje del coste habitual, ni mucho menos al “acumulado”.

 

4.       Territorialidad:

Finalmente, consideramos que la construc­ción de costos y beneficios está también en fun­ción del contexto interpersonal y espaciotem- poral en el que se sitúe la pareja. Así, una conducta dada, que en determinado contexto relacional puede ser benéfica, puede resultar gra­vosa en otro contexto relacional; o lo que en la intimidad se considera un beneficio, se puede percibir como costo ante terceros. O algo que es legítimo -y benéfico- en la cama, es ilegítimo -y gravoso- fuera de ella. Por ejemplo: ciertos juegos eróticos de “sometimiento” pueden ser puntuados como muy beneficiosos en una pare­ja, al tiempo que cualquier forma de someti­miento extraerótico se considera un coste ele- vadísimo e inaceptable.

 

4.1.3.                    La construcción de balances

Del mismo modo que pensamos que los cos­tos y los beneficios son algo construido por los miembros de la pareja, y construido de modo cambiante en función de aspectos como la inter- subjetividad, la temporalidad o la territorialidad, consideramos que el mismo “hacer balance” (definido provisionalmente como la operación de restar a los beneficios percibidos los costes percibidos) es también un proceso de construc­ción que comparte las mismas cuatro carac­terísticas que acabamos de enunciar.

Por otro lado, los baremos que maneja cada miembro de la pareja a la hora de determinar cuán satisfactorio o insatisfactorio es el balan­ce que percibe obtener son de nuevo el resul­tado de una construcción personal y diádica, mediada temporal y territorialmente. Así, es posible que en un momento dado de la evolu­ción de la pareja sus miembros exijan un balan­ce en el que los beneficios percibidos superen con amplitud los costos con los que cargan, mientras que en un momento evolutivo dife­rente el baremo sea menos exigente, pudiendo valorarse como suficiente el que los beneficios simplemente se mantengan por encima de los costos, o incluso considerar que es satisfacto­rio que los costos, aun siendo superiores a los beneficios, estén algo más reducidos que en momentos anteriores.

En este sentido, Cutrona (1996) analiza de qué forma las parejas en las que un miembro contrae una enfermedad física grave emplean toda una serie de estrategias para restablecer la “equidad psicológica”, puesta en peligro por el efecto incapacitante de la enfermedad. Así, estas parejas extienden el periodo de tiempo sobre el que se hace balance, pasando a valorarse más los beneficios que se obtuvieron antes de que el paciente enfermara (los beneficios del pasa­do se destacan para compensar los costes del presente). Otra posibilidad es reajustar los cri­terios (baremos), de modo que se juzga la con­ducta del enfermo teniendo en cuenta sus limi­taciones (“aunque siempre está con dolores se sigue preocupando por cómo me va en el tra­bajo, como si no tuviera suficiente con sus pro­blemas”). Adoptar estas estrategias y otras simi­lares exige que la relación marital se entienda de forma comunitaria, y no solamente en tér­minos de un intercambio de beneficios puntual y equilibrado en cada momento; sólo de esta forma el esposo enfermo no se sentirá obliga­do a corresponder a cada beneficio que perci­be recibir de su cuidador. Como veremos a con­tinuación, interpretamos estos procesos de reajuste como una modificación en la jerarquía y el peso de los beneficios y costes.

 

Peso y jerarquía

Entendemos que establecer el balance cos­tos/beneficios no es una mera operación aritmé­tica de suma/resta, sino que es un proceso com­plejo que se halla mediado por otros muchos, entre ellos qué “peso” se decide dar a cada cos­te y a cada beneficio, y de qué forma los costes y los beneficios están jerarquizados. Así, el cos­to de renunciar a determinadas actividades pue­de no producir un balance deficitario si los bene­ficios que se obtienen se evalúa que son de mucho peso o son muy altos en la jerarquía de valores de esa persona; por ejemplo, el poder hacer la valoración “somos buenos padres”. Otro ejemplo -reconocemos que cercano a la carica­tura- sería el del ama de casa tradicional, pacien­te y abnegada, para la que todos los costes que conlleva realizar un sinfín de labores desagra­dables y poco valoradas queda compensado por el beneficio de mayor nivel jerárquico que supo­ne percibir que cumple su papel de “amante esposa”. El análisis de Cutrona que acabamos de citar aporta el ejemplo de la enfermedad físi­ca: el balance no se establece ya únicamente con base al intercambio puntual de conductas/bene­ficio o conductas/coste (economía de mercado), sino tomando en cuenta los valores personales y relacionales que la relación de pareja permi­te poner de manifiesto. Aquí precisamente es donde intervienen aspectos que se suelen valo­rar altamente y que una lectura mecanicista y simplista omitiría injustamente: la seguridad, la intimidad, el sentido de protección y de perte­nencia, etc...

Podría, pues, decirse que para cada persona y cada pareja existen algunos beneficios y cos­tes de “máxima jerarquía”, que hacen coheren­tes las supuestas incoherencias entre la evalua­ción global del balance y las decisiones de vida que se toman. En cualquier caso, nos hallamos de nuevo ante algo que, dentro de las limitacio­nes que impone una determinada cultura, es cons­truido de modo diferente por cada persona en par­ticular y dentro de cada pareja en concreto.

Hablando de los costes y beneficios de mayor nivel jerárquico nos parece útil la metáfora de los costes-torpedo y los beneficios-flotador. Los costes-torpedo serían eventos que se construyen como de coste inaceptable y que pueden llegar a provocar la ruptura enérgica y traumática de la relación, por muchos beneficios de rango infe­rior que se perciba recibir. En nuestra cultura suelen ser costes-torpedo: la infidelidad, la agre­sión al cónyuge, la toxicomanía, el delito y el quebrantamiento de la economía familiar. Un buen ejemplo de cómo operan los costes-torpe­do en el balance costes-beneficios es la infide­lidad. En muchas parejas, y al margen de que la rentabilidad percibida fuese muy alta hasta ese momento, el conocimiento de un episodio sexual del cónyuge con un tercero suele ser considera­do como un coste inaceptable, que a menudo precipita una espiral de procesos negativos que finalmente pueden terminar en la ruptura de la relación.

Los beneficios-flotador serían eventos o construcciones que puntúan como de beneficio más allá del balance. En último término suelen ser beneficios cuya su valía deriva de que son percibidos como protectores frente a un supues­to coste que se evalúa como más caro. Por ejem­plo, la compañía (evitar la soledad) suele ser en las parejas mayores un coste-flotador que justi­fica un balance deficitario. O una mujer puede valorar que el hecho de que sus hijos “sigan teniendo un padre” justifica el costo que supo­ne mantener un matrimonio por lo demás defi­citario.

Por lo general, tanto los costes-torpedo como los beneficios-flotador están muy imbricados con las definiciones y los ideales de pareja y las expectativas maritales. Así pues, están en estre­cha relación con los valores, las convicciones y las creencias más nucleares de cada persona, y en interacción con los valores culturales domi­nantes. Esta posición elevada en la jerarquía de constructos personales justifica a nuestro entender su profundo impacto sobre la cons­trucción de balances: un coste-torpedo o un cos­te-flotador puede redefinir de modo dramático los costes y/o beneficios de nivel inferior, y pro­vocar así una cascada de re-construcciones y re­evaluaciones11. Por ejemplo: un hombre que valoraba como beneficios la sonrisa amable de su esposa, sus atenciones cariñosas o su inde­pendencia de criterio, puede pasar de repente, tras descubrir la infidelidad de ella, a construir todo ello como costes: ahora su sonrisa es hipó­crita; sus atenciones, intentos malintencionados de encubrir su infidelidad; su independencia, causa o consecuencia de su relación con otro hombre. De esta forma se detiene o incluso invier­te el proceso habitual de establecimiento de balan­ces, balances que incluso se reconstruyen retro­activamente a la luz de los nuevos sucesos.

 

4.1.4.            Algunas proposiciones sobre costos y beneficios

A modo de conclusión, querríamos resumir algunas de las ideas barajadas hasta aquí hacien­do las siguientes proposiciones-provocaciones:

 

I.              “En pareja, es imposible no establecer balances”

Defendemos que es imposible no valorar

costos y beneficios, imposible no “hacer cuen­tas” respecto de la propia relación de pareja. Y más aún en la situación social actual, en la que la pareja se entiende cada vez más como opción voluntaria y libre, como proyecto elegido más que como imposición o realidad ineludible. De todos modos, esta imposibilidad de establecer balances no está reñida con que a menudo resul­ta muy difícil para las personas hablar o pen­sar abiertamente sobre la cuestión, por cuanto la idea costes /beneficios (en cualquiera de sus versiones) ha sido a menudo anatemizada como “fría” o “mercantilista” desde posiciones mora­lizantes.

II.  “En pareja, es posible que no haya bene­ficios, pero es inevitable que haya costes”

En realidad queremos decir que es imposi­ble que uno no vea costos en su relación de pare­ja (o al menos es altamente improbable), pero que sí es posible -y de hecho ocurre- que no vea beneficios. Lo cual no quiere decir que no haya beneficios (muy probablemente, si la relación se mantiene es porque se obtienen algunos, aun­que sean beneficios-flotador).

III Los beneficios “hay que trabajárselos”, mientras que los costes vienen solos.

En la línea de la proposición anterior, pro­ponemos que la construcción de beneficios requie­re un cierto grado de esfuerzo, una cierta inver­sión de energía por parte de la pareja, mientras que la aparición de costos se produce por des­gracia de forma mucho más sencilla12. Esta pro­posición no deja de tener un corolario positivo: siguiendo con la metáfora de la física, asumir que los beneficios requieren una inversión de energía implicaría, al fin y al cabo, que también “con­tienen” una carga de energía considerable, que permite que la convivencia sea más benéfica y se transforma en una suerte de reserva energética capaz de revertir situaciones críticas.

IV.              “Costes y beneficios no se suman ni se restan, sino todo lo contrario”.

Tal y como señalábamos más arriba, aunque en el nivel más simple los costos y beneficios tien­den a valorarse de forma aditiva o sustractiva, los costos y beneficios se construyen ordenados de forma jerárquica, de modo que hay eventos sus­ceptibles de modificar radicalmente el balance (los mencionados costes-torpedo y beneficios- flotador). En nuestra opinión, esto explica por qué las estrategias terapéuticas conductistas de tipo “quid pro quo” resultan tan poco exitosas.

V.             “Las parejas que acuden a terapia de pareja están insatisfechas con su balance costes/beneficios”

Las parejas que acuden a terapia de pareja lo hacen porque uno o ambos de sus miembros no están satisfechos con la rentabilidad que obtienen (y que prevén) en su relación, y porque estiman que podrían obtener una mayor rentabilidad con esa pareja. Generalmente, si los dos miembros de la pareja consideran que no pueden mejorar el balance dentro de esa relación, y que sí pueden mejorarlo fuera de ella, no acudirán a terapia de parejas sino que se plantearán la separación.

VI.              “La estrategia básica en terapia de parejas es la mejora del balance costes/beneficios de la pareja” Consideramos que cualquier terapia de pare-

ja13 es en última instancia un intento de mejorar

el balance costes/beneficios de esa pareja. La mayoría de las terapias lo hace incidiendo en uno o varios de los procesos que consideren rele­vantes: p.e., hay terapias que se centran en enseñar a la pareja a comunicarse mejor para resolver sus problemas (Costa y Serrat, 1976; Bornstein y Bornstein, 1988), otras que tratan de intervenir directamente sobre la relación de poder entre los cónyuges (Haley, 1980), otras que tratan de renegociar su posición respecto de las familias de origen, etc. Desde el punto de vis­ta de estas terapias habría pues ciertos procesos mediadores que permitirían redistribuir o rede- finir costos y beneficios, que los harían más o menos accesibles, más o menos tolerables, etc. Sin embargo, desde estos enfoques no se actúa directamente sobre la construcción de costos y beneficios, que se tiende a considerar simple­mente como el resultado final de la operación de los citados procesos mediadores, definidos como más básicos.

Lo que propondremos aquí es un enfoque dirigido directamente a la construcción de balan­ces, un enfoque por tanto deliberadamente “superficial” (aceptando por un momento la metáfora -tan engañosa- de la profundidad). Aunque se puede argumentar que, en virtud de la circularidad de los procesos humanos, resta­blecer un balance satisfactorio podría, p.e., con­solidar el compromiso, facilitar la comunicación o hacer más llevadero el estrés externo, quere­mos enfatizar que nuestro interés se centra sobre todo en el trabajo directo y explícito con la cons­trucción de balances y que en todo caso la even­tual utilización de otros constructos explicati­vos (como p.e., límites, contrato...) está al servicio de esta intención de impactar sobre la construcción de balances.

Dedicaremos el apartado siguiente a sugerir algunas posibles formas de llevar a la práctica esta estrategia.

 

4.2.  Implicaciones clínicas.

En este trabajo hemos empezado cuestio­nando algunas nociones tradicionales sobre el éxito de las parejas, para proponer después -en la sección anterior- una manera alternativa de conceptualizarlo. Querríamos dedicar esta últi­ma sección a reflexionar sobre las posibles impli­caciones clínicas de esta forma de entender el éxito de las parejas.

Sin pretender en ningún momento describir un modelo de terapia, y mucho menos una for­ma nueva de intervención, empezaremos esbo­zando algunas reflexiones generales acerca de qué implicaciones puede tener, a nuestro juicio, entender el éxito de la pareja desde la perspec­tiva de la construcción de balances satisfacto­rios. Después, presentaremos algunas interven­ciones terapéuticas específicas directamente ligadas a nuestra forma de entender el éxito de la pareja, para terminar replanteándonos en el último apartado los criterios de éxito y fracaso en terapia de parejas, volviendo así a la cuestión con la que abríamos este capítulo: la (in)efica- cia de la terapia de parejas.

 

4.2.1. Reflexiones clínicas generales

Consideramos que, en el marco de las inter­venciones de pareja, tradicionalmente se ha enfo­cado la terapia más como una reducción de cos­tes que como un incremento de beneficios. En ocasiones, este sesgo “ahorrador” puede estar producido por las propias demandas de los clien­tes, que con mucha frecuencia focalizan sus rela­tos en los problemas que les afligen y en las con­secuencias negativas de los mismos. Sin embargo, un sesgo “inversor” (que dirija las energías y los recursos clínicos a producir incre­mento de los beneficios) redunda igualmente en la mejora de la rentabilidad y nos parece en prin­cipio más fácil y eficaz. De hecho, en terapia de pareja se ha observado que lo que verdadera­mente pronostica una mejora de la relación no es tanto la disminución de los intercambios nega­tivos, sino la instauración de intercambios posi­tivos (Navarro Góngora, 1992).

Además de esta consideración de tipo gene­ral, pensamos que pueden derivarse algunas con­secuencias clínicas de las seis proposiciones sobre la construcción de costes y beneficios que planteábamos más arriba.

“En pareja, es imposible no establecer balances” “Lasparejas que acuden a terapia de pareja están insatisfechas con su balance cos- tes/ beneficios”

Una implicación de estas dos propuestas sería que cualquier intervención terapéutica que des­legitime el establecimiento de balances o que lo ignore estará probablemente perdiendo poder terapéutico y resultará insatisfactoria para los clientes. Las llamadas a la responsabilidad o al sentido del deber, las invocaciones al amor, a la gratuidad de la relación o a los buenos tiempos pasados no son suficientes para restablecer balan­ces. Los dos miembros de la pareja deben per­cibir que el trabajo terapéutico les ayuda a mejo­rar su balance.

“En pareja, es posible que no haya benefi­cios, pero es inevitable que haya costes”

Una consecuencia obvia de este plantea­miento es que, desde este punto de vista, cual­quier intervención terapéutica que pretenda (de forma más o menos explícita) reducir los costes a cero se está planteando objetivos imposibles de alcanzar. Es más, pensamos que cualquier intervención que no reconozca la inevitabilidad de los costes y la necesidad de afrontarlos o com­pensarlos mediante el incremento de beneficios, estará igualmente abocada al fracaso.

“La estrategia básica en terapia de parejas es la mejora del balance costes/beneficios de la pareja”

Ya hemos adelantado que a nuestro juicio el cometido básico de la terapia de parejas es mejo­rar la rentabilidad percibida por sus integrantes. La propuesta que venimos articulando tiene a su vez una serie de posibles derivaciones clínicas:

1. Nuestro énfasis en la constructividad de los costes y beneficios implica que en terapia trabajaremos con lo que son costes y beneficios para cada pareja en concreto, en función de sus circunstancias y de su contexto actuales, segu­ramente diferentes de los de otras parejas. Aunque seguramente se puedan identificar cier­tas áreas de costes y beneficios probables para cada pareja en función de su momento en el ciclo vital, sería arriesgado asumir que son aplicables sin más a las parejas reales con las que trabaja­mos. Nos parece preferible preguntar abierta­mente sobre cuáles beneficios de los que ya tie­nen les gustaría incrementar o sobre cuáles de los que no tienen les gustaría construir. Algunas técnicas como las preguntas de proyección al futuro (de Shazer, 1988, 1991) pueden resultar útiles en este sentido.

2.La mejora de la rentabilidad en una pare­ja puede pasar, o bien porque la pareja modifi­que sus conductas en el sentido de generar más beneficios y menos costes, o bien porque sus miembros perciban de forma diferente estas mis­mas conductas, modificando su evaluación de costes y beneficios y/o del balance resultante. Así pues, el cambio puede orientarse hacia las interacciones, las reglas o los comportamientos de los miembros de la pareja, pero también hacia la re-evaluación de estas mismas interacciones, reglas o comportamientos. Evítese entonces toda tentación “realista”, pues qué importa que pase lo mismo si se evalúa distinto; o al contrario, para qué sirve que pase algo distinto si se evalúa igual.

3.La modificación directa de los intercam­bios beneficiosos y costosos puede abordarse mediante algunas de las muchas técnicas exis­tentes en el campo de la terapia de parejas. Pese a su gran diversidad, la mayoría supone el ensa­yo de conductas alternativas, bien de forma explí­cita, programada y consensuada (Bornstein y Bornstein, 1988; Costa y Serrat, 1976), bien de modo más indirecto, en forma de pequeñas per­turbaciones de las pautas-problema (OHanlon y OHanlon, 1991; OHanlon y Weiner-Davis, 1989). Debido a lo mucho que se ha escrito sobre esta cuestión, preferimos centrarnos más en el segundo aspecto: la modificación de la cons­trucción de costes y beneficios. De todas for­mas, reiterar que apostamos más por el aumen­to de beneficios que por la reducción de costes, tanto porque en principio resulta más sencillo iniciar algo que dejar de hacer algo (de Shazer, 1991), como por el hecho comentado más arri­ba de que el incremento de beneficios tiene a menudo un valor “energizador” que facilita el abordaje de nuevas tareas terapéuticas.

4.           Hay varias formas de movernos en el terre­no de lo que más arriba definíamos como cons- tructividad personal de costes y beneficios. (a) Una opción es tratar de modificar la construc­ción que un miembro de la pareja hace de deter­minados eventos. Esto puede hacerse tanto mediante redefiniciones puntuales de ciertas conductas (Watzlawick y Weakland, 1980) como mediante el uso intencionado de pregun­tas en sesión. A veces, el mero hecho de pre­guntar sobre los aspectos positivos de la rela­ción, los cambios, las mejorías... consigue el efecto de destacar los beneficios. (b) También podemos modificar la construcción de costes y beneficios de una forma más explícita, anali­zando con los clientes cómo su forma de perci­bir los costes y beneficios engarza (o no) con su modelo de pareja. (c) Una tercera posibili­dad es incidir sobre el aspecto intersubjetivo de la construcción de balances introduciendo una metaperspectiva (la percepción que cada miem­bro de la pareja tiene acerca de cómo el otro per­cibe costes y beneficios). La tarea de las “qui­nielas” que describiremos más abajo sería un ejemplo de esta estrategia. (d) Finalmente, pode­mos modificar la construcción de costes y bene­ficios trabajando con la pareja sobre la percep­ción de alternativas. Esta es una labor muy frecuente cuando, p.e., hablamos con un miem­bro de la pareja sobre las ventajas e inconve­nientes de una separación.

5.       En otras ocasiones la terapia enfatiza más la modificación de los baremos con los que se evalúa la relación costes /beneficios. Una estra­tegia muy sencilla (pero que a veces tiene un impacto sorprendente) es la de normalizar (o inclu­so valorar positivamente) la existencia de costos, p.e., presentándolos como una consecuencia lógi­ca del momento evolutivo de la pareja, lo cual propicia que se adopte un baremo menos exigente. En otras ocasiones puede estar indicado lo con­trario: trabajar para aumentar la exigencia del baremo y precipitar una reacción en la pareja. Introducir información sobre la temporalidad y territorialidad de los costes y beneficios puede también ayudar a algunas parejas a modificar los baremos con los que se evalúan.

“Costes y beneficios no se suman ni se res­tan, sino todo lo contrario”: la ordenación jerár­quica de costes y beneficios.

La idea de la jerarquía de costes y beneficios matiza a nuestro entender las afirmaciones ante­riores: si bien nos parece preferible comenzar enfocando la terapia para aumentar los benefi­cios percibidos, lo cierto es que hay situaciones en las que trabajar los beneficios de bajo nivel no tiene efecto, debido a la existencia de costes a nivel superior que bloquean la modificación de los balances14. P.e., el que el hombre perciba toda una serie de cambios beneficiosos por parte de su compañera puede no modificar su evaluación de la situación si sigue sospechando que ella le es infiel. O el temor a un nuevo arranque violento de él puede llevar a que ella no valore como bene­ficiosos sus esfuerzos por tratarla mejor.

Por tanto, nos parece interesante evaluar de qué forma se establece la jerarquía de costes y beneficios, y tratar de identificar qué construc- tos de orden superior pueden estar contextuali- zando y definiendo los de orden más bajo. De nuevo, esto es algo que se puede hacer de for­ma abierta preguntando a los integrantes de la pareja. Algunas técnicas de la terapia sistémi- ca y, en especial, las preguntas reflexivas (Tomm, 1987) ofrecen también una buena vía para cuestionar/modificar los constructos de orden superior.

 

4.2.2. Tareas que abordan directamente la dimensión costes/beneficios

Dedicaremos este apartado a describir dos tareas desarrolladas por los dos últimos autores en su trabajo con parejas, y que entendemos ilus­trativas de cómo el modelo de construcción de costes y beneficios puede tener una traducción clínica. Ambas tareas se dirigen a modificar directamente el balance. La primera es una tarea “personalizada” creada para una pareja concre­ta en un contexto terapéutico concreto. La segun­da, que nació de la misma forma, se ha conver­tido en una “tarea-tipo” que usamos con cierta frecuencia para diferentes parejas y diferentes demandas15.

 

Haciendo kilómetros con el carro

Conchi y Josemari son un matrimonio que acude a terapia porque Conchi está harta y se plantea la ruptura. En las dos primeras sesiones insiste mucho en que está “harta de tirar del carro” y que necesita que Josemari también arri­me el hombro. Josemari dice estar dispuesto a tirar del carro también él, pero que no sabe cómo hacerlo. Pasan dos sesiones más y Conchi se muestra cansada y decepcionada porque él sigue sin “tirar”. Le preguntamos cuántos kilómetros tendría que tirar él del carro para que ella viese que efectivamente lo hace. Después de un diá­logo que hace explícito qué cuenta como kiló­metros y qué constituye el carro, Conchi con­sidera que sería necesario recorrer al menos 100 kilómetros como demostración de que Josemari está realmente poniendo de su parte.

Les proponemos la siguiente tarea: Conchi ha de elaborar un listado de formas de “tirar del carro” tan exhaustivo y concreto como pueda. Josemari puede ofrecerle tantas ideas como con­sidere oportuno, pero sólo se incluirán en el lis­tado aquellas que Conchi considere que efecti­vamente constituyen formas de “tirar del carro”. A partir de que el listado esté completo (aunque abierto a nuevos añadidos), deberán colocarlo en algún lugar visible para los dos. La misión de Josemari consiste en hacer kilómetros eligien­do, de entre todas las formas de recorrerlos, aque­llas que le resulten más fáciles... o menos difí­ciles. Expresamente se prohibe que tire del carro si siente algún “dolor de espalda”, si está can­sado o si le parece que el carro está muy carga­do o en una cuesta arriba. Y además se le insis­te en que sólo debe tirar del carro en aquellas cosas que él elija. Finalmente -insistimos mucho sobre este aspecto- si observa que ella no ve los movimientos del carro, debe advertirle a ella que efectivamente lo ha movido o lo está moviendo. Más aún, si ella sigue sin ver el movimiento, es mejor dejar de hacer esfuerzos baldíos, pues­to que de nada sirve cansarse si ella no ve el esfuerzo. Por su parte, es ella la que debe medir cuántos kilómetros ha recorrido el carro, de suerte que como mínimo cada movimiento ha de contarse como un kilómetro y como máxi­mo como diez kilómetros. Les emplazamos a que nos llamen cuando el carro esté cien kiló­metros más allá.

En este caso, la tarea sirve para definir qué cantidad de beneficio es necesaria para que Conchi perciba un balance satisfactorio (100 kilómetros) y para crear beneficios percibidos como tales (todas aquellas cosas que ayudan a mover el carro). Además, se reconoce el carác­ter intersubjetivo de la construcción de benefi­cios (ella marca qué supone mover el carro, él lo mueve, pero ella mide cuánto se movió) y se abren posibilidades para negociar qué cons­tituye o no un beneficio suficiente: tal vez Josemari reclame que un determinado movi­miento del carro vale 6 kilómetros, mientras que ella considera que sólo supone 3, lo cual susci­ta una conversación en torno al valor de coste /beneficio de esa determinada acción.

En el fondo, aceptamos la desmotivación de Conchi de no continuar hasta que no vea esfuer­zos por parte de él, y la apoyamos en cuanto a atribuir toda la responsabilidad del esfuerzo a Josemari. Sin embargo, la tarea subraya implí­citamente que es ella la que ha de ver y medir los esfuerzos de su marido, de modo que para volver a terapia no sólo él ha de haber tirado durante cien kilómetros, sino que ella ha debi­do verlo. La insistencia en que él no debe mover el carro si ella no se da cuenta pone de relieve la importancia de que ella vea (y le trasmita que ve), ya que “no ver” es también una forma de paralizar el carro.

A la vuelta del verano nos llama ella para pedir cita. Antes de ofrecérsela nos aseguramos de que el carro ha avanzado cien kilómetros. Cuando se lo preguntamos por teléfono, Conchi se ríe y nos dice “más o menos”.

Ya en sesión analizamos cómo ha sido el via­je en carro. Se han divertido bastante con la metá­fora (“carro por aquí, carro por allá”). Y, sobre todo, han hablado, discutido, acordado y disen­tido mucho sobre la naturaleza del carro y sus movimientos. Ambos acuerdan que él no es un buen “buey” tirando, aunque sí pone mucha voluntad. También acuerdan que ella no es muy buena “jueza” midiendo kilómetros y valoran­do movimientos. Los dos esperan que la terapia les ayude a mejorar en este sentido. Así pues a partir de aquí el objetivo explícito y evidente de la terapia es la construcción de beneficios y la mejora del balance.

 

La quiniela de partidos matrimoniales

Se instruye a la pareja para que entre una sesión y otra (durante quince días), jueguen a las “quinielas matrimoniales”, análogas a las qui­nielas del fútbol. Se les explica que el único modo de que el sistema de quinielas funcione en el fútbol es que todos puntúen del mismo modo. Así, en cada partido siempre quedan claras las siguientes cosas: (a) que el partido de hecho se disputó; (b) que se jugó en un estadio concre­to; (c) que ese estadio era propiedad de uno de los equipos en liza que, por tanto, jugaba como equipo local; (d) que hubo un resultado final de la contienda, que se puede computar como 1, X, 2, según haya habido victoria o empate y según el derrotado sea local o visitante.

Esto, que en el caso del deporte resulta una obviedad, no lo es sin embargo en las quinie­las matrimoniales: con suma frecuencia no sue­le quedar claro si hubo o no partido, dónde se jugó, quién era el equipo local y ni siquiera cuál fue el resultado final. Cada miembro de la pare­ja hace sus propias “quinielas” en la cabeza y con sus propios criterios, suponiendo que es “evi­dente” que los partidos fueron de ese modo y no de otro.

Por ejemplo, el marido puede describir el siguiente “partido”: Su mujer le había dicho que el domingo había que comer en casa de la madre de ella; a él no le apetecía pero accedió sin rechis­tar, garantizándose previamente, eso sí, que al menos la hora de la vuelta fuese antes del parti­do televisado del Atletic. “Llegamos a casa de mi suegra y mi mujer con mala cara porque según ella llegábamos tarde; después soporté con la mejor cara que pude una aburridísima sobremesa en la que sólo hablaron de gente de su pueblo que se había muerto, y cuando por fin nos fuimos se había hecho tan tarde que llegué a casa cuando ya había acabado el primer tiem­po del partido, con lo que encima me perdí el único gol”. La quiniela según el marido: (a) par­tido “ir a comer a casa de mi suegra el domin­go”; (b) estadio, la casa de mis suegros; (c) equi­po local: mi mujer; (d) resultado: goleada del equipo de casa (la defensa del equipo visitante no se movió siquiera).

Es posible que la mujer puntúe los hechos de forma muy diferente: le tuvo que recordar a su marido el compromiso que ya tenían de comer con su madre y, como suele ser su cos­tumbre, él se hizo el despistado y accedió a ir de muy mala gana y con morros. “Por culpa de él llegamos tarde, y durante toda la comida y la sobremesa estuvo maleducado y ausente. Dejó muy claro que no le interesaba participar en la conversación y nos dejó hablando sin hacer ni caso. Y encima tuvimos que salir corriendo porque televisaban el partido del Atletic”. La quiniela según la mujer: (a) partido “ir a comer a casa de mi madre el domingo”; (b) estadio, la casa de mis padres; (c) equipo local: yo; (d) resultado: goleada del equipo visitante, hacien­do todo tipo de trampas.

En este ejemplo coinciden todas las varia­bles, excepto el resultado. Pero es muy frecuente que no coincida ninguna.

Explicado esto, les proponemos jugar a las quinielas matrimoniales. Para ello han de deter­minar las cuatro variables para cualquier con­tienda matrimonial: qué partido, en qué estadio, quién es el equipo local y cuál fue el resultado en términos de 1, X, 2, trayéndonos para la siguiente sesión un papel “secreto” cada uno, con un número determinado de partidos jugados durante esta quincena.

Esta tarea admite múltiples variantes, depen­diendo del “nivel” de la pareja y de los aspectos que luego quieran trabajarse:

a)      Quiniela ciega

Cada uno de los dos juega y apunta en su pro­pio papel, que es secreto. Nos traen a sesión dos papeles, con lo cual es posible que no coincida ninguno o muy pocos partidos. La ventaja de las “quinielas ciegas” es que corresponden a los modos habituales e implícitos que cada pareja tie­ne de hacer quinielas. Por lo general, cuando la quiniela es ciega, cada uno apunta partidos juga­dos en su propio estadio que han finalizado con un “2”. O sea, derrotas en su propio campo.

b)Quiniela vista

En un papel común, durante la quincena, cada uno de los dos ha de escribir partidos juga­dos, hasta un número limitado. Así pues, se con­sideran partidos jugados -y sobre los que apos­tar- aquellos que se han apuntado en el papel, haya o no acuerdo sobre si efectivamente se juga­ron o no. El último día, antes de la cita, cada uno ha de hacer -en secreto- su quiniela para esos -y no otros- partidos.

En este caso nos aseguramos de que coincidan los “partidos” evaluados, aunque probablemente no coincidirán las evaluaciones de resultados.

c)Quiniela cerrada

Se dan indicaciones sobre qué tipo de parti­dos han de puntuarse, acordándose previamente con arreglo a algún criterio. Por ejemplo, se pue­de cerrar el tipo de partido o el estadio: quiniela sólo para los partidos jugados con las familias de origen, partidos en el tema de los hijos, partidos eróticos, etc. También puede cerrarse el equipo local: sólo se traerán partidos jugados en el cam­po de él, o en el de ella. O también puede cerrar­se el criterio de resultado: por ejemplo un listado que incluya sólo partidos empatados, con inde­pendencia del campo y del equipo local.

La ventaja de las quinielas cerradas es que permiten focalizar un tema concreto, que será habitualmente el que resulte más conflictivo para la pareja o aquél en el que muestren más deseos de avanzar.

Esta tarea y sus variantes pueden dar pie a diversos procesos de negociación y renegocia­ción en la pareja, así como suscitar el tema del reparto del poder y de las funciones. Sin embar­go, pensamos que su efecto más claro es que per­mite -con su mera enunciación, incluso sin que la tarea sea nunca llevada a cabo- transmitir una serie de mensajes acerca del proceso de cons­trucción de balances, costes y beneficios:

a)      Por una parte, se transmite la idea de que inevitablemente en una pareja hay “partidos”, es decir, situaciones cuyo resultado es que uno gana y otro pierde. Y que, por tanto, resulta tam­bién inevitable que cada integrante de la pareja pierda algunos partidos o, en otros términos, que soporte ciertos costos para que el otro acceda a ciertos beneficios.

b) También se trabaja la idea de que es pre­ferible que uno gane y otro pierda a que los dos empaten, por cuanto el empate supone solamen­te costos (el costo de no haber accedido al bene­ficio que se esperaba, y el coste de las tablas mis­mas: el juego queda inacabado: se convierte en un juego sin fin). Además, si queda claro que uno de los dos ha ganado un partido dado (yo sé que he ganado el partido y sé que el otro sabe que lo sé), será más fácil que en un partido próximo esté dis­puesto a perder. Y siempre habrá nuevos partidos...

c)       La tarea también puede servir para que los miembros de la pareja descubran que, a dife­rencia de un verdadero partido de fútbol, es posi­ble que los dos jugadores consideren al final del partido que es el otro el que ha ganado (“ella consiguió que acabara comiendo con mi suegra” “él consiguió estar tan antipático con mis madre, que nos estropeó la comida”). En otras palabras, el que yo crea haber perdido un partido, no sig­nifica que el otro considere haberlo ganado. Puesto que perder ambos resulta frustrante para los dos, se puede a partir de aquí plantear que es mejor para la relación que al menos uno de los dos gane (aunque eso implica que el otro pier­da) y buscar fórmulas para ello16.

Todo ello permite desplazar la conversación terapéutica del nivel de contenido (“comer o no comer con mis suegros/padres”) al nivel de pro­ceso (“cómo construimos costes y beneficios”, “cómo negociamos la obtención de unos y de otros”, etc.) y, en este sentido, redefinir la situación en un marco más amplio, que ofrecerá nuevas posibili­dades de acción y comprensión a la pareja.

 

4.2.3. Los criterios de éxito en las terapias de pareja

Emplear el modelo de costes/beneficios que hemos propuesto no solamente permite diseñar y utilizar tareas terapéuticas como las que aca­bamos de describir, sino que también conlleva un cierto replanteamiento de los criterios habi­tuales de éxito/fracaso terapéutico. De hecho, en nuestra práctica clínica hemos encontrado casos de éxito “evidente” que finalmente terminamos considerando como probable fracaso, así como todo lo contrario: casos que en última sesión nos parecían claros fracasos y que posteriormente reconsideramos como probables éxitos.

 

Cuando el éxito es fracaso

Pepa y Jose son un buen ejemplo del primer tipo de situaciones. Cuando comenzaron la tera­pia llevaban 17 años casados y tenían dos hijos varones. En el momento del inicio de la terapia, los dos estaban de acuerdo en que su relación era rutinaria, distante, aburrida y desilusionada. Acudieron a nuestra consulta porque ella esta­ba planteándose la separación y lo había hecho explícito en un momento de crisis, lo cual había producido un intenso, emocionado y lloroso con­texto de fracaso y abatimiento. Pepa se sentía desde hacía muchos años abandonada y sola. Consideraba que él estaba casado con su traba­jo. Por su parte, él consideraba que ella no le apoyaba y que su comportamiento era arisco y poco cariñoso. Solicitaron ayuda e iniciaron tera­pia de pareja a propuesta de él, que no quería la separación y no había sido hasta entonces del todo consciente del deterioro de la relación y del malestar de su mujer. Tras siete sesiones, Pepa estaba encantada de los maravillosos e inespe­rados cambios de Jose y éste estaba exultante ante la nueva actitud de Pepa: se llamaban a dia­rio desde el trabajo, él salía antes del suyo para buscarla, proyectaban salidas y actividades comunes, comenzaron a hacer deporte juntos, su sexualidad había mejorado cuantitativa y cua­litativamente, y el ambiente cotidiano era más cordial, amable y de buen humor. Además, habían desatascado una serie de viejos proble­mas y habían abordado cooperativamente el fra­caso escolar del hijo mayor y las relaciones con sus familias de origen. Se hizo con ellos una octa­va sesión de despedida y cierre, un seguimien­to telefónico a los tres meses y hubo además un encuentro casual con ambos, aproximadamente a los ocho meses. En todos estos contactos post­tratamiento se manifestaban ilusionados y agra­decidos por la ayuda recibida. Ni que decir que cerramos su carpeta con un gratificante: “éxito total”.

A los dos años y medio, Pepa solicitó una nueva cita con nosotros. En esta cita, que fue a escondidas de Jose, nos manifestó que aunque algunos de los cambios producidos por la tera­pia continuaban aún vigentes, ella no estaba ena­morada de su marido y ahora, sin ninguna duda, ni posibilidad ninguna de marcha atrás, quería separarse de él, para lo cual nos pedía ayuda. Paradójicamente, seguía agradecida por nuestro trabajo, al tiempo que reflexionaba que aquellos dos años y medio habían sido una quimera y una pérdida de tiempo que no había servido más que para crear unas expectativas de felicidad falsas y, sobre todo, para que postpusiese y no madu­rara una decisión que tenía que haber tomado entonces: separarse. Pensamos entonces borrar el adjetivo “total” de nuestra carpeta, y también tal vez el de “éxito”.

 

Cuando el fracaso es éxito

Un ejemplo contrario (de cuando el aparen­te fracaso puede terminar considerándose “exi­toso”) se da a menudo en nuestro trabajo con las “parejas de último cartucho”. Denominamos “parejas del último cartucho” a aquellas que está dándose la última oportunidad antes de sepa­rarse. En ocasiones son parejas que ya tienen predecidida su separación, pero se sienten cul­pables y/o fracasados por ello y deciden gastar el último cartucho que a veces sirve sólo para que puedan decirse a sí mismos o a un tercero que lo intentaron todo (incluso una terapia de pareja) sin éxito.

Por lo general -salvo muy raras y contadas ocasiones- la terapia con este tipo de parejas acaba en alguna de las múltiples formas del fra­caso. Bien abandonan la terapia con un “plantón” final, bien dan por finalizada la tera­pia por razones intra o extraterapéuticas o bien damos nosotros por finalizada la terapia (por las características de nuestro formato, normal­mente, en la sexta sesión, véase Pérez Opi y Landarroitajáuregui, 1995) ante el evidente estancamiento o incluso empeoramiento de la relación. Así pues cerramos su carpeta con un desabrido “fracaso total”.

Con cierta frecuencia, algún tiempo más tar­de estas personas nos llaman solicitando nuestros servicios de mediación en separación con el obje­tivo de hacer una separación de mutuo acuerdo que desean, pero que no se sienten capaces de hacer solos. Cuando meses después les llega la sentencia judicial, la relación con los hijos, con­sigo mismos y con el otro es más rentable (menos costos y a veces más beneficios) que cuando con­vivían y “apostaban” por la terapia de pareja. ¿Fue entonces el “fracaso” de la terapia condición pre­via para el “éxito” de la separación?.

A nuestro entender, la conclusión que se puede derivar de estos dos tipos de situacio­nes es que seguramente resulte simplista pre­tender dicotomizar el resultado de una terapia de parejas. Como ilustran las historias que aca­bamos de relatar, puede ser engañoso contra­poner casos “exitosos” y casos “fracasados”, por cuanto el aparente éxito de una terapia pue­de incluir una considerable dosis de fracaso, y el supuesto fracaso, una parte importante de éxito. Esta complejidad del resultado terapéu­tico se deriva a su vez de dos factores. Por una parte, del hecho de que en terapia de parejas sea difícil hablar de “curación”, ya que a menu­do no hay un límite claro entre lo patológico y lo fisiológico, entre lo funcional y lo dis­funcional. Y eso pese a que abundan los ins­trumentos de medida y los baremos que pre­tenden prefijar valores de normalidad o anormalidad.

Por otro lado, a que establecer el grado relati­vo de éxito o fracaso de una terapia de pareja exi­ge manejar una marco temporal mucho más amplio del que habitualmente se utiliza en las investiga­ciones o en los seguimientos de los clínicos. En otras palabras, el éxito no es “de una vez y para siempre”, sino que aparece como el resultado de toda una serie de procesos que se despliegan a lo largo de años e incluso de décadas. Todo ello exi­ge hacer uso de un considerable moderación a la hora de hablar del éxito de una terapia: ¿éxito para quién?, ¿de qué forma?, ¿bajo qué circunstancias?, ¿durante cuánto tiempo?.

Dicho todo esto, proponemos que a la hora de evaluar el impacto de una terapia de parejas se tengan en cuenta los siguientes aspectos:

a)      Como hemos señalado más arriba, la con­tinuidad o no de la pareja no debería ser criterio de éxito o, al menos, no el fundamental.

b)      Nos parece preferible usar como criterio de éxito prioritario el grado de consecución de los objetivos de los clientes (vs. los de los tera­peutas), siendo éstos los que sean. A la hora de aplicar este criterio hay que tener en cuenta que a menudo los objetivos se van modificando durante la terapia, así como que con frecuencia se deben manejar objetivos contrapuestos (p.e., ella quiere la separación, él seguir juntos).

c)       Proponemos valorar siempre cómo se modi­fica con la terapia el balance de costes y benefi­cios (vs. “satisfacción de pareja”). Sobre esto, tres matizaciones. Por un lado, proponemos no ceñir­nos exclusivamente al balance como pareja, sino centrarnos más bien en el balance personal ya que, p.e., el balance de los miembros puede mejo­rar tras una separación. Por otra parte, a la hora de establecer este balance, conviene no ser dema­siado exigentes y pretender que sólo haya bene­ficios y apenas costos. Y en tercer lugar, tampo­co nos parece adecuado mantener excesivamente alto el listón y aceptar situaciones de terribles cos­tos y escasos beneficios, sólo por mantener a toda costa la unión de la pareja.

d)      Finalmente, pensamos que cualquier esti­mación del éxito de una terapia de parejas debe entenderse desde un marco temporal amplio, valo­rando la evolución de la pareja y/o de sus inte­grantes tanto a corto como a medio y largo plazo.

CONCLUSIONES

Hemos dedicado este artículo a revisar crí­ticamente algunas de las formas más extendidas de entender el éxito de/en las parejas y a plan­tear como alternativa un modelo de balance cos­tes/beneficios. En la discusión de las implica­ciones clínicas que tiene nuestra propuesta hemos destacado lógicamente las aportaciones positi­vas que a nuestro juicio supone. Esperamos que en un futuro no muy lejano la investigación y la práctica clínica nos permitan refinar este mode­lo, identificar sus lados fuertes y también poner

de manifiesto sus limitaciones. Entretanto, con­fiamos que este trabajo sirva al menos para esti­mular la reflexión y la discusión de todos cuan­tos nos dedicamos profesionalmente a este campo tan apasionante.

 

 

Notas al texto

1         Nos interesa destacar que a nuestro juicio este fenómeno de incremento exponencial de las expectativas culturalmente inducidas ha fomentado y está fomentando justamente el aumento del fracaso y en especial de la percepción íntima de ser un fracasado/a cuando la pareja no funciona. Así pues, la cultura de nuestro tiempo ha contribuido a crear la paradoja de “la vivencia infernal en el lugar paradisiaco”, o sea, una bio­grafía llena de mezquino-problemas en un escenario prescriptivamente idílico.

2          En este sentido, una forma de ver las terapias de pareja es como un ritual culturalmente sancionado que pro­porciona mecanismos razonables de desempate.

3          En cierto modo, estamos planteando que no se trata de que las situaciones de ruptura de la pareja tengan connotaciones negativas porque resulten dolorosas y traumatizantes, sino que en buena medida resultan dolorosas y traumatizantes precisamente porque se han construido en torno a ellas toda esa serie de con­notaciones negativas. Lo cual no significa negar que un proceso de este tipo genere por su propia natura­leza toda una serie de costes personales, familiares y sociales muy considerables...aunque no necesaria­mente superiores a los que generaría mantener a toda costa la convivencia.

4          Admitiendo, eso sí, que es relativamente frecuente que se “haga mal” una ruptura, y tal vez más infrecuente que se “haga bien”.

5          De hecho, el reconocimiento de los llamados “ciclos vitales alternativos” va precisamente en esta direc­ción. Algo que no es de extrañar, en vista del hecho de que en algunos países de nuestro entorno cultural los ciclos vitales tradicionales han comenzado ya a ser minoría.

6          Estamos tentados de apoyar estas afirmaciones con la constatación empírica de que los efectos de los entre­namientos en comunicación para parejas -pese a su aparente espectacularidad a corto plazo- son muy limi­tados en el tiempo (Alexander y cols., 1994; Gottman, 1994), pero para nosotros se trata más bien de una cuestión que tiene que ver tanto con un planteamiento filosófico acerca de la imposibilidad de comprender cabalmente lo que el otro quiere decir (de Shazer, 1994) como con la constatación de que las diferencias sexuales resultan difícilmente salvables en este campo (Pérez Opi y Landorroitajáuregui, 1995).

7          Aunque nos parece una obviedad tener que subrayar esto, conviene tener muy en cuenta que la rentabili­dad, el balance y la relación costos/beneficios son recursos metafóricos que usamos para mejor entender­nos. Si rescatamos aquí el lenguaje -desde luego muy poco novedoso- de los primeros planteamientos con- ductistas sobre parejas (Costa y Serrat, 1976) es porque nos parece que permite ofrecer un modelo abierto y flexible, que presenta muchas más posibilidades de las que se le vieron en los años sesenta. En ningún caso pretendemos ofrecer una lectura mercantilista y simplificadora.

8         Aunque describamos estas cuatro propiedades como aplicables por igual a costos y beneficios, somos cons­cientes de que los costos no necesariamente se construyen siempre de la misma forma que los beneficios.

9         Aunque la influencia norteamericana nos induce a sustituir acríticamente el término “sexo” por el más políticamente correcto de “género”, nos negamos al seguimiento de esta fórmula del pensamiento débil que sustituye la ignorancia y la falta de rigor conceptual por la corrección política. Pese a la expansión de su incorrecto uso, el término “sexo” hace referencia a la condición bio-psico-social que distingue a hembras de machos. En medios anglosajones (y por simpatía en España) se usa exclusivamente en su acepción de “intercurso erótico mediado por los genitales” o también como “condición biológica dis­criminante”. Debe considerarse que dos de los tres autores que firman este artículo son sexólogos. La Sexología, si bien es conocida como la ciencia del sexo -el sexo que se hace- por influencia de la sexología norteamericana, es fundamentalmente la ciencia de los sexos -de los sexos que se son-, tra­dición típicamente europea. Así pues difícilmente los sexólogos europeos podemos colaborar con la extin­ción y desintegración conceptuales del constructo clave que da sentido, coherencia y estructura a su cien­cia: el sexo o, mejor, los sexos.


10   Desarrollaremos esta idea al hablar de la tarea de las “quinielas” (apartado 4.2.2.).

11   Nos gusta entender este tipo de procesos en función de la reflexividad de los niveles de significado, tal y como proponen Pearce y Cronen en su teoría del Coordinated Management of Meaning (1980).

12   Probablemente esta proposición no es adecuada para la etapa de enamoramiento inicial, durante la cual los beneficios parecen a menudo cuasi-gratuito.

13   En tanto en cuanto es terapia de pareja, en contraposición a terapias “en pareja” o “con la pareja” que se dirijan, p.e., a proteger a un hijo o a reducir la sintomatología de un cónyuge.

14    Siguiendo la teoría del Coordinated Management of Meaning (Pearce y Cronen, 1980), consideramos que los constructos de orden superior no tienen que determinar necesariamente de manera unívoca los signifi­cados de orden inferior. La CMM propone que los constructos de orden superior ejercen una fuerza con- textualizadora sobre los constructos inferiores, pero que pueden también modificarse si se acumula sufi­ciente evidencia en los niveles inferiores como para provocar una inversión jerárquica.

15   En cualquier caso, consideramos que las tareas terapéuticas deben en principio ser algo que surja a partir de la interacción de terapeutas concretos con clientes concretos en una sesión dada, por lo que no deben entenderse como “recetas” aplicables de forma descontextualizada e indiscriminada, sino como meros ejem­plos del tipo de tareas que se podrían crear.

16   Consideramos que este tipo de planteamiento sólo es defendible con éxito desde una posición terapéutica de omnipartidismo (Stierlin y cols., 1981), desde la cual la terapeuta se puede permitir apoyar a un miem­bro o a otro de la pareja, sabiendo que la neutralidad será la resultante final de toda una serie de pérdidas de neutralidad.

 


Bibliografía

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LA INVENCIÓN DE LA FEMINIDAD

Enrique Gil Calvo *

* Profesor Titular de Sociología. Departamento de Sociología I.

Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Campus de Somosaguas, 28023 Madrid, España.

 

Descripción de las tres dimensiones del espacio escénico donde se representa la imagen feme­nina socialmente construida: la sexista, que regula la exhibición del atractivo sexual; la puri­tana, que obedece reglas estéticas de corrección política; y la expresiva, que varía en función del status y la identidad personal. Así aparecen tres modelos relacionados de imagen femeni­na, asociados a las tres gracias del panteón helenístico, que están polarmente opuestos entre sí: el cuerpo sexista, vinculado a Afrodita, el cuerpo andrógino, heredero de Palas Atenea; y el cuerpo afeminado (o elegante), afín a Hera.

Palabras clave: Imagen femenina, identidad personal (femenina), sexismo, androginia, femi­nidad, expresividad, reglas de pureza, estilo, elegancia.

 

THE INVENTION OF FEMININITY. I am going to describe the three dimensions of the scenic space where the feminine image is socially constructed. The sexist, where sex-appeal exhibition is regulated. The puritan, where the political correct steticism takes place. And the expressive, which flows according to personal identity and status. Hence, there appears three models related to the feminine image, the three of them are related to the three graces of the Helenic Pantheon, Which are opposite each other: the sexist body, linked to Afrodita; the androgyne body, inheritor of Palas Athenea; and the elegant body, bind to Hera. KeyWords: feminine image, personal identity, sexism, Androgyny, femininity, expresity, purity, style, elegance.

 

Comenzaré por describir el campo de fenómenos a considerar, que es el repertorio de imágenes escénicas socialmente construi­do para designar lo femenino. Para ello utili­zaré como marco de referencia un sistema de coordenadas que consta de tres ejes, a modo de dimensiones o magnitudes que constituyen la anchura, la altura y la profundidad de la caja del escenario, representando la latitud, la longi­tud y la distancia de la imagen corporal feme­nina. Estos tres parámetros son el atractivo físi­co (belleza, hermosura, deseabilidad o sex appeal), la corrección formal (reglas de pure­za, control, rectitud y nitidez) y la expresividad o gusto propio (estilo, encanto y gracia)1, tal como aparecen en la figura 1: se trata de un espacio euclidiano en forma de delta (trián­gulo isósceles invertido) con tres ejes de coor­denadas (X, Y y Z), donde la X representa el eje sexista del atractivo físico, la Y corresponde al eje regulador o puritano de autocontrol for­ mal y la Z se refiere al eje expresivo del pro­pio estilo.

Estas tres dimensiones de la imagen feme­nina corresponden a tres ideales o mandamien­tos muy distintos entre sí. El primero es de natu­raleza puramente física o carnal: “ser guapa”, “estar buena”, “tener buen tipo” o “buena figu­ra”, etc. El segundo corresponde al imperativo cultural que obliga a “arreglarse”, tener “bue­na presencia”, “estar delgada” o “en forma”, “ser limpia”, “ir a la moda”, “parecer joven”, etc. Y el tercero manifiesta la identidad personal de la portadora en relación a la posición social que ocupa, lo que exige “ser original” o “expresiva”, “tener gracia”, “estilo” o “distinción”, poseer “encanto” o “elegancia” y ser a la vez “feme­nina” y “espontánea”.

Pues bien, estos tres tipos de mandatos coac­cionan moralmente a las mujeres de carne y hue­so, que se ven invitadas a obedecerlos. Es la conocida presión social ejercida por la opinión


pública, a la que las personas nos vemos obli­gadas a plegarnos con más o menos resistencia. De ahí que muchos sociólogos consideren que la imagen femenina siempre es una construc­ción social de la que son víctimas las mujeres sin poder evitarlo. Pero este deterninismo social resulta erróneo, en la medida en que siempre hay margen para una cierta libertad de elección. Como los mandamientos sociales son contra­dictorios entre sí, para obedecer alguno hay que desobedecer otros. Por lo tanto, aunque sea de forma involuntaria, casi siempre se produce algu­na clase de insumisión o resistencia, pasiva por lo general.

Para poder advertirlo conviene fijarse en algún caso concreto. Por ejemplo, el de las ado­lescentes, cuya inexperta credulidad las hace fáciles víctimas de la moda indumentaria, pres­tas a adorar las marcas comerciales más o mejor publicitadas. Por eso muchos creen que las quin- ceañeras son una especie de autómatas preprogramadas, servilmente seguidoras de los anuncios, las emisoras o las revistas. Sin embar­go, nada más lejos de la realidad, pues lo cier­to es que, a pesar de las apariencias, las chicas se sienten personalmente responsables de la ima­gen que efectivamente adoptan, en la medida en

 

 

que ésa es la respuesta que oponen a las con­tradictorias presiones que soportan.

Por eso las adolescentes ilustran perfecta­mente la validez del sistema de coordenadas. En efecto, esa edad es la primera en que se plan­tea el gran problema a resolver: ¿qué me pon­go?. Las mujeres más mayores, aunque sigan siendo jóvenes, ya poseen un estilo propio, o por lo menos han adquirido rutinas, hábitos y cos­tumbres estereotipadas, que les evitan tener que elegir a cada momento qué ponerse y cómo arre­glarse. Pero las adolescentes, en cambio, como son novatas en el arte de la puesta en escena, se torturan planteándose mil dudas y dilemas. Antes de esa edad se limitaban a dejarse orientar por sus madres, sin atreverse a discutir su experien­cia superior. Pero tras la nubilidad se rebelan contra la autoridad materna, que rechazan en nombre de su propia independencia. Y reivin­dican con ardor su legítimo derecho a la liber­tad de expresión, aunque no lo sepan ejercer todavía. Por eso se pasan horas ante el espejo o en las tiendas, probándose la ropa y combinán­dola de mil formas para ver cómo les sienta.

Y es que la clave de la puesta en escena feme­nina es precisamente la combinación de ele­mentos dispares, tomados de un repertorio tridi­mensional de signos como el que se acaba de esquematizar. Si seguimos con el ejemplo ado­lescente, advertiremos que a cada chica, cuando se dispone ante el espejo a arreglarse para salir, se le plantea un triple problema. Ante todo, qué hacer con su culo y sus tetas, que sobresalen bajo la ropa y amenazan con llamar la atención, especialmente de los chicos que la vayan a rodear. Aquí el dile­ma fluctúa entre subrayar culo y tetas, ponién­dose camisetas ceñidas y minifaldas estrechas, o disimular sus gorduras, ocultándolas bajo vaque­ros anchos, cazadoras grandes y amplias suda­deras. Éste es el eje sexista.

Después debe optar por elegir aquellos acce­sorios que definan y perfeccionen el acabado de su apariencia formal: alborotarse la melena o peinársela cuidadosamente con moño, trenzas o coleta; pintarse como una furcia o ir con la cara lavada sin granos ni espinillas; ceñir tobillos y muñecas con múltiples pulseras rústicas o colgarse del cuello una cadenita de oro muy fina; calzarse plataformas horteras de tacón, planos mocasines náuticos o rudas botas masculinas; pintarse las uñas de azul, moradas, de laca trans­parente o dejárselas cortas y limpias; y por supuesto, ponerse en las piernas medias negras, leotardos de color a juego, calcetines cortos de punto blanco o calcetines largos de rombos y lana gruesa. En cualquiera de los casos, y según sea el sitio a donde ir y la gente con quien se salga, el dilema que se plantea es cómo evitar hacer el ridículo. ¿Estaré gorda como una vaca con el vestido recto?. ¿Se me pondrá cara de torta con el collar y el flequillo?. ¿Se reirán de mí si voy de spice girl o parezco una pija?. ¿Quedaré mal si me pongo esta marca que ya no se lleva de puro antigua?. Éste es el eje puri­tano de la corrección política.

Y por último debe demostrar que tiene un gusto propio, probando la independencia de su criterio. Lo cual se aprende en la práctica imi­tando a las amigas más expertas y sobre todo despreciando todo cuanto le pueda gustar a las marujas adictas a la elegancia como mamá. Hay que distinguirse de las compañeras más torpes o más cursis criticándolas ferozmente ante el res­to de la clase, hay que discutir con las amigas íntimas sobre cómo es el estilo que más le va a cada una, hay que hundir a la rival que te ha roba­do el truco que tú habías encontrado antes y que pensabas que te caracterizaba y, sobre todo, hay que intentar deslumbrar a los chicos aparentando que tú eres la tía más inesperada, sorprendente y original. Aquí el dilema se plantea entre pare­cer tú misma o una más del montón. Y éste es el eje estilístico de la libertad de expresión.

Pero como todos estos desafíos suelen aca­bar frustrándose a causa de tu misma inexpe­riencia, terminas por intentar ocultarla sustitu­yéndola por la parodia, la transgresión y el exceso. Así es como optas por adoptar una tru­culenta pose de máscara de carnaval, tan cho­cante como estrafalaria y tan exagerada como ficticia. Y para ello basta con mezclar los opues­tos, invertir los papeles y combinar los contra­rios, poniéndote por ejemplo minifalda y medias finas pero no con tacones, que sería lo coheren­te, sino con machistas botazas, pues pronto aprendes que lo más llamativo es la flagrante contradicción. Sabes que así no engañas a nadie, pero al menos irritas a mamá, espantas a los bien- pensantes y provocas a los idiotas, que se escandalizan y te odian haciéndote creer en ti misma aunque sólo sea por la atención negativa que generas.

Todo con tal de gustar más o disgustar menos, que suele ser la secreta pero modesta esperanza de las chicas de carne y hueso. Pero ¿a quién gustar?: no a los hombres, cuyo juicio estilístico, en materia de imagen femenina, sue­le resultar despreciable, a pesar de que posean la llave del principio de realidad en materia de atractivo sexual. A quien aspiran a gustar las mujeres es a ellas mismas: a las demás mujeres, sean amigas, rivales o aliadas potenciales y, sobre todo, a sí mismas. De ahí que podamos traducir los tres ejes de coordenadas al esquema siguien­te: el eje sexista intenta complacer el gusto mas­culino, el eje regulador trata de contentar a las demás mujeres, respetando su gusto codificado, y el eje expresivo pretende alcanzar la propia autoestima personal.

Pero avancemos un poco más en la descrip­ción del espacio escénico femenino. Acaba de verse que estas tres dimensiones corresponden a los tres abanicos de posibilidades que se les abren a las mujeres a la hora de escoger su pues­ta en escena o presentación en público ante los demás. Por lo tanto, cada magnitud supone un determinado margen de maniobra, entre cuyas alternativas cabe optar con cierta libertad de elec­ción. Ahora bien, eso no quiere decir que los tres ingredientes hayan de aparecer en cada combi­nación elegida con un valor equivalente. Por el contrario, en función del contexto social, se escogerá una variante distinta, que puede impli­car una magnitud más elevada de alguno de los parámetros en detrimento de los otros dos.

Por ejemplo, las adolescentes tienen a ves­tirse con andrógino estilo unisex cuando van a clase, se disfrazan de zorras ficticias o muje­res fatales para ir a la discoteca y adoptan una máscara mucho más modosa, conformista y este­reotipada cuando tienen que ir de visita o a cenar con sus padres. Pero igual sucede con las muje­res más mayores, que adoptan diferente puesta en escena según se trate de ir a la oficina, de tien­das con las amigas, a cenar los viernes con otras parejas, de boda y demás ceremonias rituales o de excursión los domingos con toda la familia. Según cual sea la ocasión social, habrá que anteponer alguna dimensión prioritaria en detri­mento de las demás.

E igual sucede con la edad y el estado civil, que determinan la preferencia por subrayar algu­na magnitud de la apariencia ocultando las demás. Por ejemplo, las casadas adoptan una pose de olímpica inaccesibilidad que se contra­pone a los signos de invitación o aliento de que hacen gala solteras y divorciadas, disimulada­mente señaladas por ciertos signos impercepti­bles que manifiestan su libre disponibilidad. ¿Y qué decir de las mujeres más maduras, dispues­tas a los mayores esfuerzos y excesos que les permitan ocultar su gordura y su edad, fingien­do una inverosímil eterna juventud?.

Por lo tanto, dado que no se combinan las tres dimensiones con la misma magnitud, pode­mos hacer el ejercicio académico de considerar cada una de ellas con independencia de las otras dos, como si el valor numérico de un eje de coor­denadas se hiciese máximo mientras los otras dos se anulaban hasta aproximarse a cero. Con ello obtendremos una tipología de modelos feme­ninos extremos: meros tipos ideales resultan­tes de elevar a la máxima potencia cada uno de sus atributos característicos. Así, el cuerpo sexis­ta corresponde a la máxima puntuación del eje de las X cuando los otros dos se reducen a cero, el cuerpo puritano o andrógino aparece maxi- mizando el eje de las Y mientras se minimizan los demás y el cuerpo afeminado aparece ele­vando la expresividad del eje de las Z al máxi­mo a la vez que se neutralizan los valores de los otros. Es lo que aparece en la figura 2.

Así obtenemos la representación de los tres grandes arquetipos femeninos que figuran en los polos extremos de la imagen en delta. Por el eje de las X, el polo de la Puta, como arquetipo de los cuerpos sexistas que más deseo y atracción provocan. Por el eje de las Y, el polo de la Virgen, arquetipo de los cuerpos más reglados, puritanos o cercanos a la androginia. Y por el eje de las Z, el polo de la Madre: el arquetipo corporal de las esposas y madres legítimamen­te reconocidas. Por supuesto, esta distinción es relacional, pues cada uno de los tipos sólo cobra sentido por su contraste polar con los otros dos. La Virgen sólo se define como tal por oposición tanto a la Madre como a la Puta, e igual sucede con cada una de éstas.

 

 

 

Como es evidente, esta santísima trinidad de la imagen femenina representa una clara continuidad cultural e histórica con un material simbólico antiquísimo. Es el mito protomedite- rráneo de las tres gracias, que en su versión más clásica se corresponde con el panteón femenino de la mitología griega: Afrodita, diosa promis­cua del amor, la fecundidad y la lujuria; Palas Atenea, diosa virginal del arte, la ciencia y la guerra; y Hera, suprema diosa de la familia como esposa legal de Zeus y madre de sus hijos legí­timos. Pues bien, este trinitario arquetipo feme­nino, tan primitivo que resulta anterior a la revo­lución judeocristiana, ha logrado sobrevivir hasta nuestros días a través de una tortuosa genealogía. Por eso su origen arqueológico nos ha llegado desfigurado por múltiples adherencias tardías, que le dotan de una compleja polisemia híbri­da y mestiza.

Pero describamos la distinta naturaleza plásti­ca de estas tres imágenes arquetípicas. El sus­trato más primitivo es sin duda el de Afrodita, como modelo clásico del culto sexista. En tan­to que diosa de la riqueza agrícola y ganadera, su principio activo es la fecundidad o fertilidad.

Y   su objetivo práctico, como guía de construc­ción de la imagen, es poder gustar, tal como sucede con la comida y la bebida. Es decir, ser apetitosa y atractiva, “estar muy buena” o “estar muy rica”, tal como lo define el sexismo ma- chista: por eso de las mujeres muy carnales se dice que están “para comérselas”. De ahí el para­lelo con la alimentación y la glotonería, ya que el apetito sexual se vive como trasunto del hambre física. Ya lo decía el marqués de Sade: “no hay pasión más estrechamente asociada con la lujuria que la embriaguez y la gula”. Lo cual conduce a identificar la represión puri­tana con la anorexia y la voluptuosidad lasci­va con la bulimia.

Los atributos corporales que definen la ima­gen sexista resultan análogos a los que exhi­ben las viandas más apetitosas: forma, color, relieve, consistencia. Y la carne femenina se sopesa y aquilata viendo si aún está verde o ya se pasa de madura, y si conviene consumirla cru­da o prepararla para que quede crujiente, dora­da y cocida, con el ánimo de pelarla cuidadosa­mente hasta descubrir las carnosidades más tiernas, palpitantes y jugosas que oculta. De ahí que todas las culturas hayan edificado elabora­das gastronomías rituales codificando el minu­cioso arte de preparar de mil formas diferentes la carne femenina, creando así consagradas rece­tas de cocina y grandes platos ceremoniales con su decoración característica, a fin de celebrar refinados festines, veladas íntimas, copiosos ban­quetes o pantagruélicas orgías.

Los ejemplos sobreabundan, dada la pa- rafernalia fetichista que permite acondicionar la imagen corporal de la mujer adquiriendo la apa­riencia de un apetitoso y lúbrico manjar. Por ejemplo, llenándola como un milhojas de hen­diduras, orificios, escotes, oquedades y demás separaciones que permitan acceder al interior de la carne para introducir en su seno la vista. Y para crear esta ilusión óptica, que dispone la ima­gen para su más fácil acceso a la mirada, nada mejor que configurarla como un dispositivo diseñado en trompe-l’oeil o trampantojo, que produzca efectos de escorzo, perspectiva y trans­parencia. De ahí el recurso al contraste de colo­res en movimiento, que señalan los encantos marcando sus extremos, sus límites o sus abertu­ras: ojos huecos, uñas sangrantes, pezones pin­tados, boca en carne viva. Y de ahí también el recurso al volumen y al relieve como esencia ba­rroca del claroscuro, creando espejismos de profundidad con su juego de luces y sombras.

Volumen, relieve, hondura. Ésta es la meto­dología de la imagen sexista, que designa tur­gencia, redondeces, embarazo y gravidez. Pechos hinchados, nalgas voluminosas, vientre abulta­do, muslos rotundos, barriga prominente: así son todas las diosas de la fecundidad. De ahí que los cuerpos sexistas nazcan con la pubertad, se exalten con la maternidad de la purísima madonna y se amorticen con la temible menopausia, que es la amenaza cuyo omino­so augurio más horroriza a los cuerpos sexis­tas. Pero no hace falta caer en excesos obesos, pues se puede prescindir de la grasa sin dejar por eso de producir una imagen auténticamente voluptuosa. Pues la clave reside precisamente en la voluptuosidad, entendida como armonía dinámica del juego de curvas.

Piénsese en el arquetipo contemporáneo del cuerpo sexista, identificado con una diosa del celuloide como Marilyn Monroe. Su imagen es extremadamente voluptuosa pero su figura no está necesariamente gorda (aunque sí potelée o rellenita). Y es porque la voluptuosidad sólo está producida por la cadencia del juego de curvas. La clave reside en el contrapunto armónico entre las líneas curvas: tanto las curvas del cuerpo (ingle, caderas, pechos, nalgas, muslos, panto­rrillas, empeines, tobillos, muñecas o rodillas) como las prótesis curvas (medias, sandalias, fal­das, escotes, pulseras, lazos, volantes, cenefas, lencería, rizos o crenchas y hasta pestañas pos­tizas). Y no sólo el juego estático de las cur­vas, como en la estatuaria del helenismo o la pintura manierista, sino sobre todo su juego dinámico al moverse o caminar: es el contoneo, la cadencia rítmica que componen las formas del cuerpo al desplazarse en el tiempo y el espacio, lo que le confiere sus características molicie, lasitud y morbidez al cuerpo sexista.

El siguiente componente carnal de la ima­gen femenina es el cuerpo andrógino, que se eri­ge como la antítesis del cuerpo sexista frente al cual se contrapone. Por eso hay que definir esta dimensión andrógina con los mismos ras­gos que caracterizaban a la dimensión sexista, sólo que invertidos, para componer una contrafi­gura que se oponga a aquélla como la noche al día. De este modo, si el cuerpo sexista se identificaba con el volumen, la redondez y las líneas curvas, el cuerpo andrógino lo hace con la altura, la esbeltez y las líneas rectas. Pues, en definitiva, si la imagen sexista buscaba “gus­tar” y “estar buena”, a riesgo de “estar gorda”, la imagen andrógina prefiere “estar en forma” y, desde luego, “estar delgada” y “ser estrecha” o “lisa”.

Tópicamente, el cuerpo andrógino debiera parecer viriloide, al modo de las amazonas descalificadas por los misóginos que las tachan de marimachos, viragos o machorras. Pero en realidad no es así, pues esta dimensión de la ima­gen femenina no pretende imitar rasgos mascu­linos, remedando sus anchas espaldas, el volu­men torácico o la musculatura de sus miembros (como hacían pensar las hombreras postizas que estaban de moda), sino neutralizar las diferen­cias entre las morfologías de varones y mujeres, a fin de perfilar una figura femenina cuyas for­mas ya no se contrapongan a las masculinas: así se crea una imagen tan válida para unos como para otras. De ahí la exaltación de la inmadura figura adolescente, común al efebo imberbe y la doncella impúber todavía no diferenciados sexualmente, cuya esbelta imagen andrógina pueda estar encarnada por los dos sexos indistin­tamente.

Por lo demás, el cuerpo andrógino procede del más arcaico cuerpo sexista, cuya evolución le obligó a purificarse hasta perder toda su car­nosa imagen rotunda. En efecto, resulta más razonable pensar que la genealogía del cuerpo andrógino no desciende del cuerpo masculino, al que buscaría imitar o plagiar, sino del pro­pio cuerpo femenino, cuyo sexismo se desearía reprimir o regular: es decir, educar, racionalizar y estilizar. Me refiero con ello a dos fuentes históricas de la moderna imagen andrógina: el puritanismo y la fisiología, pues ambas cons­piran a la vez por des-sexualizar la figura de la mujer, civilizando el bárbaro arcaismo de su ima­gen premoderna.

Es verdad que llovía sobre mojado, pues como ha narrado Jack Goody (orig.1983) en La evolución de la familia y del matrimonio en Europa2, la cristiandad europea ya había exten­dido por toda la escala social la práctica sistemá­tica del celibato femenino (con el objetivo ecle­siástico de ampliar su propiedad de tierras, tras heredarlas de las solteras), cristalizando el cul­to a la virginidad femenina e instituyendo el llamado por Hajnal modelo europeo de matrimo­nio, con nupcias muy tardías y elevada propor­ción de mujeres solteras. Pero este sustrato cultu­ral se vio reforzado en la era moderna por el puritanismo religioso y la obsesión cientifista, imponiéndose una andrógina represión sexual.

El puritanismo en cualquiera de sus dos ver­siones modernas, la protestante reformada o la católica contrarreformista, exige negar el sexo, renunciando al cuerpo y sus placeres. Lajoie de vivre renacentista, con todo su culto carnal, es prohibida y estigmatizada como rabelaisiana grosería. Y ambos vicios capitales, la lujuria y la glotonería, se identifican como causa de perdi­ción, revelada por la gordura de la carne corrupta. Esta condena sólo se evita ocultando la anatomía de la mujer, con todas sus pecaminosas redon­deces, y practicando además una constante dis­ciplina corporal, carnalmente mortificante y hecha de ayuno y abstinencia. Es el triunfo de doña Cuaresma sobre don Carnal, pues si Afrodita parece bulímica, Palas resulta anoréxi- ca. Así es como se impone la imagen de una mujer alta, delgada y descarnada: es decir, espiri­tual, que ya ha logrado borrar de su cuerpo todo los signos de impura bajeza.

Y el resultado es una cruzada emprendida contra las obscenas curvas femeninas, que son anatematizadas como prueba mancillante de grosería. La consecuencia es un progresivo refi­namiento de la imagen de las mujeres, de quie­nes pasa a exigirse un cuidadoso autocontrol de su puesta en escena, cada vez más caracteriza­do por estrictas reglas formales de atuendo, ador­no, gestualidad, indumentaria y etiqueta. Se tra­ta del llamado por Norbert Elias proceso de civilización (título de su obra más célebre, origi­nal de 1936 y traducida al castellano por el Fondo de Cultura Económica de México en 1977), ocu­rrido en la sociedad cortesana durante la moder­nidad temprana y que da lugar tanto a la siste­matización de los mecanismos foucaultianos de vigilancia y control, que crean el panóptico de la opinión pública, como a la primera con­vergencia histórica entre los géneros masculi­no y femenino, que pasan a igualarse ficticia y ritualmente en los espacios escénicos de las Cortes monárquicas donde se congregan las éli­tes europeas.

De ahí el paralelo proceso de afeminamiento de los aristócratas masculinos (cuyo indómito salvajismo de señores de la guerra se domes­tica y civiliza hasta tornarse galante caballero­sidad) y de cultivo de las mujeres aristócra­tas: las preciosas ridiculas, que pasan a competir en pie de igualdad con los varones en materia de luces, ideas, artes y ciencias, com­partiendo con ellos los mismos salones de bai­le o debate (tantas veces presididos por corte­sanas o grandes damas) y comunes reglas de etiqueta, que imponen rituales andróginos de presentación en sociedad. Pero no sólo hay que revestirse con la máscara cortesana para enfren­tarse en público con los pares, pues también en privado hay que someter además al cuerpo a reglas estrictas de limpieza, lavado, depuración y refinamiento, capaces de anular su carnal sexualidad.

Georges Vigarello ha narrado en un bello libro (Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuer­po desde la Edad Media, original de 1985: Alianza Editorial, 1991) cómo la invención de la ropa blanca o interior de lencería (con sus nor­mas que reglamentan cómo lavarla, plancharla, almidonarla y encañonarla), siempre asociada a refinados rituales de ablución, baño y purifica­ción (lo que incluye maquillaje, manicura y depilación, todo ello coronado por la joyería, el peinado y la perfumería), permite establecer una clara frontera protectora que separa el cuerpo público, que se presenta en sociedad, del cuer­po privado, que no está menos regulado, disci­plinado y purificado por más que se le reserve para la intimidad secreta. Pero depurar el cuer­po carnal es como descarnarlo y des-sexuali- zarlo, convirtiéndolo en algo puro, asexuado y desencarnado.

Pues bien, este estilo de vida impuesto por la Corte, hecho de reglas estrictas de cuidado corporal, en seguida se difunde a la alta burguesía primero y desde ahí al resto de la sociedad, que por un proceso de esnobismo mimético pronto adopta las mismas pautas de regulación sofisti­cada. Es el proceso de la moda que, al compás del ciclo estacional de la Corte, obliga a reno­var cada temporada los rituales escénicos de la alta sociedad. Pues para que su simple repeti­ción redundante no devalúe la eficacia de las reglas de pureza, es preciso renovarlas una y otra vez, innovando reglas nuevas a fin de recrear o restaurar su magia purificadora. Éste es el sig­no de la modernidad: la constante renovación y creciente perfeccionamiento de las reglas for­males de pureza.

Y en paralelo a esta liturgia cortesana, entre las clases propietarias británicas se produce lo que Edmund Leites ha llamado la invención de la mujer casta3, al hilo del primer best seller de la historia: Pamela, o la virtud recompensada, de Samuel Richardson (1740), que adiestra a sus muchedumbres de lectoras en cómo discipli­nar sus vidas, sus pasiones y sus cuerpos con autocontrol, dominio de sí mismas e inflexible constancia, si es que desean merecer una larga felicidad matrimonial y familiar. Así es como el puritanismo ascético logra inculcar en las muje­res modernas la obsesión por someter su apa­riencia exterior a reglas formales y estrictas, que inducen en su porte una honesta imagen de impenetrable corrección y rectitud. Esto inclu­ye la firme represión de las bajas pasiones cor­porales, entre las que se confunden e identifican sexualidad y glotonería: de este modo se exten­dió la conveniencia de estar delgada para pare­cer casta, dado que para lograr ambos efectos hace falta reprimirse con idéntica constancia.

Este proceso de adelgazamiento y des- sexualización de la imagen femenina se impo­ne como imperativo estético durante el siglo XVIII, que instituye la delgadez como un sig­no estamental de distinción clasista, decretán­dose por esnobismo la exclusión racista de las clases bajas, rústicas y groseras, para quienes la curva de la felicidad todavía es signo de abundancia, hermosura y riqueza. Pero duran­te los siglos XIX y XX, esta cruzada puritana se ve reforzada hasta la exageración por el triun­fo de la ideología médica, que impone el culto obsesivo de una vida sana y salva: hay que adelgazar para salvar la vida del cuerpo, y no sólo para salvar la vida del alma. No obstan­te, esta alianza entre la clínica y el altar no hubiera podido imponer su dictadura fisiológica de no ser por el acicate de lo que un misógino llamaría la vanidad femenina.

En efecto, el factor que más influye para imponer la delgadez de la mujer es el miedo a envejecer, que busca detener el paso del tiempo venciendo la edad. Aquí hay por supuesto razo­nes fisiológicas, derivadas de la cruzada emprendida por los médicos en pos de la lon­gevidad. Pero creo que influyó en mayor medi­da la necesidad femenina de cultivar su aparien­cia física, haciéndola inmune al paso del tiempo. Las mujeres premodernas sólo alcanzaban sta­tus mediante la maternidad, dada su condición de hembras reproductoras al servicio de los lina­jes patriarcales que detentaban la posesión del patrimonio. En consecuencia, la imagen de la mujer premoderna era sólo sexista, obligada por la fecundidad de la que dependía su destino social.

Y   por ello, la menopausia determinaba la muer­te civil de la mujer sexista: su jubilación carnal, su retiro físico, su amortización humana. De ahí el pánico a envejecer y el miedo a la edad.

Pues bien, la mujer moderna aprendió a dete­ner el paso del tiempo venciendo momentánea­mente la edad. Y lo hizo sustituyendo su ima­gen sexista, que caduca con la menopausia, por una nueva imagen más moderna, no sexista sino andrógina, que sólo caduca lentamente, y lo hace desde luego más allá de la menopausia. Envejecer al lento compás masculino, en vez de hacerlo al brusco ritmo de la fecundidad feme­nina: ése fue el secreto deseo que encendió la revolución moderna de la imagen andrógina. La rotunda prestancia del cuerpo sexista sólo dura desde los veinte a los cuarenta años de plenitud, tras cuya crisis de menopausia su fecundidad se derrumba. En cambio, la dúctil agilidad del cuer­po andrógino se mantiene incólume de los quin­ce a los sesenta o más, cuando comienza lenta­mente a declinar. De ahí que la imagen andrógina aspire a fijarse en la eterna juventud de la nubi­lidad, parando el reloj vital a la hora de la ado­lescencia, cuando la carne es flexible y perdu­ra sin marchitarse.

¿Por qué adoptó esa decisión la mujer occi­dental?. Parece lógico pensar que no fue tanto por vanidad o coquetería como por instinto de supervivencia, que se resistió a esa forzosa jubi­lación anticipada que suponía la menopausia. Sobre todo tras lo que se ha llamado, a partir de Edward Shorter y Lawrence Stone, la invención del amor romántico4, que se impuso en Europa desde el siglo XVIII. Este nuevo concepto de relaciones de pareja exigía una imagen de mujer a la que ya no se valora por su capacidad sexual- mente reproductora sino por su virtualidad emo­cional o expresiva como confidente y compañe­ra: es una amiga o una amada lo que se busca, y ya no una amante o un ama de cría. De ahí la nueva simetría amorosa de las dos medias naran­jas, iguales y simétricas, que imponen el culto a la mujer andrógina.

Para poder envejecer juntos, en compañía de la persona amada, es preciso sincronizar la per­durabilidad de los cuerpos. Lo cual se vio acen­tuado al existir una pauta de hipergamia de eda­des, que impone a las mujeres emparejarse con hombres mayores que ellas. Y tanto más cuan­to la longevidad femenina es bastante más prolongada que la masculina, en condiciones modernas de salud. Todo lo cual exige alargar la vida civil de la carne femenina, sustituyen­do su imagen sexista, precozmente perecedera, por otra imagen andrógina mucho más prolon­gadamente duradera. Esto se sobreañadió al pre­vio modelo europeo de matrimonio, que imponía nupcias escasas y tardías sólo celebradas tras lar­gas etapas de noviazgo juvenil, por lo que pudo preconizarse la prolongada vigencia de la mujer joven y soltera, potencialmente andrógina por quedar apartada de la carga reproductora. El ancestral culto a la virginidad se vio así refor­zado por esta nueva imagen asexuada y anti­maternal, a fuer de romántica o amorosa.

Pero de poco hubiera servido lo anterior sin su coincidencia con un factor esencial, para mí determinante de que se haya impuesto la ima­gen andrógina durante la segunda mitad del siglo XX. Me refiero, claro, al abandono femenino de su reclusión doméstica para pasar a competir en pie de igualdad con los hombres en todos los ámbitos de la esfera civil: la enseñanza, el tra­bajo, la sanidad, el periodismo, la administra­ción pública, etc. Competir con los varones ha obligado a esgrimir sus mismas armas, inclui­das las que afectan a la imagen corporal. De ahí el uso de pantalones, camisas y americanas, con zapatos planos o botas pesadas, pues el traje de chaqueta simboliza, como los galones de la anti­gua guerrera, la autoridad institucional del car­go que se ocupa. Y de ahí sobre todo el uso y abuso de los signos de masculinidad: no sólo comer carne cruda, sino beber, fumar y blasfe­mar, como peligrosos ritos transgresores de ini­ciación viril, que identifican a la mujer andró­gina con los chicos jóvenes o adolescentes que rompen con su familia para hacerse hombres ingresando en la vida adulta.

No hace falta insistir en esta obviedad. Pero hay que subrayar la dimensión competitiva que encierra el integrarse en un mundo de hombres donde reina la rivalidad, la lucha por la super­vivencia y la ley de la selva. Y esta competencia generalizada impone también exigencias, que se manifiestan hasta en la propia imagen corporal. Hay que adiestrar el cuerpo, hay que perfeccio­nar la destreza formal, hay que ser agresiva y estar en guardia, hay que hacerse temer o al menos respetar, hay que imponerse a los demás y hay que revestirse de poder y autoridad. De ahí mi alusión anterior a las amazonas, como mujeres de rompe y rasga, dominantes, decidi­das y hechas de una sola pieza. Por eso, frente a la mórbida molicie de las redondeadas curvas sexistas, la mujer andrógina exhibe dureza, rigi­dez impenetrable y rectitud angulosa. Y frente a la diosa Marilyn, como mito sexista, hay que situar a la divina Greta como reina andrógina.

Aquí es donde últimamente se está impo­niendo la competencia deportiva, el culto al cuer­po atlético y la obsesión gimnástica por estar en forma. Es cierto que Greta Garbo no da la ima­gen de mujer deportista, y habría que sustituir­la por estrellas más actuales como Sigourney Weaver, con la felina ferocidad belicosa que exhibe en Alien, aunque no sea ejemplo de musculatura. Pero no hay duda de que el último empujón hacia la androginia lo está dando la invasión del deporte por parte de las mujeres, que esperan hallar en él la fuente de la eterna juventud, adquiriendo el secreto de estar delga­das y en perfecta forma física. El deporte no sólo es el símbolo de toda competencia sino que además expresa la mejor metáfora del hiperactivo hombre de acción, siempre entrenado y listo para entrar en carrera luchando por la victoria en la que se juega la vida. Pues bien, la mujer andrógi­na también es una heroína unisex, que se juega el tipo aspirando a salvarse mediante un cons­tante entrenamiento que la mantenga en forma.

Así es como, a resultas de todo lo anterior (culto europeo al celibato virginal, reglas corte­sanas de etiqueta, ascetismo protestante, inven­ción del amor romántico, ciclo de la moda, tra­bajo femenino extradoméstico, competencia profesional igualitaria entre hombres y mujeres, higienismo fisiológico, medicalización de la vida, práctica sistemática de deportes y culto a la eter­na juventud), se ha venido imponiendo como canon cultural el arquetipo andrógino de Palas Atenea, que si por un lado ha de tener un cuer­po danone de estilizadas formas perfectas, a fuer de sistemáticamente reprimidas, depuradas y regladas, por otra parte ha de ser una militante amazona feminista, capaz de reivindicar su com­petencia igualitaria con los varones en todos los campos de actividad física, estética o profesio­nal. Lo cual exige mortificación corporal, sacri­ficios carnales, entrenamiento constante, disci­plina ascética, purificación sexual y una imagen andrógina.

Sólo queda ya por fin el tercer cuerpo de la diosa, que es el femenino o afeminado, si enten­demos por ello no el amaneramiento y la cursi­lería que denigran los misóginos (y que desde luego está presente en multitud de imágenes, aportadas tanto por la ficción o la publicidad como por mujeres de carne y hueso, que no dudan en curvar sus meñiques como signo de afeminamiento), sino la sublimación ideal de su elegancia expresiva, interpretada como femini­dad. Pero es preciso reconocer que este tercer polo del arquetipo femenino es el más difícil de definir o precisar. Por eso, para poder concebir­lo, nada mejor que recurrir a una metáfora, extraí­da de la dialéctica hegeliana.

Si el cuerpo sexista es la tesis de la imagen de la mujer, y su antítesis el opuesto cuerpo andrógino, la síntesis habrá de ser, por lo tan­to, el tercer cuerpo afeminado, capaz de superar las contradicciones que oponen a los otros dos, al trascender tanto el soporte físico de su se­xualidad material como las reglas formales de su ejecución técnica. Y en este sentido, ¿qué atributos plásticos podrían caracterizarlo, fren­te a las curvas sexistas y la rectitud andrógina?. Sin duda, los que corresponden al concepto de elegancia: el sentido de la medida, la proporción de sus miembros, el equilibrio entre contrarios, la armonía de rectas y curvas, la originalidad de la combinación. O si se quiere, la estabilidad de su estructura, el rigor de su diseño, la singulari­dad de su composición, la coherencia de su esti­lo, la ecuanimidad de su presentación. Es decir, el ritmo y la métrica de su unidad interna.

Si el modelo sexista representa “estar bue­na” y el andrógino “estar delgada”, el afemina­do crea el efecto de “estar elegante”: tener “gus­to”, “gracia”, “estilo” y “encanto”. Y si el cuerpo sexista se identificaba con Marilyn Monroe y el andrógino con Greta Garbo, el afeminado pue­de asociarse con alguien tan evanescente como Audrey Hepburn: una imagen capaz de expre­sar la elegancia del cuerpo femenino pero que no puede reducirse ni a la tibia morbidez de su atractivo sexual ni a la enérgica dureza del ascetismo militante. Se advertirá lo difusa que resulta cualquier definición de la elegancia femenina, a la que sólo cabe referirse tangen­cialmente. Procedamos, pues, por aproxi­maciones sucesivas, a fin de poder deducirla de forma indirecta.

¿De dónde procede el carácter esquivo de la feminidad, que sólo puede brillar por su ausen­cia?. Se dice que toda mujer posee el llamado eterno femenino, que según Oscar Wilde es una esfinge sin secreto: es decir, un espejismo sin reflejo. Y es que la imagen femenina que da de sí una mujer es tan fugitiva como si careciese de objeto de referencia. Dicho con más propiedad: se trata de algo que trasciende tanto el cuerpo sexual como su imagen formal. De ahí su natu­raleza sublime, en el sentido kantiano de exce­lencia moral irreductible a la belleza formal. Sublime, es decir, subliminal, pues subyace y desborda a la perecedera carnalidad del sexo, así como a las reglas formales de su presentación estética. Y si se le atribuye eternidad es por tras­cender espacio y tiempo, resultando inmaterial e intemporal. De ahí que sea inmune al enve­jecimiento de la carne, por crear esa elegancia interior irreductible al cuerpo que trasciende sexo y edad, como irrepetible forma de expresión singular: la extemporánea distinción natural.

La elegancia es la puesta en escena de un estilo propio, personal e intransferible. Algo que no se muestra, como la sexualidad, ni se de­muestra, como la destreza formal, sino que se sugiere por alusión indirecta. Esto es como decir que la feminidad es elíptica, en el sentido de que elude aquello a lo que alude. Ya se sabe que la elipsis no sólo es una figura retórica muy econó­mica (pues permite ahorrar requisitos grama­ticales sin pérdida del sentido expresivo) sino además la esencia de la especificidad cinemato­gráfica. En efecto, el cine (y en general la ima­gen fílmica o gráfica) es un arte que se basa no sólo en el montaje o découpage (como hace tam­bién el propio fetichismo erótico), sino además en la elipsis narrativa: capaz de comunicar el mensaje o sentido argumental sin mostrarlo físicamente en pantalla. Los nudos del relato no deben mostrarse en imagen sino sólo sugerirse mediante pruebas indirectas, como un regalo que se olvida, unos zapatos que caen o un pestillo que se cierra.

Pues bien, la puesta en escena de la imagen femenina debe obedecer a las mismas leyes que rigen la puesta en escena de la imagen fílmica.

Y  en ambos casos el método es el mismo, al ba­sarse en una sola figura retórica: la elipsis, que posee la clave del estilo, es decir, la llave de la elegancia. Algo que no se puede ver ni admirar, como el encanto sexual o la perfección formal, sino que sólo se puede adivinar sin palabras, leyéndolo entre líneas. Por eso la feminidad pare­ce inmaterial, como si careciese de una con­sistencia física que se diluye al intentar asirla. Si los cuerpos sexista y andrógino resultan sóli­dos ambos (aquél mórbido, elástico y sinuoso; éste recto, estrecho y anguloso), el cuerpo ele­gante crea el efecto de ser líquido: disuelto, desvanecido, evaporado. De ahí que no se pue­da ver ni tocar, sino sólo adivinar, intuyendo la imagen que sus formas estílisticas revelan. Eso le confiere un aire de misterio irreal o de secre­to enigmático, dotándolo con los atributos de la inefable intangibilidad.

Pero si la clave de la elipsis es dejar fue­ra de la imagen el sentido último de ésta, ¿a qué se refiere, en realidad, la elegancia feme­nina?. ¿Qué es aquello que se elude y no se muestra en la imagen, pero a lo que se alude indirectamente dejándolo traslucir o adivinar?. ¿La sexualidad, como desea creer la imagi­nación masculina?. ¿O la máscara teatral que oculta segundas intenciones, según sospecharía alguna rival?. Ni una ni otra. En realidad, el sentido último al que apunta la imagen feme­nina es la propia identidad personal, construida a partir de la posición intransferible que cada mujer ocupa en el marco de su entorno fami­liar y social. Y el mensaje que queda elíptico, sin mostrar o fuera de imagen, es precisamente lo que más interesa: su ego entendido como ser social.

Por lo tanto, bien puede proponerse otra metáfora, esta vez freudiana. Si el cuerpo sexis­ta de Afrodita consiste en la manifestación car­nal del id o ello libidinal, y el cuerpo andrógino de Palas Atenea representa el super ego repre­sor, el cuerpo afeminado de Hera habrá de expre­sar el ego propiamente dicho, que actúa adaptándose a cada hic et nunc e imponiendo el principio de realidad. De ahí que apunte y alu­da a la identidad personal de la interesada, lo que puede hacerse mediante tácticas aparentemente opuestas. Hay veces en que la elegancia adop­ta una imagen subjetiva y personal, como dicien­do aquí estoy yo. Otras, en cambio, se borra y difumina bajo pantallas de clasicismo y dis­creción anónima o tras pautas estereotipadas que obedecen a estilos inmediatamente reconocibles, como si fuesen géneros literarios. Pero siempre se trata de ofrecer la propia inter­pretación personal, de manera acorde con la posición social ocupada.

En última instancia, el secreto de la esfinge femenina es el de la adecuación a su status. La armonía designada por la elegancia se refiere al equilibrado acuerdo que debe reinar entre la posi­ción social que se ocupa y la imagen visual que resulte más apropiada para ocuparla con rigor, coherencia y sentido de la proporción. Pero para poder advertir esto conviene huir de las abstrac­ciones para regresar a lo más concreto, que son las mujeres de carne y hueso. Vuelvo, pues, a mis adolescentes de hace unas pocas páginas. ¿Qué es para ellas la elegancia?: sólo la abo­rrecible cursilería de que hacen gala las maru­jas irredentas como mamá. Si a una quinceañe- ra le pides que se ponga elegante, casi te pega. Lo que no quita para que las chicas más jóve­nes, aunque detesten la elegancia y la cursilería, sin embargo también intenten parecerfemeninas.

¿Cuál es, pues, la diferencia entre una y otra forma de feminidad, la de las madres que envi­dian la elegancia de las señoras pudientes y la de sus hijas que desprecian la cursilería de las revistas para marujas?. Las madres identifican la elegancia femenina con la fidelidad a un mode­lo canónico, es decir, con la lealtad a un patrón clásico. Y puestos a interpretar esa leal fideli­dad con arreglo a la estrategia de la sospecha, cabe imaginar que el patrón a quien desean per­manecer fieles y leales es, en realidad, su señor marido (que es, también, el padre-patrón de sus hijas). De ahí que sea Hera, en tanto que espo­sa legítima de Zeus, la diosa que representa el patrón de la elegancia femenina, como arqueti­po de la Matrona o Señora de la casa.

Y eso las hijas lo saben muy bien: como todavía no tienen casa de la que sentirse seño­ras, rechazan todo título de elegancia, pues saben que pertenece en exclusiva a las seño­ras casadas. Si la casada casa quiere, la solte­ra casa rehusa: de ahí el rechazo explícito y manifiesto de las adolescentes por la elegan­cia. Sin embargo, aunque sea de forma implí­cita y latente, las chicas jóvenes sí añoran subliminalmente una cierta configuración de tácita elegancia, por más que la bauticen con otras palabras muy distintas: gusto, estilo, encanto, gracia, originalidad. Y es que hasta las más andróginas quinceañeras buscan adqui­rir y representar una feminidad subliminal, como si se adivinasen predestinadas a repre­sentar algún día la legítima elegancia que sólo se atribuye a las señoras de su casa. ¿O es que acaso las pasarelas donde desfilan las asedia­das top models no concluyen todas con un vestido de novia?.

Ahora bien, el que la elegancia sea un atri­buto sólo inherente a las señoras de su casa (aun­que no estén casadas), del que se ven privadas las mujeres a las que no se llama señoras, reve­la que, en realidad, la feminidad está vinculada con el status social, especialmente con el esta­do civil. Esto es algo que siempre se ha sospe­chado, a saber: que sólo son de verdad elegan­tes las mujeres de alto status y con elevada posición social. Y es que, de hecho, la elegan­cia es una barrera de status: un signo de distin­ción, privativo de la alta sociedad e inaccesible para las clases inferiores, pues queda fuera de su alcance por mucho esnobismo advenedizo con que intenten imitar a las élites. De ahí que sea Hera, que ocupa la cúspide del panteón, quien mejor exprese la olímpica elegancia, inaccesible para las demás mortales.

Sin embargo las otras mujeres, aunque no puedan ocupar el mismo status que sólo Hera posee, no por eso renuncian a compararse y medirse con ella, tratando no de imitarla (lo que estaría de antemano condenado al ridícu­lo por imposible) pero sí de rivalizar en el arte de ostentar la propia posición ocupada. Quiero decir que la elegancia funciona como un sig­no de distinción y una barrera de status, pero no sólo para la cúspide de la alta sociedad, don­de habitan Hera y demás grandes damas de la élite, sino para todas las demás escalas infe­riores de la pirámide social. Cada estrato y cada posición poseen sus propias barreras de status y sus peculiares signos de distinción, que defi­nen una determinada forma de presentarse en sociedad, capaz de revestir una inherente ele­gancia natural. ¿O es que acaso no se han escri­to ríos de tinta sobre la elegancia de las cam­pesinas, o para el caso de las camareras, las secretarias o las modistillas, por no hablar de la elegancia de la vejez, la adolescencia y has­ta de la infancia?.

En realidad, la elegancia puede definirse en este sentido como el arte de ofrecer la mejor ima­gen capaz de representar con propiedad la posi­ción social ocupada: las marquesas vestidas de marquesa y las criadas de criada; y de igual modo, las solteras de soltera y las casadas de casada. Pues en eso y no en otra cosa consisten la elegancia y la feminidad: en la virtud de aco­modarse con rigor estético y coherencia formal a la imagen visual que socialmente correspon­de a cada status o posición ocupada en el seno de la estructura social. De ahí que este polo arquetípico identificado con la feminidad resul­te tan terriblemente conformista y conservador del orden vigente, en la medida en que refuerza con el mágico atributo de la excelencia estéti­ca la obediente sumisión a las exigencias socia­les de la posición ocupada.

Y sin embargo, de forma paradójica, esta conformista sumisión a las exigencias del sta­tus no es vivida por las mujeres reales como una imposición. Al contrario, ellas se adaptan a su nicho en la estructura social creyendo que siguen su propio gusto e incluso reivindicando su ple­na libertad de expresión. Esto resulta particu­larmente evidente en el caso de las adolescen­tes quinceañeras, cuya forma de plegarse a su condición de hijas solteras de familia es osten­tar ruidosamente los signos de distinción que como tales las identifican: ya fuera en su momen­to la cola de caballo, la falda acampanada y las zapatillas toreras, como en la época de Debbie Reynolds y Audrey Hepburn, o sea hoy el paró­dico estilo hiper-hortera de zorreta con plata­formas que se asocia con las Spice Girls y demás fauna seudo-transgresora.

Pero lo mismo sucede con las casadas y madres de familia más estereotipadas, que tra­tan de ir discretamente elegantes con clasicismo conformista. En realidad, su evidente aparien­cia conservadora resulta coherente con la ima­gen que dan, destinada a ostentar su status de mujer sometida a su marido-propietario y padre- patrón de sus hijos, con la pata quebrada y en casa: de ahí que su máscara de maruja pintada revele con inmediata transparencia la sujeción que la vincula a la posición que ocupa. No obs­tante, ellas no lo viven así, pues piensan que eli­gen por propio gusto y con plena libertad de expresión la misma imagen estereotipada que las encadena a su posición social.

Yes que la clave de la feminidad reside precisamente en esto: no en asumir la sujeción por gusto y con resignación sino en demostrar tu gusto propio en los signos que eliges para adaptarte a tu posición. Las mujeres se saben obligadas por la necesidad a ocupar posiciones sometidas, sean las de adolescente quinceañe- ra o de madre de familia. Pero como compen­sación, reivindican su plena libertad de expre­sión a la hora de elegir la imagen visual con que representan en escena su forzada posición. Así es como logran sentirse libres y liberadas por la imagen femenina o elegante con la que se expre­san, a cambio de saberse atadas y sujetas por la posición social que ocupan. Puede que sólo Hera sea realmente elegante, como primera dama del panteón olímpico. Pero todas las demás mujeres se consideran libres de rivali­zar con ella a la hora de seguir nada más que su propio gusto personal, adaptándose con natu­ralidad a su destino social.

Es posible que no puedas evadirte de ese destino, pero al menos desarrollarás un estilo propio y singular, que te permita reconciliar­te con tu suerte. Y la clave reside en la natu­ralidad o espontaneidad con que te expreses visualmente5, pues como señala Mary Douglas (1978 : 93), existe una tendencia natural a expresar determinado tipo de situaciones por medio de un estilo corporal adecuado a ellas. Esta tendencia puede calificarse de natural en tanto que es inconsciente y surge como res­puesta a una situación social. Después cita a Barthes para definir el estilo como un lengua­je auto suficiente que se enraíza en las profundidades de la mitología personal y secreta del autor. Y concluye Douglas: los esti­los corporales surgen espontáneamente y se interpretan igualmente de forma espontánea (ibidem).

Pues bien, aquí reside la raíz de la feminidad o elegancia natural de las mujeres: en su capa­cidad de adoptar con libre naturalidad incons­ciente un estilo propio que, como si fuese su se­gunda naturaleza, les permite adaptarse espontáneamente a las situaciones sociales en que se ven envueltas. La libertad de expresión: ésta es la elegancia natural del cuerpo de Hera, que no es reductible al sexismo del cuerpo de Afrodita ni tampoco a las reglas de pureza del cuerpo de Atenea.

 

 


Notas al texto

1         Ya he propuesto este sistema tridimensional de coordenadas en otra ocasión anterior. Véase mi texto titu­lado La construcción del cuerpo femenino, original de 1994, que aparece publicado en mi recopilación Escritos entre líneas 1987-1998.

2         Traducido por Herder en 1986.

3         Título de la traducción al castellano (Ed. Siglo XXI, 1990) de su libro La conciencia puritana y la sexua­lidad moderna, original de 1986.

4       Véase una buena síntesis historiográfica en Michael Anderson: Aproximaciones a la historia de la fami­lia occidental (1500-1914), original de 1980, traducido por Siglo XXI en 1988. La mejor interpretación actual es la de Anthony Giddens: La transformación de la intimidad: Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, original de 1992, traducido por Cátedra en 1995.

5      En otros lugares como mi libro anterior sobre esta materia, La mujer cuarteada (Anagrama, 1991), he ana­lizado la distinción entre racionalidad instrumental, fundada en el cálculo interesado (y aplicable a las reglas andróginas de pureza) y racionalidad expresiva, fundada en la espontaneidad y sólo surgida como conse­cuencia no querida.

 

 


FEMINISMO Y SEXUALIDAD

Juan Fernández *

* Profesor Titular de Psicología de la Intervención Educativa.

Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Facultad de Psicología Campus de Somosaguas. 28223 Madrid, España. E-mail: psevo01@sis.ucm.es

 

Este artículo analiza tres trabajos de investigación pertenecientes a tres campos bien distin­tos, pero que comparten un especial interés por el desarrollo de la sexualidad humana. Nos estamos refiriendo a las aportaciones de una de las principales representantes del movimien­to feminista (Friedan, 1983), a los trabajos de uno de los más destacados sexólogos de nues­tros días (Money, 1991) y a las investigaciones sobre la medida y la conceptuación de los cons- tructos de la masculinidad y la feminidad de una de las autoras de mayor prestigio internacional (Spence, 1993). Todas estas aportaciones se analizarán críticamente desde el enfoque de la doble realidad del sexo y del género y, por ende, desde la sexología y la generología. Palabras clave:sexo, género, sexología, generología, feminismo.

 

FEMINISM AND SEXUALITY. This article analyses three research works referring to diffe- rentfields of knowledge but which share concern with the concept of sexuality. We refer to the contributions of one of the main representatives of the feminist movement (Friedan, 1983), the studies of one of today’s most outstanding sexologists (Money, 1991), and the investigations of Spence (1993), an internationally well-known authoress, dedicated to the measurement and conceptualization of the masculinity and femininity constructs. Their main contributions will be analysed critically from the sex and gender dual-reality approach and, therefore, from the framework of both sexology and "genderology ".

Keywords: sex, gender, sexology, "genderology", feminism.

 

Introducción

Es difícil a primera vista imaginar un cier­to solapamiento de preocupación investigadora entre una reputada feminista como Friedan (1963, 1983), un conocido sexólogo como Money (1985a, 1985b, 1991) y una psicóloga profusamente citada que se ha dedicado básica­mente al estudio de los nuevos conceptos de mas- culinidad y feminidad como Spence (1984, 1985, 1991, 1993). Sin embargo, la lectura de sus tra­bajos pone de manifiesto que en los tres casos aparece un considerable interés, ciertamente con diferentes grados de intensidad, por la necesi­dad de investigar más detenida y seriamente el desarrollo de la sexualidad humana.

En tiempos sin duda todavía duros para el reconocimiento de una disciplina dedicada a la sexualidad -la sexología- y, por supuesto, para su institucionalización dentro del mundo acadé­mico internacional (Abramson, 1990; Amezúa, 1991; Fernández, en prensa; Money y Musaph, 1977), parece a todas luces que merece la pena el esfuerzo dedicado a poner de manifiesto los argumentos esgrimidos por estas tres figuras en favor del reconocimiento social de la sexua­lidad humana. Una vez asimiladas sus aporta­ciones, vamos a tratar de enmarcarlas dentro del enfoque que venimos defendiendo desde hace años y que establece que el sexo y el géne­ro hacen referencia a dos realidades humanas muy complejas que mutuamente se comple­mentan (Fernández, 1983, 1988, 1991a, 1991b, 1996a, 1996b, 1998). La razón de este encua­dre se debe a que prácticamente hasta nuestros días, como se pondrá de manifiesto en el aná­lisis de estos autores, el género ha sido consi­derado como uno de los principales enemigos del sexo, llegando incluso a hacer depender el éxito de aquél de la desaparición de éste (Amezúa, 1997).


 

La segunda fase o período

Friedan (1963, 1983) se muestra claramen­te satisfecha de la victoria feminista que ha aca­bado con lo que denomina la mística femeni­na, fundamentalmente gracias a las diversas batallas llevadas a cabo por los distintos femi­nismos que se han ido sucediendo a lo largo del presente siglo. Esta mística presentaba el ideal de mujer como aquella persona que cumple ejemplarmente su papel de esposa y de madre, dedicándose por entero a su marido, a sus hijos y a todas aquellas faenas del hogar que se con­sideraban consustanciales a su propio sexo (lim­pieza y ornamentación de la casa, compra y pre­paración de los alimentos, entre otras muchas cosas por el estilo). A todos esos distintos femi­nismos -liberal, social o marxista, radical, pos­moderno-, que se extienden en el tiempo desde finales del pasado siglo hasta nuestros días, los va a englobar esta destacada feminista bajo la denominación única de feminismo de la pri­mera fase o período.

En la balanza de lo positivo de este feminis­mo se encuentran, según esta autora, todos aque­llos cambios que han supuesto una considerable igualdad entre mujeres y varones en casi todos los ámbitos en los que ordinariamente se desa­rrollan los humanos -familiar, laboral, cultural, etcétera-. Ahora bien, todo esto no se ha con­seguido sin pagar un alto precio por parte de las mujeres. Buena parte de ellas han tenido que convertirse bien en “supermujeres”, lo que les ha supuesto, a título de ejemplos ilustrativos, el tener que realizar más esfuerzos que los varo­nes a cambio de la misma recompensa salarial o de la misma igualdad de categoría social, el ejecutar una doble o triple jornada laboral e inclu­so, aunque pueda parecer paradójico apriori, la asimilación del modo de ser y pensar más típi­camente varonil, es decir, la visión androcéntrica de la realidad humana; o bien llegar a ser “Ms. Libber”, en tanto han tenido que luchar contra el matrimonio, la maternidad, la familia y las relaciones sexuales con los varones.

Por eso, en la balanza de lo negativo se encontraría, para esta luchadora feminista, una guerra encarnizada entre los sexos que dificul­taría en estos momentos de finales del siglo XX, si no es que llega a imposibilitar del todo, cual­quier intento de convivencia pacífica entre ellos, incluida por supuesto la de carácter sexual.

A la luz de esta situación, que Friedan (1983) considera “callejones sin salida del movimien­to feminista”, propone como solución, al ini­cio de la década de los 80, lo que denomina segunda fase o período. Con ella se trataría de superar la así denominada mística feminis­ta (por oposición a la primera mística femeni­na), cuya esencia radica en que las mujeres lle­guen a ser iguales en todos los sentidos -personal y socialmente hablando- que los varones. El feminismo de la segunda fase, y este es el pun­to para nosotros más relevante por lo que res­pecta a ese solapamiento que estamos buscan­do, debería tratar de “la reestructuración de nuestras instituciones sobre la base de una igual­dad verdadera tanto para los hombres como para las mujeres, a fin de poder vivir un nuevo sí a la vida y al amor, y de poder tener hijos. La diná­mica que esto conlleva es económica y, al mis­mo tiempo, sexual”(p. 44). Dicho en otras pala­bras, la propuesta de la segunda fase implica tanto un reconocimiento a la política de la igual­dad entre los sexos que han venido propugnan­do los diversos feminismos -igualdad ante la ley del feminismo liberal; igualdad de categoría social ( o de clase) del feminismo social o mar- xista, etcétera-, como el correspondiente respe­to e incluso fomento de lo específicamente feme­nino, siendo aquí donde encontraría su lugar natural todo aquello que tiene que ver con las relaciones sexuales entre los sexos, que por supuesto se hallan en las antípodas de las gue­rras o batallas intersexos. De hecho, esta repu­tada feminista señala, como objetivo de futuro a realizar en la segunda fase, el “comenzar a debatir abiertamente el problema de la negación feminista de la importancia de la familia, de las necesidades de la mujer de dar y recibir amor, y de cuidar y dispensar afecto” (p.28).

Estos planteamientos se encuadran dentro de la corriente general feminista denominada “femi­nismo de la diferencia”, por oposición a la otra corriente conocida como “feminismo de la igual­dad” (Hare-Mustin y Marececk, 1990). En el pri­mer caso, se trataría de resaltar y de revalori- zar lo específicamente femenino -sirva como uno de los ejemplos internacionalmente más cita­dos la propuesta de Gilligan (1982) por lo que respecta al diferente desarrollo moral de varo­nes y mujeres-, de forma que, unido a lo especí­ficamente masculino, las personas de uno y otro sexo pudieran mutuamente enriquecerse, mien­tras que en el segundo caso, el objetivo final sería una especie de trascendencia de los pape­les y estereotipos considerados clásicamente como específicos de cada sexo, a fin de flexi- bilizar al máximo todas las opciones posibles sin distinción de sexos (Rebecca, Hefner y Oleshansky, 1976).

 

El sexo frente al género

Money (1991), en su ponencia para el Décimo Congreso Mundial de Sexología, pone de manifiesto cómo la así llamada Revolución Sexual de las décadas de los 60 y 70 constitu­ye un breve oasis de vivencia del placer sexual entre dos épocas de claro y manifiesto antise- xualismo o sexofobia. La etapa precedente a la revolución viene caracterizada por la creen­cia errónea (la tristemente famosa “teoría de la degeneración”) de que la masturbación era la causa principal de la epidemia de sífilis sufri­da en épocas anteriores, a la par que de otros muchos síntomas de perturbación psíquica y física. El período siguiente, que se prolonga hasta nuestros días, presenta todo un elenco de indicios que confluyen de nuevo en una sexo- fobia renovada: censura implícita y explícita de los cursos de educación sexual dentro de la educación formal, no formal e informal; dis­criminación en el marco laboral de las minorías sexuales; adopción de una terminología judi­cial criminológica dentro del vocabulario clí­nico; y segregación de las investigaciones sobre el sexo dentro de los ámbitos académicos, por sólo traer a colación algunos de esos indicios más manifiestos.

La conclusión a la que llega este conocido investigador tras el análisis de estos dos períodos, anterior y posterior revolución sexual, es que la sexología está en peligro de ser “tragada y con­sumida por las fauces del monstruo del antise- xualismo epidémico”. La vulnerabilidad de esta nueva disciplina es tal que, ya a punto de entrar en el siglo XXI, todavía no cuenta con un dicciona­rio de términos propios, ni con instituciones capa­ces de acreditar y garantizar la formación acadé­mica en sexología ni tampoco, por supuesto, con un mínimo de financiación oficial que posibilite el desarrollo científico en estas materias.

Lo curioso y paradójico de esta postura en favor de la sexología por parte de Money al ini­cio de los 90, es que, prácticamente en todas sus publicaciones, que comienzan con su tesis doc­toral a comienzos de los 50 y se prolongan has­ta las últimas décadas (Money, 1985a, 1985b; Money y Ehrhardt, 1972), la palabra sexo ha desaparecido para ceder su puesto al vocablo género. La razón fundamental ofrecida por este sexólogo para un cambio aparentemente tan cho­cante es que el término género sirve mejor que el del sexo como “paraguas” bajo el que se pue­den cobijar, de forma más segura, las comple­jas realidades hasta entonces encuadradas bajo la denominación amplia de lo sexual.

Tal es el éxito que obtiene con este cam­bio, que la mayoría de instituciones naciona­les e internacionales, la casi totalidad de inves­tigadores en estas materias, y una buena parte de las clasificaciones de las disfunciones sexua­les más reconocidas en el ámbito internacio­nal, van a asumir sin más el nuevo término, junto al de sus derivados (papeles de género, estereotipos de género, etcétera). Un ejemplo típico de lo dicho, que ha recorrido el mundo del uno al otro confín, es sin duda el de la con­cepción de Money de lo que debería ser uno de los pilares más básicos de cualquier sexo- logía: el de la identidad sexual. Para este autor y algunos de sus más estrechos colaboradores la identidad de género (a partir de aquí el sexo va a desaparecer) hace referencia a la igual­dad a sí mismo, a la unidad y persistencia de la propia individualidad como varón, mujer, o ambivalente, mientras que el papel de géne­ro se refiere a lo que una persona dice o hace para mostrar a los otros o a sí mismo en qué medida es varón, mujer, o ambivalente (Money y Ehrhardt, 1972).

Con ello lo que se produce, como bien seña­la Amezúa (1997), es una desexualización de los sujetos y, por tanto, por extraño que pueda pare­cer, un duro y mortal golpe a la propia sexología.

Ya desde un principio no deja de extrañar que alguien que pretende defender una nueva disci­plina como la sexología con tan considerable vehemencia como la manifestada por él, comien­ce sustituyendo la palabra sexo por género.

De nuevo, pues, nos volvemos a encontrar con ese algo que sirve de denominador común a feministas y sexólogos y que no es otra cosa que el haber sucumbido a la moda reinante, ini­ciada hacia mediados de nuestra centuria, de sustituir el sexo por el género. Al observar los efectos devastadores de tal sustitución, tanto en el mundo académico como en la vida coti­diana, algunas feministas -es el caso patente de Friedan-, algunos sexólogos -Money, sobre todo-, junto con una minoría de psicólogos -Spence, tal como veremos a continuación-, parecen querer dar la voz de alarma para recu­perar una de las dimensiones más básicas de los seres humanos (varones, mujeres y personas ambiguas -individuos que muestran diferentes grados de intersexualidades o hermafroditismo o pseudohermafroditismo): su desarrollo como individuos felizmente condenados a ser necesa­riamente sujetos sexuados.

Masculinidad y feminidad sexológicas frente a instrumentalidad y expresividad generológicas

Desde antiguo los conceptos de masculini- dad y feminidad estuvieron siempre asociados a los varones y a las mujeres, respectivamente, de forma que, al igual que un sexo era bien dis­tinto del otro, sin que pudieran transformarse el uno en el otro por mucho que así se quisiera, de igual modo lo masculino y lo femenino se cons­tituían en dos polos opuestos irreconciliables. Lo masculino era lo específico, la esencia mis­ma, del ser varón y lo femenino era lo propio para la mujer. Todo ello enmarcado dentro del terreno fundamentalmente sexológico.

Ya adentrados en este siglo, en torno a los años 40, los psicólogos van a intentar especifi­car y medir estos conceptos vagos y difusos a fin de que pudieran ser estudiados científica­mente como lo estaba siendo desde hacía tiem­po el concepto también difuso de inteligencia. Así es como surgieron las primeras escalas deno­minadas de masculinidad/feminidad.

Estos primeros intentos de materialización técnica de estos conceptos omnipresentes lle­garon a ser con el tiempo bastante desalenta­dores. No se elaboró la más mínima teoría en torno a ellos, con lo que los datos obtenidos de las escalas resultaron o bien de escasa utilidad o, lo que fue peor aún, en buena parte de los casos, perniciosos (Fernández, 1983).

Esto hizo que algunos psicólogos se preo­cupasen, en torno a los 70, de buscar algún fun­damento teórico para estos conceptos tan esen­ciales para los humanos. Lo encontraron en los rasgos de personalidad, deseables socialmente, de naturaleza instrumetal y expresiva (Parsons y Bales, 1955). En un principio hubo alborozo científico generalizado, pues los constructos de masculinidad y feminidad ya podían ser estu­diados científicamente. Además, se podía con­cluir con cierto rigor, a partir de estas investi­gaciones, que la masculinidad/instrumentalidad y la feminidad/expresividad poco o nada tenían que ver con el “sexo biológico”, es decir, se había pasado de la realidad del sexo a la del género. Feminismos de uno y otro signo parecían feli­ces con este hallazgo. El ideal de las personas, sin importar su dimorfismo o polimorfismo sexual, sería el de la androginia psicológica (Cook, 1985, 1987; Taylor y Hall, 1982). Una vez más, con la sustitución del sexo por el géne­ro, la gran perdedora era la sexualidad humana.

Con el tiempo, sobre todo en estas dos últi­mas décadas, alguna psicóloga (Spence, 1984, 1985, 1991, 1993) ha comenzado a otear que las nuevas escalas llamadas de masculinidad y femi­nidad lo que fundamentalmente miden son ras­gos de personalidad de naturaleza instrumental y expresiva, que poco o nada tienen que ver con lo que tal vez debieran ser la masculinidad y la feminidad propiamente dichas. Consciente de esta realidad, propugna, frente a la teoría del esquema de género de Bem (1981, 1985), hoy concepción predominante en la comunidad científica de las ciencias sociales, su teoría mul- tifactorial de la identidad de género. Dentro de esta teoría tendrían cabida tanto los rasgos de instrumentalidad y expresividad, como la mas- culinidad y feminidad típicamente sexológicas, aun cuando estos dos conceptos últimos todavía se encuentren prisioneros del enfoque reinan­te, es decir, de la sustitución del sexo por el géne­ro. Así, ella va a definir la identidad de género, y por tanto la masculinidad y la feminidad -aho­ra ya distintas de la instrumentalidad y de la expresividad-, como un sentido psicológico bási­co de pertenencia al propio sexo (Spence, 1993). Un mínimo de reflexión al respecto nos hace de inmediato caer en la cuenta de que estamos una vez más frente a la patente paradoja de, por una parte, no poder dejar de ver la necesidad de una sexología que se encargue de estudiar todo aque­llo relacionado con el sexo en su desarrollo como sexualidad y, por otra, no poder salir del callejón del género como sustituto del sexo, lo que supo­ne lógicamente una negación de cualquier inten­to serio de fundamentar académicamente una sexología.

Esta paradoja y esta dolorosa ironía apare­cen a primera vista con sólo leer, incluso super­ficialmente, las definiciones más básicas que tanto Money, anteriormente, como Spence, aho­ra, nos proponen. En el caso de Money se nos habla de una identidad de género (sic) que debie­ra estudiar la sexología. La pregunta surge de inmediato: ¿no sería más lógico hablar de una identidad sexual que sería el objeto por antono­masia de la sexología? Algo semejante cabe decir sobre la definición de identidad de género de Spence, es decir, del sentido psicológico básico de pertenencia al propio sexo. ¿No tendríamos que hablar aquí de nuevo, con más propiedad y coherencia lógica, de identidad sexual?

 

Nuestra propuesta

A la luz de lo expuesto, podemos indicar que en los tres casos analizados, aparece una coin­cidencia relevante: la necesidad de estudiar aque­llo que, tomando prestada una expresión de Friedan (1983), podemos calificar como “pro­blema que no tiene nombre”, es decir, todo lo relacionado con la sexualidad humana. Vimos, en primer lugar, cómo los feminismos, preocu­pados por la lucha de la igualdad entre varones y mujeres en el terreno del género (igualdad legal, salarial, educativa, etcétera), olvidaron, en el decir de esta histórica feminista, dedi­carse a las cuestiones de las relaciones íntimas -sexuales- entre los sexos. Igualmente, en segun­do lugar, comprobamos una cierta desespera­ción en Money por impulsar una sexología, que según sus expresiones parecía estar más bien ya en estado terminal, incluso tras sentirse orgu­lloso de haber sido él quien inició el movimiento de sustitución del sexo por el género. Por fin, en tercer lugar, asistimos a esos intentos un tanto inciertos por parte de Spence de separar los ras­gos de personalidad de naturaleza instrumental y expresiva de los conceptos de masculinidad y feminidad, que responderían más bien a una auto- valoración y autoimagen idiosincrásica ligada necesariamente al dimorfismo sexual, aunque ella insista en hablar de la identidad de género.

Ante esta situación, para nosotros un tanto confusa -e imaginamos que algo parecido le ocu­rrirá al lector-, hemos intentado elaborar una propuesta, a lo largo de estos últimos años, que recogiendo esta necesidad sentida de centrarse académicamente en el sexo, en su desarrollo como sexualidad, potencie la sexología, a la par que haga justicia a otra realidad no menos com­pleja -la del género- que habría de estudiar la generología. Esta propuesta requiere ante todo y sobre todo ir paso a paso delimitando los posi­bles contenidos que se engloban bajo los con­ceptos más básicos: sexo, género, sexología, generología, sexólogo y generólogo.

El cuadro 1 adjunto puede servirnos de ayu­da gráfica en este breve recorrido por lo que con­sideramos pilares fundamentales de una sexo- logía y generología, que a nuestro entender están llamadas a complementarse más que a suplan­tarse, en contra, por consiguiente, de lo refleja­do, al menos en un principio, por las tres corrien­tes analizadas. Estas corrientes, por lo demás,


pueden ser consideradas como ejemplos prototípicos de la visión predominante en estos momentos.

 

 

 

Pocas dudas cabe imaginar, en cualquiera de los tres ejemplos analizados (Friedan, Money y Spence), acerca de lo que hoy conocemos de for­ma bastante fidedigna sobre los así llamados pro­cesos y niveles de sexuación o diferenciación (niveles genéticos, endocrinológicos, anatomo- fisiológicos, neurológicos, etcétera) -parte supe­rior del cuadro-. Esto es ya materia tan de sobra conocida que no merece la pena detenerse en ello. Lo que sí debería extrañar es que en los tres casos, tras abogar por la conveniencia de un reco­nocimiento social de la sexualidad humana, no sólo no se luche contra la moda imperante -si exceptuamos de algún modo a Friedan-, sino que incluso se contribuya a potenciar la sustitu­ción del sexo por el género. Tal vez haya lle­gado la hora -esto es lo que uno parece barrun­tar tras el análisis llevado a cabo- de reconocer errores, a fin de volver a llamar a las cosas por su nombre. Este intento de establecer la deno- monación más idónea, se constituiría en un pri­mer paso básico para una fundamentación correcta tanto de la sexología como de la generología.

El segundo paso, dentro de la postura aquí defendida, hace referencia a dos aspectos -el polimorfismo sexual y la reflexividad (parte superior central del cuadro)- que merecen una consideración desigual por parte de las tres figu­ras consideradas. Mientras que no debiera haber problemas en la admisión, por parte de cual­quiera de los tres autores comentados, del poli­morfismo sexual en tanto derivado natural de los procesos de sexuación o diferenciación (con­sideración de los sujetos ambiguos como un gru­po de personas dignas de toda consideración y análisis, frente al clásico dimorfismo sexual -varones y mujeres-), sin embargo, sí resulta más difícil imaginar la admisión de la reflexi- vidad como componente esencial para el desa­rrollo ulterior de cada individuo sexuado, fren­te a los términos más al uso de razón o inteligencia. La explicación reside en que mien­tras la razón o la inteligencia pueden convivir sin excesivas trabas con una concepción dualís- tica tipo la cartesiana -la mente y el cuerpo son dos cosas bien diferentes que apenas tienen nada en común-, la reflexividad se muestra como una estructura emergente cuyos componentes bási­cos son idénticos a los del cuerpo, pero con diferente estructuración y grado de compleji­dad -visión unificada de mente, materia y vida (Capra, 1996)-. De aquí -desde esta concepción-, se deduce lógicamente que no sea necesario ningún esfuerzo extra para dignificar a la sexua­lidad frente a cualquier otra dimensión humana y, por tanto, que bajo ningún concepto se haga necesaria la sustitución de sexo por género, al ser éste un término más neutro y, por consiguiente, políticamente más correcto. La misma reflexi- vidad -individual y social- aparece como el ele­mento básico por antonomasia tanto para el desa­rrollo del sexo en su forma de sexualidad, como del género en su modo de generización.

El tercer paso del planteamiento propuesto no es más que la conclusión lógica de los dos previos. El sexo se constituye en una realidad compleja que hunde sus raíces en lo biológico y que tiene un desarrollo necesariamente psicosocial -la sexualidad humana-, que debiera ser estudiado dentro de una disciplina específica denominada sexología y cuyo profesional sería el sexólogo. Salvo que las personas humanas se avergüencen de lo que son -sujetos necesaria­mente sexuados-, ni la sexología ni la profesión de sexólogo tendrían que ser consideradas res­pectivamente como disciplina maldita o profe­sión degenerada, que debieran camuflarse bajo un nombre un poco más neutro o más digno, como parece ser el de género. El sí a la sexua­lidad pero el no al sexo -de ahí su sustitución por el género- que, ciertamente en grado dis­tinto pero con un cierto denominador común, es posible detectar en los tres ejemplos mostra­dos en este trabajo, tal vez sea el fiel reflejo de las dudas de los propios autores cuando refle­xionan sobre sus obras y ven la flagrante con­tradicción a la que han sucumbido.

El enfoque esquematizado al que estamos haciendo alusión, al proponer que además del sexo también sea posible hablar del género (refle- xividad social y personal, basada en el poli­morfismo sexual, en torno a todas las acciones y relaciones intersexos que no son estrictamen­te sexuales -feminización de la pobreza, dife­rencias/semejanzas de los sexos en, por ejem­plo, aptitud verbal o espacial, etcétera), puede constituir una salida científicamente digna a la ambigüedad antes referida. Instalados dentro de la compleja y extensa realidad del género, pode­mos investigar, desde la generología, todos los procesos de generización, es decir, analizar el porqué los sexos se comportan como lo hacen dentro de todos los ámbitos de una sociedad determinada en todas aquellas facetas no estric­tamente sexuales. El especialista de estos asun­tos debería ser obviamente el generólogo.

Finalmente, en la parte central baja del cua­dro, se hace referencia a las interacciones del sexo y del género a lo largo de todo el ciclo vital, porque esto es lo que vive cada individuo a lo largo de su existencia. La separación de sexo y género puede ser muy útil para los especialistas -sexólogos y generólogos-, sólo a sabiendas de que en la vida real ambos dominios -el del sexo y el del género están continuamente en interac­ción.

Creemos que el planteamiento aquí bosque­jado, cuya materialización extensa se comenzó a realizar a comienzos de la década de los 80 (Fernández, 1983) y todavía se continúa en nues­tros días (Fernández, 1988, 1991a, 1991b, 1996a, 1996b, 1998, en prensa), remitiendo, pues, al lector a estos trabajos si desea tener un conoci­miento en profundidad del mismo, podría tal vez ser útil para salir de esa especie de encrucijada técnica en la que muchas feministas, gran par­te de los sexólogos y bastantes psicólogos pare­cen encontrarse.

 

Bibliografía

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LOS SEXOS: DEL AMOR A LA SEXUALIDAD

Felicidad Martínez *

* Psicóloga. Sexóloga. C/Martell, N° 34, 4° A. 28053 Madrid. España.

 

El amor ha sido y aún es uno de los conceptos a través de los cuales se han absolutizado las relaciones entre mujeres y hombres. Absolutizado él mismo, ha venido a salvar el poderoso abismo que el pensamiento dualista estableció entre la razón y el deseo. Hablar de mujeres y de hombres en nuestro entorno es traer a colación de algún modo ese sentimiento que llama­mos amor, a través del cual los sexos se buscan, se encuentran y desencuentran y, en buena medida, se hipotecan el uno al otro en una ola creciente de expectativas acaso imposibles. Vamos a indagar en algunos extremos de las raíces dualistas en las que se hunde nuestra tra­dición occidental con respecto al amor, a través de la cual se han ido pergeñando ciertas ide­as de hombre y ciertas ideas de mujer, para concluir que, ante la insuficiencia que a todas luces manifiesta el amor para establecer el marco de un encuentro gozoso entre los sexos, tendre­mos que mirar en otra dirección. En este punto plantearemos la vivencia de la sexualidad como posible vía a cultivar .

Palabras clave: amor, mujer, identidad, dualismo, sexualidad, sexos

 

THE SEXES: FROM LOVE TO SEXUALITY. Love has been and still is one of the concepts that has determined relationships between men and women. Love in its absolute sense, has come to resolve the powerful abyss of the dualist thinking establihed between reason and desire. Talking about men and women, in our milieu, recalls to a certain extent the feeling of the so called loved. The sexes look for each other, find each other, “not-find” each other, in a high tide of expectations may be impossible ones.

We will inquire into the extrems of the dualists roots of love in the Western tradition. The concept of love has sketched the notion of men and women. We will conclude that the clear insufficiency of the concept of love to establish a frame for an enjoyful encounter between the sexes, drives us to look at another direction. We forsee the experiece of sexuality as a possible way to cultivate.

KeyWords: love, woman, identity, dualism, sexuality, sexes.

 

 

1. El amor: referencia de encuentro entre los sexos

El amor ha sido, y todavía lo es, una refe­rencia profundamente arraigada del encuentro entre los sexos. Un espacio privilegiado de las relaciones entre hombres y mujeres -aquél don­de el encuentro se perfila de modo más origina­rio e íntimo- se imagina, se sueña y se proyecta conforme al amor. En su escorzo se perfilan no sólo las pautas amorosas que corresponden a las mujeres y a los hombres, sino que se definen sus identidades: se hacen hombres y se hacen muje­res para el amor; se proponen modelos mascu­linos y femeninos que , dada la mutua referencia de los sexos, van a encajar como mano y guan­te. Y, sin embargo, atribuyéndole, como le atri­buimos, un papel tan nuclear en la vida de los sexos, el amor está abocado a fracasar irreme­diablemente en aquello que se propone. A pesar de esto, a pesar de haber mostrado su insuficiencia e incluso su nocividad para excitar y amparar un encuentro gozoso y feliz, nos resistimos a sepa­rarnos de esta referencia. Nos aferramos al amor.

Mas, ¿qué queremos decir cuando decimos amor?. ¿Qué recoge su nombre?.¿Qué evoca esta palabra?.

Amor, dirá el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julio Casares, es un sentimiento afectivo que nos mueve a buscar lo que consideramos bueno para poseerlo o gozarlo. O, también, entre otras: Pasión que atrae un sexo hacia otro.

Cuando intentamos aprehenderlo, el amor, fiel a su naturaleza mítica, se escabulle, se cur­va, se diversifica. Casquivano y juguetón, de engañosa apariencia cándida, Eros, hermoso y travieso, se aleja. En esa lid por atrapar la esen­cia del dios, resultaremos vencidos. Siempre seductor, se desliza ante nuestros ojos en un eter­no juego que vela y desvela, que asoma y ocul­ta. El amor se diluye en polisémicos sentidos y alusiones, imágenes y palabras; se difumina en infinitas máscaras. Con su solo nombre quere­mos decir tantas cosas que acabamos por no saber qué decimos. En nuestras manos, en nues­tro verbo y en nuestra vivencia, han quedado la seducción, el deseo, la ternura, los celos y aca­so la sensación de que no era eso lo que buscá­bamos. Buscábamos..., ¿un espejismo tal vez?.

Acaso sea entonces el momento de preguntar­nos: ¿Pero existe el amor?. Baudrillard (1984 : 105) nos dirá: el amor no existe, y basta. Pocas pági­nas más adelante, concluirá: Siempre volvemos a lo mismo: el amor no existe. Debería poder existir, pero no existe1. No existe, pero parece que viene a cubrir un vacío. No existe, pero se desea que exista. Y a lo mejor se desea porque se nos ha dicho que existe. O , tal vez, por todo lo contrario: se desea porque sabemos que así de grande y así de absoluto no existe. Se desea por imposible. Si el amor es un punto de encuen­tro para los sexos, entonces, tendríamos que con­cluir que las mujeres y los hombres nos bus­caríamos en lo imposible.

Sea como sea , como aspiración o como rea­lidad vivida a través de los amores -que, por concretos, los creeremos imperfectos o no ver­daderos- el amor se ha erigido en una referen­cia común. Como motivo -y hasta motor- pri­vilegiado por nuestras producciones culturales, se va enredando en nuestra vida y en nuestra misma forma de imaginarla, proyectarla y con­cebirla: eje o desenlace en el cuento y en la novela; inspiración en la poesía; controversia en el ensayo; argumento en el teatro y en el cine; evocación en la pintura y en la escultura; sugerencia en el diseño y en la publicidad; rein­terpretación de la experiencia, verdad del mito (Pieper, 1984), libertad e igualdad cristiana.2 Omnipresencia, ésta del amor, igual y diferen­te, singular y común a los diferentes momen­tos sociohistóricos. Manifestación de lo diver­so como si de lo idéntico se tratase. Hay una univocidad al hablar del amor, cuando se le absolutiza, como si las formas de amor -eros, ágape, pasión...- fuesen solo eso: modos de expresión singulares de una primera y última cualidad del amor. Cualidad que, por cierto, resulta difícilmente inteligible.

Después de todo esto, ¿cómo podríamos dejar de enamorarnos?. ¿Cómo podríamos, cuando menos, dejar de esperar esa -vox populi- subs­tracción a la cotidiano o ese repentino cobrar sentido de nuestra identidad y de nuestras vidas. Desde la permisividad lógica que debe acom­pañar a todo amor que se precie de serlo -pues­to que se dice ciego-, forzaremos la realidad y distraeremos los hechos. En último término, el fracaso siempre puede entenderse como prueba de nuestra incapacidad o culpabilidad, de que no era el verdadero amor o incluso de que el amor que nos ha tocado en suerte es desgracia­do o imposible. Lo que nunca haremos será negar su referencia.

Los grandes amores anudan sus lazos en la adversidad, sobreviven a pesar de la distancia y a pesar del tiempo en la distancia. Será esta lejanía una sólida fortaleza que ningún obstá­culo externo -menos aún la muerte- podrá derri­bar. Estas son bagatelas para un amor destinado a perecer en la proximidad que anhela. Y, al pere­cer en la cercanía, su muerte nuevamente será indicio de que no se amaba de verdad. Por enci­ma de las evidencias y de las vivencias, por enci­ma de los sexos, el amor siempre se sitúa victo­rioso.

¿A qué profunda necesidad responde?. O, ¿qué profundas necesidades crea?. A mi enten­der, hay de todo un poco: responde a una nece­sidad profunda que no satisface ni puede satis­facer y, por otra parte, lo entrañado de su referencia, el modo en que ha sido escrito y des­crito, pensado y relatado, genera otras necesi­dades que tampoco pueden ser satisfechas por­que nacen de una referencia ya de mano ficticia o imposible.

Hablo del amor y del modo de amar que se caracterizan precisamente por estas peculiari­dades y no de otros amores o modos de amar que no se ven matizados por esa trágica forma de lucha que nos ha legado el dualismo3. Me ceñiré a éste, principalmente porque me interesa des­tacar que, a través de este amor y modo de amar, se ha destinado a los sexos a un antagonismo insalvable y a la imposibilidad gozosa de su encuentro. Aún habría que añadir que se ha per­filado una idea de hombre y de mujer alejados de su humanidad y, según una lógica de vaivén, satanizados o divinizados; vistos como sujetos u objetos; como dependientes o independien­tes... En definitiva, desmembrados.

 

2.       Raíces dualistas del amor

Nuestra tradición ha cultivado con fervien­te ahínco ese sistema de pensamiento que cono­cemos por dualismo, cuyas raíces han agarra­do profundamente en las vivencias de las identidades de los sexos, en sus relaciones y en la definición de los espacios para su encuen­tro. A continuación, voy a apuntar, en algunos casos muy brevemente, algunos de los hitos dua­listas que considero de interés para lo que aquí estamos tratando.

 

El nacimiento de la filosofía

Nos lo cuentan así: en un principio fue el ver­bo, logos, razón, palabra... Aunque, también nos dicen que en ese momento de génesis fue el mito y el mito se hallaba gobernado por la pasión. Era el deseo. Desde el Olimpo nos llegan ecos de vidas turbulentas, de paraísos vividos por dio­ses y diosas pasionales, de una fuerza motriz hecha de apetencias, de metamorfosis engaño­sas para los humanos y enajenadoras para los mismos dioses.

Así nació nuestra civilización occidental: los humanos, hartos ya de que sus vidas fueran regi­das por los caprichos y las rivalidades divinas, se rebelaron. Surge de este modo la figura del héroe. Él va a luchar contra la arbitrariedad de los dioses. Trágica figura que se mueve entre lo divino y lo humano, sueña su libertad a través de las pasiones. En su afán de liberarse de un destino fatal, tejido al azar por los apetitos divi­nos, el héroe arrastra lo humano hacia lo natu­ral. Y lo hace por la cólera y por la ira. La pasión sirve a este gran propósito individualizante y diferenciador.

El siguiente paso en este proceso de separa­ción, de autodefinición de lo propiamente huma­no, será desgajarse de lo natural: sustraerse de la animalidad. Se quiebra esa idea de circulari- dad con la que se representaba el universo y lo que en el acontecía -idea íntimamente ligada al carácter cíclico de la naturaleza- y se implanta la representación vertical, hermana de la jerar­quía: desde lo inferior y sensible a lo superior e inteligible. Filosóficamente se sistematiza la jerarquía de las almas, y el alma que superará lo sensitivo será el alma racional. Alma, la racio­nal, que habrá de construirse a sí misma como lo propiamente humano. Surge así la idea de la racionalidad como conquista, como ascensión, como superación de peldaños de orden inferior, como vencimiento de todo aquello que nos vin­cula a la animalidad. Una idea que en absoluto nos es extraña

Lo inquietante de todo esto es que ya hemos perdido una parte o una cualidad que nos es subs­tancial. Con todo ese proceso de búsqueda de lo genuinamente humano, que es en definitiva lo que significa la búsqueda de la razón, se ha lle­gado a obscurecer el deseo. Éste quedará deste­rrado como zona de sombras en la naturaleza humana. Nos hemos quedado sin la fuerza motriz, nos hemos despojado de la apetencia. A partir de aquí seremos todos un poco héroes y un poco heroínas, al menos en el proyecto de nuestra identidad, destinados a esa vivencia trá­gica, que es la mayor herencia que nos deja el dualismo.

 

El nacimiento de Eros

La primera noción sistemática de lo que el amor es4, nos lo presenta con una condición mes­tiza, angular. Hijo de Poros y Penia, a medio camino entre lo sensible y lo inteligible, ins­trumento privilegiado de acceso al mundo de las ideas y a la sabiduría. De este modo, en lo que podríamos calificar de primer paso formal del proyecto de emancipación emprendida por la humanidad -la conquista de la libertad a través de la creación de un espíritu- , esto es, en el sis­tema filosófico de Platón, el amor estará desti­nado a encontrar su identidad en la lucha o pul­so entre el cuerpo y el espíritu naciente.

 

Lucha entre contrarios

El paso histórico del mito al logos exigió una substracción al orden de lo natural -entiéndase una resta, una acto de separar y arrancar. Se bus­caba una diferenciación radical de aquello que nos empuja al vértigo de las otras especies y de aquello que nos iguala en el orden natural. Pero esta separación necesitaba mantener ese orden del cual se arrancaba: se buscaba una diferen­ciación por oposición.

Para construir el nuevo universo, se estable­cen dualismos esencialistas, vg., alma/cuerpo, cuya singularidad radica en que ambos términos se definen en virtud de la oposición que man­tienen. Dicha oposición no es simétrica, no se refiere a iguales en un plano de valor, sino que el segundo término -en nuestro ejemplo, el cuer­po-, constituye una traba u obstáculo a vencer por el primero -alma- que es lo bueno. En otras palabras, la conquista del alma es posible por­que es dado un cuerpo a modo de cortapisa, pues, en esta lógica, si el esclavo perece no puede sub­sistir el poder del amo5.

 

Lo masculino versus lo femenino

Con el correr de los siglos, Simone de Beauvoir que, como es sabido, aplicó la dialécti­ca hegeliana del amo y el esclavo a la relación entre los sexos (1949), llama la atención sobre el hecho de que, siéndose necesarios el uno al otro, el primero de los términos de estos pares de opues­tos -el amo, el hombre, lo uno- no plantea la nece­sidad del otro, del esclavo, de la mujer.

Y es que, en el marco de esa tradición dua­lista, se define también una diferenciación esen- cialista entre los sexos. Se hace un reparto de lo que aún es necesario conseguir y de lo que, poseyéndose por naturaleza, constituye un obstá­culo. De ahí en adelante: lo masculino versus lo femenino. Al hombre le corresponderá la heroi­ca tarea de representar la virilidad: renegar de todo aquello que lo arrastra hacia lo femenino, de la mujer misma; renegar del mito del andró­gino, que, tal y como lo entiendo, transmite una verdad muy honda: la valía de cada uno de los sexos en sí mismo -al menos, eso me sugiere la imagen de la esfera y las dos mitades que se unen en ella. Los mitos son relatos con un lenguaje que es preciso desentrañar y descubrir, antes que interpretarlo literalmente.

Al hombre le corresponde, en fin, construir su independencia y su libertad, diseñar y aca­tar la Ley. Serán sus dominios la fuerza, la acción, la razón, la palabra.

La mujer queda así destinada a ser una impedimenta -en el sentido genuino de algo que pesa y dificulta la marcha-, un obstáculo, parte que aspira a su completud, vínculo del hombre con lo natural. Esta función femenina de conexión con la naturaleza, aún lo podemos encontrar en el positivista Comte, quién en el siglo XIX atribuía a las mujeres la función de garantizar el íntimo contacto del hombre con la naturaleza.

La mujer será testigo de las caídas masculi­nas, Antígona defensora de la ley de la sangre. Su dominio será todo aquello que cabe en el espacio de las emociones, de los sentimientos, de la sexua­lidad, de la pasión6. En Estudios sobre el amor, escribe Ortega (1970: 29): el hombre vale por lo que hace, la mujer por lo que es . Al margen de su intencionalidad, esta frase condensa, la esen­cia de un reparto mutilador para ambos sexos, pues al varón se le priva de la posibilidad del aban­dono y a la mujer de la necesidad de hacer. Y es mutilador porque el abandono y la acción, en su dialéctica y en la reciprocidad, serán las actitudes que posibiliten acceder a lo que quieren el uno del otro y la otra del uno.

A partir de ese reparto, el sentido de lo feme­nino será el de un hacer negativo -en palabras de Beauvoir. Será un permanecer ahí, disponi­ble, eterno, atento a cualquier posible llegada, a cualquier posible regreso. Ser mujer significa espe­rar. El sentido de lo neutro -lo ético, el valor- será la libertad, que se define en el campo de la razón.

Y   el sentido de lo masculino será alcanzar ese mundo del valor a través de la superación del obstá­culo que lo amenaza: el frenesí de la pasión y, en particular, de la pasión amorosa.

En esta dialéctica, no es útil una sexualidad que multiplica sus objetos de deseo, no es útil una sexualidad que hunda sus raíces en la diver­sidad: se precisa una exclusividad amenazado­ra y, a la par, estimulante. Entonces, se inventa el amor.

 

El amor: un intento de respuesta coherente a la incoherencia

El amor, me atrevería a decir, es la respues­ta más coherente que en un momento dado pudo darse a esa vocación trágica en que había que­dado convertida la humanidad. Surge en la pro­pia separación entre la razón y el deseo: conju­ga nuestra perenne agonía entre el deber y el placer y consagra la maldad de la sola pasión.

En la perspectiva del dualismo, razón y deseo -de no ser éste último un motor que tome la razón como instrumento en su camino de ascen­so hacia la sabiduría- serán eternos antagonis­tas. Razón por encima del deseo. Deseo, some­tido jerárquicamente por la razón. Como lo uno y lo diverso, lo masculino y lo femenino, la acción y la pasión, el alma y el cuerpo. Y, sin embargo, es evidente, que para que yo pueda nombrar el deseo, para lograr comunicarme con un lenguaje ausente de caricias, para que mi ver­bo sea él mismo quien acaricie o para que mi inclinación sea hacia esto o hacia lo otro, me sir­vo del logos. Son muchas y muy hondas las frac­turas que se producen con el dualismo.

El amor viene a instalarse en el vértice de esta confusión, en el ángulo conceptual entre naturaleza y cultura. Calle razón, esquina deseo. Será mezcla de polos previamente definidos como antagónicos. Su condición mestiza y dramática ya nos llegaba desde el mismo rela­to de su nacimiento. El amor se instala, enton­ces, también en el plano propiamente vivencial que somos cada uno y cada una, como puntos de encuentro entre razón y deseo. Somos ese campo de tensión en el que ambos coinciden. O, aún más claro, somos y vamos haciéndonos esa coincidencia y conforme a esa coincidencia.

Por decirlo con un lenguaje más reciente: el sentimiento amoroso, quizá en una línea simi­lar a la descrita por Gurméndez al referirse a la melancolía, expresa el debate del sujeto freu- diano. Debate entre los instintos y afectos, por un lado, y la cultura de la racionalidad de los valores, por otro. De hecho, se suele aceptar que la tradición epistemológica sobre los senti­mientos los condujo prematuramente hacia el campo de la irracionalidad, separándolos, por tanto, del racionalismo. Y posteriormente, esta separación, que habría sistematizado el filósofo de Koninsberg, sería la que habría dado lugar al Ego freudiano7.

Pero decíamos que el amor es la respuesta más coherente siguiendo la lógica de un marco contradictorio. Efectivamente, si la sexualidad diversifica sus objetos de deseo, el amor los exclusiviza8. Sus efectos, en palabras de Trías (1979: 17), dan lugar en ocasiones, a verdade­ros cambios interiores y exteriores, a transfor­maciones profundas de la personalidad, a inno­vaciones sorprendentes y a regresiones alarmantes.

Por lo tanto, mediante su invención se van a lograr varios propósitos. Por una parte, se gene­ra el espacio de conflicto que es necesario al esquema dualista para mantener la lucha de la cual han de salir triunfantes lo masculino, el alma, la razón. Por otra, éste será también el espacio de legitimación del deseo, de la erótica, de la pasión -que quedarán así definidas como lo malo, pues­to que necesitan un plano de legitimación.

Quiero insistir en que me estoy moviendo con ideas. No pretendo decir que los hombres salgan victoriosos del amor cuando lo vencen, ni que la sexualidad precise ser legitimada, sino que esa es la lógica de unos conceptos. Lógica que, por otro lado, entiendo que ha hecho bas­tante mal a ambos sexos.

Continuando con esa lógica, pues, habrá amor bueno -bien diferente del buen amor del que hablábamos en nota a pie: pulso que se incli­na hacia la razón; amor lejano; aspiración, vir­tud estimulante, instrumento de grandes proe­zas y hazañas, incomparable fertilidad del sufrimiento; todo por el amor, pero sin el amor.

Y   amor malo: pulso que se inclina hacia la car­ne; proximidad corpórea, concreción, substrac­ción al deber, irracionalidad, espíritu vencido por el cuerpo. Y aún habrá un amor mejor: el que se ha debatido, el que se ha visto caer ver­tiginosamente, el que tocando el suelo de lo car­nal y sensible, ha logrado rehacerse y orientar­se, en principio vacilante, después firme y seguro, hacia lo noble y verdadero. Amores éstos que, en cuanto nacen, están destinados a morir en la posesión del objeto.

¿Cómo si no?. En estos amores hay un obje­to, que es pasivo, y, en tanto que es poseído, sólo puede ofrecer seguridad. No puede ser un otro renovado, no puede suscitar el anhelo que le es necesario al mantenimiento de la llama viva del deseo: la acción le ha sido sustraída. Y un suje­to, que se dice absoluto sin serlo, que no puede dar aquello que cabría esperar de su ficticia con­dición unívoca o salvadora, que en la cercanía se ve relativizado, perdido su halo de magia y misterio. Así alimenta Amor su imposibilidad, así genera necesidades que no puede satisfacer, así garantiza su continuidad y permanencia. Ambos, hombre y mujer, al jugar al amor, jugarán a perder una vez más, siempre con el espejismo del ludópata que se dice que esta vez la suerte vendrá de cara.

El amor de lo masculino hacia lo femenino sólo podrá sobrevivir en la distancia -y en lo secreto- como admiración, entusiasmo, aspi­ración o anhelo. La naturaleza de la pasión amo­rosa será caminar hacia su destrucción: locura sin igual que rechaza lo que denodadamente ha buscado, que activamente destruye el preciado objeto para, justificadamente, entonces, repu­diarlo. Muere por lo que más ansía: la posesión. En su lucha por la verdad, sólo tendrá mérito la conquistada. Como la libertad. San Agustín será un héroe por haber vivido en el pecado, con­dición indispensable para ensalzar su virtud pos­terior. Y la sumisión del amado no ha de ser voluntaria, sino resistente, contra su voluntad. Lucha, conquista, belicismo de un alma sólo vic­toriosa por su necesaria caída. Es el alma mas­culina. El alma femenina alcanza, por contra, una victoria más elogiable cuando resiste, cuan­do no llega a caer. Las condiciones del perdón serán diferentes para ambos sexos. La femini­dad será sufridora, en justa penitencia, y la mas- culinidad, reconociendo su error, se orientará hacia valores más elevados. Pero, a fin de cuen­tas, todo se perdonará al uno y a la otra si lo que han hecho lo han hecho por amor. Excesiva car­ga para Eros. Nos lo cuenta él mismo:

...Y, por otra parte, ¿qué mal hago yo mostrándoos cuáles son las cosas bellas?. Sed vosotros quienes no las deséis, pero no me echéis la culpa de esas locuras. Y, añade, “¿O es que tu quieres madre, no estar ya enamorada de Ares ni él de ti?9. El amor se pretende como lo que exculpa, soberano pretexto para legitimar lo que ha sido condenado. La propia libertad parece intervenir sólo para salirse de él. Ya Lucrecio, a la par que ofrece los medios para su cura, nos alerta sobre esa falsa creencia:

Y aunque fueras cogido y enredado podrías evitar el infortunio si tú mismo no fueras a bus­carle... 10.

Filtro de Tristán e Isolda, sublimación de Alonso Quijano... No existe responsabilidad en sus acciones, obran por amor, enajenados por el amor, allí dónde éste se compromete con lo subli­me, la abyección o la locura.

Dualidad del alma femenina: dios y demonio: madre, esposa, hija y hermana -advocaciones de mujer, dirá Ortega-, pues aman para siempre y ese amor es su única vía de acceso a la erótica; hetairas, amantes, prostitutas, mujeres fatales: para éstas últimas, una mecánica, la simulación de placer, la suscitación del deseo erótico. Férreas disposiciones religiosas, éticas y clínicas para mantener a las mujeres y a los hombres en los compartimentos estancos que esta doble moral genera, al servirse de los rasgos del amor que hemos venido comentando. Atenta vigilancia pues, aún en las más castas, habita el demonio de la carne. En realidad, es la carne lo que se teme, es la carne lo que se pretende controlar.

El sentido de lo masculino en esta forma de amar, será instrumental, búsqueda. El sentido femenino, será expresivo, meta. El hombre bus­cará y ella, en su permanecer ahí, se encontrará con su destino al ser hallada por un hombre que, inevitablemente, la decepciona en su humani­dad. Ambos se decepcionan en la dimensión en la que pueden encontrarse. El amor masculino será transitorio, fugaz, pequeño alto en un cami­no que ha de reemprender; el femenino será esta­ble, seguro, hogar y cobijo... Cuantitativo, el uno; cualitativo el otro.

El amor va a dar cuenta de la forma más vio­lenta de esta dialéctica -que muy bien puede ser la dialéctica de los sexos. Crea y modela los per­sonajes que necesita para su representación. Su poder de substracción, de exclusividad, de sus­citar metamorfosis y producir cambios lo hacen excelso para ello. Sobre todo, por la potencia­lidad exculpadora de la que se le ha dotado. A través del amor, lo femenino busca a lo mascu­lino para ser completo y lo masculino se busca a sí mismo para saberse completo. Y, sin embar­go, ambos en su completud y en su meneneste- rosidad, en su humanidad, desean el encuentro; desean un encuentro gozoso, un encuentro que el amor no puede darles.

Y eguimos buscando alguna respuesta cohe­rente, que tal vez exigiría un replanteamiento de las preguntas.

 

3.       Algunos momentos históricos en la vivencia del amor

Puesto que de nuestras raíces occidentales venimos tratando, quiero detenerme ahora en algunos aspectos que atañen a lo cotidiano del convivir de los sexos en esa cuna de nuestra civi­lización que es la Grecia clásica.

El hombre y la mujer griegos no se encuen­tran en el amor. Se encuentran, en cambio, en el matrimonio cuando la mujer es libre; en la eró­tica , cuando esclava o meteca; y, es posible, aunque poco habitual, que en el afecto. Pero no en el amor. En la Atenas clásica, a pesar de la existencia de hetairas, pórnai, esposas y con- cubinas11, es coherente que no se le pida a la mujer fogosidad y sí, en cambio, castidad12, al menos por lo que respecta a las mujeres libres, pues éstas van a ser por excelencia las destina­das al matrimonio.

El amor griego, masculino y homoerótico, se encuentra radicalmente separado del matrimo­nio e íntimamente vinculado a la amistad y a la sexualidad, como un todo. Y, si bien Platón afir­ma que el amor inclina de un un modo necesario un sexo hacia otro13, su discípulo Aristóteles señala que el aparejamiento de hombre y mujer carece de una denominación propia14. Lo cier­to es que en los textos clásicos el término eros se suele restringir a las relaciones entre los varones pues, por eros se designa ...el sentimiento apa­sionado que une el eromeney el eraste...15. Se refiere, pues, a la afección apasionada por un hombre y por un adolescente de doce a quince años16, respectivamente.

Estas uniones, profundamente arraigadas a pesar de su prohibición legal, se consideraban estimuladoras del honor y el valor guerreros y, aún, de la sabiduría. Amor pedagógico, amor virtud, dirá Baudrillard17.

Ya en la época clásica se cuestionaba el por­qué, no de la amistad masculina, sino de las uniones homosexuales. Aristóteles, al analizar la forma de gobierno cretense, señala que el legislador de Creta habría favorecido las unio­nes entre los varones, con el propósito de limi­tar el número de generaciones18. Otro orden de explicaciones abunda en la endogámica con­vivencia masculina en el conjunto de las acti­vidades diarias del hombre griego - siendo la homosexualidad una consecuencia casi nece- saria19. Pero, sea cual sea su origen, la rai­gambre de este uso amoroso era tal que, aún en el S. II n.e., Plutarco se consideró en la obli­gación de aclarar que también las muchachas eran capaces de despertar el eros.

El matrimonio griego, lo acabamos de decir, nada tiene que ver con el amor. Ni siquiera con el afecto o la atracción. Es una alianza concer­tada, sin que los contrayentes tengan por qué conocerse, y se efectúa por motivos religiosos: asegurar una descendencia varonil legítima que perpetúe el culto a los antepasados. Este culto garantizaba la felicidad de los muertos en el más allá, existiendo, por dicha razón, gran presión social contra el celibato masculino. El varón grie­go va hacia el matrimonio como si de un mal necesario se tratase. Subsidiariamente, el vín­culo marital se halla orientado a reproducir ciu- dadanos20 y a velar por los intereses económi­cos del oikós.

Si la finalidad del matrimonio griego es garantizar la legítima descendencia, se entiende fácilmente que la castidad de la mujer libre sea una virtud. Con todo, cabría pensar que las rela­ciones extramaritales de las esposas griegas eran lo suficientemente frecuentes, como para justi­ficar la facilidad con la que su marido podía repu­diarla: la sola sospecha de infidelidad, era sufi­ciente. Aunque no es menos verosímil que ello se deba, en buena medida, a una forma de pre­venir el adulterio femenino, pues como sucederá más tarde con la burguesía hay una preocupa­ción latente por la legitimidad de la prole.

Andrón y gineceo disponen a hombres y mujeres para una, repito, escasa convivencia -aún cuando sean cónyuges-, para una diferen­ciación clara de sus dominios respectivos. Las mujeres atenienses serán instruidas en aquellas tareas que habrán de ejercer, una vez casadas, como amas de la célula religiosa y social que constituye el hogar. El dominio femenino será el oikós. Y, si bien existía la posibilidad teóri­ca de injerencia del esposo en los asuntos domés­ticos, en la práctica, solía delegar. Así lo requie­re, por otra parte, la atención que debe prestar a las actividades formativas y lúdicas, a los deba­tes filosóficos y, claro está, a los asuntos públi­cos y jurídicos relacionados con la polis -por los que la mujer honrada no debía ni siquiera pre­guntarse.

Quiero llamar la atención sobre el hecho de que el eros introduce en el mundo de los valo­res: lo doméstico no se considera un valor sino una condición de posibilidad, y el deseo carnal, una necesidad varonil. Para satisfacer este deseo, el hombre griego disponía de hetairas y, aún, del concubinato. Y no deja de ser llamativo que a través de estas formas de relación las mujeres accedan parcialmente al dominio de los consi­derados valores: a las hetairas se les permitía participar en las discusiones filosóficas y, aun­que no hay consenso en cuánto al porqué, todo indica que, a diferencia de las esposas y pór- nai (prostitutas), eran mujeres culturalmente pre­paradas.

Tal vez, quepa hablar propiamente de eros en la pareja formada por Pericles y su concubi­na Aspasia. Esta milesia y su amante rompieron con los moldes de la época. No sólo Aspasia era una mujer extraordinariamente culta e inteligente, sino que el propio Pericles repudió a su esposa ateniense para convivir con ella de modo inusual: lejos de relegarla al gineceo, la consideró como su igual -y se asegura que no llegaron a contra­er matrimonio por impedimento legal, debido a su condición de milesia. Habría entre ellos lo que hoy llamaríamos una amistad intersexual como base de la pareja. Por supuesto, la singularidad de la situación, hizo que los atenienses consi­derasen las excelencias de Aspasia signo ine­quívoco de su falta de honradez21.

En el otro polo, es decir, en la virginidad, también la mujer posee un saber. Este saber, el de la sacerdotisa, no tiene nada que ver con la sistematicidad de las enseñanzas filosóficas. Por el contrario, es obscuro; pleno de sentido, pero enigmático -al igual que su palabra. El logos de la castidad apunta, señala, indica... No dice, pero tampoco calla.

Parangón del eros masculino, podría consi­derarse también al safismo. Safo, educadora y poetisa, ejercía su labor en Lesbos en el S. VI a.n.e. y en su época se le llegó a atribuir un méri­to similar al de Homero. Safo dirigía una suer­te de internado femenino para.adolescentes dón­de se anudaban amistades particulares entre las maestras y las alumnas22. Sin embargo nada indica que el safismo se perpetuase en la época clásica. Tal vez porque supuso la exaltación de la femineidad desde la propia femineidad. O, para decirlo, con las palabras de Romeo de Maio (1988: 11) Para Safo...el amor es propiedad de la mujer, cultura antihomérica, un destino de conflicto...Safo afirma la diversidad del hom­bre, Aspasia la semejanza. Femineidad o femi­nismo, exaltación desde la mujer de la excelen­cia de lo diferente o de lo semejante, son tendencias que no prosperan, pues el proyecto de emancipación que ha emprendido la huma­nidad, precisa romper con la verdad del mito. Esa verdad que hoy llamamos de los sexos.

Como vemos, al acercarnos a los entresijos del amor griego, al aproximarnos a las vivencias de sus hombres y mujeres en un plano más cer­cano, nos encontramos con una realidad que es sexual; una realidad diversa, alejada, por tanto, de cualquier absolutismo propio del plantea­miento amoroso. Con esta perspectiva, resulta más claro que el amor es una excusa con la que se pretende encubrir una realidad más amplia, más rica y diversa que es, precisamente, la rea­lidad sexual.

Para cerrar este apartado, en el que no me he voy a detener en el más amor de los amores: el amor-pasión, sí destinaré un espacio al amor bur­gués, como ejemplo próximo de doble moral y como muestra de esa huida hacia delante que es buscar en el amor la solución a los males que él mismo genera.

Heterosexual, como el amor pasión, el amor burgués se halla estrechamente vinculado al matrimonio y estrechamente también separado de él. Íntimamente ligado al deseo erótico cuan­do piensa en casarse por amor e, íntimamente también, desligado, cuando se casa: el burgués posee la noción de pecado. Lo sublime para él es llegar a la tentación y al rompe y rasga del amor que todo lo puede. Pero más sublime aún, será la protección y aumento del patrimonio y el florecimiento endogámico de su clase social. Mientras que el varón permanece único con res­pecto al amor, la mujer, una vez más, será diver­sa, al hilo de cómo se relacione con la sexuali­dad y el matrimonio. El hombre es, la mujer, significa. El poder femenino está en que engaña, haciéndose una misma cosa el amor y los celos. Pero, el amor es tan sublime y el mundo real tan sórdido que cualquier compromiso entre ambos está llamado a desaparecer.

En realidad, aunque en el principio común del dios dinero, han sido educados de forma muy diferente. El varón, para conquistar el poder y, una vez lo haya hecho, tenerse a sí mismo por...un bello animal seleccionado para pasar por grandes pruebas pasionales23. La mujer para ser una mercancía que habrá de valorizarse por medio del hombre: casta, si quiere casarse; fogo­sa, si ha de ser amante; simuladora, si prostitu­ta; frígida y seductora, si mujer fatal. Y, ambos, por más extraño que ello parezca, se casan por amor. Después, claro está, el amor desaparece, ya que en el orden social y moral (...) construi­do, el hombre y la mujer no pueden estar uni- dos24. El pacto es simple: la mujer burguesa sacrifica, ayudada por el confesor y el médico, la lujuria a la avaricia. El burgués, por su par­te, gozará de libre albedrío erótico entre sus amantes (con las que, por serlo, obtendrá placer -ya que su mujer ha pasado a ser el deber) y, mejor, aún, en el burdel... dónde se sabe que todo es farsa, que los dados están cargados, que el orden exterior no es atacado por esos juegos25. Por respeto, en cambio, la sexualidad del bur­gués es una erótica contenida -lo que no quiere decir simplemente reproductora, sino que per­mite unas conductas y no otras. El matrimonio por amor y, especialmente, en el futuro de la rela­ción, amor femenino -léase, fidelidad- es esen­cial para el desarrollo de la clase burguesa.

Llegados a este punto, cuando ni siquiera nos hemos detenido en esa forma sublime de obstá­culo que es el amor-pasión -referencia excelsa de amor absoluto cuya esencia es ser imposi­ble-, tendríamos que rechazar la hipótesis de que el amor pueda ser un plano de encuentro entre los sexos. Más allá de la ficción o del ima­ginario, más allá del relato, los sexos, se encuen­tran a pesar del amor. Se encuentran en ese espa­cio originario e íntimo que define la vivencia de la sexualidad. Y es muy posible que ese encuen­tro vea mermado su gozo porque el espejismo del amor lo hace sentir insuficiente.

 

4.       Necesidad de otro marco

Son dos los planos o niveles en los que veo la necesidad de este nuevo marco de referencia: por una parte, en el plano de las ideas o nivel de pensamiento; por otra, en el plano directamen­te vivencial o nivel de experiencia en el que los sexos se atraen, se desean, se buscan, se encuen­tran y se desencuentran, es decir, se relacionan.

Pero, antes de entrar en ellos, quizá convendría dar unas pinceladas que perfilen un tanto el entor­no de este fin de milenio en el que las mujeres y hombres de hoy vivimos.

 

Un entorno fin de milenio

Son dos las características que encuentro más definitorias y, a la par, más interesantes para lo que aquí estamos tratando. Una de ellas es el avan­ce tecnológico que hemos experimentado en los últimos años, sobre manera a través del desarro­llo de las técnicas que posibilitan la manipulación de los genes -hasta llegar a la clonación- y a través de la evolución de la red informática -que nos hace navegantes de una realidad virtual.

Este progreso, que no va acompañado por un interés genuinamente humano, está descuidando la constitución y el cultivo de nuestro núcleo per­sonal, de nuestra educación sentimental. Y pues­to que en lo humano no hay ninguna identidad esencial, si no, como dice Julián Marías (1992:18), estructuras que se llenan de contenido biográfi­camente (ypor tanto históricamente), se está gene­rando un profundo vacío que afecta al núcleo de nuestras posibilidades más íntimas. Hay, pues, una honda descompensación entre unos crecien­tes niveles de progreso social y unos menguantes niveles de cultivo de las identidades.

Otra de las características que me parecen definitorias es la así llamada revolución sexual, que ha sido principalmente consecuencia de la liberación de la mujer y que ha tendido dos efec­tos inmediatos: la toma de iniciativa femenina en el encuentro erótico y la publicidad extrema de una mecánica copulatoria, acompañada por unos cuantos gestos preliminares.

Pues bien, por el momento esta toma de ini­ciativa por parte de la mujer que, evidentemen­te supone una merma en el grado de iniciativa tomada por el hombre, no ha supuesto una ganancia para la vida de los sexos. Pero no por­que fuese mejor o sea más deseable que el peso de la iniciativa recaiga sobre el varón, sino por­que hasta el momento lo que ha hecho la mujer es imitar las formas de acercamiento masculi­no, emularle, entregándose -como afirma Paulino Garagori en un precioso articulito del año 1965- a una vertiginosa competición. Es decir, las mujeres no habríamos desarrollado nuestra originalidad en el acercamiento erótico, con lo cual estamos un poco en situación de tie­rra de nadie y de desentendimiento.

El segundo aspecto de esta revolución sexual, que presento básicamente como consecuencia de la liberación femenina o en su relación con ella, es lo que -probablemente desatinado en cuanto a conceptos-, Baudrillard (1984) ha cali­ficado de pornografía de lo sexual

La información y conocimiento de la sexuali­dad femenina fue considerada por las propias muje­res como instrumento de introducción en la vida igualitaria. Este hecho ha dado pie a un proceso de consumo barato y alocado que ha tomado la parte (ciertos gestos de la erótica, principalmen­te) por el todo. Tras un siglo XIX especialmente recatado en la publicidad de la erótica, este siglo que termina, ha dado un bandazo hacia el extre­mo contrario. Especialmente en España esto se ha hecho evidente tras el corte que supuso el perio­do de dictadura y que vino a interrumpir una aper­tura ya iniciada26. Los comportamientos eróti­cos han renunciado a ser privilegio de alcoba. Aún más, la alcoba ha invadido todos los espacios socia­les de la mano de los medios de comunicación. Y todo ello ha producido un curioso efecto de viven­cia de desencanto o desposesión de nuestra pro­pia sexualidad, en tanto que experiencia privada e íntima. De nuevo no porque nos dejemos lle­var por la añoranza de una época como la victo- riana, sino porque se ha sobrevalorado lo más anecdótico y accesorio de la sexualidad. Esto se ha convertido en objeto de comercio y consumo y se han descuidado los aspectos más centrales de esta dimensión humana.

Lo grave de estos puntos que he comenta­do es que, por no saber hacia dónde dirigirnos, sí podríamos inclinarnos de nuevo hacia un mar­co que no nos sirve, movidos por el hastío o el malentendido de otro.

 

Necesidad de un nuevo marco a nivel de pensamiento

En el año 88, Thomas Mermall, al efectuar un análisis de la evolución del pensamiento español de la postguerra, caracteriza el perío­do de 1975 a 1985 en términos de temple romántico y reivindicación del sujeto singu­lar y pasional. En efecto, esas filosofías, tra­dicionalmente de la sombra, están experi­mentando una salida a la luz que pone de manifiesto la existencia de toda una línea de pensamiento que habría ido recorriendo cau­ces subterráneos a través de los siglos. Son las filosofías de lo pasional27. El amor y la sexua­lidad no son ya una mera presencia argumen- tal, difusa o pretexto en la novela. Más bien, tienden a erigirse abiertamente en un cons- tructo explicativo del sujeto filosófico, psi­cológico, antropológico y social. Han dejado de ser subterráneos y han adquirido cierto ran­go de licitud en el panorama del pensamiento occidental. Un pensamiento que encuentra serias dificultades para autorreconocerse en las separaciones esencialistas que conmsagró el dualismo -v.g. razón/pasión; amor/sexuali­dad; masculino/femenino; naturaleza-cultura. Un pensamiento que -cuando el hombre que camina hacia el S. XXI empieza a ser humorís­ticamente definido como el eslabón perdido entre el mono y la máquina- busca salvaguar­dar su identidad a través de una alianza con el sujeto pasional.

Es en este panorama donde cabe volverse hacia el polo más olvidado de estos esencia- lismos, por efecto de inclinación de la balan­za y sin que hayamos podido dar con un pun­to de equilibrio. Y en cuanto a esto, mi sugerencia es sencilla: si cuando rastreamos amor, encontramos una realidad que es sexual, quedémonos con ella y veamos qué puede dar de sí esta nueva referencia, que, ya de mano, es más acorde con los hechos. En España dis­ponemos de una hermosa filosofía, de sentido amplio y rico, acorde con el carácter estructu­ral de esta dimensión humana. Se trata de aque­lla filosofía que, parafraseando a Amezúa, podríamos llamar de los hijos de Ortega. Sería cuestión de detenerse en ella, desarrollarla en estos planos que lo demandan y ampliar su perspectiva en el umbral de un diálogo abier­to con la Sexología.

 

Necesidad de un nuevo marco a nivel vivencial

En este plano es en el que la necesidad se hace más ardua, precisamente por inmediata, por vivi­da. Nos preguntábamos casi al comienzo a qué profunda necesidad responde el amor y que otras necesidades crea y mantiene su sola referencia.

Y decíamos que hay de todo un poco. Yo creo que la necesidad honda a la que responde el amor es una necesidad, no amorosa, sino sexual. Necesidad de otro distinto de mí para ser quien soy, para construir mi propia identidad, necesi­dad que sólo pueden satisfacer el hombre a la mujer y la mujer al hombre por su recíproca y estructural referencia. Necesidad de encuentro, de compartir, de compañía, de sinergia. Son nece­sidades básicas, insisto, estructurales, y son nece­sidades de orden estrictamente sexual. Son caren­cias que relativizan a los sexos, que los sitúan en el plano de su dimensión humana. De ahí que resulte banal reducirlas a una mecanica que sólo es gratificante cuando se da en la perspectiva del encuentro, de dos que se encuentran.

En cuanto al otro punto, el de las necesida­des que el amor crea para ser insatisfechas, esto es, para garantizar el mantenimiento del amor, de lo que yo he leído sobre este tema, encuen­tro la mayor lucidez en el tratamiento que le da Simone de Beauvoir, En concreto, en el apar­tado que dedica en El segundo Sexo a la mujer enamorada.

Es evidente que, si el amor se ha mantenido durante tanto tiempo como referencia vivencial, es porque sirve para algo, aunque sea para algo negativo. Aunque esa misma razón haga imposi­ble el hallazgo de un amor feliz Me refiero al hecho de que a través del amor los sexos no se encuentran sino que se hipotecan el uno al otro, sin que ninguno de ellos tome las riendas de su propia vida. Es tan falso que el hombre sí las tome -como se nos ha hecho creer- como que en la mujer lo que exista sea una abnegación total. Hay mala fe en ambos. En el varón porque para ser independiente precisa de una mujer, es decir, depende de una mujer, que le haga ese juego. Si no es ésta, será otra y si no, se la inventará, man­tendrá la idea de que no se puede acercar a nin­guna porque las mujeres serán un obstáculo en su camino. No podrá salirse de esa referencia. En la mujer son falsas sus pretendidas sumisión y abne­gación porque se aferrará a ellas para no empren­der nada de más valor, porque es doloroso asu­mir la responsabilidad de la propia existencia. Preferirá el dolor y el sufrimiento que la supues­ta independencia de él le ocasiona, preferirá abso- lutizarlo, porque sin ese juego su vida quedará vacía. Tampoco la mujer podrá ir al encuentro con ese bagaje, porque esa empresa de dolor es mucho más honda y afecta al núcleo de su iden­tidad y porque, inexcusablemente, lo que se va a encontrar son hombres frágiles y terrenos.

Pues bien, es en esta condición frágil y terrenal en el plano en el que es posible el encuentro entre hombre y mujer. Este es el marco nuevo y necesario que introduce la vivencia de la sexualidad y que supone en pri­mer término el vivirse como sexos. A partir de aquí la independencia de la mujer, su libera­ción, pasará por un hacer original y positivo. Para que esto sea posible tendrá que, como pro­pone Simone de Beauvoir28, olvidarse de sí misma, para lo cual es necesario que previa­mente se convenza de que se ha encontrado. No me cabe duda de que por esta vía ganará la vida de los sexos.

 

 


Notas al texto

1         Ibíd. Pág. 117

2         En El Amor y Occidente, Denis de Rougemont realiza un análisis de lo que supone el amor cristiano -ágape- de triunfo sobre eros y de condición de libertad e igualdad entre hombres y mujeres. El amor nos haría libres y nos haría iguales, pues el amor realmente recíproco exige y crea la igualdad de los que se aman (pág.117). Este amor cristiano tiene la virtud innegable de acontecer entre hombres y mujeres, en su dimensión estrictamente humana, alejado por tanto de las magnificaciones que enturbian las relaciones entre los sexos.

Desde este punto de vista, la clave de la igualdad no estaría en la reivindicación, sino en el amor. Según lo entiendo, sería interesante hurgar en el núcleo hacia el que apunta esta idea

3          Como el Buen Amor del Arcispreste de Hita, calificado por Amezúa (1974) de mito originario de lo que puede ser considerado como el amor y la sexualidad típicamente hispanos y que, lejos de situarse en una dimensión trágica, se sitúa en un plano de placer. Se trata de un amor feliz. Págs. 19, 117. Evidentemente, las formas de relación entre los sexos y la concepción de los mismos va a variar completamente en uno u otro enfoque.

4          Platón, Banquete.

5         Aristóteles. Política. Libro III, cap. VI.

6          Soy sabedora de que utilizo conceptos y términos que no se daban en la época del nacimiento de la filo­sofía. Mi propósito no es tanto histórico, cuanto de manejo de ideas y de ahí que me refiera principalmen­te a las raíces occidentales de tales ideas.

7         A. Heller , 1982.

8          Ortega. Op. Cit.

9          L. de Samósata, “Diálogos de los dioses” en Diálogos de los dioses, de los muertos, marinos, de las cor­tesanas. Pág. 55.

10       Lucrecio. De la naturaleza de las cosas, 1570 (1150)

11       Acerca de las diversas condiciones de la mujer en Grecia: La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles de R. Flaceliére, Diosas, rameras, esposas y esclavas, de S.B. Pomeroy ; Las redes del enigma de A. Iriarte.

12       La excelencia de la sofrosine -castidad- era tal que el griego sólo mantenía con su esposa coitos breves y esporádicos -si bien en caso de hija epiclera, Solón recomendaba tener comercio con ella al menos tres veces por mes (Plutarco. Solón, 20)- e, igualmente, se procuraba que asistiese a las tragedias, no a las come­dias ni a ceremonias licenciosas. Ver R. Flaceliére. Op. cit. pág. 81.

13       República, Libro V.

14       Op. cit. Libro I, cap. III.

15       R. Flaceliére. Op. cit. pág.66.

16       Ibid. pág. 126.

17     Op. cit. 1984. Pág. 109.

18     Libro Segundo, cap. III.

19     Así se entiende como consecuencia de los contactos visuales y táctiles que forzosamente se producían en los gimnasios. Sin embargo, en Esparta, dónde los jóvenes de ambos sexos eran educados conjuntamente en el ejercicio corporal, la pederastia estaba aún más arraigada que en Atenas. Por estos motivos, Flaceliére opta por vincular su origen al contexto militar.

20      Es curioso que ...las esposas de los atenienses son transmisoras de una condición de las que ellas mismas no gozan. A. Iriarte. Op. cit. pág. 23.

21      Ver Pericles ,de Delcourt.

22      H.I. Marrou. Histoire de L’éducation dans l’Antiquité. (Cit. por R. Flaceliére. Op. cit. pág. 128).

23      Berl, E., 1973.

24     Ibíd. Pág. 131.

25     Ibíd. Pág. 91.

26      Efigenio Amezúa (1993) nos relata la historia sexológica de esta apertura en Los hijos de Don Santiago. Paseo por el caso antiguo de nuestra sexología.

27      F. León, Mecanicismo y Metafísica de las pasiones en Descartes y Spinoza.

28      Op. Cit. Vol. II, p: 491.

 


Bibliografía

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Trías, E. (1979): Tratado de la pasión. Madrid, Taurus.

 

 

 

 


ANUARIO DE SEXOLOGÍA

N° 0

Nov. 1994


ÍNDICE

La Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología

I.      Introducción.

II.      La Sexología española del Siglo XX.

III.  Fechas de referencia

IV.      La A.E.P.S.

I Jornadas de educación sexual.

Sistema escolar

Objetivos, contenidos, metodología y evaluación. El perfil del educador/a sexual.

Modelos de educación sexual.

La educación sexual en Aragón

Decálogo: Educación sexual en el sistema escolar


 

ANUARIO DE SEXOLOGÍA

N° 1

Nov. 1995


ÍNDICE

Sexología Clínica

Manso, J. M. & Redondo, M.

El papel del sexólogo clínico para otros profesionales de la salud.

Amezúa, E.

¿Qué sexología clínica?.

Fuertes, M. A.

Determinantes relacionales de los problemas de deseo sexual: Pautas para una posible intervención.

Zapiaín, J. G.

El deseo sexual y sus trastornos: Aproximación conceptual y etiológica.

Álvarez, J. M.

El deseo en Psicoanálisis.

Gil, J. M.

Sobre los deseos humanos.

Educación Sexual

Barragán, F.

Currículum, poder y saber:

Un análisis crítico de la educación sexual.

Lázaro, O. & de la Cruz, C.

Las sexualidades más válidas.

Desde otras disciplinas

Kacelnik, A.

Sexualidad y biología.

 


ANUARIO DE SEXOLOGÍA

N° 2

Nov. 1996

ÍNDICE

Landaarroitajáuregui, J. R.

El castillo de Babel o la construcción de una sexología del hacer y una generología del deber ser.

Fernández, J.

¿Son incompatibles la sexología y la generología?.

Lanas, M.

Sexología: Hacia una epistomología interna.

Llorca, A.

La teoría de intersexualidad de Magnus Hirschfeld: Los estadios intermedios.

Martínez, I.

Metáforas del cuerpo de la mujer y cuerpo de la medicina.

Saez, S.

La prevención del SIDA:

Un enfoque sexológico y una propuesta educativa.

Sánchez, A.

Evaluación del desarrollo de la identidad sexual durante la infancia.


 

ANUARIO DE SEXOLOGÍA

N° 3

Jun. 1997

ÍNDICE

Dedicatoria al Dr. Ramón Serrano Vicens.

Amezúa, E.

La nueva criminalización del concepto de sexo

(una historia de ciclo corto dentro de otra de ciclo largo).

Martín-Peñasco, L. E.

Memoria, logos y metáfora del cuerpo.

Seeck, A

¿Ilustración y recaida? El proyecto de establecimiento de una “Sexología” y su concepción como parte de la biología.

Pretzel, A.

Sexología y ciencia de la mujer.

Montiel, L.

Renacimiento del andrógino: La bisexualidad originaria en el pensamiento de Carl Gustav Jung.

Ferdinand, U.

Maltusianismo y Neomaltusianismo: Sobre la aparición y desarrollo de un concepto de política poblacional.

Dose, R.

No sex, please, we're British o: Max Hodann en Inglaterra en 1935, un emigrante alemán a la búsqueda de una existencia.

Llorca, A.

El sexólogo Max Marcuse y su trabajo como editor de obras sexológicas.


 

 

 

 

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Bruckner, P. y Finkielkraut, A. (1979): El nuevo desor­den amoroso. Barcelona. Anagrama. (Orig. 1977).

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c)       Para revistas: Autor/es; año, título del artículo y punto; nombre de la revista completo y en cursiva y coma; volúmen en cursiva, seguido entre parénte­sis del número sin estar separado del volúmen y coma; página inicial y final.

Steicen, R. (1994): Du “manque du désir” au “désir du manque”. Cahiers de Sexologie Clínique, (20) 123, 26-36

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